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jueves, 29 de julio de 2021

La mentira tiene cabellos rojos (1962)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1962, 96 minutos

La mentira tiene cabellos rojos (1962) de Antonio Isasi


Película bobalicona donde las haya, La mentira tiene cabellos rojos (1962) iba dirigida a un público que hoy ya no existe, de ahí que cueste tanto ubicarla en una categoría medianamente comprensible para cualquier espectador del siglo XXI. Pretende ser una comedia aun careciendo de toda gracia. Aspira a emular un cierto cine de Hitchcock pese a que el suspense brilla por su ausencia. En definitiva, la falta total de verosimilitud de cuanto en ella se explica acaba por traducirse en una amalgama de situaciones a cuál más incoherente.

Sus protagonistas, Enrique Solano (Arturo Fernández) e Isabel Mendoza (Analía Gadé), contraen matrimonio tras haber participado en un certamen de magia del que salen vencedores con un espectacular número de escapismo. Preludio, sin duda, de lo que va a ocurrir durante la noche de bodas, cuando ella se esfuma sin dejar rastro. Ante el temor de que su esposa se haya fugado con otro hombre, Enrique comienza entonces un arduo recorrido por distintas ciudades castellanas (Segovia, Ávila, Toledo, San Lorenzo del Escorial...) con el objetivo de reunir alguna pista que le permita dar con la desaparecida.



Hasta aquí todo más o menos normal ("normal" en términos cinematográficos, se entiende). El problema es que, a fin de cuentas, ni el embrollo queda aclarado satisfactoriamente ni la trama posee mayor sentido más allá que servir de simple pretexto para situar la acción en majestuosos enclaves monumentales de nuestra geografía.

Dirigida y producida por Antonio Isasi-Isasmendi, la cinta fue presentada en la edición de 1960 del Festival de Cine de San Sebastián, si bien no llegaría a las pantallas de todo el país hasta dos años más tarde, tal vez a consecuencia de la fría acogida que le dispensó la crítica. Véanse, si no, las palabras con las que el cronista del ABC se refería al filme en la edición matutina del 19 de julio: "Hay en el desafortunado empeño un cúmulo de reminiscencias —de películas tan recientes como Vértigo, pongamos por caso, y de quién sabe cuántas más— que muestran palmariamente la mala digestión de todo ello. Y es triste, triste para nosotros, no hallar nada elogiable".



miércoles, 28 de julio de 2021

Relato policíaco (1954)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1954, 80 minutos

Relato policíaco (1954) de Antonio Isasi


Debut en la realización de largometrajes de un Antonio Isasi (1927–2017) que, si bien ya había dirigido algún que otro corto, además de sus numerosos trabajos como montador para otros cineastas, se ponía por vez primera al frente de un equipo de rodaje. Y lo hacía, como no podía ser menos, con una cinta policíaca, de las que tanto se estilaban por aquel entonces, cuyo título resulta ya de por sí lo suficientemente explícito: Relato policíaco (1954).

Lo cierto es que no se trata de una, sino que en realidad son dos las historias narradas por el inspector Nogués (Conrado San Martín), a modo de última lección, ante un auditorio compuesto por una nueva promoción de agentes surgidos de la Escuela General de Policía. Huelga decir que el sonsonete que destila todo este preámbulo es abiertamente propagandístico, con la mira puesta a ensalzar la labor de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.



El primero de los casos expuestos gira en torno a la muerte en extrañas circunstancias de un ciudadano francés, así como de un oscuro asunto de contrabando de coches para eludir el pago al fisco de los correspondientes derechos de importación. El otro, a propósito de unos falsificadores de billetes de dólar, arranca en la estación de tren de Taradell-Montrodon para después continuar en París, las nieves de la Vall de Núria y, por último, en lo alto de la Torre Jaume I del teleférico del Puerto de Barcelona.

