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martes, 26 de mayo de 2026

Un poeta (2025)




Director: Simón Mesa Soto
Colombia/Alemania/Suecia, 2025, 123 minutos

Un poeta (2025) de Simón Mesa Soto 


Uno de los títulos que está haciendo furor últimamente, gracias, entre otras cosas, al boca-oreja y al hecho de haber representado a su país en la más reciente edición de los Premios Óscar, es esta entrañable cinta colombiana a propósito de un pobre diablo alcoholizado, con su algo de Quijote, que se ve a sí mismo como émulo de su compatriota José Asunción Silva (1865-1896), máximo exponente del Modernismo local, cuando la realidad es que vive inmerso en la insufrible miseria del ambiente que lo rodea.

Buena parte del encanto de Un poeta (2025) reside, sin duda, en la fuerza expresiva de su protagonista, Ubeimar Ríos, genial encarnación del profesor y literato Óscar Restrepo, los versos del cual se recitan a lo largo de esta tragicomedia de tintes ligeramente sociales cuyo trasfondo nos sitúa en un medio, el de las clases populares de la ciudad de Medellín, marcado por la pobreza, pero también por la picaresca inherente a la lucha por la supervivencia. De ahí que la torpeza de Restrepo, tanto en el ámbito profesional como, sobre todo, en lo personal, resulte tan sumamente enternecedora pese al dramatismo de un personaje que es, en esencia, un perdedor.



También la relación que establece con su alumna Yurlady (Rebeca Andrade), dotada de una excepcional sensibilidad poética a pesar de la juventud de la muchacha, pone encima de la mesa la cuestión de los concursos literarios y todo lo que comporta intentar abrirse camino en el nada fácil mundo de las letras y demás cenáculos artísticos, repleto de promesas y boato, pero en el que, sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Sin olvidar que dicho apadrinamiento obedece, en realidad, a un intento por parte del protagonista de rehacer su desastroso rol como figura paterna.

Tras hacerse con el Premio Especial del Jurado en la sección Un Certain Regard de Cannes y el Premio Horizontes Latinos en San Sebastián, esta feroz crítica moral y social hacia las élites culturales pone de manifiesto la vulnerabilidad de una adolescente cuyo talento acaba sirviendo para satisfacer el morbo de una burguesía literaria que se autopercibe como superior. Agrio retrato, así pues, de los estamentos académico e intelectual el que plantea el cineasta Simón Mesa Soto en una de las producciones hispanoamericanas más lúcidas de la década.



jueves, 22 de agosto de 2024

El olvido que seremos (2020)




Director: Fernando Trueba
Colombia, 2020, 137 minutos

El olvido que seremos (2020) de Fernando Trueba


La superproducción colombiana El olvido que seremos (2020) recrea la vida del doctor y profesor universitario Héctor Abad Gómez (1921-1987), interpretado magistralmente por Javier Cámara, quien, además de meterse en la piel de tan insigne personaje, reproduce a la perfección el acento de Medellín. Y es que en dicha ciudad, precisamente, transcurre la mayor parte de la trama, que la cámara capta en color o en blanco y negro dependiendo de si los hechos narrados pertenecen a un pasado feliz o a la crispación del presente.

Años convulsos, por lo tanto, en el seno de una sociedad marcada por continuos atentados terroristas y donde la integridad personal y profesional de un honesto padre de familia y excelente médico entra en conflicto con los intereses de la oligarquía local. Situación que, sin embargo, no hará en absoluto mella sobre los principios inquebrantables del hombre.



Tal vez porque el guion de Fernando Trueba se basa en la novela autobiográfica del hijo de Abad, la película se centra especialmente en su faceta más familiar, ofreciendo un retrato entrañable (y a ratos, por qué no decirlo, un tanto sensiblero) del día a día entre el protagonista y su numerosa prole, formada por la esposa (Patricia Tamayo), cinco chicas y un varón. La mirada de este último, por cierto, tanto la del niño (Nicolás Reyes Cano) como la del adulto (Juan Pablo Urrego), resultará crucial a lo largo del relato.

