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martes, 21 de abril de 2026

Fin de curso (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 91 minutos

Fin de curso (1943) de Iquino


Curioso intento de comedia musical por parte del prolífico Iquino (con banda sonora, por cierto, de su propio padre, Ramón Ferrés), rodada en la Barcelona de principios de los cuarenta, es decir, apenas transcurridos cuatro años tras la finalización de la contienda civil. Cine de evasión, por tanto, a propósito de una residencia universitaria cuyos jóvenes huéspedes cantan, estudian (muy poco) y sobre todo se enamoran. Ni que decir tiene que, pese al blanco y negro, todo es de color de rosa...

La reciente restauración, por parte de la Filmoteca de Catalunya, a que ha sido sometida la cinta le devuelve parte de su esplendor y gracejo original, sacando a la luz unos magníficos exteriores de la Universidad Central y sus aledaños, así como del parque de atracciones del Tibidabo, popular enclave en el que transcurre el tramo final de una película que invitaba al espectador de la época a mirar hacia el futuro con optimismo, aunque no tuviese demasiados motivos para ello.



Aparte del típico enredo en la susodicha residencia, donde la afable señora Loreto cuida de los alumnos internos como si fuesen sus propios hijos (no en vano, perdió al suyo, presumiblemente, en la guerra), Fin de curso (1943) posee además un innegable valor documental, sobre todo por la insólita secuencia, ambientada en un antro ligeramente bohemio y mundano (cuyas paredes aparecen adornadas con frases del tipo "La poesía es el lenguaje de los dioses"), en la que el speaker de la sala presenta a las celebridades que allí se dan cita. Una larga nómina de actores y escritores en la que sobresalen personalidades de la talla de Jardiel Poncela, Pepe Isbert, Guillermo Marín, Raúl Cancio, Adriano Rimoldi, Juan de Orduña, Isabel de Pomés o Fernando Fernán Gómez.

Encabezaba el reparto Luchy Soto, en el papel de Celi, dato inaudito habida cuenta de que las mujeres apenas representaban un ínfimo porcentaje en las aulas universitarias de la España autárquica. Aun así, la joven, de extracción social humilde, tiene tiempo de preparar los exámenes y flirtear, simultáneamente, con su compañero Miguel (Vicente Vega), si bien el protagonismo se lo llevan, la mayor parte de las veces, los secundarios, entre los que destacan Fernando Freyre de Andrade (el adusto don Rodrigo), Ángel de Andrés (el saleroso sevillano Gorito) y sobre todo Mary Santpere, quien demuestra aquí, haciendo de doncella deslenguada, una vis cómica, física y verbal, que ya anunciaba su estatus de leyenda.



miércoles, 14 de agosto de 2024

El hombre de los muñecos (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 69 minutos

El hombre de los muñecos (1943) de Iquino


Rudimentario folletín, a ratos cómico, a ratos no tanto, El hombre de los muñecos (1943) se enmarca en los parámetros típicamente austeros del cine español de los años cuarenta. Así pues, con sus escasos setenta minutos de metraje y una puesta en escena eminentemente teatral, apenas queda espacio para la sorpresa en una producción concebida con extrema rigidez.

Su director, de hecho, el prolífico Ignasi Ferrés Iquino, explotó hasta la saciedad dicha fórmula, a menudo con la misma troupe de actores, entre los que destaca un jovencísimo Paco Martínez Soria como secundario, muy lejos aún de la gran estrella que llegaría a ser posteriormente, y el desgarbado Fernando Freyre de Andrade en el papel principal. Guadalupe Muñoz Sampedro, en cambio, interpreta a una riquísima marquesa de las de anteojos con manija y criados que murmuran a sus espaldas.



