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domingo, 13 de octubre de 2024

La sustancia (2024)




Título original: The Substance
Directora: Coralie Fargeat
Francia/Reino Unido, 2024, 141 minutos

La sustancia (2024) de Coralie Fargeat


Antes que una versión en clave feminista de El retrato de Dorian Gray o incluso de Dr Jekyll y Mr Hyde, la última película de la francesa Coralie Fargeat (París, 1976) es, sobre todo y por encima de cualquier otra consideración, un suculento pastiche repleto de referencias cinéfilas. Basta ver la moqueta de ese largo pasillo que conduce al plató televisivo para pensar de inmediato en el hotel Overlook de El resplandor (The Shining, 1980). O la horrenda apariencia de la protagonista, ya en el tramo final de la cinta, para acordarse del deforme John Merrick en El hombre elefante (The Elephant Man, 1980).

Y eso son sólo un par de ejemplos, tal vez los más evidentes, porque si se sigue rascando resulta más o menos fácil hallar conexiones con títulos tan emblemáticos como Psicosis (Psycho, 1960), La posesión (Possession, 1981) o Alien (1979) y otros más recientes, caso de The Neon Demon (2016) y hasta American Beauty (1999). Dejamos a cada cual la oportunidad de descubrir qué hay de todas ellas en este festival de sangre y vísceras.



Guiños que alcanzan la categoría de cita cuando suena de fondo la música de Vértigo (1958) o los primeros compases de Así hablaba Zaratustra. Y es que tanto la primera como 2001: una odisea del espacio (1968) comparten, respectivamente, con el filme que nos ocupa el tema de las dos mujeres que en realidad son la misma y, por otra parte, el hecho de que la criatura (Margaret Qualley), al igual que hacía HAL 9000 en la obra cumbre de Kubrick, se acaba rebelando contra su propia matriz.

Hay, además, todo un discurso de fondo contra la esclavitud que supone para el sexo femenino el hecho de vivir supeditadas a unos estándares de belleza que fomentan a ultranza la juventud y la esbeltez, condenando a la invisibilidad, a partir de los cincuenta, a todos aquellos cuerpos que no se ajusten a los cánones impuestos por los medios y la sociedad de consumo en su conjunto. Circunstancia que queda hasta cierto punto compensada considerando que la ya sexagenaria Demi Moore (nadie lo diría con lo bien que luce a sus 61 primaveras) se mete en la piel de Elisabeth Sparkle, vieja gloria que se deja seducir por la promesa rejuvenecedora de una sustancia milagrosa.



domingo, 25 de agosto de 2019

Gran bola de fuego (1989)




Título original: Great Balls of Fire!
Director: Jim McBride
EE.UU., 1989, 108 minutos

Gran bola de fuego (1989) de Jim McBride


A falta de algo mejor que destacar, si algún mérito tiene Great Balls of Fire! es el haber rehabilitado la imagen pública de un artista al que los escándalos de su vida personal relegaron, durante décadas, a un segundo plano. De los devaneos y desgracias que abrumaron a Jerry Lee Lewis en el pasado más vale no dar cuenta aquí: baste señalar que su biopic —simple, superficial y pésimamente interpretado— no pasó de ser una amable recreación de los inicios de la carrera del cantante y pianista apodado The Killer.

Decir que Dennis Quaid hiperactúa en su papel de ídolo de quinceañeras se queda probablemente corto. Tal vez sería más apropiado calificarlo de caricatura, habida cuenta de la desesperante falta de credibilidad de una interpretación tan plana como desprovista de matices. Algo que podría hacerse extensible al resto del reparto, desde la candorosa Winona Ryder encarnando a la esposa impúber hasta los cientos de extras que bailan como posesos al ritmo frenético del aspirante a Rey del Rock.



De todos modos, y como suele ser habitual en este tipo de productos hollywoodenses, que tardan años en gestarse, después de haber dado mil vueltas y pasado por incontables manos, la película estuvo a punto de ser dirigida por Terrence Malick, aunque su guion, centrado en los aspectos más sórdidos del personaje, sería rechazado al considerarse excesivamente oscuro. ¿Y qué habría hecho Martin Scorsese con Robert De Niro? ¿O Michael Cimino dirigiendo a Mickey Rourke? Preguntas que quedarán para siempre sin respuesta, pero que demuestran lo voluble que llega a ser una industria en la que el talento a menudo se supedita a otros intereses mucho más venales.

A fin de cuentas, esa misma dicotomía aparece ligera e indirectamente reflejada en el filme a través de una supuesta rivalidad entre Elvis y Jerry Lee: ambos nacidos el mismo año (1935), ambos dotados de un excepcional don para la música, pero uno predestinado a convertirse en leyenda a partir de su muerte prematura y el otro, menos "afortunado", a ver cómo su estrella languidecía como consecuencia de una acusación de bigamia que genera un amplio rechazo social.