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sábado, 7 de septiembre de 2019

Callejón sin salida (1966)




Título original: Cul-de-sac
Director: Roman Polanski
Reino Unido, 1966, 112 minutos

Callejón sin salida (1966)
de Roman Polanski


En esencia, el planteamiento de Cul-de-sac no difiere gran cosa del de El cuchillo en el agua (1962): un matrimonio burgués que vive cómodamente instalado en un viejo castillo frente a la costa ve interrumpido su bienestar tras la irrupción de un extraño. Tampoco se distingue demasiado de lo que, muchos años después, hará Michael Haneke en Funny Games (1997-2007) si no es porque el director alemán llevará todavía más lejos el sadismo de la situación.

Para Polanski y su coguionista Gérard Brach, Cul-de-sac (1966) no deja de ser una comedia, estrafalaria y gamberra en muchos momentos, pero exenta de la crueldad de un verdadero thriller. Y no es porque lo que les ocurre a los protagonistas no sea grave, sino más bien a causa del tono kafkiano que adquieren los acontecimientos.



Se trata, por tanto, de un enfoque marcado por la cara de chiste del personaje de Donald Pleasence, el aire de tebeo de los gánsteres Richard (Lionel Stander) y Albie (Jack MacGowran) y, sobre todo, el caos reinante en esa especie de mansión-gallinero en la que, supuestamente, escribió sus obras Walter Scott y que se acaba convirtiendo en un personaje más de la película.

A este respecto, conviene señalar que Cul-de-sac tiene, asimismo, esa atmósfera tan incómoda de las obras premonitorias. En primer lugar, porque la bella Françoise Dorléac (Teresa) moriría a causa de un accidente automovilístico apenas un año después del estreno, lo mismo que el compositor polaco Krzysztof Komeda, fallecido en abril del 69 a consecuencia de unas heridas que recibió en la cabeza durante su estancia en Los Ángeles. Aunque lo verdaderamente inquietante del caso es la semejanza entre el allanamiento de Richard y el que tres años después perpetrarían los miembros de la Familia Manson en el domicilio del propio Polanski en Bel Air.


domingo, 30 de septiembre de 2018

La loba y la paloma (1974)




Director: Gonzalo Suárez
España/Francia, 1974, 83 minutos

La loba y la paloma (1974) de Gonzalo Suárez


Entre los muchos engendros concebidos por Gonzalo Suárez a lo largo de su irregular carrera se encuentra este filme de reducido reparto y espléndidos exteriores asturianos. Y que, como volvería a suceder dos años más tarde en Beatriz (1976), estaba protagonizado por una exuberante Carmen Sevilla.

El argumento de La loba y la paloma, un tanto previsible y pillado por los pelos, lo escribieron conjuntamente el propio Suárez y Juan Cueto, con quien ya había colaborado en el guion de Morbo (1972). Gira en torno a una codiciada estatuilla prehistórica, hecha de oro y piedras preciosas, cuyo paradero sólo es conocido por una joven muda (Muriel Catalá): la hija del hombre que halló la pieza en una gruta frente al mar y que murió asesinado a manos de su socio. María, testigo accidental del brutal suceso, perdió a consecuencia de ello el habla y el juicio, por lo que se hará difícil dar con el tesoro.



Aparte de las ya mencionadas Carmen Sevilla y la francesa Muriel Catalá, el resto del elenco de actores lo formaron el británico Donald Pleasence (1919–1995) en el papel de Martín Zayas; el norteamericano (aunque afincado en Gran Bretaña) Michael Dunn (1934–1973), quien interpreta al diminuto Bodo; Aldo Sambrell (1931–2010), dando vida al bestial Atrilio, y José Jaspe (1906–1974), encargado de meterse en la piel de Acebo, el padre de María. Un dato curioso: ni Dunn ni Jaspe llegaron a ver estrenada la película, puesto que ambos fallecieron antes de septiembre del 74.

Los espacios claustrofóbicos, así como un cierto ambiente de pesadilla, presiden buena parte de la película, rodada entre Villaviciosa, Llanes y otras pequeñas localidades del litoral cantábrico. Vista con cuarenta años de distancia, La loba y la paloma aparece envuelta de un candor completamente ajeno a la voluntad de quienes la crearon, probablemente porque ni Carmen Sevilla parece la mejor opción para un papel de semejantes características ni el incipiente erotismo de la cinta contribuye a mantener vivo el espíritu de thriller psicológico con el que fue concebida.