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domingo, 31 de agosto de 2025

Casta invencible (1971)




Título original: Sometimes a Great Notion
Director: Paul Newman
EE.UU., 1971, 114 minutos

Casta invencible (1971) de Paul Newman


El gran mérito de Sometimes a Great Notion (1971) reside en una puesta en escena tan sobria y directa como su protagonista y, en esta ocasión, también director. Un Paul Newman muy convincente en su papel de leñador/maderero de Oregón al que las circunstancias obligan a hacerse cargo del caduco negocio familiar. Sobre todo a partir del momento en el que los líderes sindicales de la zona comienzan a ejercer presiones para que los Stamper se adhieran a la huelga y demás protestas convocadas. Algo a lo que el clan, en consonancia con los férreos principios inculcados por el patriarca (Henry Fonda), para quien los compromisos contractuales son sagrados, se negará en redondo.

Y es que todo en aquella casa gira alrededor de los enormes troncos que la corriente arrastra río abajo, desde que se talan los árboles hasta que los operarios los pulen a golpe de hacha o valiéndose de la sierra eléctrica. Trabajo arduo no exento de riesgos, como se pondrá de manifiesto cuando un inesperado accidente laboral propicie una de las secuencias más intensas de la película, en la que los esfuerzos desesperados del personaje de Newman, intentando rescatar a un compañero malherido (Richard Jaeckel), se traducen en la angustia del hombre que intenta en vano enfrentarse a la fuerza indómita de la naturaleza.



Aun así, los rudos modales de Hank y el resto de miembros masculinos de la familia (no hay más que ver el apetito con el que devoran todo cuanto les sirven las mujeres del hogar) contrastan abiertamente con el talante mucho más moderno de Leeland (Michael Sarrazin), hermanastro e hijo pródigo melenudo que regresa al redil con afán un tanto revanchista. Su personaje, de hecho, representa a la juventud americana de aquel entonces, cuya actitud indolente e incluso contestataria entra en conflicto con los valores tradicionales de respeto a la autoridad.

La cruda atmósfera que se hallaba presente en la novela de Ken Kesey (el mismo autor de Alguien voló sobre el nido del cuco) en la que se basa la cinta le vino muy bien a Newman a la hora de ofrecer un sólido retrato de lo que suponen las disputas intergeneracionales en el marco de la América profunda. Sin embargo, el sobresfuerzo que le acarreó producir, interpretar y dirigir (tras el despido de Richard A. Colla) no sólo motivó que terminase exhausto de la experiencia, sino que provocó además que perdiese a menudo los estribos durante el rodaje, razón por la cual se refugió en la bebida, de la que abusó con demasiada frecuencia en aquellos días.



miércoles, 18 de julio de 2018

Fedora (1978)




Director: Billy Wilder
Alemania/Francia, 1978, 116 minutos

Fedora (1978) de Billy Wilder


Lo que Billy Wilder intentó llevar a cabo en Fedora fue un proyecto tan delicioso como suicida. Algo así como si a un Luis XIV redivivo le hubiese dado por aplicar sus precisas normas de protocolo en un McDonald's. No podía funcionar y él era consciente. Por eso, sabedor de que los tiempos habían cambiado, le hará decir al personaje de William Holden aquello de: "¡Ahora el cine está en manos de jóvenes barbudos que no necesitan guion ni nada, sólo una cámara con zum!"

El penúltimo filme de Wilder adquiere, por tanto, desde el principio un inequívoco aire de canto de cisne en el que se establece un diálogo entre la decadencia del presente y el esplendor de la época dorada del sistema de estudios. De ahí que las alusiones a El crepúsculo de los dioses (1950) sean continuas, comenzando por un William Holden otoñal que también había participado en aquel otro rodaje y siguiendo con su partenaire femenina, personaje cuya identidad se diluye entre una madre y una hija y que ya no será el fantasma viviente que fue Gloria Swanson, sino una amalgama de referencias más o menos inspiradas en Greta Garbo, Marlene Dietrich y otras grandes damas del Hollywood clásico.



