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sábado, 3 de diciembre de 2022

Sucedió en mi aldea (1956)




Director: Antonio Santillán
España, 1956, 88 minutos

Sucedió en mi aldea (1956) de A. Santillán


Nenes mofletudos, curas con sotana... Y doctrina, mucha doctrina. La fórmula a la que se recurre en Sucedió en mi aldea (1956) pone de manifiesto un cine de sacristía y niños prodigio por aquel entonces muy en boga. Ya en el prólogo, la voz en off de Juan Manuel Soriano anuncia "una historia ingenua y sencilla" no sin antes cantar las excelencias de una vida campestre más idílica que real. Entre otras cosas porque los hechos narrados dejan traslucir un regusto milagrero que los hace especialmente propicios para aleccionar al personal.

Lloreda, el lugar donde arranca la acción, es una pequeña localidad de "casas pequeñas y apretujadas" con su río, su campanario (que, "como un símbolo, apunta al firmamento") y, repicando desde las alturas, una campana sobre cuyo bronce puede leerse inscrito: "Cuando yo deje de tañer, ¿quién recordará la Fe?" El caso es que, una noche de tormenta, un rayo cae sobre la susodicha, dejando mudo al pueblo y a sus feligreses.

El 'Ratón' (Xavier Rocasalbas) y el 'Chispa'


Pero se da la circunstancia de que don Dimas, el viejo párroco (Ernesto Vilches), tiene a su servicio a un par de acólitos, mitad monaguillos mitad pícaros, que no se arredran ante nada. Sobre todo el mayor de ellos, apodado el 'Chispa' (Pepito Moratalla), quien, aparte de beberse a escondidas el vino de misa, hará lo imposible para recaudar los fondos que permitan la adquisición de una nueva campana.

Que dos niños pequeños se planten ellos solos en Madrid y que, tras varias peripecias, obtengan el dinero gracias a un premio de la lotería solamente ocurre en los cuentos de hadas. Aunque el éxito, por aquellas mismas fechas, de Marcelino, pan y vino (1955) corrobora que el nacionalcatolicismo auspiciaba este tipo de fábulas amables con la mira puesta en propagar su propio ideario. Consideraciones de sobras conocidas que no impiden esbozar una sonrisa al ver, en una misma película y en papeles secundarios, a Gila, como pregonero, o al siempre entrañable Pepe Isbert ocupándose de las barcas del Parque del Retiro.

El de la trompeta es Gila

jueves, 6 de mayo de 2021

El presidio (1954)




Director: Antonio Santillán
España, 1954, 95 minutos

El presidio (1954) de Antonio Santillán


Arranque contundente para un filme de título no menos rotundo: los primeros seis minutos de El presidio (1954) transcurren en el interior de la cárcel Modelo de Barcelona sin que se deje oír ni una sola frase. Desfile de los internos a última hora de la noche bajo la atenta mirada de los guardias que vigilan la galería antes de clausurar las celdas. Y, sin embargo, están a punto de saltar todas las alarmas cuando se percaten de que un preso acaba de escaparse. Huida del prófugo campo a través mientras los civiles le pisan los talones: "Es inútil buscar una salida..." —comenta su voz en off. Acto seguido, da comienzo uno de los varios flashbacks que contiene la película, en este caso para hacernos saber que Pablo Jiménez Roca (ése es su nombre completo) dio con los huesos en prisión por culpa de una mujer.



Ana (Isabel de Castro) es una femme fatale un tanto sui géneris, ya que irá paulatinamente evolucionando hasta abominar de su pasado: curiosa transformación por parte de la misma persona que había sido capaz de involucrar en un atraco —a una industria química— al ingenuo individuo que bebía los vientos por ella. Pero Pablo (Carlos Otero) tiene ahora otros problemas a los que hacer frente en su día a día. Por ejemplo, eludir el acoso al que le someten sus antiguos compinches, hoy cautivos en la misma sección del penal que él. Liderados por el astuto Pedro Ramírez Pacheco, malhechor erudito (al que da vida el húngaro Barta Barri) que lo mismo sabe de leyes que de lenguas románicas y que además es profesor de educación física.



