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sábado, 11 de noviembre de 2017

La luna vale un millón (1945)




Director: Florián Rey
España, 1945, 80 minutos

La luna vale un millón (1945)


L'homme du train, dirigida en 2002 por Patrice Leconte (y que ya tuvimos ocasión de comentar en este blog hace un par de años) planteaba el curioso caso de dos individuos con trayectorias radicalmente opuestas (el uno, culto y hogareño, interpretado por el recientemente fallecido Jean Rochefort; el otro, un impetuoso matón al que encarnaba Johnny Hallyday) que, por diversos avatares, terminan intercambiando sus respectivos modos de vida. Con la particularidad, además, de que el hombre de acción se aficiona al sosiego doméstico del profesor jubilado y viceversa.

Semejante argumento, sin embargo, como casi todo en este mundo, distaba bastante de ser del todo original: muchos años antes, el mítico Florián Rey había dirigido un guion coescrito por José López Rubio y Luis Marquina en el que un rico hombre de negocios barcelonés y un vagabundo de asombroso parecido físico intercambian sus identidades tras un accidente de aviación. Aunque la gracia del equívoco residía, como en el caso del filme francés que antes mencionábamos, en cómo cada uno aprende a valorar en la existencia del otro lo que le falta a la suya.



Así pues, el ejecutivo agresivo que es don Fernando Burgos (Miguel Ligero) regresará transformado de su aventura en la masía de Ripoll, sita en Castell del Mar (provincia de Tarragona), idílico entorno campestre en el que tendrá ocasión de descubrir, de la mano de la bella e inocente Teresa (Leonor Fábregas), que: "Se está mejor aquí: este silencio, esta paz... En las ciudades no se ven las estrellas. Las tapan los anuncios luminosos. Allí no se ve nunca la luna..." Por eso vale un millón: porque en el incesante ajetreo que fue su día a día hasta el momento del accidente acumuló muchas posesiones, pero ninguna riqueza.

En realidad, el mensaje que encierra la película no deja de ser un tanto mezquino, ya que Anselmo, reverso cómico del Segismundo de La vida es sueño, renuncia alegremente a las comodidades que ha podido disfrutar durante unos días en la gran ciudad, para regresar a la apacible pobreza de sus harapos. Vamos: que la situación envidiable es la del mendigo y no el estrés del millonario. Curiosa versión de la aurea mediocritas en plena autarquía franquista...

Anselmo & Fernando: Ligero & Ligero

sábado, 19 de agosto de 2017

Alhucemas (1948)




Director: José López Rubio
España, 1948, 77 minutos

Alhucemas (1948) de José López Rubio


Hay que rendirse a la evidencia. El problema de Marruecos no es para España. Esas fuerzas militares repartidas por los riscos marroquíes no conquistan nada ni defienden nada ni protegen nada. Ningún beneficio puede deducirse de su estancia en blocaos y campamentos. Ahora dicen que hace falta la operación sobre Alhucemas. Lo preparan quienes se empeñan en estirar la guerra para prolongar el mangoneo de figuración y de millones. Y bien, hecha la teatral operación sobre Alhucemas, habremos enterrado unos centenares de víctimas y unos centenares de millones más, ¿para qué? Para una aventura sin honra ni provecho, porque según avancemos en territorio enemigo, necesitaremos más posiciones, más guarniciones, más convoyes, más columnas de protección. El país es montañoso, árido, pelado, pobrísimo. No tiene caminos, hay que llevarlo todo. Para domarlo se necesita luchar, más que con hombres, con una naturaleza inclemente y hostil. ¿Continuará derramándose la sangre de nuestra juventud e invirtiéndose montones de oro en una campaña que aborrece el pueblo español y que sólo tiene por fin satisfacer las ruines ambiciones de los militares y pugna con el interés de la nación? No, el desembarco a pecho limpio en Alhucemas no puede entrar en los cálculos de ningún estratega por muy Escipión el Africano que se sienta consultando los planos del Estado Mayor.