El puertorriqueño José Ferrer en el papel del un tanto mefistofélico doctor Vando o Henry Fonda y Michael York haciendo de sí mismos acaban de darle el necesario toque glamuroso al reparto de una cinta que, en principio, estaba destinada a ser difundida como telefilme (lo cual se nota en su puesta en escena) y que sólo por cuestiones de falta de acuerdo entre Lorimar Productions y la CBS se acabaría estrenando en salas comerciales con una pobre acogida de público.

Rodada en localizaciones de Grecia, París y los estudios Bavaria de Munich, Fedora también supondría la última vez que Billy Wilder tuvo ocasión de trabajar en su país de origen (la película, de hecho, fue una coproducción entre Alemania y Francia). Un director, Wilder, mejor valorado en Europa que en América y al que ya le había costado Dios y ayuda encontrar financiación para su anterior proyecto (Avanti!, 1972), una comedia al viejo estilo que se filmaría íntegramente en Italia. 

Viejo, clásico, dorado... son precisamente palabras que se repiten mucho al hablar de una época mítica que tocaba a su fin. Quizá por ello, en uno de los numerosos flashback del filme veremos a la protagonista trabajando en una producción imaginaria de 1947 titulada Leda y el cisne (el marcado acento de su director en el plató, por cierto, haría pensar en una posible alusión al húngaro Michael Curtiz); tal vez sea ése el motivo de que Fedora, nombre evocadoramente mitológico por su similitud fonética con Pandora, fuese el elegido para bautizar al etéreo personaje central; pero, en cualquier caso, lo que sí que está claro es que Henry Fonda, en su papel de Presidente de la Academia (cargo que jamás llegó a ocupar en la vida real) sabe lo que se dice cuando ella le comenta que "ya no se hacen películas sobre mujeres" y él le responde: "Eso es porque ya no quedan mujeres como usted..."


viernes, 4 de agosto de 2017

El joven Lincoln (1939)




Título original: Young Mr. Lincoln
Director: John Ford
EE.UU., 1939, 100 minutos

El joven Lincoln (1939) de John Ford


Toda la vida que le falta al Lincoln de Spielberg desborda en esta producción de Darryl F. Zanuck dirigida por John Ford en 1939. Cierto que ambas películas se centran en momentos radicalmente opuestos de la trayectoria del personaje, pero, viendo el modo de caminar o de explicar chistes que le valieron el Óscar a Daniel Day-Lewis, salta a la vista que el actor irlandés debió de estudiar fotograma a fotograma el trabajo que muchos años antes hiciera Henry Fonda en esta película.

Quien andando el tiempo llegaría a ser decimosexto presidente de los Estados Unidos es presentado en la presente recreación de su juventud como un muchacho larguirucho y más bien parsimonioso que, sin embargo, bajo su frágil apariencia esconde unas extraordinarias dotes como orador que harán de él un brillante abogado.



Aunque tanto Ford como su guionista Lamar Trotti (1900–1952), ambos patriotas de pro, son incapaces de sustraerse a la tentación de mostrarlo bajo un cierto prisma mesiánico cuando, en la escena en que la multitud enfervorecida pretende acceder al calabozo donde los hermanos Clay son custodiados, el joven Abe Lincoln logra frenarla y hacerla recapacitar como Jesús al defender a la Magdalena.

Es precisamente el juicio para dilucidar la culpabilidad o inocencia de Matt y Adam el momento de mayor intensidad dramática, si bien contiene detalles humorísticos como el memorable juego de palabras mediante el que el abogado defensor le toma el pelo a Jack Cass, el testigo interpretado por Ward Bond. Con todo, hay en Young Mr. Lincoln pinceladas muy del estilo de Ford y que prefiguran elementos que reencontraremos en sus filmes posteriores. Así pues, la escena en la que Abe visita la tumba de la difunta Ann Rutledge anuncia los soliloquios que, justo una década después, mantendrá John Wayne frente al sepulcro de su esposa en La legión invencible.


sábado, 7 de enero de 2017

El día de los tramposos (1970)




Título original: There Was a Crooked Man...
Director: Joseph L. Mankiewicz
EE.UU., 1970, 126 minutos

El día de los tramposos (1970)


Un sólido guion de David Newman y Robert Benton con un reparto encabezado por Kirk Douglas junto a Henry Fonda bajo la dirección del veterano Joseph L. Mankiewicz dieron como resultado este western en apariencia simpático, pero que albergaba bajo esa fachada el desencanto de un mundo a punto de desaparecer.