El denominador común en ambos episodios es el temple demostrado por los agentes de la justicia a la hora de saber cuándo conviene utilizar o no el arma. De ahí la advertencia final de Nogués a esos siete primeros números que se incorporan a la Brigada de Servicios Especiales: "Son la propia conciencia y las diversas circunstancias las que mandan. Y estas pistolas que hoy se os entregan han de ser en vuestras manos, ¡tenedlo bien presente!, un medio, nunca un fin".



lunes, 19 de julio de 2021

Lo que nunca muere (1955)




Director: Julio Salvador
España, 1955, 115 minutos

Lo que nunca muere (1955) de Julio Salvador


1955 fue, sin duda alguna, un año provechoso en la carrera del actor Conrado San Martín (1921–2019), ya que el intérprete, alentado por el gancho que ejercía sobre el público como apuesto galán, se lanzó a la aventura de producir (y protagonizar) sendos largometrajes, ambos dirigidos por el barcelonés Julio Salvador: Sin la sonrisa de Dios, drama social del que ya tuvimos ocasión de hablar en su día, y éste que ahora nos ocupa, Lo que nunca muere.

Planteada como un largo flashback que arranca en los días previos al estallido de nuestra contienda civil hasta llegar, al cabo de los años, a la dialéctica de bloques de la Guerra Fría, la cinta no deja de ser un panfleto anticomunista, aunque con ribetes de drama familiar, basado en un serial radiofónico de Luisa Alberca y Guillermo Sautier Casaseca. José Antonio de la Loma acabó de darle forma al guion y los futuros cineastas Paco Pérez-Dolz y Antonio Isasi-Isasmendi ejercieron, respectivamente, como ayudante de dirección y montador de la película.



Un grupo de malévolos agentes soviéticos pretende atentar contra un pantano que el ejército nacional está construyendo en el protectorado español de Marruecos. Con el agravante de que uno de sus cabecillas, evacuado cuando niño de la zona republicana, es, en realidad, el hermano menor del comandante López Doria (Conrado San Martín). Lo cual da pie a un doloroso enfrentamiento fratricida que se verá, sin embargo, compensado con el idilio entre el militar y la bella Nita (Vira Silenti), ganada para la causa gracias al amor ("lo que nunca muere") que nace entre ellos.

He ahí el argumento principal de un filme que, desgraciadamente, se vería marcado por un hecho luctuoso acontecido durante el rodaje. Y es que la joven actriz Mercedes de la Aldea, quien a la sazón contaba con apenas veintitrés años de edad, falleció víctima de un fatídico accidente que tuvo lugar en el Aeroclub Barcelona-Sabadell. Se da la circunstancia de que su personaje, una enfermera llamada Marcela, también muere en la ficción (es la escena que se recrea en la parte inferior del cartel).

La Vanguardia, viernes 29 de octubre de 1954


jueves, 27 de mayo de 2021

Apartado de correos 1001 (1950)




Director: Julio Salvador
España, 1950, 92 minutos

Apartado de correos 1001 (1950) de Julio Salvador


Título emblemático del hoy tan revalorizado cine policíaco barcelonés, Apartado de correos 1001 (1950) marcaría el inicio de una de las etapas más fructíferas dentro de la producción cinematográfica con sede en la Ciudad Condal. De hecho, son muchos y diversos los enclaves de la capital catalana que sirvieron de escenario natural para el rodaje de esta película, conformando una geografía urbana cuyo radio de acción abarca, a grandes rasgos, desde las Ramblas o Vía Layetana hasta las inmediaciones de Correos en el Paseo Colón.

Aunque, al margen del valor documental que le haya podido conferir el paso del tiempo, lo cierto es que hay momentos puntuales de la puesta en escena ideada por Julio Salvador, a partir de un guion de Antonio Isasi y Julio Coll, que denotan la influencia de clásicos del género como La dama de Shanghai (1947) de Orson Welles. Referente que salta enseguida a la vista en la célebre escena, rodada en el parque de atracciones Apolo, en la que los protagonistas acceden al interior de "La casa de la risa" en pos del sospechoso.

El veterano y el novato en busca de indicios


No obstante, al analizar detenidamente los métodos policiales empleados por Marcial (Manuel de Juan) y Miguel (Conrado San Martín) queda claro hasta qué punto aquellos agentes con bigotito falangista eran capaces de retener a alguien por la fuerza sin que fuese necesaria una orden judicial. O injerirse en su correspondencia personal o hasta en su propio domicilio como si tal cosa, obviando el Artículo 12 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Detalles que hoy pueden sorprender, pero que en el contexto de una dictadura militar arrojan la imagen de un cuerpo más preocupado por mantener el orden establecido que no por la defensa del ciudadano.

