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jueves, 7 de mayo de 2026

Torrente 2: Misión en Marbella (2001)




Director: Santiago Segura
España, 2001, 99 minutos

Torrente 2: Misión en Marbella (2001)


El éxito en taquilla de la primera entrega de Torrente motivó esta secuela, ambientada en la Marbella ostentosa de Jesús Gil, quien por aquel entonces, a principios del siglo XXI, encarnaba el summum de la España hortera y corrupta. Y enseguida se percibe que los ingredientes de los que se sirve Santiago Segura obedecen a la misma fórmula que le ha valido el favor del público en sucesivas reediciones de las andanzas del "brazo tonto de la ley": chistes soeces, comentarios abiertamente misóginos y un cutrerío casposo y grasiento que, en definitiva, constituye la esencia de la franquicia. Sin la chispa contracultural, conviene matizar, que quizá tenía el personaje en sus orígenes.

Por otra parte, los títulos de crédito a lo James Bond (con tema musical, por cierto, interpretado por el mítico Raphael) ponen de manifiesto la apuesta decididamente espectacular de una producción con voluntad de rendir homenaje a los clásicos del cine popular, si bien pasados por el tamiz de la parodia de brocha gorda. Que, en todo caso, y al margen de consideraciones de orden artístico, se beneficia de un mayor presupuesto, respecto a la primera entrega, con explosiones, persecuciones y una estética inspirada en los tópicos habituales en torno a los devaneos de la jet set en la Costa del Sol.



Gabino Diego, como Cuco, representa el contrapunto perfecto gracias a su interpretación de drogadicto con buen corazón pero pocas luces, mientras que Torrente sigue siendo tan racista, misógino y fantasmón como siempre. En cambio, José Luis Moreno da vida a un malvado de opereta, dispuesto a destruir la ciudad lanzando misiles por doquier, que encaja perfectamente en el tono caricaturesco del filme.

Vista con los ojos de hoy en día, el humor de Torrente puede resultar, en ocasiones, una barrera difícilmente asumible. Sin embargo, para entender la película hay que aplicar la teoría del espejo deformante. Así pues, Torrente no representaría tanto un modelo a seguir, sino una caricatura de los peores vicios de una parte de la sociedad española, la del "pelotazo" y la brillantina, por lo que, al reírnos de él, nos reímos de lo que no queremos llegar a ser. A fin de cuentas, la trama de espionaje no es más que un pretexto para dar cabida a los chistes y a la infinidad de cameos marca de la casa.



viernes, 24 de mayo de 2024

Doña Perfecta (1977)




Director: César Fernández Ardavín
España, 1977, 103 minutos

Doña Perfecta (1977) de César Ardavín


Después de media hora de camino, durante la cual el Sr. D. José no se mostró muy comunicativo, ni el Sr. Licurgo tampoco, apareció a los ojos de entrambos apiñado y viejo caserío asentado en una loma, y del cual se destacaban algunas negras torres y la ruinosa fábrica de un despedazado castillo en lo más alto. Un amasijo de paredes deformes, de casuchas de tierra pardas y polvorosas como el suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras anémicas y hambrientas que pedían una limosna al pasajero. […] Llamábase Orbajosa, ciudad que no en Geografía caldea o copta sino en la de España figura con 7.324 habitantes, ayuntamiento, sede episcopal, partido judicial, seminario, depósito de caballos sementales, instituto de segunda enseñanza y otras prerrogativas oficiales.

Benito Pérez Galdós
Doña Perfecta (1876)

Novela de tesis o incluso tendenciosa, la historia que Galdós había esbozado cien años antes a propósito de las dos Españas (una intransigente, católica y reaccionaria; otra tolerante, laica y liberal) seguía plenamente vigente cuando César Ardavín, a las puertas de la Transición, decide realizar su adaptación cinematográfica de Doña Perfecta (1977). En ese orden de cosas, el personaje de Pepe Rey (Manuel Sierra) representa unos aires de renovación que la anquilosada sociedad provinciana en la que aterriza, encabezada por su tía (Julia Gutiérrez Caba) y el párroco don Inocencio (José Luis López Vázquez), difícilmente podrá asumir. De ahí que las fuerzas vivas de Orbajosa urdan las mil y una con tal de hacerle el vacío al protagonista.

Aunque no todo es intolerancia en aquel recóndito lugar, por lo que el bueno de Pepe, además de padecer la ojeriza de los corrillos, también se beneficiará de la cordialidad del un tanto extravagante Juan Tafetán (Jorge Rigaud), en el fondo otra víctima como él, y del amor incondicional de la candorosa prima Rosario (Victoria Abril), con la que entabla un apasionado romance a espaldas de la controladora madre de ésta.



Aun así, la dualidad entre progreso y oscurantismo que ponen de manifiesto los personajes arroja la impronta de un mundo hermético, impermeable a los cambios, que reacciona con recelo y hasta virulencia ante la irrupción de un advenedizo, sobre todo si se trata, como es el caso, de un joven ingeniero al que se le atribuyen ideas revolucionarias y hasta anticlericales.

