Título original: Gisaengchung
Director: Bong Joon Ho
Corea del Sur, 2019, 132 minutos
Así, de entrada, la familia pobre de Parásitos recuerda un poco a la que protagonizaba Un asunto de familia (2018) del japonés Hirokazu Koreeda. Más que nada porque, en ambos casos, se trata de un clan que ha sabido hacer de la picaresca su particular modus vivendi. Pero, por otra parte, y centrándonos ya en el ámbito de una sociedad tan sumamente competitiva como la coreana, la relación que se establece entre los Kim y los insoportablemente adinerados Park, en cuya casa irán infiltrándose los primeros, conecta de pleno, a su vez, con el planteamiento de otro filme coreano no muy remoto en el tiempo: Burning (2018) de Lee Chang-dong.
Pobres que quieren ser ricos; ricos que viven en una burbuja de opulencia y arrogancia: la Palma de Oro del último Festival de Cannes sorprende por la amoralidad de unos personajes dispuestos a llegar hasta donde haga falta con tal de sobrevivir o mantener un determinado estatus. Parece como si el cineasta Bong Joon Ho (Daegu, 1969) intentara decirnos que algo huele a podrido en todos los estratos de un país en apariencia tan apacible como la actual Corea del Sur.
Visualmente, Parásitos muestra su lado más desapacible mediante espacios como el cochambroso sótano en el que se hacinan los Kim o, rizando el rizo de la sofisticación, en ese punto negro en la cocina de los Park que es, en claro contraste con el resto del entorno (una lujosa mansión/fortaleza), la puerta de acceso al infierno. De hecho, quienes descienden por esas escaleras da la impresión de que son engullidos para no volver a salir nunca más o quizá, y lo que es peor, para adentrarse en el lado oscuro y regresar, al cabo de los años, dispuestos a sembrar un reguero de caos y de sangre en la luminosa algarabía de un pícnic familiar...
Con todo y con eso, la historia que aquí se cuenta, a pesar de su crudeza, tiende más a la tragicomedia con ciertas dosis de humor negro y hasta de crítica social que no al thriller de suspense propiamente dicho. Porque, al fin y al cabo, ¿qué tiene más mérito? ¿Ser capaz de buscarse la vida agudizando el ingenio o, por contra, limitarse a dilapidar una fortuna sin otro objetivo que el mero disfrute de las comodidades que ofrece la vida burguesa? A este respecto, la imagen que se ofrece del patriarca Ki-Taek y su prole de granujas se nos antoja más humanamente cautivadora que no la de la ridícula señora Park. Aunque, al final, su sueño de prosperar sea simplemente eso: una quimera.
Pobres que quieren ser ricos; ricos que viven en una burbuja de opulencia y arrogancia: la Palma de Oro del último Festival de Cannes sorprende por la amoralidad de unos personajes dispuestos a llegar hasta donde haga falta con tal de sobrevivir o mantener un determinado estatus. Parece como si el cineasta Bong Joon Ho (Daegu, 1969) intentara decirnos que algo huele a podrido en todos los estratos de un país en apariencia tan apacible como la actual Corea del Sur.
Visualmente, Parásitos muestra su lado más desapacible mediante espacios como el cochambroso sótano en el que se hacinan los Kim o, rizando el rizo de la sofisticación, en ese punto negro en la cocina de los Park que es, en claro contraste con el resto del entorno (una lujosa mansión/fortaleza), la puerta de acceso al infierno. De hecho, quienes descienden por esas escaleras da la impresión de que son engullidos para no volver a salir nunca más o quizá, y lo que es peor, para adentrarse en el lado oscuro y regresar, al cabo de los años, dispuestos a sembrar un reguero de caos y de sangre en la luminosa algarabía de un pícnic familiar...
Con todo y con eso, la historia que aquí se cuenta, a pesar de su crudeza, tiende más a la tragicomedia con ciertas dosis de humor negro y hasta de crítica social que no al thriller de suspense propiamente dicho. Porque, al fin y al cabo, ¿qué tiene más mérito? ¿Ser capaz de buscarse la vida agudizando el ingenio o, por contra, limitarse a dilapidar una fortuna sin otro objetivo que el mero disfrute de las comodidades que ofrece la vida burguesa? A este respecto, la imagen que se ofrece del patriarca Ki-Taek y su prole de granujas se nos antoja más humanamente cautivadora que no la de la ridícula señora Park. Aunque, al final, su sueño de prosperar sea simplemente eso: una quimera.