La cotidianidad carcelaria se rige por unos parámetros que hacen de la penitenciaría un microcosmos en el que cada cual desempeña su papel. Así pues, Casimiro (Gila) es el loco o gracioso, siempre a vueltas con remedios medicinales a base de limón (cuando no pensando en si debería casarse con su novia). En cambio, el padre Santiago (Manuel Gas), enfundado de contino en su sempiterno hábito monacal, representa la cara amable de las fuerzas vivas, cuyo lado más oscuro se concreta, simbólicamente, en el retrato al óleo de Franco que preside el despacho del director.

El parecido físico entre el inspector y el Caudillo parece deliberado


De hecho, no deja de ser enormemente llamativo el modo en que son caracterizados los personajes, hasta el extremo de que los reos acaban resultando más simpáticos que los propios dirigentes del presidio. Es el caso, sin ir más lejos, de Pablo, que delinquió por amor y, sobre todo, del fornido Martín (Luis Induni), ese padrazo que se desvive por su hijito Jorge y que se ganará el corazón del espectador en la secuencia en que, vestido de Rey Melchor, se ve obligado a consolar al niño sin que éste sea consciente de la verdadera identidad del monarca. En definitiva, y a pesar de tratarse de un panfleto a mayor gloria de la Dirección General de Prisiones, lo cierto es que son muchas las virtudes de una puesta en escena que denota la pericia de su director, el siempre reivindicable Antonio Santillán.



viernes, 30 de abril de 2021

Trampa mortal (1963)




Director: Antonio Santillán
España, 1963, 77 minutos

Trampa mortal (1963) de Antonio Santillán


Estrenada el mismo año que Senda torcida, aunque con algunos meses de diferencia, Trampa mortal (1963) volvía a ser una producción de la Cooperativa Cinematográfica Constelación rodada en los barceloneses Estudios IFI. Que contó de nuevo en el reparto con la presencia de los actores Marta Padovan y Víctor Valverde, si bien el protagonismo recae, en esta ocasión, en Ismael Merlo, quien interpreta a un inspector de policía un tanto sui géneris cuya joven (y celosa) mujer no para de apremiarlo con continuas llamadas telefónicas para que se marchen de vacaciones, pero al que las responsabilidades de su trabajo retienen, una y otra vez, en la Ciudad Condal.

La comisaría de Vía Layetana, tristemente célebre, hoy en día, por las torturas que allí se cometieron durante el franquismo, se convierte en el centro de operaciones desde el que don Tomás (Merlo) dirige las pesquisas para clarificar lo que en principio parece una muerte accidental, tal vez simulada por el antiguo jefe de Raúl (Valverde), pero que, en realidad, oculta un oscuro ajuste de cuentas entre socios de una misma empresa del ramo del automóvil.



Presencia estelar del mítico Mario Cabré (Sr. Valle) en una cinta policíaca con las características habituales del cine de Santillán: ambientes tenebrosos de una Barcelona nocturna e inhóspita, trama detectivesca (basada en una novela de José María Lliró) y hasta un par de canciones que Clara (Marta Padovan) interpreta en un sórdido nightclub con el acompañamiento de una orquesta de jazz.

La novedad, sin embargo, es una breve estancia de Raúl en Sevilla, por motivos laborales, que los productores de Trampa mortal aprovechan para insertar exteriores de la Giralda o la Torre del Oro a orillas del Guadalquivir, mientras la banda sonora de Martínez Tudó adquiere unos repentinos aires andaluces. Toque "exótico" en la filmografía de Antonio Santillán que culmina con la visita de Raúl a un tablao en el que actúa el cuadro flamenco Los Trigueros.



jueves, 29 de abril de 2021

Senda torcida (1963)




Director: Antonio Santillán
España, 1963, 83 minutos

Senda torcida (1963) de Antonio Santillán


Con cada nueva entrega en nuestro particular periplo por la filmografía de Antonio Santillán se van perfilando una serie de constantes en su estilo. De entrada, el especial apego del cineasta madrileño (y barcelonés de adopción) hacia el cine policíaco, género en el que se inscriben la inmensa mayoría de las producciones por él dirigidas. En el caso concreto de Senda torcida (1963), se aprecia de inmediato una idea que, diez años antes, ya estaba presente en Almas en peligro (1952): la preocupación respecto a una juventud descarriada que no va por buen camino pese a haber contado siempre con el amor incondicional de sus padres. Rafael (Víctor Valverde) forma parte, precisamente, de dicho colectivo...