Sea como fuere, el realismo que transmiten sus imágenes acaba por imponerse a la propaganda implícita de una cinta cuya intención inicial era recalcar la infalibilidad de la policía en la lucha contra el crimen organizado. A este respecto, la estructura arranca con la consumación del hecho para, acto seguido y a partir de una mínima pista, ir desgranando minuciosamente las causas hasta dar con la identidad del misterioso líder de una oscura trama dedicada al tráfico de cocaína.



lunes, 7 de septiembre de 2020

Vamos a contar mentiras (1962)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1962, 85 minutos

Vamos a contar mentiras (1962)
de Antonio Isasi-Isasmendi


En el año del centenario de Fellini resulta imposible ver la escena inicial de Vamos a contar mentiras (1962), en la que un par de sinvergüenzas se hacen pasar por sacerdotes, sin que nos vengan enseguida a la memoria los timadores de Almas sin conciencia (Il bidone, 1955). Con la salvedad, es ocioso decirlo, de que aquello era una obra maestra de grandes proporciones, mientras que la cinta que nos ocupa no pasa de adaptación discreta de una comedia teatral de Alfonso Paso (quienes deseen "deleitarse" con la versión del mítico Estudio 1 (1972) o con otro montaje posterior, también de TVE (1986), pueden hacerlo a través de estos enlaces).

Paso (1926-1978), aquel señor cuya fisonomía, en palabras de Juan Marsé, tenía "algo de vieja marquesa disfrazada de actor secundario, mediocre y bajito", había estrenado su obra, con notable éxito de público, en el madrileño Teatro Infanta Beatriz, concretamente el 28 de septiembre de 1961. Y claro, ya se sabe cómo van estas cosas: de las tablas a la pantalla hay apenas un salto cuando se trata de sacar tajada de la notoriedad adquirida previamente en los escenarios.



El hecho es que Juanjo Menéndez (Carlos) repetía como protagonista, no así Manuel Alexandre y Amparo Baró, que aquí cedían su lugar a los no menos histriónicos José Luis López Vázquez (Lorenzo) y Amparo Soler Leal (Julia). El resto del reparto fílmico lo completaron José Bódalo (en el papel de ladrón), Laly Soldevila (criada) y Gracita Morales (novia de Lorenzo), más una pléyade de míticos actores secundarios entre los que destacan Pepe Isbert y Manolo Morán haciendo de bomberos.

Deliberadamente intrascendente, Vamos a contar mentiras es una de aquellas comedias "con muerto", heredera del ingenio disparatado de Jardiel, aunque mucho más de estar por casa, en la que el humor negro está al servicio de la carcajada fácil. Una astracanada amable, ambientada durante los prolegómenos de la cena de nochebuena, que Isasi supo resolver con la pericia en él habitual, pero sin excesiva causticidad a la hora de retratar el vacío existencial de una esposa aburrida en el contexto de la típica hipocresía burguesa.


miércoles, 15 de julio de 2020

La máscara de Scaramouche (1963)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España/Francia/Italia, 1963, 98 minutos

La máscara de Scaramouche (1963)
de Antonio Isasi-Isasmendi


Hijo ilegítimo de un duque, Robert Lafleur, alias Scaramouche (Gérard Barray) tiene fascinado a todo París gracias a sus dotes histriónicas sobre las tablas y a una fama de seductor irresistible que le precede allá adonde fuere. Sin embargo, la llegada del viejo marqués de Souchil, tras quince años como gobernador de Luisina, dará pie al inicio de las pesquisas para averiguar el origen del cómico. Sobre todo porque éste posee una misteriosa cicatriz en el pecho que, además de aclarar quién fue su padre, podría comprometer la reputación de algún ilustre aristócrata...