En definitiva, la antigua Urbs Augusta no deja de ser un microcosmos, trasunto del conjunto de la nación, en el que ni el obtuso don Cayetano (José Orjas), más interesado en atesorar incunables que en defender la razón, ni las libidinosas Troyas (Mirta Miller y María Kosty) ni el en teoría fiel Pinzón (Víctor Valverde) ni mucho menos el traicionero e hipócrita Jacintito (Emilio Gutiérrez Caba) harán nada por impedir que se consuma una injusticia de grandes proporciones que queda oficialmente zanjada como simple suicidio.



sábado, 11 de noviembre de 2023

La lupa (1955)




Título completo: La lupa (agencia de investigaciones privadas)
Director: Luis Lucia
España, 1955, 87 minutos

La lupa (1955) de Luis Lucia


Amable filme de episodios cuyo hilo conductor son las andanzas de una pareja de detectives un tanto atípica. Porque ni don Paco (Valeriano León) ni el espigado Felipe (Antonio Riquelme) destacan precisamente por su agudeza a la hora de resolver los pocos casos que les caen entre manos. Aunque tratándose de una comedia, será de esa misma ineptitud de donde procedan la mayor parte de equívocos descritos en La lupa (1955).

Comienza la película con un disparatado prólogo en el que se repasa "la sucinta historia del utilísimo instrumento" que le da título, desde la época de las cavernas hasta que un borracho coetáneo de Juana la Loca descubre el efecto de agrandamiento que produce el culo de un vaso. Preámbulo en el que, en papeles secundarios, intervienen fugazmente Tip y Top haciendo de sabios en la antigua Grecia y Antonio Ozores como diseñador de armaduras en un pase de modelitos del Medievo.



Y así, amparándose en el lema "A la prosperidad por la pesquisa", ambos sabuesos se lanzan a investigar, sucesivamente, la desaparición del Niño Jesús que una imagen de San Antonio de Padua sostenía sobre sus brazos (al párroco de la iglesia, por cierto, lo interpreta un jovencísimo José Luis López Vázquez), los tejemanejes de un marido (Manuel Luna) que todos los sábados se va de montería al Escorial y, por último, una intriga familiar en la que intervienen un supuesto cazador de dotes, un padre celoso de preservar la integridad de su hija y una cuadrilla de marcianos ávidos de manganeso que hablan en vasco.

Tanto los diálogos como las situaciones resultan de una teatralidad que hoy día parece excesivamente artificiosa, si bien no exenta de la chispa que supo imprimirle el mítico José Luis Colina (1922-1997), uno de los coguionistas de la cinta. Por lo demás, la dirección de Luis Lucia, tosca (como solía ser habitual en él), oscila entre el dramatismo de la primera historia (a propósito de una madre, esposa de un escultor, que no logra sobreponerse al fallecimiento de su único hijo) o la moralina teñida de comicidad de la segunda y, en cambio, el hilarante planteamiento, con platillo volante incluido, del tercer y último segmento.



lunes, 6 de noviembre de 2023

Los pedigüeños (1961)




Director: Tony Leblanc
España, 1961, 84 minutos

Los pedigüeños (1961) de Tony Leblanc


Un cierto aire de déjà vu flota a lo largo de Los pedigüeños (1961), tal vez porque su director, productor, guionista y autor de la banda sonora, el mismo Tony Leblanc que, además de protagonizarla, había debutado tras las cámaras pocos meses antes dirigiendo El pobre García (1961), contaba en su haber con varias interpretaciones de pícaro moderno dedicado a vivir del sablazo, siendo su papel en Los tramposos (1959), de Pedro Lazaga, el más destacable a este respecto. 

Fuese por ello o quizá porque la película no llega a arrancar plenamente, lo cierto es que ésta queda reducida a mero divertimento por más que la vis cómica de su reparto, completado con la presencia de López Vázquez, Venancio Muro y Gracita Morales, invite a esbozar una sonrisa a cada momento viendo cómo los susodichos se fingen mudos, ciegos o cojos para suscitar la compasión de la gente.



Y es que tanto el jeta de Fortunato Calandria (Leblanc) como sus compañeros de fatigas están siempre dispuestos a urdir lo que haga falta con tal de sustraerle los cuartos al prójimo, ya sea cantando el flamenco que no saben o reclamando a lágrima viva las deudas que supuestamente les dejó a deber algún difunto al que jamás conocieron. A fin de cuentas, el lema que proclaman con orgullo ("¡Siempre pedimos, nunca robamos: todos para uno como buenos hermanos!") define a la perfección el ideal de vida de estos simpáticos gorrones.

Aun así será una mujer (Licia Calderón) la que logre que Fortu siente la cabeza, por lo que la cinta se estructura como un larguísimo flashback en el que el hoy padre de familia rememora sus viejas andanzas con tal de convencer a su chaval de las inconveniencias de ser un vividor. Aunque ya se sabe que "la rama sale al tronco" y el pequeño Juanín revelará similares dotes a las de su progenitor para sacarle el dinero a los demás.



domingo, 5 de noviembre de 2023

Una isla con tomate (1962)




Director: Tony Leblanc
España, 1962, 85 minutos

Una isla con tomate (1962) de Tony Leblanc


De sobras conocido como intérprete, y de los mejores de su generación, a menudo se pasa por alto que Tony Leblanc (1922-2012) dirigió también tres películas: El pobre García (1961), Los pedigüeños (1961) y la insólita Una isla con tomate (1962). El humor blanquísimo y a veces absurdo del que hace gala en esta última pone de manifiesto su carácter eminentemente cándido, en un registro más cercano a las tiras cómicas del célebre TBO que no a lo que cabría esperar de una cinta, magníficamente fotografiada en color por Manuel Berenguer, en la que el propio Leblanc (además de coescribir el guion, ejercer de productor y componer la banda sonora) comparte protagonismo con José Luis López Vázquez y Antonio Garisa.