Así pues, los valores humanistas que encarna el doctor Abad le hacen acreedor de una especial trascendencia en la transformación del mundo que le rodea, ya sea por su obsesión en implementar medidas higiénicas que redunden en mejores condiciones sanitarias para los sectores más desfavorecidos de la población o inculcando esos mismos valores a los suyos y a sus alumnos.



viernes, 9 de febrero de 2024

Crónica de una muerte anunciada (1987)




Título original: Cronaca di una morte annunciata
Director: Francesco Rosi
Italia/Francia/Colombia, 1987, 110 minutos

Crónica de una muerte anunciada (1987)


Nunca hubo una muerte más anunciada. Después de que la hermana les reveló el nombre, los gemelos Vicario pasaron por el depósito de la pocilga, donde guardaban los útiles de sacrificio, y escogieron los dos cuchillos mejores: uno de descuartizar, de diez pulgadas de largo por dos y media de ancho, y otro de limpiar, de siete pulgadas de largo por una y media de ancho. Los envolvieron en un trapo, y se fueron a afilarlos en el mercado de carnes, donde apenas empezaban a abrir algunos expendios. Los primeros clientes eran escasos, pero veintidós personas declararon haber oído cuanto dijeron, y todas coincidían en la impresión de que lo habían dicho con el único propósito de que los oyeran.

Gabriel García Márquez
Crónica de una muerte anunciada (1981)

Desde las Soledades de Góngora hasta el Ulises de Joyce son muchas las obras literarias cuyo mérito principal reside no tanto en lo que cuentan, sino, sobre todo, en cómo lo hacen. Premisa que, en el caso del colombiano García Márquez, resulta igualmente válida toda vez que concebiría un universo imaginario en torno a personajes y situaciones que, más o menos, se repiten en la mayor parte de sus novelas. Estilo reiterativo, bajo el influjo remoto de Faulkner (a este respecto, Macondo no deja de ser un calco del condado de Yoknapatawpha), que difícilmente se puede traducir en imágenes por mucho que el director y su elenco sean de primera línea.

Autor de un buen puñado de filmes de contenido político, entre los que destacan títulos como Salvatore Giuliano (1962), El caso Mattei (1972) o Excelentísimos cadáveres (1976), la maestría de Francesco Rosi (1922-2015) no logró, sin embargo, brillar a la misma altura en Cronaca di una morte annunciata (1987) a pesar de haber contado en el reparto con intérpretes de la talla de Gian Maria Volontè, Irene Papas o Lucia Bosè. Tal vez porque, desprovista de la magia de su estilo narrativo, la trama queda reducida a un mero folletín en torno al violento crimen de un inocente.



Aun así, el hecho de haber llevado a cabo el rodaje en Cartagena de Indias y la ciudad de Mompox, unido a una impecable dirección de arte, otorgan al conjunto la debida apariencia de enclave caribeño en el que situar una adaptación cinematográfica bastante fiel (con la salvedad del narrador, que pasa a ser el personaje de Cristo Bedoya) al texto original.

Pero si hay algo que chirría por encima de cualquier otra consideración es el marcado acento italiano de varios de los actores o, en esa misma línea, el impostado deje seseante de Sergi Mateu, lo cual no sólo podría haberse solucionado muy fácilmente en el estudio de doblaje, sino que produce un innecesario efecto de extrañamiento que rompe con la lógica interna del relato y aleja al espectador de su verdadera esencia localista.



domingo, 11 de octubre de 2020

Guest (2010)




Director: José Luis Guerín
España, 2010, 127 minutos

Guest (2010) de José Luis Guerín


Con el pretexto de asistir a cuantos festivales requieran su presencia a lo largo y ancho del planeta, un cineasta se pone el mundo por montera y decide registrar su estancia en cada ciudad con la única ayuda de una cámara digital. Tras un año de ir de aquí para allá filmando paisajes y gentes en blanco y negro el resultado es un cuaderno de bitácora que el autor decide titular Guest en honor a su condición de mero invitado en todos y cada uno de esos lugares.