Lejos de igualar a su modelo, La máscara de Scaramouche nos habla, sin embargo, de un tiempo en el que Europa intentaba competir con Hollywood a base de coproducciones entre diferentes países que aunaban esfuerzos con la finalidad (casi la esperanza) de ofrecer un producto remotamente parecido a las filigranas surgidas de la meca del cine. De ahí que Isasi y su equipo de guionistas mantuviesen, además del personaje que da título a la película, la estructura básica de enredos amorosos, intrigas cortesanas y duelos de esgrima que ya estaba presente en el filme de George Sidney.



Arrancaba la versión francesa con las notas de "Les comédiens", el clásico de Aznavour, interpretado por Jacqueline François. Aunque en la versión en lengua castellana es una voz masculina sin identificar la que canta aquello de "¡Pasen, señores, grandes y chicos! ¡Entren para admirar a los comediantes...!" Y es que, tal vez porque los medios eran escasos, el rigor histórico pasaba aquí a un segundo plano. Por eso el infame marqués de la Tour (Alberto de Mendoza) habla con un acento argentino que no logra disimular del todo o se hace pasar la catedral de Burgos por la parisina Notre-Dame.

El habitual batiburrillo de nacionalidades en este tipo de proyectos internacionales hace que convivan en el reparto nombres tan dispares como los de la italiana Gianna Maria Canale (la posadera Suzanne) o la francesa Michèle Girardon (Diana, ahijada de Souchil) junto a viejas glorias del cine español como Rafael Durán (Señor de Dubalon) o eternos secundarios como Xan das Bolas (Gino) o Jorge Rigaud (duque de Lacoste). El papel de Pierrot, en cambio, colorido cómplice del protagonista, corrió a cargo de Gonzalo Cañas, una joven promesa cuya carrera empezaba a despuntar por aquel entonces.


domingo, 12 de julio de 2020

Diego Corrientes (1959)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1959, 98 minutos

Diego Corrientes (1959) de Isasi-Isasmendi


Sierra Nevada, 1778... La acción arranca con un gran plano general de las montañas, entre cuya inmensidad la cámara detecta la presencia de un jinete. Al acercarse, se distingue la efigie del famoso bandolero que da título a la película: Diego Corrientes (1757-1781), apodado 'El Generoso' por su afición a robar a los ricos para repartirlo entre los más necesitados, como si de un Robin Hood dieciochesco se tratase.

Antes de que el eficiente Antonio Isasi-Isasmendi acometiese, con su habitual pericia, este proyecto, el personaje ya había inspirado un drama romántico a cargo de José María Gutiérrez de Alba, estrenado en 1848, una novela de Manuel Fernández y González (1866), así como dos películas mudas (de 1914 y 1924, respectivamente), más uno de los primeros filmes, allá por 1937, del prolífico Iquino.



"No os sorprendáis, nobles señores, que deje intactas vuestras bolsas y no me lleve vuestras alhajas. Repito que no soy un ladrón." Como se desprende de sus palabras, es el propio Diego, interpretado por el actor José Suárez, quien tiene clara su condición de justiciero. Que tendrá que vérselas con un conde engreído y petulante para evitar que el noble desahucie a los vecinos que no le pagan los tributos.

Cinta de pelucas, motines y localizaciones andaluzas, incluye, asimismo, varios números musicales de estilo folclórico, que era, junto con las aventuras a caballo de un cierto regusto wéstern, lo que más solía atraer al público de aquel entonces. Amén de la encrucijada entre dos amores, el de una aristócrata (Marisa de Leza) y el de la ardiente Carmela (Eulalia del Pino), en la que se debatirá el protagonista.


sábado, 9 de noviembre de 2019

Rapsodia de sangre (1958)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1958, 104 minutos

Rapsodia de sangre (1958) de Isasi-Isasmendi


Existe una profunda relación entre Dios, la paz y el amor. Son tres grandes raíces contra las que es inútil luchar. Y, sin embargo, se crucifica a Dios, se hace violencia contra violencia y se olvida el amor. Las fronteras de Hungría se han convertido en venas abiertas y una nueva raza vagará por la tierra. Mañana al amanecer tú y yo procuraremos huir de tanta violencia. Recuperar nuestras raíces divinas. Dios, paz, amor.