A grandes rasgos, el argumento de la película, adaptación de Un caradura, "melodrama cómico en tres actos" del gallego Adolfo Torrado (1904-1958), coincide aproximadamente con el de alguna comedia latina de Plauto al estilo de Los dos Menecmos (Menaechmi). Esto es: una pareja de gemelos que, separados al nacer, seguirán destinos opuestos (uno pobre, el otro educado en la riqueza por unos aristócratas) hasta que finalmente, y tras no pocas peripecias del padre arrepentido, se produce el reencuentro que todo lo aclara.

Rodada casi íntegramente en estudio, concretamente en los Diagonal de Barcelona, la cinta contiene incluso un número musical a cargo de Rina Celi ("Papá, llévame al circo"), lo cual delata el carácter lúdico de una propuesta que estaba llamada a servir de evasión para los espectadores de la España autárquica, pero que, vista hoy, resulta un tanto raquítica. En todo caso, conmueve constatar lo estratificado de una sociedad cuyo clasismo y demás lacras estructurales (por ejemplo, cómo el padre furibundo se siente con derecho a increpar y hasta ponerle la mano encima a sus propios hijos) estaban entonces a la orden del día.



viernes, 21 de mayo de 2021

La hija de Juan Simón (1935)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1935, 69 minutos

La hija de Juan Simón (1935) de Sáenz de Heredia


Uno de los mayores éxitos comerciales de Luis Buñuel durante su etapa de productor ejecutivo al frente de Filmófono fue este musical al servicio del cantaor Angelillo. Que tenía, además, el aliciente de contener el debut cinematográfico de una jovencísima promesa llamada Carmen Amaya. En ese sentido, la escena en la que ésta baila el zapateado sobre una mesa acompañándose de sus propias castañuelas revela ya el temperamento arrollador de la artista inigualable que estaba llamada a ser.

Aunque el protagonismo indiscutible le corresponde al mencionado Ángel Sampedro (Madrid, 1908-Buenos Aires, 1973) cuyo personaje da con los huesos en la cárcel tras participar en una riña de café a resultas de la cual muere un hombre. Horas aciagas en las que el recluso aliviará sus penas cantando aquello de "Soy un pobre presidiario". Dato curioso: las paredes de la celda donde lo encierran se hayan repletas de consignas a favor de la República que denotan la efervescencia política de aquellos años, antesala de la futura contienda civil.



Aparte de la célebre milonga que da título a la cinta, La hija de Juan Simón (1935) contiene un gran surtido de composiciones a cargo de Daniel Montorio, debidamente aderezadas con los arreglos del maestro Fernando Remacha. Y no todas de inspiración flamenca, ya que la carrera fulgurante de Ángel tras su salida del correccional le llevará por los escenarios de medio mundo, incluida La Habana, donde entonará el danzón que comienza diciendo: "Los negritos son de Cuba".

Para entonces, el otrora paria se ha convertido en una estrella enfundada en un elegante esmoquin. A quien, a pesar de todo, persigue el recuerdo de su añorada Carmela (Pilar Muñoz): la hija del modesto enterrador (Manuel Arbó) y de la severa Angustias (Ena Sedeño) que un buen día, ante la imposibilidad de casarse con Ángel, huyó avergonzada de casa de sus padres para dar a luz al hijo que llevaba en sus entrañas. Argumento folletinesco (y aun funesto) al que, sin embargo, se le acaba dando un final feliz más acorde con los gustos del público.



jueves, 20 de mayo de 2021

¿Quién me quiere a mí? (1936)




Directores: José Luis Sáenz de Heredia y Luis Buñuel
España, 1936, 84 minutos

¿Quién me quiere a mí? (1936) de Sáenz de Heredia


Fue tanto el empeño de Luis Buñuel para que su nombre (asociado a la vanguardia surrealista) no figurase en los créditos de las películas por él producidas para Filmófono, que a menudo se tiende a obviar el enorme influjo que el aragonés ejerció sobre el proceso de gestación de las mismas. Sin embargo, basta echarles un vistazo para encontrarse con elementos que posteriormente reaparecerán en algunos de los títulos más célebres de su filmografía.