Rodada entre septiembre de 2007 y septiembre de 2008, durante la gira promocional de En la ciudad de Sylvia (2007), la película adopta la forma de un diario de viaje, ecléctico y caleidoscópico, en el que se dan cita multitud de retazos con los que pudieran esbozarse mil posibles historias. Son los predicadores de São Paulo o de Santiago de Chile, con su verbo incisivo; las mulatas de Cali; los niños palestinos que juegan entre las ruinas de una guerra despiadada; el anciano cubano que se parece a don Quijote; el nonagenario fotógrafo de Macao; los habitantes de las chabolas limeñas... Otras veces, en cambio, no hace falta salir de Europa para topar con una manifestación de sin papeles en París o coincidir en Venecia con Chantal Akerman, Abbas Kiarostami o Ermanno Olmi (por desgracia, hoy todos fallecidos).



«Anoche estuve en el reino de las sombras...», escribió Máximo Gorki. «Si supierais hasta qué punto es aterrador... Allí no existe ni el sonido ni el color: todo, la tierra, los árboles, los hombres, el agua y el aire, todo tiene allí un color gris uniforme. En el cielo gris, rayos de sol grises; en los rostros grises, ojos grises. Y hasta las hojas de los árboles son grises como la ceniza: no es la vida, sino una sombra de vida. No es el movimiento, sino una sombra de movimiento, desprovista de sonido». Palabras que un día inspiraron el título de uno de los largometrajes más logrados de Guerín, Tren de sombras (1997), y que vuelven a escucharse en algún momento de Guest, quizá para subrayar el carácter fantasmagórico de toda experiencia cinematográfica.

El caso es que su director, tras el éxito cosechado diez años antes con En construcción (2001), volvía a recurrir a la técnica del work in progress como procedimiento creativo de primer orden: el azar puesto al servicio de la imagen poética. O del filme-ensayo que nos recuerda que habitamos una aldea global. Tal vez, incluso, del documento social que da voz a los desheredados del tercer mundo. Sea como fuere, Guest es, por su estructura de película-diario, a medio camino entre la ficción y el documental, un sentido homenaje a Jonas Mekas, quien interviene en uno de los momentos culminantes de la cinta y con quien el cineasta mantuvo una interesantísima correspondencia.



martes, 19 de febrero de 2019

La virgen de los sicarios (2000)














Director: Barbet Schroeder
Colombia/Francia/España, 2000, 101 minutos

La virgen de los sicarios (2000)
de Barbet Schroeder

Con el desapasionamiento que lo caracteriza, el cineasta Barbet Schroeder volvía a la Colombia donde pasó su juventud para rodar esta crónica sobre la violencia gratuita y enquistada en el día a día del país andino. Su protagonista —Fernando, homosexual, escritor, 58 años— regresa a Medellín, convencido de que ya ha vivido demasiado, para certificar su propio declive y el de una sociedad cuyos adolescentes disparan a bocajarro y en plena calle sobre el primero que se atreva a contrariarlos.

En realidad, Fernando es un trasunto de Fernando Vallejo, autor de la novela homónima en la que se basa La virgen de los sicarios, y su debilidad por los jovencitos apolíneos, un último capricho para quien, como los elefantes, retorna a la patria tras tres décadas de ausencia con la firme voluntad de morir apurando el postrer y jugoso trago de una vida marcada por el absurdo.



Quizá por ello, un intelectual desencantado como Fernando, amante de la ópera y resignadamente disconforme con la mediocridad imperante a su alrededor, está predestinado a entenderse con adonis esbeltos y frívolos (llámense Alexis o Wilmar), cuya única ambición es atesorar productos de gama alta. Y es que uno y otros comparten, si bien por diferentes razones y a pesar del abismo cultural y generacional que los separa, un similar instinto autodestructivo.

País de contrastes fieramente humanos, donde quienes, valiéndose de su tote ('pistola' en la jerga local), matan al prójimo a sangre fría son los mismos que frecuentan, más tarde, las iglesias para arrodillarse en piadosa actitud o se muestran incapaces de sacrificar a un pobre perro moribundo que les inspira la lástima que no pueden sentir hacia sus semejantes.


martes, 23 de mayo de 2017

Pizarro (2016)




