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jueves, 19 de diciembre de 2019

Noventa minutos (1950)




Director: Antonio del Amo
España, 1950, 85 minutos

Noventa minutos (1950) de Antonio del Amo


El cinéfilo curioso que se tome la molestia de revisar detenidamente los títulos de crédito de Noventa minutos (1950) topará de inmediato, como responsables del guion, con nombres ilustres de la categoría de Manuel Mur Oti o Rovira Beleta. Buena señal, sin duda alguna, teniendo en cuenta la trascendencia que ambos alcanzarían posteriormente en sus respectivas trayectorias como directores de prestigio.

Tanto su ambientación londinense como la particular puesta en escena, que limita la acción al ámbito reducido de un sótano, motivan que la película discurra por unos cauces nada habituales en la cinematografía española de aquellos años: los de un intenso drama claustrofóbico planteado como contrarreloj en la que está en juego la vida de sus protagonistas.



Tal y como hará tiempo después en El batallón de las sombras (1957), Mur Oti centra el foco de atención en un edificio cuyos habitantes, hombres y mujeres de muy diferente índole, acaban enterrados bajo varios metros de escombros a consecuencia de uno de los devastadores bombardeos que asolaron la capital británica durante la Segunda Guerra Mundial.

Ciertamente, se hace un poco extraño que todos esos individuos de apellido inglés se comporten dando muestras de un temperamento que nada tiene que ver con la flema anglosajona que cabría esperar de ellos. Y es que, considerando el pasado republicano de Antonio del Amo y otros miembros del equipo que participaron en el rodaje, el hecho de que Enrique Guitart interprete a un vulgar ladrón (o "registrador de la propiedad", como él mismo se define en un alarde de cinismo) que, gracias a su comportamiento heroico bajo tierra, logrará redimirse ante la opinión de sus compañeros de cautiverio debe interpretarse, en clave política, como el intento de absolver a tantísimos represaliados por el régimen franquista.


sábado, 16 de diciembre de 2017

Rápteme usted (1941)




Director: Julio de Fleischner
España, 1941, 87 minutos

Rápteme usted (1941) de Julio de Fleischner


La batalla de sexos fue uno de los planteamientos típicos en las comedias americanas de los años cuarenta. Son míticas, al respecto, algunas de las películas protagonizadas por la pareja Spencer Tracy y Katharine Hepburn, como La costilla de Adán (1949) o La mujer del año (1942). Hasta el mismísimo Hitchcock se atrevió a dejar momentáneamente de lado el suspense para probar fortuna con dicho formato, si bien Matrimonio original (Mr. & Mrs. Smith, 1941) no figura, precisamente, entre lo más granado de su filmografía.

Durante esos mismos años, sin embargo, el cine español también intentaba, en la medida de sus modestas posibilidades, emular un género que por estos lares solía ser más propio de la revista y demás espectáculos teatrales de variedades. De ahí que en el musical Rápteme usted la protagonista indiscutible fuese Celia Gámez, la misma vedete argentina que llevaba triunfando en los escenarios madrileños desde los años veinte.

"Amar, sufrir"


Lejos de toda complejidad, el argumento/pretexto del filme gira en torno a la separación de la estrella Áurea Diamantina (Gámez) de su marido (Enrique Guitart), quien deberá aguantar que su mujer se instale en un hotel de lujo donde la célebre actriz fingirá, junto a su mánager, un secuestro que sirva para darle un nuevo impulso a su carrera.

Pudiera parecer que estamos frente a una película de lo más atrevido, dado que plantea la insólita posibilidad de que una mujer abandone a su esposo a principios de la década de los cuarenta. Aunque, si bien se mira, el hecho de que semejante tema aparezca en un vodevil intrascendente y superficial nos da una idea de hasta qué punto no era más que una frivolidad que nadie se tomaría en serio en la España de la posguerra, máxime cuando la separación y el consiguiente rapto obedecen a una estratagema orquestada un poco al modo de las modernas exclusivas que los famosos pergeñan en connivencia con la prensa del corazón.

Celia Gámez y Enrique Guitart

domingo, 30 de abril de 2017

Don Juan (1950)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1950, 115 minutos



Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí...