Por extraño que parezca, el texto anterior es leído en voz alta en una película abiertamente franquista y concebida para hacer apología de las campañas militares llevadas a cabo por el ejército español en el norte de África. Sin embargo, el mismo artículo que un grupo de oficiales escucha con actitud burlona y que los autores del filme consideraron recurso idóneo para ridiculizar el punto de vista de los, en su opinión, poco patriotas, se revela, casi setenta años después, como la única verdad contenida en él.

Porque el ejercicio propagandístico que se lleva a cabo en Alhucemas es tan abyecto como las atrocidades cometidas por todos los regímenes militares en las denominadas guerras coloniales. Y lo curioso del caso es que la produjo y protagonizó Julio Peña, el mismo actor que, una década antes, en plena contienda civil, participó en el rodaje de la republicana Sierra de Teruel (L'espoir) a las órdenes de Malraux. Quizá necesitaba desquitarse o, tal vez, simplemente justificarse ante las autoridades de la dictadura para aplacar cualquier suspicacia sobre su pasado reciente. De hecho, interpreta a un capitán en principio apático respecto a la vida marcial, pero que, poco a poco, se irá contagiando del viril ardor guerrero de sus camaradas. Ya se lo había prevenido un viejo coronel al incorporarse a filas: "Y no olvide que ésta es una guerra que ha de hacerla la oficialidad con su prestigio, con su esfuerzo y con su sangre..."

Julio Peña (Capitán Salas) y José Bódalo (Comandante Almendro)

Pero, en cualquier caso, poco podemos añadir nosotros cuando son las propias proclamas surgidas de la pluma del guionista Enrique Llovet las que hablan por sí solas. En el momento álgido del desembarco, y dando rienda suelta a la repugnante retórica entonces tan en boga, la voz en off del capitán Salas deja ir la siguiente perorata que, por su interés histórico, reproducimos íntegramente:

Los mejores soldados del mundo, aquellos de los que se había dicho que cada uno de ellos merecía el bastón de mariscal, marchaban alegremente a realizar un viejo sueño. Librar en el corazón del Rif la última batalla, conquistar la paz victoriosa y bautizar una vez más con sangre española las tierras extranjeras. En aquellas horas, soñaron los corazones al nombre de una victoria que ya aleteaba en las palabras del general, temblorosas por la emoción de aquel amanecer en el Estrecho. Los bravos y aventureros legionarios, que han visto en la bandera española la tradición gloriosa y el emblema de la civilización en ésta impresa, los indígenas expertos que conocen la justicia de nuestro proceder, la limpieza de nuestro trato y el bienestar que representamos para su país, y los soldados peninsulares, descendientes legítimos de aquellos héroes que acompañaron al Gran Capitán, forman esta falange que lleva a España a bordo de sus navíos y con la que va a reverdecer, no por afán de guerrear, sino por espíritu de propia conservación, las glorias de sus antepasados. Cumplamos, pues, como soldados españoles dignos del pasado y de nosotros mismos, que podemos y debemos tener el orgullo de ser una raza excelsa, un pueblo fuerte y una nación organizada y gobernada. Los legionarios de Franco, las jarcas de Varela y Muñoz Grande, los infantes, los artilleros, los jóvenes pilotos españoles, los servicios, todos, todos en sus puestos, habían tensado sus nervios en aquella mañana inolvidable.

Sobre todo la parte de "los indígenas [...] que conocen [...] el bienestar que representamos para su país" es de una perversidad inadmisible. De modo que si, en estos días de dolor tras el brutal atentado perpetrado en las Ramblas de Barcelona, alguien siente la tentación de despotricar contra los marroquíes, que eche la vista atrás y que considere el daño que se les hizo previamente: la violencia es siempre condenable, venga del bando que venga, pero a lo mejor es de aquellos polvos de donde ahora nos vienen estos lodos...


viernes, 1 de julio de 2016

La malquerida (1940)




Director: José López Rubio

España, 1940, 84 minutos

La Malquerida (1940) de José López Rubio

El que quiera a la del Soto
tiene penas de la vida:
por quererla quien la quiere
la llaman la Malquerida.

