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sábado, 29 de enero de 2022

El maestro (1957)




Director: Aldo Fabrizi
España/Italia, 1957, 90 minutos

El maestro (1957) de Aldo Fabrizi


La misión de un maestro es la más sublime que puede existir: modelamos las almas de los niños, les hacemos hombres. ¡Cuántas veces un maestro, con su ejemplo, evita que un niño se aleje del buen camino! ¡Y qué maravilloso es verlos crecer, pasar de una clase a otra, conocerlos desde pequeños y, cuando ya están en condiciones de enfrentarse con la vida, despedirse! De nosotros depende que esa vida sea más feliz para ellos.

Las bellas y elocuentes palabras que encabezan esta reseña son pronunciadas por el director de la escuela en la que trabaja el protagonista de El maestro (1957), filme dirigido e interpretado por el actor italiano Aldo Fabrizi (1905–1990). Ni que decir tiene que su tema central es la enseñanza, si bien toca tangencialmente otras cuestiones como la relación padre-hijo o los desvaríos seráficos de un hombre atormentado por una pérdida irreparable.



Se trata, por otra parte, de una cinta un tanto sensiblera, muy en la línea de Marcelino, pan y vino (1955) y demás producciones de la época al servicio del niño prodigio de turno, pero enormemente entrañable al mismo tiempo. Ahí están para demostrarlo las escenas de los alumnos en clase, participando de ese "campeonato de fútbol" sin balón que ha ideado don Juan (Fabrizi) para que los chicos se aprendan la lección a base de preguntas y respuestas.

Drama amable y a ratos lacrimógeno, la existencia del veterano profesor dará un giro a partir del momento en el que el destino le arrebate a su único hijo a consecuencia de un fatídico atropello. Circunstancia nada fácil de superar para quien, hasta entonces, anhelaba fundar una escuela de pintura y que ahora, falto de ganas de vivir, parece dispuesto a tirar la toalla.

Sin embargo, la aparición repentina de un nuevo alumno de carita angelical descoloca al orondo educador: se llama Gabriel y su padre es carpintero. Y, por si no fuera poco, parece conocer al dedillo los pormenores de la atribulada existencia del maestro de escuela. De hecho, insiste en acompañarlo a todas partes como si fuese su propia sombra...



domingo, 1 de diciembre de 2019

Nos habíamos amado tanto (1974)




Título original: C'eravamo tanto amati
Director: Ettore Scola
Italia, 1974, 124 minutos

Nos habíamos amado tanto (1974)
de Ettore Scola


Un flashback de más de dos horas: la versión sofisticada del neorrealismo italiano llegando a su punto álgido. Quizá por ello Ettore Scola incluye en su película cameos, entre otros, de Fellini, Mastroianni y Vittorio De Sica, que fallecería al cabo de poco y a quien está dedicado el filme. Y es que C'eravamo tanto amati no es sólo un portento narrativo dotado de una soberbia puesta en escena de singular barroquismo en la que se alternan color y blanco y negro o en la que los actores, valiéndose de la técnica del aparte, le hablan al presente desde el pasado. 

No, no: por encima de cualquier otra consideración, nos hallamos frente a un sentido homenaje a la edad dorada del cine italiano. Más aún: a toda una generación. La que, tras haber derrotado al fascismo en la Segunda Guerra Mundial, se buscaría la vida como supo (o como pudo) durante las tres décadas posteriores, marcadas por sucesivos gobiernos de la Democracia Cristiana. De ahí la diversa suerte que corre cada uno de los protagonistas: Gianni el trepa (Vittorio Gassman), Antonio el camillero (Nino Manfredi) y Nicola el crítico de cine (Stefano Satta Flores). Por no hablar de la bella Luciana (Stefania Sandrelli), que los lleva a todos de cabeza, motivo por el que la cinta también es conocida con el título de Una mujer y tres hombres.



Con una estructura similar a la de una novela río, el espectador asiste a los avatares de los personajes al mismo tiempo que en la pantalla se desarrolla una lección de historia contemporánea. Procedimiento, por cierto, muy caro al cine italiano y que Bertolucci acabaría de perfeccionar dos años después en Novecento (1976). Ilusiones perdidas, ideales traicionados: en realidad, no sólo vemos envejecer a un grupo de pobres diablos, sino que sus respectivas trayectorias, con sus luces y sombras, representan la metáfora precisa de lo que fue Italia durante el margen temporal que abarca la trama.

Y la conclusión a la que llega Scola, tan lúcido como siempre, no puede ser más desoladora. Porque ver a Gianni suspendido en el aire, sobre las aguas de la piscina de su mansión (heredada/robada del suegro), apunta inequívocamente a un perfil muy determinado de la clase política y empresarial italiana, salpicada por cuantiosos casos de corrupción que en años venideros se irían destapando. A este respecto, C'eravamo tanto amati ni descubre ni vaticina nada en especial, sino que se limita a plasmar, con suma elegancia y en tono de comedia, algo que no era más que un secreto a voces.