Director: Simón Hernández
Colombia, 2016, 81 minutos

Pizarro (2016) de Simón Hernández


Un parque en Collserola: dos colombianos se conocen, lejos de su país. Ella es la hija exiliada de un antiguo guerrillero; él estudia cine documental. Varios años después, presentan el fruto de aquel encuentro casual. En un empeño personal por reconstruir su pasado y recuperar sus propias raíces familiares, María José Pizarro ha dedicado ingentes esfuerzos a rehabilitar la memoria de su padre, el comandante que lideró el revolucionario M-19. Primero fue una exposición. Después el rodaje de Pizarro entre 2010 y 2014 (más dos años de postproducción). Ahora se acaba de publicar un libro (De su puño y letra, Debate) con material inédito, como cartas y otros documentos que lograron sobrevivir a los embates sin tregua a que fue sometida la familia por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

La Sala Laya de la Filmoteca de Catalunya se ha llenado esta tarde de compatriotas de María José y de Simón para asistir al preestreno de una película que pretende arrojar algo de luz sobre el asesinato en 1990 del hombre que fue capaz de abandonar la lucha armada para pedir la paz a través del diálogo y del juego democrático. Ante el objetivo irán desfilando excombatientes y militantes, ministros y familiares, trazando la semblanza de quien, en opinión del director, tuvo algo de héroe de tragedia griega que asume valientemente su destino.

Pizarro, en una pose que recuerda al Che


Y así descubrimos cómo todos los indicios apuntan a la colaboración de las más altas esferas en su magnicidio, perpetrado por un sicario en pleno vuelo comercial entre Bogotá y Barranquilla. Algo insólito y agravado, acto seguido, por la inmediata muerte del pistolero. Con lo que quedaba impune una causa que, tras pasar varios años archivada, fue recientemente reabierta por la fiscalía. Hay hasta quien se atreve a sostener que a Carlos Pizarro lo mandó matar el narco Pablo Escobar, lo cual es absolutamente desmentido por los autores del documental. En ese orden de cosas, sorprenden las palabras del hoy senador Antonio Navarro Wolff, mano derecha de Pizarro en el M-19 y ahora partidario de pasar página sobre unos hechos que le costaron perder la pierna izquierda en un atentado.

Sea como fuere, lo cierto es que la figura de Pizarro sigue suscitando interés en un momento histórico en el que la Colombia actual apuesta por la concordia como único camino para sanar las heridas del pasado. No en vano, su hija nos explicaba esta tarde a los asistentes cómo, paradójicamente, ha sido ella la que ha dado a luz al padre mediante todo este proceso de indagación, el cual le ha permitido ahondar en un emblema que para ella, nacida y criada en clandestinidad, apenas había sido hasta la fecha una imagen, una serie de flashes inconexos y dispersos en el tiempo que debía ordenar en su memoria como si de un puzle se tratase.

María José Pizarro

domingo, 16 de octubre de 2016

Perder es cuestión de método (2004)




Director: Sergio Cabrera
Colombia/España, 2004, 105 minutos

Perder es cuestión de método (2004)
de Sergio Cabrera


Quizá porque lo abandonó su chica; quizá por el terrible dolor que le producen las hemorroides que padece; tal vez porque es lector empedernido de Roberto Bolaño... Sea por lo que fuere, lo cierto es que enseguida comprendemos que el periodista Víctor Silampa (Daniel Giménez Cacho) es un perdedor nato: nos bastan apenas unos segundos al inicio del filme para llegar a tan terrible conclusión. ¿Qué otra cosa cabe pensar de un tipo que no sólo tiene un maniquí en el salón de casa, sino que además habla con él?

Por ahí se entiende que la película, basada en la novela homónima de Santiago Gamboa, se titule Perder es cuestión de método. En realidad, la frase la pronuncia el amigo loco de Víctor, atribuyéndola al escritor chileno Luis Sepúlveda, en el transcurso de una de las visitas que le hace al hospital psiquiátrico. Tiene, pues, un poco de cine negro y muchísimo de esperpento: ¿de qué otra forma, si no, se podría calificar al Coronel Moya y a su ridícula obsesión por comer y adelgazarse?




Porque la corruptela se encuentra tan enquistada en el seno de aquella sociedad, que no hay esfera de la misma, por reputada que parezca, que no se halle totalmente corrompida.

Pero al margen de cómo se adapta la imaginería del film noir a la realidad colombiana, uno de los aspectos simpáticos de la cinta es ese deje bogotano que tienen los personajes, plagado de momenticos y de vainas y que confiere a la historia, al menos a oídos de un español, un toque meloso a pesar de que lo que se cuenta no tiene nada de dulce.