Los setenta supusieron la decadencia del género, situación que se agravaría aún más en la década siguiente, cuando las películas del oeste se convertirían en veneno para la taquilla. Quizá Mankiewicz, ya perro viejo (éste sería su penúltimo filme, antes de despedirse de la dirección con La huella) intuyó que el Hollywood que él había conocido tenía los días contados y por eso supo darle a El día de los tramposos ese aire entre cómico y desengañado.



Nada más comenzar, la música pop de la banda sonora, con su tema central cantado por Trini López (que era un señor, a pesar de ese nombre) nos aporta una peculiaridad que distingue a There Was a Crooked Man... de producciones anteriores. Pero es que cuando Paris Pitman, Jr. (Kirk Douglas) aproveche en pleno allanamiento para comer un muslo de pollo bajo el embozo, se nos estará diciendo a las claras que la película que vamos a ver tiene bastante de caricatura.

¿Y el hombre deshonesto del título original? Obviamente, habrá que esperar hasta el final para salir de dudas, si bien el título español ya nos daba pistas, con su plural delator, de que nadie es de fiar en ese presidio de Arizona, puesto que hasta los más afables no son en realidad más que tramposos. La imagen más poderosa del filme, y la que mejor define dicha falta de honestidad, es la del botín escondido en un nido de serpientes de cascabel. Ni el alcaide Woodward W. Lopeman (Henry Fonda) con sus proyectos regeneracionistas en favor de los presos ni la cordialidad de Paris para implicar al resto de internos en la fuga perfecta serán, por tanto, muy de fiar.


jueves, 12 de mayo de 2016

12 hombres sin piedad (1957)




Título original: 12 hombres sin piedad
Director: Sidney Lumet
EE.UU., 1957, 92 minutos

12 hombres sin piedad (1957) de Sidney Lumet


Tras haber iniciado una prometedora carrera en la televisión en 1952, Sidney Lumet daba el salto a la gran pantalla cinco años más tarde dirigiendo la adaptación de 12 hombres sin piedad. Su exitosa versión de la pieza teatral de Reginald Rose, coproducida bajo los auspicios de Henry Fonda y coronada con tres nominaciones a los Óscars, supuso un hito en el cine de temática jurídica al saber plasmar con sutil profundidad psicológica los entresijos de un jurado popular que debe dictar veredicto sobre la inocencia o culpabilidad de un acusado.

John Savoca


Claro que con la carita de bueno que tiene el pobre chaval es el espectador el primero en convencerse de que de ninguna manera pudo haber matado a su padre. Existen "dudas razonables" al respecto, expresión que se hará servir no pocas veces a lo largo de la película para poner de manifiesto que nadie debería ser condenado de entrada sin antes analizar detalladamente todos los pormenores del caso. La situación de partida es muy sintomática al respecto: once contra uno, donde el único que aboga por darle una oportunidad al chico se verá en la difícil tesitura de persuadir al resto.

Henry Fonda


Pero nada es imposible cuando el encargado de tan ardua tarea es Henry Fonda: impertérrito ante la intolerancia de los demás, el hombre del traje blanco se los irá ganando uno a uno en un alarde de argumentación dialéctica que acaba por seducir hasta al colérico Lee J. Cobb. En realidad, este último no es más que la víctima de un retorcido mecanismo de compensación consecuencia de la frustrante angustia que le genera el ser repudiado por su propio hijo, lo que hará que proyecte toda su rabia sobre el acusado.

Lee J. Cobb


En realidad, el verdadero tema de la película no es tanto el receso de un jurado popular durante sus deliberaciones sino la importancia que dicha institución posee como garante de la democracia americana. En esos mismos términos se expresará uno de los personajes, concretamente un inmigrante de origen europeo (interpretado por el checo George Voskovec, 1905–1981), consciente de la trascendencia de la decisión que acaben tomando. Por eso también Davis (Henry Fonda) arrebatará indignado la hoja de papel de quienes intentaban pasar el rato jugando al tres en raya o cortará en seco a aquellos que pretendían contar chistes. Y de igual forma reaccionarán los que se niegan a que la reunión se convierta en un debate sobre béisbol o sobre los respectivos trabajos que ejercen en la vida cotidiana.