Verosímil o no, la trama arranca y concluye en la imaginaria población costera de Panaqués, adonde las clases adineradas se dan cita para hacer pública ostentación de su estatus social. Tal es el caso, por ejemplo, del aguerrido Ulpiano (López Vázquez), capaz de cruzar a nado el Canal de la Mancha del revés y en día de lluvia y que será condecorado como hijo único o predilecto (tanto monta) por el alcalde y en presencia de su augusta madre.



El caso es que, aparte de cuatro náufragos (el ya mencionado Ulpiano, más un tipo que se pasa la vida huyendo de su esposa y una pareja de recién casados), por la ínsula de marras irán desfilando piratas, caníbales y demás elementos que el imaginario colectivo suele ubicar en semejante enclave, si bien unos serán fruto de un sueño y el resto los extras que los propietarios del islote, unos señores muy antipáticos, han ido disponiendo para ahuyentar a los visitantes.

Carente casi por completo de un argumento sólido, más allá de que tres hombres y una mujer coincidan en una isla "desierta", la mayor parte de sus diálogos son una sarta de chistes a cuál más ingenuo (a veces incluso de mal gusto, como el gag a propósito de los juanetes del personaje de Garisa), por no mencionar la incorrección política en la que hoy incurrirían algunas de dichas ocurrencias. No obstante, hay que situar la obra en su contexto histórico y juzgarla de acuerdo con los parámetros de una época en la que el público no tenía mayores reparos en divertirse con ésta y otras humoradas por el estilo.



domingo, 1 de octubre de 2023

El cálido verano del Sr. Rodríguez (1965)




Director: Pedro Lazaga
España, 1965, 80 minutos

El cálido verano del Sr. Rodríguez (1965)


Aunque estemos ya en otoño, las suaves temperaturas del veranillo de San Miguel se prestan para el comentario de una cinta tan sumamente estival como El cálido verano del señor Rodríguez (1965). Engendro cómico, con su buena dosis de crítica costumbrista, que llevaba décadas fuera de circulación y que ahora, debidamente restaurada por la Filmoteca Española, vuelve a gozar de una nueva vida.

Hecha a medida de la sin par vis histriónica de José Luis López Vázquez, lo cierto es que el guion de la película, aparte de retratar a un tipo muy común de nuestra idiosincrasia hispánica, abunda en referencias socioculturales de aquel entonces que hoy pueden llegar a abrumarnos, en algunos casos, por su incorrección política (como aquello que dice el protagonista a propósito de los gitanos: "Donde habites, no hagas daño"), pero que, dado su valor testimonial, arrojan una impronta certera sobre aquella España en blanco y negro de hace sesenta años.



A juzgar por cómo la expresión está presente en el título e incluso en buena parte de los diálogos, lo de permanecer sólo en la ciudad mientras mujer e hijos se marchan de vacaciones (es decir, quedarse de "Rodríguez") debe venir de antiguo, sin que esté muy claro el origen de semejante modismo. En todo caso, lo que verdaderamente define al personaje no es tanto su afán crápula, sino una proverbial fanfarronería a la hora de exagerar o directamente inventar sus gestas.

De hecho, la estructura del filme se divide en dos partes claramente diferenciadas en torno a cómo diantre ha acabado Pepe Rodríguez con un ojo a la virulé. Así pues, si hasta la mitad de la trama visualizamos las mentiras que el petulante oficinista le cuenta a un antiguo camarada que recoge en su seiscientos descapotable (Agustín González) o, tras llegar a casa, a su propia esposa (Elvira Quintillá), el resto de metraje consiste, en cambio, en mostrarnos "la verdad", si es que esa palabra quiere decir algo fiable. En todo caso, el tal Rodríguez no dudará en consultar sus dudas con el espejo para acabar llegando a una conclusión que el espectador avezado haya tal vez advertido a lo largo del relato. Y es que todas las mujeres de las ensoñaciones del pobre Rodríguez tienen, en realidad, la cara de su señora...



viernes, 28 de abril de 2023

Vacaciones para Ivette (1964)




Director: José María Forqué
España, 1964, 84 minutos

Vacaciones para Ivette (1964) de Forqué


Sin pretender ser otra cosa que una divertida comedia doméstica, Vacaciones para Ivette (1964) proporciona, no obstante, un inmejorable fresco a propósito de una sociedad tan acomplejada como ansiosa por abrirse al exterior. A este respecto, los miembros del clan Aranda, encabezado por el irrisorio paterfamilias don Federico (José Luis López Vázquez), encarnan a la perfección el estereotipo del españolito subdesarrollado que no puede resistirse a los encantos de una jovial francesita (Catherine Diamant) recién llegada de París.