Cuando, durante la cena, la pobre señora se escandaliza por la noticia que su marido acaba de leer en el periódico (a saber: que la policía ha detenido a un individuo responsable de agredir a un sereno para quitarle la pistola), no sabe que su propio hijo, al que ellos creen un santo, se dispone a salir a dar una vuelta por los callejones del Barrio Chino de la Ciudad Condal con la intención de cometer justamente el mismo delito. Y es que el muchacho, cuya novia (Marta Padovan) es una artista de varietés que actúa en El Molino, aspira a llevar una existencia más holgada que la de sus progenitores, beneficiarios habituales de los servicios de Cáritas.



Pero las cosas se precipitan y Rafael, que se ha asociado con un grupo de maleantes sin escrúpulos, emprende la huida en compañía del sanguinario Silvestre (Gérard Tichy) con la esperanza de alcanzar la frontera francesa y así eludir los controles policiales. Mientras, el comisario de turno (Antonio Casas) y el inspector Castillo (Estanis González) intentarán dar con los indicios necesarios para detener al culpable de la espiral de crímenes que están asolando la ciudad.

La excelente banda sonora jazzística del maestro Federico Martínez Tudó aporta el tono ideal a este ejercicio de cine negro en el que el artesano Santillán sigue dando muestras de su pericia a la hora de narrar historias de gansterismo en el contexto de una Barcelona gris y miserable que hoy se nos antoja lejanamente familiar. Con el matiz, en esta ocasión, de una leve influencia hitchcockiana (véase el recurso de unas tijeras que sirven de arma homicida, en clara referencia a la célebre escena de Crimen perfecto) y el poderoso ascendente que puede llegar a ejercer la figura materna sobre la conducta de un criminal. A fin de cuentas, y tal y como se repite en un par de ocasiones a lo largo de la película: "La mejor servidora del hombre es su madre...".



miércoles, 28 de abril de 2021

Hospital de urgencia (1956)




Director: Antonio Santillán
España, 1956, 86 minutos

Hospital de urgencia (1956) de Antonio Santillán


Hasta ocho personas diferentes intervinieron en la escritura de Hospital de urgencia (1956), entre ellas José Antonio de la Loma, que por aquel entonces era un afamado guionista a las órdenes de Iquino en Producciones IFI. Otros nombres ilustres que también participaron en su rodaje fueron el portugués José María Nunes como ayudante de dirección y el compositor Ricardo Lamotte de Grignón (1889–1962) en la banda sonora. Un equipo de colaboradores que es esencialmente el mismo que en El ojo de cristal (1955), la anterior película dirigida por Antonio Santillán, con la salvedad de que ahora la temática noir quedaba relegada a un segundo plano en beneficio del protagonismo concedido a un grupo de médicos.

Como su propio título indica, ésta es una de aquellas cintas concebida para despertar vocaciones: las de los futuros facultativos que, como los personajes de la clínica del doctor Villanueva (Daniel Clérice), se entregarán en cuerpo y alma a la profesión para salvar a los niños del mañana de gravísimas y aparatosas dolencias. Se trata, por tanto, de una obra coral, en la que el verdadero protagonista, además de los abnegados doctores, es el propio centro hospitalario.



Tres son las líneas argumentales que pueden rastrearse: por una parte, la crisis matrimonial entre el mencionado Villanueva y su esposa Aurelia (Claude Godard), como consecuencia de la irrupción de un nuevo cirujano (Armando Moreno), formado en Alemania y que en el pasado había sido pareja de la mujer; en segundo lugar, un grupo de atracadores, liderados por un tal Andrés ('Saza'), planean asaltar una plaza de toros para hacerse con la recaudación; por último, el día a día en el propio hospital, con sus pacientes (caso de la huerfanita a la que deben operar a vida o muerte) y demás personas que allí trabajan: don Hipólito (Fernando Vallejo), el viejo y entrañable celador a punto de jubilarse, o un caradura llamado Santos (Tony Leblanc) que vive de dar el sablazo y se pasa el día galanteando con las enfermeras.