Hungría sin Hungría. O de cómo recrear un régimen comunista en la España del 58. Se toma una escalinata en Bilbao; alguna que otra localización de la Barcelona más monumental... Et voilà: se obra el milagro y, de repente, aparece ante nuestros ojos Budapest. O por lo menos la imagen mental que el espectador de aquel entonces asociaba con la gélida realidad estalinista allende el férreo Telón de Acero.

Aunque, al margen de las habilidades técnicas demostradas por Antonio Isasi y su equipo de colaboradores, lo cierto es que Rapsodia de sangre (1958) fue, por encima de cualquier otra consideración, una película notable. Que cuenta la historia de un pianista (Vicente Parra) enfrentado al politburó como medida de protesta contra la invasión soviética de su país. Estamos, por tanto, ante una cinta de propaganda anticomunista que, sin embargo, y más allá del tono panfletario que acostumbraban a adoptar tales producciones, se aguanta por la solidez de sus interpretaciones y del argumento.

El comandante Solov (Albert Hehn) y Anna (Lída Baarová)


Mérito que, asimismo, cabe atribuir, en buena medida, a la excelente banda sonora compuesta por Xavier Montsalvatge sobre la base de modelos como Chopin, Listz y Brahms, pero también a los numerosos insertos de imágenes de archivo con los que, además de un cierto carácter documental, se obtiene una enorme credibilidad a la hora de contextualizar los hechos.

Queda, por último, señalar un detalle de enorme importancia en lo concerniente a cómo aparece retratada la nomenklatura comunista, impíamente atea, y, en claro contraste, la disidencia que se alza en armas, no sólo para reclamar sus libertades cívicas, sino, sobre todo, para recuperar una fe que les fue arrebatada con la llegada del marxismo. Son, a este respecto, de enorme significación las palabras de Andras Pulac (Parra) que encabezan esta entrada, así como la ignorancia en materia religiosa de la que hace gala Lenina (María Rosa Salgado) cuando su padre, un ferviente defensor de la ortodoxia socialista, le hace ver que "los traidores se multiplican como los panes y los peces" y ella, ingenua, pregunta: "¿Qué panes y qué peces?" A lo que el hombre, con una sonrisa piadosa en los labios, responde: "Los panes y los peces de una historia. De una fábula que me enseñaron cuando era niño. Pero ahora no puedo contártela..."

Lenina/María (Mª Rosa Salgado) y Andras (Vicente Parra)

sábado, 11 de agosto de 2018

Un verano para matar (1972)




Título original: Summertime Killer
Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España/Francia/Italia, 1972, 110 minutos

Un verano para matar (1972) de Antonio Isasi-Isasmendi


Cine de acción y sin complejos, nacido con inequívoca vocación comercial y en pie de igualdad (al menos en ingredientes y entusiasmo) con las grandes superproducciones americanas del momento: partiendo de esta premisa, la fórmula ideada por Antonio Isasi nos legó un puñado de espléndidas películas que hoy degustamos en copias con el color degradado y la banda de audio en condiciones pésimas, circunstancia que casi me atrevería a decir que les añade encanto en lugar de restárselo.

Summertime Killer, estrenada en mayo del 72, contó con la presencia estelar de Karl Malden en el papel del capitán de policía John Kiley, un hombre empeñado en evitar que el joven Ray Castor (Chris Mitchum) materialice una venganza largamente premeditada contra los hombres que mataron a su padre cuando él era apenas un niño.



Que el argumento, remake oficioso de Underworld U.S.A. (1961) de Samuel Fuller con elementos que también pueden recordar a La novia vestía de negro (1968) de Truffaut, sea poco original es lo de menos: aquí lo importante eran las persecuciones en motocicleta o los coches despeñándose terraplén abajo al ritmo de la trepidante banda sonora de Sergio Bardotti y Luis Bacalov.