La trama, no muy alejada en espíritu de otros proyectos del productor Pedro Masó, como la exitosa saga iniciada poco antes con La gran familia (1962), combina elementos estrictamente tópicos (lo mismo en la caracterización de tipos y ambientes castizos que a la hora de retratar sus equivalentes parisinos) con la inocencia juvenil de un amor de verano o las travesuras infantiles protagonizadas por los más pequeños de la casa.



También la suegra (Guadalupe Muñoz Sampedro) resulta enormemente graciosa en sus continuas refriegas con el yerno, de la misma manera que la siempre histriónica Gracita Morales interpreta por enésima vez su característico papel de sirvienta deslenguada. Ingredientes, hábilmente aderezados en el magistral guion de Vicente Coello (repleto de diálogos y réplicas brillantes), que, en manos de un director de la talla de José María Forqué, da como resultado una eficaz película de costumbres.

Mientras tanto, la otra familia, la de los Bernard, acoge durante unos días a Andrés, el típico crío con gafas y algo apocado. Pero aparte de un padre que toca el trombón en un bateau mouche y un niño gamberro que no para de fastidiar al pobre huésped español, apenas alcanzan la vivacidad de sus homólogos madrileños.



martes, 25 de abril de 2023

Las secretas intenciones (1970)




Director: Antonio Eceiza
España, 1970, 83 minutos

Las secretas intenciones (1970)


Haciendo honor a su título, Las secretas intenciones (1970) vendría a ser una extraña aproximación al tema del suicidio o, mejor aún, a lo que pudiera calificarse de relación autodestructiva. Porque, si bien es cierto que tanto Blanca (Haydée Politoff) como Miguel (Jean-Louis Trintignant) se influyen mutuamente en sus continuos arrebatos de amor-odio, al final será este último quien terminará llevando al extremo dicha obsesión por la muerte.

El guion de Rafael Azcona, lo mismo que la fotografía de Luis Cuadrado o la vanguardista música de Luis de Pablo, se enmarcan en el estilo aséptico que el productor Elías Querejeta solía transmitir por aquel entonces a todas sus películas: una forma de hacer cine que aspiraba a ser moderna (moderna para la España caduca del tardofranquismo, se entiende), pero que, en realidad, denota una cierta vacuidad no exenta de diletantismo.



Como no falta tampoco la habitual dosis de devaneos amatorios, todo un atrevimiento tratándose de una cinta española de finales de los sesenta. De modo que Miguel, un individuo casado y padre de familia numerosa, bebe los vientos por la susodicha Blanca, a la que sigue y persigue con su descapotable a lo largo y ancho de Madrid, pese a que ya es amante de Pepa (Teresa del Río), la mujer de su amigo Ernesto (Julio Núñez).

Sea como fuere, la presencia al frente del reparto de dos intérpretes franceses (él, consagrado tras el éxito internacional de Un homme et une femme; ella, musa de Rohmer) aporta la dosis necesaria de sofisticación para que la trama parezca más profunda de lo que realmente es. En ese aspecto, y sin llegar a ser tan críptico como, por ejemplo, un Carlos Saura, el siempre fascinante Antxon Eceiza (1935-2011) se recrea, sin embargo, en mostrar a gente sangrando, tal vez con la esperanza de incomodar al espectador.



domingo, 12 de marzo de 2023

Accidente 703 (1962)




Director: José María Forqué
España/Argentina, 1962, 89 minutos

Accidente 703 (1962) de José María Forqué


El pasado 8 de marzo se cumplían cien años exactos del nacimiento de José María Forqué (1923-1995). Y qué mejor ocasión para recordar una de las muchas películas que dirigió a lo largo de su prolífica carrera. Estrenada apenas unos meses antes que Atraco a las tres, la menos popular Accidente 703 (1962) plantea una compleja estructura en la que distintas tramas simultáneas acabarán convergiendo en el fatídico punto de una carretera secundaria donde va a tener lugar un gravísimo siniestro automovilístico.

A tal efecto, la acción se sitúa en distintos lugares de la geografía española, desde Madrid o Zaragoza, pasando por Barcelona y Guadalajara, todos debidamente indicados en pantalla junto con una hora "del día del accidente". De modo que, poco a poco, irán perfilándose los antecedentes de una tragedia que ya ha sido mostrada en las primeras secuencias del filme. Lo cual no es óbice para que la tensión vaya en aumento hasta ese clímax que no por previsible resulta menos dramático.



Cada una de las historias corresponde a géneros de muy diversa índole. Así, por ejemplo, los recién casados que se fotografían, junto con el resto de invitados, a orillas del balneario de Alhama de Aragón representan la vis cómica (sobre todo José Luis López Vázquez, en su típico papel de españolito pusilánime) de una cinta donde el humor, si bien con ligeras pinceladas, también tiene cabida. Y lo mismo podría decirse del timorato Rogelio (Manolo Gómez Bur) y su cartera repleta de billetes. Otras líneas argumentales, en cambio, como la de Jorge (Carlos Estrada) y Paula (Susana Campos), obedecen a un planteamiento mucho más apasionado: el de la secretaria/amante cansada de que su jefe no se decida nunca a abandonar a su esposa para irse con ella.