José Zorrilla
Don Juan Tenorio
Escena XII, vv. 501-510

No deja de ser curioso que el Tenorio, uno de los personajes por antonomasia de la literatura española, fuese interpretado por un actor portugués en la versión de Don Juan que José Luis Sáenz de Heredia dirigiera en 1950. Secundado, además, por la francesa Annabella, estrella internacional que debutara en el cine de la mano del mismísimo Abel Gance tomando parte en su mítico Napoleón y que, tras haber trabajado largo tiempo en Hollywood, acababa de divorciarse de Tyrone Power.

Antonio Vilar en el papel de don Juan


De todas formas, la película no adaptaba el texto de Zorrilla o el de Tirso de Molina ni tampoco el de ninguna de sus versiones foráneas (Molière, Lord Byron, Pushkin, Lenau...) sino que se rodó a partir del guion original que escribieron conjuntamente el propio director y Carlos Blanco. Esto, por una parte, liberaba a la historia de las ataduras del verso y, por otra, permitía aproximarla, en varias ocasiones, a un modelo de comedia mucho más cercano al público de la época. Porque, si prestamos atención a los diálogos, en este Don Juan hay mucho sentido del humor. Ya en una de las escenas iniciales, hallándose aún el empedernido seductor en la goleta que ha de trasladarlo desde Venecia hasta la Sevilla de 1553, el protagonista y Lady Ontiveros (sorprendida en paños menores) mantienen el siguiente diálogo:

LADY ONTIVEROS: ¡Salid inmediatamente! ¿No veis que es el aposento de una dama?
DON JUAN: Sólo he visto un cuarto de mujer.
LADY ONTIVEROS: ¿Y no os basta eso? ¿Qué más queréis ver?
DON JUAN: Los otros tres cuartos...

Pura dilogía. Ni Quevedo lo hubiese dicho mejor. Y es curioso, ya que, sobre todo a partir de la sublimación romántica a la que Zorrilla sometió al burlador en el siglo XIX, ni el mito ni, mucho menos aún, el desenlace de la historia (con el convidado de piedra arrastrando al galán a los infiernos) podían considerarse precisamente divertidos. En ese sentido, Sáenz de Heredia y Blanco prescinden de las connotaciones moralizantes de la leyenda, despojando al personaje de sus ropajes mefistofélicos para acercarlo al gran público y convertirlo únicamente en el sagaz protagonista de una comedia de capa y espada.

"¿No es verdad, ángel de amor...?"


Tampoco doña Inés (María Rosa Salgado) es la cándida novicia parapetada en un convento cuyas paredes profana don Juan con fatales consecuencias. Ni Chiuti el único gracioso de la obra. Y es que el Arturo que compone Manolo Morán es para verlo: lo mismo su esperpéntica "habilidad" con la espada que su disparatado disfraz de centauro, en especial cuando, comido por los celos, se lleva de la mano a su prometida (poco antes galanteada por un encapuchado Tenorio), profiriendo: "A casa ahora mismo. ¡A casa! No me entiendes. Ni como animal ni como hombre".

Queda, pues, la duda razonable de si es lícito servirse del título como reclamo para ofrecer algo que, en realidad, es totalmente distinto al clásico que la gente espera ver. Salvo que los productores tengan la decencia, como fue el caso, de rematar los créditos iniciales con la siguiente advertencia.


lunes, 28 de marzo de 2016

El marqués de Salamanca (1948)




Director: Edgar Neville
España, 1948, 92 minutos

El marqués de Salamanca (1948)


"La comisión organizadora del primer centenario del ferrocarril en España presenta..." Pues presenta lo impresentable: a un oportunista hombre de negocios del siglo XIX como si fuera el digno merecedor de una hagiografía. El encargado de dirigir semejante panegírico no fue otro sino el siempre sobrevalorado Edgar Neville, quien pudo disponer de todos los medios materiales propios de una superproducción oficial (además de su habitual grupo de confianza, encabezado por Conchita Montes).

Hombre, sí: no se puede negar que haber rodado en los lujosos salones del Real Sitio de Aranjuez y otros palacios de la época, unido a los exuberantes decorados de Sigfredo [sic] Burmann y el elaborado vestuario de Humberto Cornejo, la Casa Marbel, Alberto Ranz y Encarnación, le da a la película todo el empaque decimonónico que la ocasión requería.