Cada uno de estos hombres responde a un perfil muy determinado y es curioso cómo las cámaras irán siguiendo sus rostros con un uso del primer plano más propio del lenguaje televisivo que del cinematográfico, algo que, asimismo, viene favorecido por el hecho de que la acción se desarrolle en un espacio cerrado del que no tienen escapatoria posible hasta que lleguen a un acuerdo por unanimidad.

Joseph Sweeney


Cuando por último, y habiendo cesado ya de llover, abandonen el edificio y veamos en el plano final cómo descienden las escaleras del palacio de justicia para seguir cada cual su camino, algo habrá cambiado en sus vidas, puesto que no solo han modificado el destino del muchacho acusado sino que, sobre todo, han modificado su propio punto de vista.

miércoles, 27 de abril de 2016

Cinefòrum el proper 12 de maig!








El proper dijous 12 de maig tindrà lloc la tercera i darrera sessió del nostre cinefòrum. Com de costum, la projecció es durà a terme al saló d'actes del Col·legi Sant Miquel a partir de les 17'30 h.

La pel·lícula triada en aquesta ocasió serà Doce hombres sin piedad, el llargmetratge (a partir d'un guió de Reginald Rose) amb el que el 1957 debutava a la direcció el cineasta Sidney Lumet (1924–2011). El cas de Lumet és molt significatiu, ja que representa el paradigma de realitzador de la nova fornada que, procedent de la televisió, s'incorporà a la indústria cinematogràfica de Hollywood a partir de les darreries de la dècada dels cinquanta.

Per anar fent boca us deixem amb alguns dels cartells que a l'època serviren per promocionar el film.







jueves, 28 de mayo de 2015

Hasta que llegó su hora (1968)




Título original: C'era una volta il West/Once Upon a Time in the West
Director: Sergio Leone
Italia/EE.UU./España, 1968, 165 minutos

Hasta que llegó su hora (1968) de Sergio Leone


Cuando América parecía haberse cansado del western, Europa lo acogió con sumo placer. Pero dándole otro enfoque... Cualquiera que empiece a ver Hasta que llegó su hora (1968) se dará cuenta enseguida de que estamos ante una obra maestra, sin duda palabras mayores de un género al que Sergio Leone supo hacer evolucionar más allá de sus planteamientos tradicionales. De ahí que, aunque se reconozcan fácilmente sus lugares comunes (por ejemplo, tres pistoleros esperando la llegada de un tren al inicio de la película, como ocurría en Solo ante el peligro [1952]), la música de Ennio Morricone (quien no dudó en servirse de teclados o de la guitarra eléctrica), las largas secuencias, los primerísimos planos del rostro de los actores... todo ello contribuye a pergeñar la versión barroca del Far West (Spaghetti Western lo llamarían sus detractores).

Que, además, el malo de la peli sea interpretado por Henry Fonda es un plus, ya que hasta ese momento el actor americano se había distinguido por encarnar a personajes angelicales: vendría a ser una forma de impactar al espectador similar a la que había supuesto previamente ver a Gregory Peck hacer de Capitán Ahab en Moby Dick (1956). Y si, encima, le acompañan en pantalla Charles Bronson y la sex symbol del momento Claudia Cardinale, el cóctel resultante tenía que ser a la fuerza memorable.

Como inolvidables son muchos de los diálogos. Por ejemplo aquel en el que Cheyenne (Jason Robards) se lamenta cínicamente de que Armónica (Charles Bronson) le esté entregando a las autoridades a punta de pistola:

Harmonica: The reward for this man is 5000 dollars, is that right?
Cheyenne: Judas was content for 4970 dollars less.
Harmonica: There were no dollars in them days.
Cheyenne: But sons of bitches... yeah.

Armónica: La recompensa por este hombre ascendía a 5000 dólares, ¿no es cierto?
Cheyenne: Judas se habría conformado con 4970 dólares menos.
Armónica: Todavía no existían los dólares en aquellos tiempos.
Cheyenne: Pero sí que había hijos de perra...

Es probable que en el desierto de Tabernas (Almería) aún resuenen los ecos del rodaje de esta épica producción.

La música es un personaje más de la película

La armónica actúa de leitmotiv

¡Donde las dan las toman!

Sergio Leone (de pie en el centro) y los cuatro protagonistas en un descanso del rodaje