Mezcla de géneros (drama, comedia, acción...), Hospital de urgencia podría considerarse un producto típico de la factoría Iquino, repleto de pequeñas historias en las que los personajes deben enfrentarse a algún dilema de difícil solución: el profesional sanitario que sacrifica su vida familiar en aras de la ayuda al prójimo; la esposa que, al sentirse ignorada, casi comete adulterio; el villano que se debate entre la paternidad y el crimen organizado; la rivalidad entre dos profesionales que a punto están de llegar a las manos...



martes, 27 de abril de 2021

Almas en peligro (1952)




Director: Antonio Santillán
España, 1952, 72 minutos

Almas en peligro (1952) de Antonio Santillán


Arranca y concluye la acción de Almas en peligro (1952) bajo una apariencia de filme de cine negro que contrasta con su verdadera vocación redentora. Y es que el avispado Iquino, productor a la sazón de la cinta, se las sabía todas cuando se trataba de captar la atención del respetable. En ese sentido, la Barcelona nocturna de tiroteos y asaltos a mano armada en la que se desarrolla la acción no es sino el anzuelo perfecto para dorarle la píldora a un espectador deseoso de acción, pero destinatario final de esa moralina que aparece sobreimpresa tras los títulos de crédito iniciales y que a continuación reproducimos íntegramente:

La corriente de inmoralidad que invade el mundo ha tenido siempre una presa fácil en la juventud. Muchachos sin experiencia, lanzados a la vida en inferioridad de condiciones, caen víctimas del instinto del mal ejemplo o del abandono familiar para convertirse en pequeños delincuentes. Frente a tan grave problema social, esta película constituye un homenaje a la abnegada labor de los Tribunales Tutelares de Menores y otras instituciones similares, creadas para encauzar a la juventud. La falta de medios, la indiferencia de muchos y, sobre todo, el trabajo desmesurado hacen de este servicio un penoso deber. Pero al cumplirlo les alienta una esperanza: la redención de esas ALMAS EN PELIGRO.

A tiro limpio con la estatua de Colón al fondo


Queda claro, pues, que estamos ante un producto cuyo verdadero protagonista no son tanto los gánsters de poca monta que traman dar un golpe en el puerto de la Ciudad Condal, sino los jóvenes descarriados que tendrán la oportunidad de reconducir sus vidas tras su ingreso en el reformatorio regentado por el Padre Fernando (Manuel Monroy). Claro que, antes de aterrizar en los dominios del beatífico sacerdote, los mozalbetes habrán tenido que vérselas también con el adusto inspector Lérida (Manuel Gas). Vamos: que la policía y el clero forman la alianza perfecta a la hora de mantener a raya la podredumbre del mundo.

El oscuro Antonio Santillán se ponía, por vez primera, a las órdenes de Producciones IFI para dirigir una película con voluntad de denuncia social en la que tanto los hijos de buena familia como los pobres de solemnidad corren el riesgo de dejarse arrastrar por el camino de perdición que conduce a la mala vida. Tal es el caso del díscolo Gerardo (Miguel Ángel Valdivieso). O de Emilio (Pedro Anzola), cuyos padres, que nadan en la abundancia, han criado, sin saberlo, a un egoísta. No falta, por último, un cierto toque sensiblero en la figura del pequeño Jorge (alias "Gusano"): el niño que, tras sufrir un grave percance doméstico, se debate entre la vida y la muerte para congoja del resto de internos y mayor gloria del Todopoderoso.



sábado, 31 de agosto de 2019

Cuatro en la frontera (1958)




Director: Antonio Santillán
España/Francia, 1958, 90 minutos

Cuatro en la frontera (1958) de Antonio Santillán


La acción de Cuatro en la frontera arranca con una noticia de la crónica de sucesos proyectada en pantalla mientras desfilan los créditos iniciales y que, acto seguido, la Sûreté de París envía por cable a la Dirección General de Seguridad de Madrid: "El mes pasado fue asaltado y robado el oro que conducía un furgón del Tesoro Nacional Francés. Según confidencias, parece ser que parte de este oro es introducido clandestinamente en España. Rogamos a la Jefatura de Policía de Barcelona que ponga en juego todos los medios para descubrir el contrabando de oro francés realizado, posiblemente, a través de los Pirineos".