Y, luego, como era habitual en este tipo de coproducciones entre varios países, encontramos todo un batiburrillo de actores y actrices de diferentes nacionalidades en papeles secundarios, desde Pepe Nieto (Mason) hasta Gustavo Re (Guido) pasando por Gérard Tichy (Alex) o Raf Vallone (Alfredi), emplazados en localizaciones de lo más variopinto: Lisboa, Roma, Nueva York e incluso la Plaza de las Ventas en plena novillada. De modo que si el objetivo era tener distraído al espectador, a buen seguro que Un verano para matar debió de cumplirlo con creces.


sábado, 18 de noviembre de 2017

Pacto de silencio (1949)




Director: Antonio Román
España, 1949, 83 minutos

Pacto de silencio (1949) de Antonio Román


ISABEL: ¡Pero qué horrible es todo esto! 
JOHN: De nuestra firmeza en los momentos difíciles depende el fin de todo. Prométeme ser fuerte...

Vi por vez primera Pacto de silencio hará cosa de diez años y recuerdo que, ya entonces, me llamó poderosamente la atención a causa de diversos motivos. En primer lugar, por su impactante escena inicial: un vigoroso bombardeo, recreación bastante acertada de la batalla de Dunkerque (no en vano, el montaje corrió a cargo de Antonio Isasi-Isasmendi). También por el verismo, en la secuencia siguiente, de los escombros, admirable trabajo del decorador Juan Alberto Soler. Pero, sobre todo, debido a su aspecto general de thriller al modo británico, centrado en la particular historia de un miembro de la Resistencia francesa. ¿Cómo era esto último posible tratándose de una película rodada en pleno franquismo?

La respuesta hay que buscarla en la fecha de estreno: para 1949, tras la caída de los regímenes fascistas en toda Europa, comenzaba a ser urgente planificar el lavado de imagen por parte del franquismo que desembocaría, ya en la década siguiente, en su alianza estratégica con EE.UU. A nivel cinematográfico, dicha operación se haría visible en julio de 1950 con el reestreno de Raza (ahora rebautizada como Espíritu de una raza), nueva versión del filme bélico de Sáenz de Heredia, en la que desaparecían los saludos con el brazo en alto y otros símbolos por el estilo, para convertir lo que fuese apología del totalitarismo en una cinta de propaganda anticomunista. Por lo que no es de extrañar que, un año antes, Pacto de silencio preparara el terreno que propiciase el acercamiento ideológico con el amigo americano.

Isabel durante el juicio. Curiosamente, la actriz Ana Mariscal
había formado parte del reparto de Raza

De ahí la sorprendente situación de que su protagonista, el Mayor John Brand (interpretado por el italiano Adriano Rimoldi), fuese un miembro de la Armada Británica casado con una española que vive en La Plana de Vic. Más asombrosa, si cabe, por el hecho de que, tras intercambiar su identidad con la de un cadáver en Dunkerque, Brand es reclutado por los partidarios de de Gaulle en un Argel cuyo café recuerda irremediablemente al de Casablanca (1942) y que su antagonista sea un espía alemán (aunque ni su nacionalidad ni el término nazi se lleguen a pronunciar, como por otra parte es lógico, ni una sola vez).

Isabel (Ana Mariscal), junto a Carlos (Conrado San Martín)

En su momento, Pacto de silencio fue recibido como un filme influido por el neorrealismo italiano, opinión que, visto hoy, puede resultar del todo sorprendente, si bien es cierto que su director, Antonio Román, no sólo fue un cinéfilo atento a las novedades que de aquel país llegaban, sino que, además, prefirió que los actores de Pacto de silencio no usaran maquillaje. En cualquier caso, Román debió guardar un buen recuerdo de esta producción (rodada en los Estudios Trilla de Barcelona y, parcialmente, en Navarra, a partir de una idea del crítico Alfonso Sánchez), puesto que en 1963 llevaría a cabo un remake con el mismo título, ambientado ahora en la guerra de independencia argelina.

Isabel y John (Adriano Rimoldi) en el Hotel Miramar

domingo, 1 de octubre de 2017

El aire de un crimen (1988)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1988, 119 minutos

El aire de un crimen (1988) de Antonio Isasi


Una mañana de bronce apareció el cadáver de un hombre en la plaza de Bocentellas. Durante un par de días el suceso vino a incorporarse a la serie de extraños e inconexos acontecimientos que sucedieron aquel año desde la llegada del buen tiempo hasta mediado el otoño, cuando una precoz nevada cerró los puertos de montaña, incomunicó algunos pueblos y caseríos y canceló toda actividad en los piedemontes de Mantua y del Hurd.