La jazzística banda sonora del argentino Adolfo Waitzman aporta un toque fresco y dinámico, como el de esa juventud ociosa que se dedica a perseguirse con sus potentes descapotables y hacer de las suyas por las calles de la Ciudad Condal. Aunque a la hora de la verdad, cuando unos y otros pasen de largo ante el coche accidentado en cuyo interior se debate entre la vida y la muerte Luisa (Nuria Torray), el sentimiento de culpa y los remordimientos de conciencia asaltarán a más de uno, caso de Julio (Carlos Cores), incapaz, pese a su apariencia de rudo camionero, de dejar a la muchacha en la estacada. Sin embargo, no habrá consuelo posible para la esposa del difunto conductor (Julia Gutiérrez Caba), víctima involuntaria de todo un entramado de fatales consecuencias.



sábado, 26 de marzo de 2022

El bosque del lobo (1970)




Director: Pedro Olea
España, 1970, 87 minutos

El bosque del lobo (1970) de Pedro Olea


Se enjugó los ojos llorosos y siguiendo a su raptor empezó a descender la otra vertiente de la loma; bien pronto se perdió de vista, para reaparecer a lo lejos, camino de Castilla, creía ella, pero en realidad camino del bosque de Ancines, donde sus huesos permanecerían blanqueando al sol y refrescados por la lluvia hasta el día de la resurrección de la carne. Corina no volvería a alegrar la rectoral de Vilouzás; quedaba enmudecida para siempre “en medio de las flores, — flores, flores, — cual hija del amor, — sí, del amor”.

Carlos Martínez-Barbeito
El bosque de Ancines (1947)

Las notas de lo que parece un cantar de ciego abren y cierran El bosque del lobo (1970), segundo largometraje del bilbaíno Pedro Olea y adaptación de la novela de Martínez-Barbeito en torno a la figura del asesino en serie Manuel Blanco Romasanta (1809-1863), conocido popularmente como "El sacaúntos de Allariz". Al margen de la celebridad alcanzada en su momento por el personaje real, un licántropo al que se le atribuyeron cerca de trece crímenes, la película huye de los clichés del cine de terror para centrarse en un crudo retrato de la Galicia profunda a través de su protagonista: el buhonero Benito Freire (José Luis López Vázquez).

Aquejado desde la más tierna infancia por recurrentes crisis epilépticas, la vida de Freire transcurre entre las gentes zafias de los bajos fondos y, al mismo tiempo, los señoritos de la burguesía local, que lo utilizan como alcahuete. Aparentemente se trata de un ser inofensivo y por tal es tenido, aunque las convulsiones de sus ataques preludian una agresividad desmesurada, con especial predilección por las mujeres.



Llama especialmente la atención el verismo de la puesta en escena, con esos interiores cochambrosos en los que los lugareños, comidos por las moscas, rezan o velan a algún difunto. Ni que decir tiene que la censura franquista se cebó con los aspectos más sórdidos de un guion del que fueron convenientemente extirpadas grandes dosis de violencia y erotismo (la leyenda cuenta que el almirante Carrero Blanco quedó horrorizado tras un pase privado del filme).

Aun así, con el paso del tiempo se ha ido revalorizando el interés por una cinta que supuso, además, la consagración definitiva como actor de José Luis López Vázquez, hasta entonces encasillado en papeles cómicos de escasa relevancia y cuya excelente interpretación de quincallero ambulante le valió un merecido premio en el Festival de Chicago.



viernes, 11 de marzo de 2022

La cabina (1972)




Director: Antonio Mercero
España, 1972, 35 minutos

La cabina (1972) de Antonio Mercero


Tal día como hoy de hace cien años nacía en Madrid el actor José Luis López Vázquez (1922–2009), figura señera del cine español e infatigable intérprete de más de doscientas sesenta películas a las órdenes de directores tan dispares como Luis García Berlanga, Carlos Saura o incluso George Cukor. Con Antonio Mercero, sin embargo, protagonizó la que a la postre acabaría quedando como imagen icónica de su prolífica carrera: la del hombre anónimo atrapado en el interior de un elemento tan aparentemente cotidiano e inofensivo como una cabina telefónica.

Conviene tener muy en cuenta el particular contexto en el que se hallaba la España del 72 (un país en las postrimerías de una dictadura militar, desprovisto de la cuantiosa oferta audiovisual de hoy en día) para hacerse una idea precisa del impacto que supuso la emisión televisiva de un cortometraje de apenas media hora de duración cuyo recuerdo, cincuenta años después, permanece aún en la memoria colectiva como un hito prácticamente comparable a la repercusión obtenida por Orson Welles, en los años treinta, con su versión radiofónica de La guerra de los mundos.



Aparte del sencillo planteamiento del que parte el guion de José Luis Garci (y de las múltiples lecturas a las que éste se presta: el absurdo de la existencia; la incomunicación del individuo, víctima de un sistema represor, en el seno de las sociedades modernas; la insolidaridad de los mirones que convierten la tragedia ajena en espectáculo público...), llama poderosamente la atención el hecho de que son varios los momentos en los que se alude al aislamiento de un ser humano en el interior de algún tipo de receptáculo. 

