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martes, 11 de agosto de 2026

Sueños de trenes (2025)




Título original: Train Dreams
Director: Clint Bentley
EE.UU., 2025, 102 minutos

Sueños de trenes (2025) de Clint Bentley


Trasladar a la pantalla el relato homónimo de Denis Johnson (1949-2017) parecía a priori una tarea difícil por lo conciso de su lírica, pero el director Clint Bentley y el guionista Greg Kwedar logran en Train Dreams (2025) adaptar con maestría la textura del tiempo y la memoria. Y es que, lejos del efectismo del wéstern tradicional, la película se adentra en la vida del leñador Robert Grainier (Joel Edgerton) para erigir un emotivo homenaje a esas existencias anónimas que presenciaron el vertiginoso nacimiento del siglo XX.
Ambientada en los vastos bosques de Idaho, la cinta (nominada a cuatro premios Óscar) aborda el conflicto entre la naturaleza indomable y el avance ensordecedor de la modernidad. En ese sentido, la espléndida fotografía del brasileño Adolpho Veloso, apoyada en una paleta terrosa y luz natural, captura el polvo, la madera y el barro con precisión casi palpable. A esto se suma la delicada banda sonora de Bryce Dessner y un diseño sonoro donde el crujir de los abetos y el silbato lejano de las locomotoras dialogan constantemente con la soledad del protagonista.



​Por otra parte, el anclaje emocional de la trama recae en un magnífico Joel Edgerton, cuya interpretación de Grainier destaca por su contención absoluta. Así pues, el actor canaliza la tragedia y el desgaste físico a los que debe hacer frente a través de microgestos y miradas perdidas, evitando de este modo cualquier sobreactuación. Acompañado por la presencia luminosa de Felicity Jones como su esposa Gladys, el reparto secundario aporta la realidad humana de una frontera habitada por seres vulnerables que intentan encontrar su lugar en el mundo.
Con una estructura que evoca el fluir de la memoria, narrada en off por Will Patton, la película utiliza los trenes como símbolo del progreso destructivo y de la erosión de un modo de vida primitivo. De ahí que, sin caer en moralismos ni artificios dramáticos, Bentley confíe en la intuición del espectador para darle sentido a los numerosos silencios de su puesta en escena. El resultado es una bella elegía cinematográfica, a medio camino entre la literatura de Thoreau y el trascendentalismo de, por ejemplo, Terrence Malick, que demuestra cómo en ocasiones los relatos más profundos suelen encontrarse en los márgenes de la gran Historia oficial.



viernes, 17 de enero de 2025

The Brutalist (2024)




Director: Brady Corbet
EE.UU./Reino Unido/Canadá, 2024, 214 minutos

The Brutalist (2024) de Brady Corbet


Falso biopic en torno a la figura de László Toth (magistralmente interpretado por Adrien Brody), un imaginario arquitecto húngaro que, tras dejar atrás el horror de la guerra, se instala en Norteamérica para comenzar una nueva vida. Ni que decir tiene que los inicios serán durísimos (con él solo y sin su mujer, que quedó en Europa), si bien su estrella comenzará a brillar de nuevo a partir del momento en el que entre a trabajar al servicio de Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), adinerado hombre de negocios que le encarga el diseño de un ambicioso proyecto.

Una película que lleva por título The Brutalist (2024) tenía por fuerza que ser descomunal en su metraje y puesta en escena. Algo que el director Brady Corbet, célebre en su día por haber intervenido en el remake hollywoodense de Funny Games (2007) y que, con esta nueva incursión detrás de las cámaras, cuenta ya en su haber con tres largometrajes, consigue con creces a base de recursos técnicos como el formato VistaVision en 70 milímetros o una estructura, a la antigua usanza, en dos actos con un intermedio de quince minutos. Si se le suma, además, la apabullante banda sonora de Daniel Blumberg, el resultado alcanza una dimensión épica como hacía tiempo que no se veía en una pantalla de cine.