El encargado de infiltrarse será el agente Roca (Armando Moreno), quien, haciéndose pasar por un simple jornalero llamado José Sancho, se desplazará hasta Puigcerdà con el objetivo de que lo contraten en la hacienda sospechosa de servir de tapadera. Sólo que, una vez allí, descubrirá que un tipo encantador llamado Javier (Frank Latimore) le ha tomado la delantera...

Isabel (Claudine Dupuis) y Javier (Frank Latimore)


El madrileño Antonio Santillán, habitual asalariado de los Estudios IFI (propiedad del prolífico productor Iquino), volvía a la carga con otro de los muchos e interesantes policíacos que dirigió a lo largo de su carrera. Y que, por tratarse de una coproducción con Francia, incluía en el reparto a las actrices Claudine Dupuis (Isabel) y Danielle Godet (Aurora), si bien eran también extranjeros el ya mencionado Latimore, Adriano Rimoldi (don Rafael) y Gérard Tichy (Julio). De los secundarios españoles destacan Miguel Ligero, interpretando a un abuelo medio pícaro muy en su línea cómica; Juan de Landa (Félix), que ponía el punto y final a su carrera como actor con esta película, donde se mete en la piel de un capataz algo salvaje y Julio Riscal (Perico), que es el típico ganapán burlón, siempre dispuesto a entonar alguna coplilla chocarrera.

Puede que el contrabando de lingotes de oro no sea el mejor tema del mundo para darle brío a una cinta que aspiraba a conseguir una cierta dosis de espectacularidad, subrayada por el uso del sistema panorámico Ifiscope, o que la señorita Dupuis, en su afán de remarcar cuán pérfido es su personaje, mire excesivamente a cámara. Pero, aun así, las escenas de tiroteos (con el sacrificio de un par de caballos incluido, algo que hoy horrorizaría a las asociaciones protectoras de animales) están medianamente conseguidas. Se da la curiosa circunstancia, además, de que, hacia el minuto 49, Roca visita un cine y, entre los carteles que adornan la entrada, hay uno de una película de Iquino (El golfo que vio una estrella, 1955) y, en lo que supone un simpático guiño (a la par que descarado autohomenaje), otro de El ojo de cristal (1955), dirigida por Santillán y protagonizada por el propio Armando Moreno.

Obsérvense los dos carteles a derecha e izquierda

domingo, 16 de diciembre de 2018

Cita imposible (1958)




Director: Antonio Santillán
España/Francia, 1958, 81 minutos

Cita imposible (1958) de Antonio Santillán


Antonio Santillán, el director maldito por excelencia del cine español, centró en el género policíaco la mayor parte de su hoy olvidada filmografía. Menos lograda que la magnífica El ojo de cristal (1955), de la que ya tuvimos ocasión de hablar, largo y tendido, en una entrada anterior, Cita imposible situaba de nuevo su acción en la ciudad de Barcelona para desarrollar una típica intriga según el modelo hitchcockiano del falso culpable. Falsa, en este caso, porque es una mujer, Rosario (Josefina Güell), quien deberá demostrar su inocencia a pesar de los muchos indicios que se confabulan en su contra.

De hecho, la acción comienza en el castillo de Montjuïc, fortaleza donde la infeliz ha pasado un año recluida por un crimen que no cometió. Su abogado la espera a la salida, pero ella, dolida, no quiere saber nada del letrado... El arranque, en la línea del mejor cine negro, posee una fuerza innegable que luego se irá paulatinamente apagando hasta quedar reducida a una simple trama detectivesca protagonizada por Arturo Fernández en el papel de apuesto inspector.