Así pues, y al margen de que el personaje de Agustín González corra la misma "suerte" que el protagonista, veremos al hijo de este último subir a bordo de un autobús escolar o, tiempo después, cuando ya el infeliz cautivo va camino de su incierto destino, se cruzará con un séquito fúnebre que acompaña el féretro acristalado de una criatura. Hasta uno de los saltimbanquis circenses que, más adelante, observa compungido al otro lado del cristal sostiene entre sus manos una botella con un velero dentro. Nadie está a salvo, pues, de quedar atrapado en su correspondiente ratonera y, al día siguiente, los operarios depositan una nueva cabina roja en el solitario parque. La puerta, por cierto, la dejan abierta...



jueves, 17 de febrero de 2022

Las señoritas de mala compañía (1973)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1973, 83 minutos

Las señoritas de mala compañía (1973)


La pequeña localidad segoviana de Aranda de Lerma cuenta en su seno con un burdel que trae de cabeza a las beatas del pueblo, bajo la batuta de doña Íñiga (Milagros Leal), por lo que éstas no cesan de conspirar con la intención de clausurarlo. Sin embargo, las pupilas de doña Sole (Isabel Garcés) son tan populares que hasta los maridos de las puritanas defensoras de la decencia se cuentan entre la nutrida parroquia de clientes que acuden regularmente al local. Una plantilla de lo más solicitado que, además, verá engrosar sus filas con la llegada de Charo (María Luisa San José), joven madre soltera de la que enseguida queda prendado el tímido Luis (Emilio Gutiérrez Caba), opositor y, para más inri, hijo de otra de las remilgadas mojigatas que se oponen a la casa de lenocinio.

El resto de personal lo conforman la risueña Dominga (Concha Velasco), Eloísa (Marisa Medina) y una despampanante moza que responde al nombre de Lola (Esperanza Roy). También Eloy (Manolo Gómez Bur), especie de mayordomo fiel o amanerado "chico" para todo. Como se ve, un entorno menos sórdido que entrañable, por el que irán desfilando buena parte de los vecinos del lugar, hasta que el premio gordo de la lotería de Navidad inunde de júbilo la pensión, trastocándolo todo.



Porque, a lo tonto a lo tonto, el tema de fondo de Las señoritas de mala compañía (1973) no es otro sino el fariseísmo de quienes se rasgan las vestiduras en nombre del recato y la santa moral para, acto seguido, transigir en lo que parecían principios inquebrantables. Y es que no hay remilgos que valgan cuando lo que anda en juego es una suculenta fuente de ingresos procedente de la otrora impúdica madama. Crítica (amable y sin mayores reparos, si se quiere, pero crítica, al fin y al cabo) que muy bien pudiera hacerse extensible al conjunto de la sociedad española bajo el franquismo.

El tono desenfadado del libreto de Juan José Alonso Millán, a partir de una idea de Antonio Fos, unido a la pegadiza banda sonora compuesta por el maestro García Segura, confiere al conjunto un aire muy de la época, vehículo ideal para el lucimiento de secundarios de la talla de José Luis López Vázquez, Saza, José María Caffarel (en un breve papel de viajante catalán) o Juanito Navarro. Ahora, eso sí: es el personaje del sacerdote (Ismael Merlo) el encargado de poner orden y una nota de sentido común en una cinta que abogaba abiertamente por una visión frívola de la prostitución y aun de las propias mujeres.



viernes, 17 de diciembre de 2021

Todos a la cárcel (1993)




Director: Luis García Berlanga
España, 1993, 99 minutos

Todos a la cárcel (1993) de García Berlanga


No hay más que ver el título que le puso Berlanga a esta película para hacerse una idea de la que estaba cayendo en la España inmediatamente posterior a los fastos del 92, cuando lo habitual era desayunarse cada mañana con la noticia de un nuevo caso de corrupción política. A este respecto, Todos a la cárcel (1993) esboza un microcosmos de arribismos aún más sombrío, si cabe, que el de la mítica La escopeta nacional (1978), pues, tal y como afirmó el cineasta valenciano en su momento: "Los negocios que antes se hacían en las cacerías se hacen ahora en las prisiones".

En esta ocasión "Saza" encarna a don Artemio Bermejo, un modesto empresario que, con la finalidad de que le abonen el importe de una antigua deuda, acude a la cárcel Modelo de Valencia, donde está previsto celebrar los festejos del Día Internacional del Preso de Conciencia. Toda una odisea, repleta de los habituales secundarios del universo berlanguiano, a cuál más esperpéntico, y que acabará, como no podía ser de otra manera, como el rosario de la aurora.



La nota predominante conforme avanza la acción alude a los antiguos opositores al régimen franquista, hoy reconvertidos en altos cargos del Estado, que presumen públicamente de su conciencia social (con lectura de manifiesto incluida) mientras, al mismo tiempo, se hallan implicados en las más oscuras corruptelas. En ese sentido, la prisión en la que transcurren los hechos vendría a ser una especie de metáfora del conjunto de la nación cuyos dirigentes, ya se trate del sagaz Quintanilla (José Sacristán) o el marrullero alcaide al que da vida Agustín González, hacen y deshacen a su antojo rocambolescos tejemanejes.