Tal es el caso, por ejemplo, de la cinta que ahora nos ocupa, a la que Buñuel apenas dedica una frase en sus memorias: "Mi tercera producción, ¿Quién me quiere a mí?, la historia de una muchachita muy desgraciada, fue mi único fracaso comercial." Aun así, resulta inevitable pensar en el hombre sin piernas de Los olvidados (1950) cuando, a las puertas de una iglesia, vemos a una pedigüeña valiéndose de un carrito idéntico para desplazarse.



Mezcla de drama folletinesco (con rapto de niña incluido), comedia amable e incluso ciertas dosis de musical, ¿Quién me quiere a mí? (1936) resume a la perfección el prototipo de cine comercial que se llevó a cabo en España durante los años de la Segunda República. Fórmula cuyo atractivo principal residía, en este caso, en la presencia de la actriz infantil Mari-Tere Pacheco: prodigio el fulgor del cual volvería a dejarse ver, ya en plena contienda, en el drama bélico ¡Centinela, alerta! (1937) para, a continuación, apagarse sin volver a dar ya nunca más señales de vida.

José Luis Sáenz de Heredia, probablemente el director más vinculado con el futuro régimen franquista —suyos son filmes como Raza (1942) o Franco, ese hombre (1964)— daba sus primeros pasos en la industria cinematográfica de la mano de un Buñuel que en breve se convertiría en exiliado republicano: imagen elocuente de lo que iba a suponer la Guerra Civil, aunque en abril del 36 aún fuese posible que dos personalidades tan opuestas uniesen su talento para contar la historia de una célebre soprano (Lina Yegros) o las argucias de dos granujas de medio pelo como Súpito (Luis Heredia) y Alfredo, 'El Águila' (Fernando Freyre de Andrade).



sábado, 27 de marzo de 2021

Don Quintín el amargao (1935)




Director: Luis Marquina
España, 1935, 87 minutos

Don Quintín el amargao (1935) de Luis Marquina


Uno de los filmes más exitosos del cine de la República fue esta adaptación del sainete que Carlos Arniches, en colaboración con Antonio Estremera (libreto) y el maestro Jacinto Guerrero (en la parte musical), había estrenado una década antes, en 1924. Cabe mencionar que no sería ni la primera ni la última vez que dicha obra se llevara a la pantalla, teniendo en cuenta que venía precedida de una temprana versión muda a cargo de Manuel Noriega (1925) y que el mismísimo Luis Buñuel abordaría de nuevo la historia durante su exilio mejicano (1951). Y decimos "de nuevo" porque el genio de Calanda, pese a no figurar en los títulos de crédito, había tenido mucho que ver con esta "producción nacional Filmófono número 1".

En efecto, Buñuel, quien participara en la creación de la compañía junto al empresario vasco Ricardo Urgoiti, ejerció en la sombra labores de jefe de producción con el objetivo de supervisar el trabajo de unos técnicos a los que, a decir verdad, tenía que formar siguiendo el modelo de los grandes estudios hollywoodenses. De ahí el control férreo ejercido por don Luis en todas las fases de realización, incluidos el argumento y la dirección de la cinta, oficialmente a cargo del debutante Luis Marquina.



Fueron muchos los cambios introducidos en el guion, firmado por Eduardo Ugarte (cofundador, junto a García Lorca, del grupo teatral La Barraca). Así pues, se suprimió la práctica totalidad de las canciones (de hecho, sólo se escucha una: el tema satírico que, a propósito del protagonista, cantan los parroquianos de un bar mientras suena el disco en la gramola), al tiempo que se le confería muchísimo más peso a los elementos melodramáticos de una historia típicamente folletinesca.