Como en ocasiones anteriores, José Antonio de la Loma escribiría el libreto en colaboración con Luis S. Poveda a partir de un argumento de Enrique Josa y del propio Santillán (que firma con su habitual heterónimo A. S. Esteban). La partitura, con un tema central especialmente melancólico que suena durante los títulos de crédito, fue compuesta por el maestro Federico Martínez Tudó. Aunque lo que de verdad resulta entrañable es ver el puerto, con la estatua de Colón al fondo, o la estación de Francia, donde el expreso directo a Massanet se dispone a partir. Son esas pequeñas cosas que convierten a una sencilla cinta de Serie B en impagable documento de época.

Tanto por tratarse de una coproducción hispanofrancesa como por estar parcialmente ambientada en un teatro de variétés, Cita imposible se parece bastante a Altas variedades (1960), filme de similares características que Rovira Beleta dirigiría un par de años después. Ambas comparten la inclusión de números de cabaret con bailarinas de music-hall, todo un atrevimiento para la época por aquello de la "pierna creciente y la falda menguante" que tanto obsesionaba a la censura franquista. En cualquier caso, el payaso Juanón (Francisco Piquer) sabe más de lo que parece sobre quién mató al empresario teatral Gaston Leducq (Luis Induni), mientras que el italiano Gustavo Re interpreta a un divertido truhan que vive de dar el sablazo haciéndose pasar por aristócrata polaco y Estanis González encarna a un inquietante chantajista que lo mismo sigue a Rosario a todas partes que pretende extorsionar a la viuda de Leducq (Mercedes Monterrey).


sábado, 3 de marzo de 2018

El ojo de cristal (1955)




Director: Antonio Santillán
España/Méjico, 1955, 89 minutos

El ojo de cristal (1955) de Antonio Santillán


Cuando se hacen cambios, la gracia está en comenzar con poco y terminar con algo que valga la pena. Aquel día salí de casa con una hebilla rota y un trozo de alambre y se los cambié a un chico llamado Miller por una armónica aplastada. Más tarde, canjeé la armónica por una navaja sin cuchilla y, hacia las siete de la tarde, mi capital original se había convertido en una pelota de béisbol a la que sólo le faltaba el forro de cuero, así que me dije a mí mismo que había tenido un día muy bueno. Claro que a esas horas ya debería haber estado en casa, pero eso del canje lleva mucho tiempo y le obliga a uno a patearse de arriba abajo las calles de media ciudad.

William Irish (pseudónimo de Cornell Woolrich)
«Through A Dead Man’s Eye»
Traducción de Jordi Arbonès i Montull

Tras más de diez años de infructuosa búsqueda, era cuestión de tiempo que acabásemos dando con una película rodada en las instalaciones del Colegio San Miguel. Y esa película es El ojo de cristal. Dirigida en 1955 por el malogrado Antonio Santillán (fallecería apenas una década después, cuando contaba 57 años), se trata de un thriller policíaco, surgido de la factoría Iquino en coproducción con la mejicana Oro Films, que denota en su estilo, ya desde la magistral escena con la que se inicia, una fuerte influencia del Cine Negro.



Enrique (Carlos López Moctezuma) y su novia Clara (Beatriz Aguirre) planean hacerse con las cincuenta mil pesetas que un tal Francisco Ortiach debe cobrar de una compañía como indemnización por haberse quedado tuerto a consecuencia de un accidente. Pero el taimado Enrique va al encuentro del anciano antes de que éste haya recibido el cheque, por lo que decide matarlo y esconder el cadáver entre los escombros de una fábrica en ruinas. Y, no contento con ello, acto seguido prepara minuciosamente el asesinato de Clara, para lo que urde una sutil coartada. No obstante, el ojo de cristal de su primera víctima y un niño "aprendiz" de policía se van a cruzar fatalmente en su camino...