Adaptación cinematográfica del drama homónimo de Jacinto Benavente que se rodó en los estudios Orphea de Barcelona bajo la dirección de José López Rubio. Cuenta la historia de la aldeana Acacia (Luchy Soto), una joven cortejada por unos y por otros y cuyo padrastro (Jesús Tordesillas) la intentará seducir infructuosamente.

Una evidente impronta folclórica, casi pintoresquista, está muy presente a lo largo de un filme que pretendía captar la esencia del medio rural castellano: los vestidos tradicionales que lucen las mujeres en la corrida de toros de Oropesa (Toledo), la serenata que dedican los mozos del pueblo a Acacia o, simplemente, la forma de hablar (y de escribir) de los lugareños son sólo algunos ejemplos que ponen de manifiesto una actitud, por parte de López Rubio, a medio camino entre lo antropológico y el costumbrismo tradicionalista de corte romántico.

Quizá debido a ello, los valores tanto implícitos como explícitos que se desprenden del argumento obedecen a un marcado conservadurismo, según el cual la mujer debe vivir supeditada a los dictados del hombre. De ahí que Esteban (Jesús Tordesillas), quien también ejerce de cacique en la hacienda de El Soto, se sienta totalmente legitimado en sus aspiraciones a doblegar la voluntad de madre e hija. Para lo cual irá tejiendo un complejo entramado con la finalidad de acabar con la vida de Faustino (Carlos Muñoz) y la de Norberto (Julio Peña).

Por eso resulta tan fácil establecer un paralelismo entre la situación concebida por el Nobel Benavente y la de algunos mitos presentes en la tragedia griega: la debilidad del padrastro es equivalente a la de Fedra y el destino, en ambos casos, acabará sentenciando sin miramientos: la sangre de la madre (Társila Criado) adquiere, entonces, un valor redentor que la equipara con Cristo.

En el apartado técnico, merece ser destacada, por último, la música que el compositor Jesús Guridi creó para la ocasión, todo un lujo si se tiene en cuenta la relevancia que el vasco llegaría a adquirir en el ámbito musical internacional.

lunes, 11 de enero de 2016

El crimen de Pepe Conde (1946)







Director: José López Rubio
España, 1946, 98 minutos



Secuela de Pepe Conde (dirigida también por José López Rubio en 1941 a partir de un personaje ideado por el dramaturgo Pedro Muñoz Seca), El crimen de Pepe Conde desarrolla en clave humorística un lugar común de la España profunda: lo que Joaquín Sabina llamaría "el señorito que se ríe de los catetos". El señorito en cuestión es el Marqués de Hinojos, quien concibe todo un complejo entramado con el único objetivo de burlarse a costa del ingenuo sevillano. A tal efecto, no dudará en proponer a Pepe un pacto con el mismísimo Lucifer para lograr los favores de la bella Reyes (Antoñita Colomé). Sólo que el supuesto diablo no es más que un hábil ilusionista conchabado con el Marqués para llevar a cabo la despiadada broma.

Se trata de una de las muchas comedias rodadas en la época para lucimiento de Miguel Ligero y la cuarta película producida por Cesáreo González (1903–1968), responsable de una extensísima nómina de títulos, siempre bajo el estandarte de la mítica Suevia Films. La ambientación sevillana y los números musicales folclóricos se combinan con ciertos elementos propios de las historias de terror, lo cual da lugar a una rocambolesca historia que en su día fue premiada por el Círculo de Escritores Cinematográficos.

Otro de los elementos de El crimen de Pepe Conde sobre el que merece la pena llamar la atención es que su protagonista sueña con dejar la pobreza en la que vive y, de hecho, se verá señor de una gran mansión y vestido con elegantes trajes, todo merced al engaño tramado por el Marqués, naturalmente. De todas formas, este delirio de grandeza es habitual en el cine patrio de los cuarenta y no pone de manifiesto sino la tremenda carestía que se estaba viviendo en la España de la autarquía. En ese sentido, hace algunas semanas comentábamos el caso similar de Los hijos de la noche, precisamente también con Miguel Ligero en el reparto.