Explicada en forma de flashback nada más y nada menos que por don Alfonso XII (interpretado por Jacinto San Emeterio), la película narra el ascenso y posterior caída de quien (con permiso de un señor de Mataró, que parece ser que lo consiguió un año antes...) trajo el ferrocarril a España, aparte de ejercer como alcalde, diputado y ministro en tiempos de Isabel II. Vamos, lo que se llama un papel hecho a medida para Alfredo Mayo.

"He aquí la historia de un hombre que al cabo de los años confesó con melancolía: 'El peor negocio... ¡mi vida!' Así fue el avatar del hombre de actividad más emprendedora que ha habido en España: el romántico malagueño don José de Salamanca. Este fue el personaje que gastó el dinero que no tenía y tuvo el dinero que era casi imposible gastar".

Insistimos: panegírico y además hiperbólico.

domingo, 4 de octubre de 2015

Los atracadores (1962)




Director: Francisco Rovira-Beleta
España, 1962, 109 minutos

Los atracadores (1962) de Rovira-Beleta


No estaba asustado. Bueno, no mucho... No lo sabía. 

No sabía nada. Corría así, de esta manera... Corría, estaba corriendo. No sabía si estaba cansado. No sabía nada. Ni siquiera dónde estaba. Había empezado y debería terminar. Todos los músculos de su cuerpo jugaban a ser nervios. Y los nervios jugaban a ser músculos. Y los pies eran como las manos. Y las manos le colgaban a los lados, como racimos. 

Había empezado a correr con las manos en los bolsillos, durante largo tiempo, no recordaba cuánto. Pero aquello no era correr. Para correr es preciso darse cuenta de que se corre. Y no tenía sensación de estar corriendo. Ni los demás tampoco. Los demás eran ellos, la gente, los que eran adelantados, los que venían de frente y se iban quedando retrasados. Nadie se interesaba por su galope, nadie...

Tomás Salvador
Los atracadores

Así comienza la novela Los atracadores del hoy olvidado Tomás Salvador y, casi también, la adaptación cinematográfica que llevó a cabo Rovira-Beleta en 1962. Dividida en tres partes (Inquietud, Violencia y Muerte), muestra cómo unos muchachos son abocados a la delincuencia por culpa de una sociedad que no se ha esforzado lo suficiente en velar por su educación. Esa es al menos la tesis del filme, indicada de forma explícita por una voz en off que nos recuerda que siempre es mejor prevenir determinadas conductas desde la base antes que aplicar la pena de muerte cuando ya es demasiado tarde. Precisamente, si por algo es recordada Los atracadores es por la escena de la ejecución.

En ese sentido, el filme de Rovira-Beleta destaca por su crítica social hacia las contradicciones de un sistema que engendra, muchas veces sin ser consciente de ello, el crimen en su propio seno. Así pues, un personaje como "El Señorito" (interpretado por el francés Pierre Brice) es producto de la desidia de sus padres, ya que teniéndolo todo (estudios, dinero...) le privan, sin embargo, de lo más importante: cariño. Y así lo reconocerá públicamente su padre (Enrique Guitart) en la escena del juicio final. 

De esas carencias le debe venir al "Señorito" el poder de subyugar a merced al "Chico" Ramón y al "Compare" Carmelo, hasta el punto de hacer con ellos lo que quiere. Aunque hay algo autodestructivo en él, de ahí que no le importe mucho dedicarse a atracar una farmacia o un cine en lugar de proseguir tranquilamente sus estudios de Derecho.

En cuanto a los aspectos más formales de la película, siempre es un placer ver algunos de los rincones más emblemáticos de Barcelona convertidos en plató: la Sagrada Familia, el hoy archivo de la Corona de Aragón, las Ramblas, el puerto y sus alrededores... También, aunque por su valor documental, esos ambientes sórdidos, habitados por personajes siniestros que parecen salidos de la novela Nada de Carmen Laforet: la dueña de la pensión, el "mago" que se aprovecha de Isabel (la francesa Agnès Spaak) y la abuela cómplice que le sirve el mejunje traicionero.

Por último, cabe mencionar la breve participación de María Asquerino como Asunción (la amante del abogado, padre de "El Señorito") y de Sonia Bruno, quien debutaba de hecho con esta película (todavía bajo el nombre de Antonia Oyamburu) en el papel de la muda admiradora-compañera de fábrica de Ramón.

Rovira-Beleta (derecha) dando indicaciones a Manuel Gil (izquierda)
 y a Pierre Brice (centro) durante el rodaje de Los atracadores