Los mejicanos Carlos L. Moctezuma (Enrique) y Beatriz Aguirre (Clara)

Y a los cuarenta y cinco minutos con treinta segundos de metraje... ¡Sorpresa!: un plano general del claustro de Santa María de Jerusalén inunda la pantalla. Se supone que Pedrito y sus compañeros son alumnos de la escuela, si no fuera porque los personajes viven en las inmediaciones de la catedral de Barcelona. Lo cual demuestra lo inteligentes que fueron los responsables de las localizaciones al encontrar en pleno Ensanche un rincón gótico que en nada desentonaba con el conjunto de exteriores en los que se desarrolla la historia. Una Ciudad Condal de tranvías y brumas en blanco y negro que puede recordar en algunos momentos a la Viena de El tercer hombre (1949) y cuyos habitantes leen con regocijo las crónicas publicadas por Sebastià Gasch en Destino. La Barcelona entrañable que fuera cuna del mejor cine policíaco y de la que lo mismo se muestran las callejas del casco antiguo que los Jardinets de Gràcia o la Pensión Layetana de la Plaza Ramón Berenguer, en la que se aloja Enrique.


Carteles mejicanos de la película: Saza aparece como 'Zaza'

Del resto del reparto cabe destacar la presencia de Armando Moreno, quien un año antes se había casado con Núria Espert. Su papel de inspector inseguro y deseoso de hacer méritos para ganarse la estima del comisario contrasta con el arrojo de su hijo en la ficción (Manolito Fernández Pin), capaz de seguir al asesino hasta su madriguera con tal de ayudar al padre a desenmarañar una intriga que parecía imposible de resolver. ¿Y qué decir del inefable Saza? Como propietario de la tintorería La Puntualidad compone una genial pincelada cómica, no sólo por su peculiar forma de atender a los clientes, sino, sobre todo, por su manera de correr a gorrazos al pobre Miguelín (Francisco Alonso).

Eso y unos diálogos que no tienen desperdicio. Como cuando Enrique le pide cambio a la quiosquera y ésta va y le espeta: "Tengo un pacto con el banco de la esquina: ni él puede vender periódicos ni yo cambiar billetes." No quisiéramos, por último, acabar sin mencionar la presencia, detrás de las cámaras, del añorado José María Nunes como ayudante de dirección, de José Antonio de la Loma como adaptador de un relato de William Irish (heterónimo de Cornell Woolrich) o de la excelente banda sonora compuesta por José Casas Augé a partir de un bello tema para guitarra.


Claustro del Colegio San Miguel, un día de 1955...

"Los buenos policías saben jiujitsu.
Un día mi padre le hizo a un atracador una llave así..."

"Y no tuvo más remedio que soltar la pistola.
Hasta el Jefe Superior de Policía lo felicitó..." 

"¡Bah! Si creéis todo lo que cuenta... Siempre te pilla a traición.
Su padre debe de ser igual..." 

"-¡Oye, desgraciado! ¡Ya quisieras tú tener un padre como el mío!
-¡Sí, un enchufado!
-¡Vas a tragarte esas palabras...!" 

"¿Cómo hace tu padre para descubrir a los criminales...?" 

"¿Cómo lo ha de hacer?, por los indicios.
-¿Qué son indicios?
-Sí, hombre, sí, parece mentira que no lo sepas. Si te encuentras
un hombre muerto, tienes el indicio de que lo han matado.
-¡Qué gracioso! ¡Podía haberse matado él mismo de una caída!" 

"¿Y si tiene un cuchillo clavado en el pecho también se ha caído?
Yo ya lo entiendo. Si la navaja es de Albacete, puede ser un indicio..." 

¡Eso es! Cualquier cosa hallada al lado de la víctima puede serlo.
Si encontráis una carta de póquer, ¿quién puede ser el asesino?
-Un jugador.
-Exacto. ¿Y si en el bolsillo del muerto encontráis una factura?
-Lo han matado por falta de pago.
-¿Lo entiendes ahora?

"Vamos a ver: si encuentras un ojo de cristal ¿qué?
-Que el asesino era tuerto.
-Claro que sí, zoquete. ¿No lo entiendes todavía?
-¡Eso de los indicios es más complicado que descubrir al criminal!" 

BIBLIOGRAFÍA:

FREIXAS, Ramon, "El ojo de cristal de Antonio Santillán (1955)", reseña aparecida en Dirigido por... Revista de cine, Nº 376, marzo 2008, Cinema bis, página 94, ISSN 0212-7245