Galardonada con tres premios Goya (Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Sonido), Todos a la cárcel plasmaba en imágenes el desencanto de su director con respecto a la deriva de la sociedad española tras quince años de democracia y sucesivos gobiernos socialistas. Un desbarajuste colectivo, dilapidando recursos públicos, del que el banquero Tornicelli (Torrebruno), reclamado por la justicia de doce países, sale indemne como si nada, tal vez porque a ningún mandamás le conviene enemistarse con la mano que mueve los hilos.



miércoles, 15 de diciembre de 2021

Novio a la vista (1954)




Director: Luis García Berlanga
España, 1954, 83 minutos

Novio a la vista (1954) de Luis García Berlanga


El universo de un autor consagrado, Edgar Neville, se daba la mano con el de otro en ciernes, Luis García Berlanga, en Novio a la vista (1953), comedia coral en torno a los viejos usos y costumbres de un mundo cuyos valores entrarían en franca decadencia tras finalizar la Primera Guerra Mundial. Producida por Benito Perojo, la película arranca en una imprecisa Europa de 1918 en la que las mujeres toman las aguas a orillas del Mediterráneo, enfundadas en decorosos trajes de baño de cuerpo entero, mientras los hombres juegan a ser heroicos generales en la reserva.

Asimismo, la inveterada costumbre berlanguiana de incluir siempre en sus filmes alguna referencia al Imperio Austrohúngaro da pie a uno de los momentos memorables de la cinta, aquél en el que el joven Enrique (Jorge Vico) se las ve y se las desea para responder al arduo interrogatorio al que es sometido por un tribunal de carcamales a propósito de la geografía centroeuropea (al Infante borbónico, por cierto, se lo ventilan un poco antes pidiéndole que enumere de carrerilla a los monarcas de su ilustre estirpe).



No obstante, y al margen de su innegable sabor finisecular, parodia de la mojigatería característica de la Belle Époque, Novio a la vista es, sobre todo, un homenaje al candor de los quince años, encarnado por Enriquito y Loli (Josette Arno), así como a aquellos veraneos en familia en los que los adolescentes jugaban a ser mayores y los adultos se comportaban como niños. A este respecto, la escena de la batalla campestre entre jóvenes y viejos nos sitúa en un contexto de tradición militarista tan caduco como la propia moral hipócrita que pretende ridiculizar la película.

Pero el final de las vacaciones marca también el final de la inocencia: Loli ya no es una niña y las correrías, junto a los chicos de su edad, que poco antes la entusiasmaban ahora forman parte del mismo pasado que las fronteras anteriores al estallido de la Gran Guerra. Enrique, en cambio, sigue prendado de un amor que, como los exámenes de septiembre, tiene pinta de convertirse en una asignatura pendiente que en lo sucesivo le proporcionará, sin duda, más calabazas que satisfacciones.



sábado, 20 de noviembre de 2021

Fuera de juego (1991)




Director: Fernando Fernán-Gómez
España, 1991, 97 minutos

Fuera de juego (1991) de Fernando Fernán-Gómez


Un grupo de ancianos, internos en el dormitorio número 16 de la Residencia San Cándido, decide poner fin a sus interminables horas de tedio fundando un club de fútbol. Pero como ninguno de ellos anda ya para muchos trotes, y ante los reparos de la monja alférez (María Asquerino), alias "La Bruja", se acaban conformando con identificarse con los chavales del vecino Colegio de Huérfanos, a cuyo modesto equipo apadrinan con idéntico entusiasmo...

A pesar de tratarse de una película de encargo, Fuera de juego (1991) destila la simpatía propia de un proyecto realizado con cariño. Y no sólo por lo amable del enfoque que le diera Fernando Fernán-Gómez, sino, sobre todo, debido a un inteligente paralelismo entre tercera edad e infancia, ya presente en el guion de José Truchado, que remite a grandes títulos de nuestra cinematografía como Del rosa al amarillo (1963) de Summers o, en especial, Los dinamiteros (1964) de Juan García Atienza.



En un principio, el núcleo duro del grupo lo integra un a modo de "quinteto de la muerte" capitaneado por don Aníbal (Fernán-Gómez), militar retirado y líder nato del cotarro, si bien más tarde, con la llegada de don Anselmo (José Luis López Vázquez), la camarilla pasa a contar con un nuevo miembro que será clave a la hora de obtener fondos que ayuden a sufragar sus ambiciosos planes. Y es que al tal don Anselmo, antiguo guardia urbano, no se le ocurre otra cosa que proponerles el atraco de una oficina bancaria disfrazándose de hermanitas de la caridad.

Independientemente de la comicidad de las situaciones, la mayoría de veces en torno al tópico de que los ancianos son como niños, lo cierto es que en todo momento planea de fondo una indudable amargura que es fruto de la condición de desamparados de los personajes, octogenarios a los que hace ya bastante tiempo que sus familiares dejaron de ir a visitar. El caso más flagrante, tal vez por ser el último en incorporarse, es el del propio Anselmo, aunque tanto él como el resto, que se halla en parecida situación, optan por evadirse de semejante existencia mediante un simple desdoblamiento de personalidad que les permite sentirse tan jóvenes como los críos a los que jalean en el terreno de juego.



viernes, 12 de noviembre de 2021

Esquilache (1989)




Directora: Josefina Molina
España, 1989, 101 minutos

Esquilache (1989) de Josefina Molina


ENSENADA. Has hecho perfectamente: esa medida se echaba de menos desde hace años, y ya es hora de aplicarla con mano dura.
ESQUILACHE. Pero si no se trata de mano dura... 
ENSENADA. No se puede reformar de otro modo. Recuerda nuestra divisa: "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo". El pueblo siempre es menor de edad. 
ESQUILACHE. No me parece que les des su verdadero sentido a esas palabras... "Sin el pueblo", pero no porque sea siempre menor de edad, sino porque todavía es menor de edad.