A este respecto, don Quintín (Alfonso Muñoz), individuo capaz de poner a su mujer e hija recién nacida de patitas en la calle, manifiesta un temperamento tan sumamente irascible, fruto de su carácter celoso, que hará bueno el refrán que uno de sus esbirros (concretamente el Sefiní, "que es galicismo breve y expeditivo") le espetará en sus propias narices al interfecto poco antes del desenlace: "Quien siembra odios recoge maldiciones".



sábado, 11 de marzo de 2017

Ángela es así (1945)




Director: Ramón Quadreny
España, 1945, 71 minutos

Ángela es así (1945) de Ramón Quadreny


Con un aire innegable de revista del Paralelo, Ángela es así fue una de aquellas comedias de los años cuarenta, rodadas en cadena en los estudios Trilla Orfea de Barcelona bajo la égida de Iquino o (como es el caso) del productor Aureliano Campa y el director Ramón Quadreny, e invariablemente protagonizadas por Josita Hernán y secundarios del estilo de Paco Martínez Soria (ausente del reparto en esta ocasión), Mary Santpere o el histriónico Fernando Freyre de Andrade.

Poco se puede decir de su típico argumento de enredo más que fue escrito conjuntamente por Joaquín Abati y Carlos Arniches, algo de lo que dan fe unos diálogos afilados y repletos de chistes (unos más afortunados que otros). También se incluye, como no podía ser menos, un par de canciones. Es especialmente llamativa, dadas sus alusiones cinematográficas, la que canta el personaje de Mary (interpretado por Gema del Río) y cuya letra, que no tiene desperdicio, dice así:

Si fuese Claudette Colbert 
o la Hedy Lamarr
tendría la voz ronca 
de tanto fumar.

Si fuese Greta Garbo 
o la Marlene Dietrich 
sería vampiresa 
de mucho postín...

Y todo para acabar apostillando: "Si algún día yo me caso, he de hacerlo con un hombre de mucho parné. No me importa que me llamen vampiresa de ocasión. Sólo anhelo que me compren una casa con ascensor."

Gema del Río (Mary) en plena actuación


Vemos, por consiguiente, de qué pie calzan las "amistades" de las que se rodea el soltero de oro Gonzalo Rivera (Fernando Fernández de Córdoba): mujeres frívolas que únicamente codician su fortuna o galancetes de medio pelo como Manolo (un jovencísimo Jorge Mistral en la que apenas era su segunda película). De modo que tendrá que venir desde el internado de Suiza la vivaracha Ángela para meter en vereda al díscolo de su tío. Un torbellino de muchacha aparentemente todo simpatía y extraversión, pero que no deja de ser la píldora moralizante que justificaba semejante planteamiento.

Al mismo tiempo, y en paralelo a la historia de sus señores, también acabarán enamorándose el mayordomo Baldomero y la fámula doña Cloefé. O sea: la Santpere y Freyre de Andrade haciendo de las suyas. La primera como criada vascuence que habla perfectamente el francés, pero no así el castellano (lengua que le plantea algún que otro problema); el segundo, en su típico papel de sirviente fiel aunque atolondrado.

Ni es la bruja de El Mago de Oz ni tampoco una amish: es Mary Santpere

sábado, 14 de enero de 2017

Torbellino (1941)




Director: Luis Marquina
España, 1941, 96 minutos

Torbellino (1941) de Luis Marquina


Aunque se rodó en los Estudios Trilla-Orphea de Barcelona, la historia narrada en Torbellino (1941) se sitúa en Sevilla y en Madrid. Estamos en los primeros cuarenta, época en la que los receptores de radio eran aparatosos armatostes en el interior de un mueble de caoba, alrededor del que se agolpaba toda la familia. Fuente principal de entretenimiento, la música, las retransmisiones deportivas o los noticieros centraban la atención de los oyentes en los oscuros años de la autarquía.

Son varias las películas españolas que reflejan la importancia de la que gozaba el medio radiofónico en aquel entonces, siendo la más conocida Historias de la radio (José Luis Sáenz de Heredia, 1955). Menos célebre, pero igualmente interesante, es este Torbellino que protagonizó Estrellita Castro en 1941 bajo las órdenes de Luis Marquina.