Hay detalles de la trama que bien podrían recordar al Visconti de La caída de los dioses (1969), en especial cuando la ostentación de la familia Van Buren deja traslucir trapos sucios que apuntan en la dirección de una decadencia moral que contrasta con la fastuosidad de ese megalómano complejo que planea construir el patriarca. Crítica velada contra la sociedad estadounidense de aquel entonces, teóricamente tierra de acogida para miles de inmigrantes como László y su esposa Erzsébet (Felicity Jones), en abierto paralelismo con la América de hoy en día.

En definitiva, las tres décadas de la biografía del protagonista que abarca la cinta permiten una lúcida panorámica en la que tienen cabida aspectos tan variados como las contradicciones del sueño americano o el antisemitismo latente en el seno de un sistema teóricamente democrático. Todo lo cual permite un último guiño, en forma de epílogo veneciano, al desvelarse las verdaderas intenciones que albergaba László Toth cuando trazó los planos de su obra más emblemática.



domingo, 17 de junio de 2018

La teoría del todo (2014)




Título original: The Theory of Everything
Director: James Marsh
Reino Unido/EE.UU./Japón, 2014, 123 minutos

La teoría del todo (2014) de James Marsh


Por paradójico que parezca, hay películas en las que lo cinematográfico queda en un segundo plano: surgidas del empeño por convertir la vida de alguna celebridad en materia fílmica, al final, este tipo de proyectos, conocidos en la jerga cinéfila como biopics, acaban siendo vehículos al servicio de las excepcionales dotes interpretativas del actor o actriz encargados de meterse en la piel del personaje en cuestión. Como Ray (Taylor Hackford, 2004) o La vie en rose (Olivier Dahan, 2007), The Theory of Everything formaría parte de dicha nómina. A la cual podríamos añadir el Gandhi (1982) de Lord Richard Attenborough, por citar algún ejemplo anterior en el tiempo.

¿Significa eso que la ardua tarea llevada a cabo, respectivamente, por Jamie Foxx, Marion Cotillard, Eddie Redmayne o Ben Kingsley carece de mérito? No, ni mucho menos: que la mímesis, como ya estableció Aristóteles, es fin esencial del arte. Sin embargo, hay un detalle que conviene no pasar por alto: todos ellos, sin excepción, fueron merecedores del Oscar (y aun del Globo de Oro e, incluso, del BAFTA). Y ya se sabe que los premios son el más poderoso mecanismo de promoción del que se ha dotado la industria para publicitar sus películas.

Hawking (Eddie Redmayne) y sus hijos

¿Cómo puede uno, por tanto, tomarse mínimamente en serio La teoría del todo después de que Pasolini y otros autores realizasen la mayor parte de sus obras maestras con el único concurso de actores no profesionales? Evidentemente, no hay ni punto de comparación posible entre uno y otro planteamiento, aunque es muy probable que para cualquiera que se tenga a sí mismo por cinéfilo el centro de interés gravite en torno al mensaje y, en menor medida, alrededor de la habilidad del intérprete para metamorfosearse.

Dicho lo cual, llegamos al caso concreto de la película que nos ocupa. Y, ¿qué es lo que encontramos? Pues, precisamente, muchas intimidades y poca ciencia. Porque, en su afán vulgarizador de llegar a todo tipo de públicos, los responsables del mismo deben de haber considerado más interesante centrarse en aspectos de tipo personal (la vida afectiva y familiar de Stephen Hawking, los primeros síntomas y la evolución posterior de su enfermedad degenerativa...) que no profundizar en ninguna de las trascendentales teorías que formuló, por lo que el título elegido se nos antoja más bien equívoco y un tanto tramposo. Aun así, si juzgamos la mayoría de cintas que han abordado la figura de alguna personalidad importante del ámbito científico, entre ellos los filmes sobre Pasteur (el de Sacha Guitry de 1935 y el de William Dieterle del 36), Marie Curie (Marie Noëlle, 2016) o Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001), veremos que el denominador común en la mayoría de casos es que lo humano tiende a imponerse sobre lo erudito.

Los auténticos Stephen y Jane Hawking en 1965 (izquierda)