Antonio Buero Vallejo
Un soñador para un pueblo

La pirueta escénica propuesta por Buero a finales de los cincuenta con el título de Un soñador para un pueblo (1958), fresco histórico cuya apariencia rococó escondía, en realidad, un velado paralelismo entre el despotismo ilustrado y el régimen de Franco, sirvió de base para que la directora Josefina Molina, el productor José Sámano y el guionista Joaquín Oristrell llevasen a cabo la muy notable Esquilache (1989). Cinta que, además de ser una costosísima superproducción ambientada en el Madrid dieciochesco, contaba con un reparto inigualable, compuesto por algunos de los mejores intérpretes de su generación.

Hoy en día se asocia el nombre de Esquilache a un motín, apenas una página de nuestra historia a propósito de unos altercados acaecidos en marzo de 1766. Sin embargo, Leopoldo de Gregorio (1699-1785), el marqués que ostentó dicho título, fue algo más que un ministro empeñado en erradicar el uso de la capa larga y el chambergo. Muy al contrario, su programa de modernización de la villa de Madrid, auspiciado por el rey Carlos III, contribuyó decisivamente a mejorar las condiciones de vida en la capital del reino.



En líneas generales, tanto la puesta en escena como el tratamiento del guion resultan bastante dignos pese al encorsetamiento que implica el haber partido de una obra de tesis. En ese sentido, son muchas las ocasiones en las que los personajes tienden a hablar con una intencionalidad que deja entrever el maniqueísmo propio de una dramatización de hechos históricos. Lo cual no es óbice para que Fernando Fernán-Gómez encarne magistralmente las tribulaciones del hombre que comprueba con amargura el desagradecimiento de un pueblo incapaz de valorar el esfuerzo que por él se hace.

Tal vez por ello, se introdujo el recurso de la estructura circular y la elogiosa carta del monarca que un moribundo Esquilache escucha postrado en su lecho de muerte. También el detalle proustiano del chocolate que solía servirle Fernanda (Ángela Molina): elementos ausentes en la obra teatral, pero que desde el punto de vista cinematográfico ayudan a visualizar la acción mediante recursos que vayan más allá de la fastuosidad de las localizaciones en enclaves palaciegos (básicamente de Aranjuez) o el elaborado diseño de vestuario a cargo de Javier Artiñano.



sábado, 6 de noviembre de 2021

Moros y cristianos (1987)




Director: Luis García Berlanga
España, 1987, 116 minutos

Moros y cristianos (1987) de Luis García Berlanga


La que había de ser última colaboración entre Azcona y Berlanga narraba el accidentado periplo de un clan de turroneros alicantinos que, procedentes de Jijona, se dirigen rumbo a Madrid con la intención de promocionar sus productos en la capital del reino. Lo cual suponía, en realidad, un mero pretexto, ya que la película se plantea como la típica comedia coral, marca de la casa, con la mira puesta a satirizar aquella España de mediados de los ochenta, gobernada desde hacía un lustro por los socialistas, ya miembro de pleno de la Comunidad Económica Europea y obsesionada, para más inri, por modernizarse a marchas forzadas.

Frente a tanto desbarajuste, Moros y cristianos (1987) supuso una enésima vuelta de tuerca al circo patrio, encarnado esta vez, como sucediera con los Leguineche en anteriores títulos de la filmografía Berlanguiana, por los no menos delirantes Planchadell y Calabuig. Sólo que ahora los dardos se dirigen contra los asesores de imagen y demás gurús de la mercadotecnia. Modernillos con coleta que, al igual que Jacinto López (José Luis López Vázquez), lo mismo prometen ganar unas elecciones al político de turno que incrementar las ventas de una marca de turrón o incluso elevar a los altares a un fraile benedictino.



Son muchos los intérpretes que intervienen en semejante astracanada (así le gustaba definirla a su director), desde figuras consagradas como Fernando Fernán-Gómez, María Luisa Ponte o Agustín González hasta valores en alza como Rosa Maria Sardà o Pedro Ruiz. También Andrés Pajares o Antonio Resines: nombres en apariencia dispares, pero que bajo la dirección del maestro Berlanga encajan a la perfección en el universo histriónico del hoy centenario cineasta valenciano.

Con todo y con eso, y a pesar de que su papel de voluptuosa secretaria argentina le valió a Verónica Forqué el Goya a Mejor Actriz de Reparto, la cinta apenas logró atraer el favor de la crítica, encandilada todavía por el reciente éxito, un par de años antes, de La vaquilla (1985). Y es que, a decir verdad, le falta una pizca de frescura a una fórmula de cuya genialidad nadie duda, pero que, aun así, empezaba por aquel entonces a dar sus primeras muestras de agotamiento.