El pedante director de Radio Iberia, don Segundo Izquierdo (Manuel Luna) pretende ofrecer una programación integrada única y exclusivamente por ópera, recitales poéticos y contenidos culturales de buen tono. Eternamente parapetado tras un ridículo monóculo, hace caso omiso de los consejos del prometido de su prima Luz, Juan (Manolo Morán), quien le recomienda que también introduzca música popular que satisfaga los gustos del público. En realidad, Segundo, un vasco de lo más terco, siente una honda aversión hacia todo lo folclórico, en especial si viene de Sevilla.

De modo que Juan ideará, junto con la aspirante a estrella de la copla Carmen Moreno, un plan que permita lanzar su carrera y salvar a Radio Iberia de la quiebra. En el camino se destapará, asimismo, el complot de un empleado que conspira a favor de la competencia y, cuestión inevitable, Segundo Izquierdo (que vive en el 2º izquierda: ¡qué "chispa"!) caerá rendido a los pies de la joven, al tiempo que aprende a ser menos serio y más flamenco.



Si vamos al fondo de lo que se muestra en Torbellino, no queda más remedio que admitir lo simplista y un tanto perverso de los presupuestos a partir de los cuales se construye su guion: la cultura como sinónimo de aburrimiento, el vasco como personaje rarito, estirado e intolerante al que hay que reeducar, lo andaluz como fuente de alegría... En definitiva, la imagen conformista y carente de todo espíritu crítico que desde el régimen interesaba inocular en los espectadores a través de sus retinas.

lunes, 29 de agosto de 2016

¡A mí no me mire usted! (1941)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1941, 75 minutos



Lo mínimo que se puede decir de ¡A mí no me mire usted! (1941) es que se trata de una película cuando menos estrambótica: que un maestro de escuela rural hipnotice a sus alumnos en su afán por hacerles aprender la lección para, más tarde, dar el salto a Estados Unidos e intentar rentabilizar allí, previo cobro de una herencia, su extraña habilidad, no es, digamos, un argumento usual en el cine español de los años cuarenta. Sin embargo, vale la pena destacar el influjo que tendría dicho título en producciones nacionales posteriores.

Por una parte, ¿qué decir del recibimiento que le dispensan al bueno de don Anselmo Carranque sus antiguos vecinos de la villa castellana de Luján a su regreso de América? Pues que se hace inevitable pensar en Bienvenido Mister Marshall (Luis García Berlanga, 1953). ¿Y ese sonsonete con el que los colegiales recitan los temas de geografía, aritmética o historia que el profesor acierta a poner en sus bocas con tan sólo aguzar la vista? Por el tono general disparatado y casi surrealista a uno se le viene enseguida a las mientes el pueblo en el que, décadas más tarde, se situaría la acción de Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1989).

Claro que también es fácil rastrear en qué debería estar pensando Sáenz de Heredia al escribir el guion: ¿tal vez en parodiar cintas clásicas del expresionismo alemán como El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920) o la serie sobre el doctor Mabuse de Fritz Lang (1922-1933)? Porque no cabe duda de que los ojos saltones de Valeriano León bien podrían considerarse el reverso bufo de dicha tradición.



En algún momento puede incluso parecer que hay lugar para la crítica social. Baste ver, si no, las palabras de la joven maestra Matilde Castro (Rosita Yarza): "En vez de preocuparse de reformar el casino, [el alcalde] debiera preocuparse de esto. Da pena ver que a estas criaturas les falta todo lo indispensable para aprender de verdad. El sueño de mi vida es tener algún día el dinero suficiente para coger todo esto, quemarlo, y decirle a mis pequeños: ¿Qué queréis, qué necesitáis? ¿Clases calientes y acogedoras? ¿Jardines y césped repletos de juegos? ¿Piscinas, gimnasios? Pues ahí lo tenéis. Porque yo lo tengo, y yo me gozo en daros lo que es vuestro".

