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domingo, 25 de agosto de 2019

El pequeño príncipe (1974)




Título original: The Little Prince
Director: Stanley Donen
Reino Unido/EE.UU., 1974, 88 minutos

El pequeño príncipe (1974) de Stanley Donen


Las personas mayores me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como, a la edad de seis años, abandoné una magnífica carrera de pintor. […] Las personas mayores nunca comprenden nada por sí solas y es cansador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones. Debí, pues, elegir otro oficio y aprendí a pilotar aviones. Volé un poco por todo el mundo. […] Tuve así, en el transcurso de mi vida, muchísimas vinculaciones con muchísima gente seria. Viví mucho con personas mayores. Las he visto muy de cerca, aunque no ha mejorado excesivamente mi opinión sobre ellas...

Antoine de Saint-Exupéry
El Principito
Traducción de Bonifacio del Carril

En unas declaraciones incluidas en los extras del DVD de El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939) el productor Mervyn LeRoy hacía especial hincapié en que si había invertido tanto entusiasmo (y tantos dólares) en hacer realidad aquel proyecto era porque creía firmemente en la necesidad de rodar una película que después pudiese ver con sus hijos. Y es ese mismo empeño el que debió de mover a un director consagrado de la talla de Stanley Donen a sacar adelante la nada fácil adaptación de Le petit prince.

Es curioso, porque la obra cumbre del francés Antoine de Saint-Exupéry (1900–1944) tiene muchos puntos en común con la de L. Frank Baum, aunque sólo sea por las enormes dosis de imaginación en ambas contenidas. Pero también por sus muchos valores, siendo la pureza de la infancia, única y verdadera patria de todo hombre de bien que se precie, el más destacable.



Y algo parecido puede decirse del libro y de la singular lectura, en clave de musical, llevada a cabo por el tándem Lerner-Loewe. Como todo el mundo sabe, la en apariencia sencillez del texto encierra, sin embargo, una profundidad de lo más trascendente. Y eso mismo es lo que consigue Donen con su puesta en escena al traducirlo en imágenes: recrear un universo de planetas minúsculos y seres insólitos mediante recursos que rehúyan el más mínimo atisbo de aparatosidad.

Buena prueba de ello es el uso de lentes esféricas para crear la sensación de que el encuadre se corresponde con las reducidas dimensiones de cualquiera de los mundos visitados por el protagonista. O, en el plano coreográfico, ver a Bob Fosse encarnando a una boa (bajo el tórrido sol de Túnez) sin que ello vaya en detrimento de la credibilidad de su personaje. Todo lo contrario: tanto el bailarín como Gene Wilder en el papel de zorro logran aprehender a la perfección el carácter de los animales que interpretan. Quizá porque, como revela este último, "sólo vemos con el corazón, ya que lo esencial es invisible para los ojos..."

Según dicen, Michael Jackson se inspiró en Bob Fosse...

lunes, 12 de marzo de 2018

El principito (2015)
















Título original: Le Petit Prince
Director: Mark Osborne
Francia/Canadá/EE.UU., 2015, 108 minutos

El principito (2015)

Quizá porque el libro en el que se basa alberga un mensaje muchísimo más profundo que la aparente sencillez del relato y los dibujos que lo acompañan, los creadores de la última adaptación cinematográfica de El principito han querido que sea varias películas a la vez. Para empezar, porque se siguen en ella al menos dos técnicas de animación claramente diferenciadas: una con los típicos personajes rechonchos generados mediante recursos informáticos y que pretenden emular descaradamente el estilo Pixar; otra más artesanal, resultado de aplicar el stop-motion sobre delicadas figuras de papel.

De hecho, es el segundo de los métodos mencionados el que se utiliza para recrear los personajes originales de Antoine de Saint-Exupéry, no así el primero (y mayoritario) con el que se nos introduce a la existencia de una niña cuya vida gris, estricta y monótona ha sido rigurosamente diseñada y controlada por su madre. Aunque no por mucho tiempo, puesto que la irrupción de un viejo y estrafalario aviador en el jardín de su casa pondrá una nota de color en su anodina realidad.



Lo cual dará pie, por cierto, a no pocos guiños cinéfilos. Como el hecho de que la protagonista se evada a través de la lectura del manuscrito que le facilita el aviador, planteamiento que recuerda al de La historia interminable. O el viaje a los mundos de fantasía que inicia a bordo de la aeronave de su vecino tras caer desde lo alto del canalón del desagüe y que se parece al realizado por Dorothy en El Mago de Oz. Sólo que, en lugar de llegar a la Ciudad Esmeralda, su destino es un planeta repleto de rascacielos que recuerda a la Metrópolis de Fritz Lang. Tal vez por ello, sus habitantes caminan con la mirada perdida de un autómata y los brazos caídos como los obreros del subsuelo durante el cambio de turno. No en vano, el clímax de este Principito tendrá lugar en una especie de sala de máquinas muy similar a la que aparece en el filme expresionista. Otros de esos guiños, en cambio, son fugaces y apenas reconocibles, como la gigantesca oficina repleta de sumisos mecanógrafos milimétricamente dispuestos en sus respectivos escritorios y que parece calcada de El proceso de Orson Welles o de El apartamento de Billy Wilder.

En fin: son tantos y tan abrumadores los medios desplegados en esta superproducción que uno no sabe qué destacar, si la banda sonora de Hans Zimmer (con la colaboración de la cantante Camille), las voces del star system galo (Dussollier, Cotillard, Lindon, Cassel, Canet, Gallienne...) o el éxito alcanzado en medio mundo. Nos quedamos, en cambio, con la imaginación: la que reina en el planeta de los baobabs, la del zorro domesticado y la rosa únicos en el mundo, la misma que permite al príncipe adulto revivir la inocencia del niño que fue. Porque sólo vemos bien con el corazón y lo esencial sigue siendo invisible para los ojos...