En todo caso, de lo que no cabe la menor duda es de que el dúo que forman Anselmo y Viriato (interpretado por Fernando Freyre de Andrade, indispensable actor de reparto del cine cómico de los cuarenta) demuestra poseer en ¡A mí no me mire usted! una considerable vis histriónica, ligada en ambos casos a un físico bastante peculiar.


lunes, 11 de julio de 2016

Deliciosamente tontos (1943)




Director: Juan de Orduña
España, 1943, 78 minutos

Deliciosamente tontos (1943)

En la línea de las sofisticadas comedias americanas que triunfaban en aquel entonces en Hollywood y escrita por el mismo equipo de guionistas que, un año más tarde, estrenaría Ella, él y sus millones (Alfredo Echegaray, Juan de Orduña y Manuel Tamayo), Deliciosamente tontos estuvo protagonizada por Amparito Rivelles (Mary) y Alfredo Mayo (Ernesto), quienes ya habían trabajado juntos el año anterior en Malvaloca. Del resto del reparto destacan los secundarios habituales del cine español de los años cuarenta: Alberto Romea (Don José, tío de Mary, aquejado por sus cuantiosas pérdidas en el casino), Fernando Freyre de Andrade (el mayordomo Dimas) o Paco Martínez Soria en el papel de notario.

El argumento de esta típica producción Cifesa gira en torno a la cuantiosa herencia (veinte millones de reales de plata) que un eminente prócer cubano del siglo XIX dejó establecido que fuese a parar al primer matrimonio que surgiese de las familias Acevedo y Espinosa. Ya un año después de su fallecimiento, en 1843, se hace lo posible por juntar a María Espinosa con Ernesto Acevedo. Pero él bebe los vientos por una tal Margarita y ella anda prendada de un tal Rodolfo. Así que nanay... Aunque resulta que, cien años después, sus descendientes Mary y Ernesto serán la parejita "deliciosamente tonta" que cumpla de nuevo con los requisitos... siempre y cuando sean capaces de superar las numerosas trabas que vayan surgiendo.




De entrada, ella vive en Cuba y él en España. De modo que se casan por poderes. Pero es que el intrépido Ernesto, no teniendo bastante con semejante embrollo, envía la fotografía de su poco agraciado mayordomo en lugar de la suya para, acto seguido, volar a La Habana y volver a España en el mismo barco en el que viaja Mary junto a su tío y a don Cástulo (Miguel Pozanco)... El enredo, sin duda, está servido: Ernesto, haciéndose pasar por Dimas, será rebautizado como el "Salvaperros", el telegrafista (Aurelio Rodríguez y Rodríguez Gómez de la Escosura y Álvarez de Vaquero, genial personaje interpretado por Antonio Riquelme) "deleitará" al pasaje con sus ripios, el obtuso Capitán (Faustino Bretaño) hará de detective con la "ayuda" inestimable del sobrecargo sordo (Pedro Barreto)... Y así sucesivamente.

Hay que señalar que uno de los atractivos de una película como Deliciosamente tontos residía en el exotismo del elemento cubano, subrayado por las canciones de la banda sonora compuesta por Juan Quintero así como por los insertos de palmeras, vistas del océano y panorámicas de la perla del Caribe. Por otra parte, conviene no olvidar que era asimismo importantísimo cómo el lujo y la vida ociosa que llevan en su crucero estos personajes de la alta sociedad actuaban a modo de válvula de evasión para los espectadores de la posguerra. A fin de cuentas, como dirá Mary en lo que supone la moraleja de la historia: "El amor triunfará siempre sobre todas las cosas". ¿También sobre la miseria de la España autárquica?



lunes, 30 de noviembre de 2015

Ella, él y sus millones (1944)




Director: Juan de Orduña
España, 1944, 100 minutos

Ella, él y sus millones (1944) de Juan de Orduña


Aunque a muchos pueda sorprenderles, el cine español de los años cuarenta tuvo también sus conatos de screwball comedy. En la superproducción Cifesa Ella, él y sus millones se dan cita los ingredientes necesarios para ello: un rico hacendado obsesionado con emparentar con la nobleza a toda costa y al precio que sea, unos duques arruinados dispuestos a todo con tal de reflotar su maltrecha economía, diálogos rapidísimos y brillantes, lujosos salones de baile y una cabra. ¡Ah...! Y Pepe Isbert, que siempre viene bien para que las comedias sean todavía más ocurrentes.

Los estrafalarios hijos del duque de Hinojares: Loyola, Noemí y Diana

El guion se basó en la obra de teatro Cuento de hadas de Honorio Maura y fue desarrollado por Alfredo Echegaray, Manuel Tamayo y el propio Juan de Orduña. La película contó, además, con la participación de Francisco Rovira Beleta (futuro director catalán del que últimamente hemos comentado varios títulos de su filmografía) en tareas de ayudante de dirección.

Pero concretando un poco los ingredientes arriba expuestos, sería preciso destacar especialmente el ampuloso e inacabable discurso sobre si el rey Favila de Asturias murió o no "a manos" de un oso, que don Ramón, duque de Hinojares, (magnífico Pepe Isbert) prepara con la ayuda de su secretaria: curiosamente, su hija en la vida real (María Isbert). O cómo Salazar encarga a Carlos, marqués de Minares y yerno del anterior, que le busque alguna mujer de la nobleza para casarse con ella (con el consiguiente mosqueo de Ana María, esposa de Carlos, quien, al ver que su marido tantea ahora a una o a otra, se teme que ya no la quiere). Y, ¿qué decir de Dimas el mayordomo (Fernando Freyre de Andrade) y su portentosa vis cómica?

El actor Rafael Durán encarna a Arturo Salazar

En la crítica firmada por Miguel Ródenas con motivo del estreno de Ella, él y sus millones en los cines Rialto, el autor se expresaba en los siguientes términos: "Es cuento, o farsa cinematográfica, que en sus tres primeras partes ya quisieran tener como apoyatura para lograr una de esas películas que emboban a los espectadores papanatas, esos 'films' que tienen su origen en los Estudios de Hollywood". Luego pasa a encomiar los suntuosos interiores, la labor del director y la de los actores, aunque considera superflua alguna escena cómica que alarga innecesariamente el metraje y sin las que, a su juicio, la cinta sería perfecta.


lunes, 27 de julio de 2015

La culpa del otro (1942)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1942, 82 minutos

La culpa del otro (1942) de Iquino


El cineasta catalán Ignacio F. Iquino (1910–1994) representa uno de los casos de mayor fecundidad creativa del cine español, puesto que su prolífica filmografía se desarrolló entre 1934 y 1984. A menudo considerado excesivamente comercial por sus detractores, su obra, sin embargo, abarcó todos los géneros y supo adaptarse sin mayor problema a las necesidades y gustos de cada época.

En La culpa del otro (1942) Iquino se atrevió a llevar a cabo una insólita amalgama de géneros: musical, policiaco, melodrama folletinesco, romance, comedia... aunando a un tiempo los tiros, la risa y el llanto, como a continuación detallamos.

Por una parte están las canciones que se cantan en la taberna del puerto de Barcelona, algunas de ellas celebérrimas como, por ejemplo, "Tatuaje". Por otra, las pesquisas para dilucidar quién mató al Marqués sénior. Aunque el meollo de la historia reside en los avatares de la pareja formada por Carolina (Mercedes Vecino) y Rafael (Salvador Soler Marí), mientras que la hija de ambos (María del Carmen, interpretada por Isabel de Pomés) vivirá su particular historia de amor con Juan Carlos, el Marqués júnior (Luis Prendes). Por último, el peculiar detective Cornelio (Fernando Freyre de Andrade) y los padres adoptivos de María del Carmen (Atilano y Gregoria, interpretados, respectivamente, por Joaquín Torréns y Camino Garrigó) encarnan la vena humorística de la película.


Mercedes Vecino e Isabel de Pomés
Programa doble de La culpa del otro (1942)
"Sacrificio y abnegación de una madre"
Anunciando el estreno para el 8 y 9 de octubre del 42