Juan Benet
El aire de un crimen

Ha muerto Antonio Isasi-Isasmendi, el cineasta que en 1988 ponía el punto y final a su filmografía con la adaptación de El aire de un crimen, la novela homónima de Juan Benet. No puede decirse que sea la mejor ni tampoco la más significativa de las dieciocho películas que dirigió a lo largo de sus casi cuarenta años de carrera, pero, en todo caso, vale la pena destacar un reparto en el que sobresalían los nombres de Paco Rabal y Fernando Rey, por no mencionar a una jovencísima Maribel Verdú o al cantante Ramoncín haciendo de desertor.



Pese a lo aparentemente burdo de su argumento, basado en un feroz asesinato cometido en la España rural de los cincuenta, Isasi demuestra ser un realizador minucioso, preocupado por cuidar los pequeños detalles. Así, por ejemplo, los vehículos que vemos en pantalla llevan todos matrícula de RE: Región, la mítica comarca imaginada por Benet emulando el universo literario creado por Faulkner alrededor del condado de Yoknapatawpha. Y no es el único ejemplo. Resulta mucho más interesante, a nivel visual, la afición del Coronel Olvera (Rabal) de mojar los melindres en el café con leche, verdadero flash forward que anuncia cuál será su final. O el orujo con el que los lugareños obsequian al antipático juez (Agustín González), probablemente macerado en la misma tinaja que oculta el cuerpo del delito...

Sin embargo, le sobran a El aire de un crimen, eso sí, las escenas del inicio repetidas al final, por innecesarias y por alargar inútilmente un metraje que por poco no alcanza las dos horas. Como tampoco ha envejecido muy bien, que digamos, la ochentera banda sonora a base de sintetizadores compuesta por los aragoneses Aguarod y Fatás.


lunes, 31 de octubre de 2016

El perro (1977)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1977, 109 minutos

El perro (1977) de Antonio Isasi-Isasmendi


De Antonio Isasi-Isasmendi ya hemos hablado en este blog en un par o tres de ocasiones. La película que comentamos hoy, El perro (1977), debió dejarle algún que otro remordimiento, lo cual explica que arranque con el siguiente AVISO AL PÚBLICO:

Antonio Isasi, director de la película, pone en conocimiento del público que ninguno de los animales que han intervenido en el rodaje de la misma han sufrido el menor daño.

La productora,
DEVA CINEMATOGRÁFICA

Tras lo cual, comienza la acción con otra advertencia:



De modo que ya, de entrada, se insiste en dos de las constantes del filme: una es la de recalcar que la acción transcurre en un país imaginario, por más evidente que resulte que la segunda parte de la historia está rodada en Caracas; la otra, identificar al dictador con la implacable bestia canina que hostiga incansablemente al prófugo protagonista: un Arístides Ungría encarnado por Jason Miller, el sacerdote de El exorcista.

Porque El perro, adaptación de la novela Como un perro rabioso (publicada en 1975 por Alberto Vázquez-Figueroa) es una de esas cintas de persecuciones, muy a la americana y construida según el modelo de El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) de Steven Spielberg. Aunque, a decir verdad, tanto Isasi como Juan Antonio Porto intentaron darle al guion un enfoque más político, ribeteado, aquí y allá, por escenas eróticas que hoy se nos antojan innecesarias, pero que en la España del destape de finales de los setenta debían de ser muy necesarias para que una película funcionase en taquilla.



Es interesantísimo, al respecto, lo que la actriz Yolanda Farr comentaba hace apenas tres años en su blog personal: http://yolandafarr.blogspot.com.es/2013_06_01_archive.html. Parece ser que su personaje de campesina tenía originariamente más peso y que llegaba a padecer, incluso, una salvaje violación a manos de los soldados. Todo lo cual, a pesar de lo costoso que fue rodar la escena, sería después censurado y eliminado del montaje final.

Entre las restantes curiosidades que depara El perro merece la pena destacar el papel secundario que interpreta el también cineasta Juan Antonio Bardem (el locutor de radio y opositor en la clandestinidad Abraham Abatti), así como esas "exóticas" localizaciones de los cenagales pantanosos de la primera parte del filme que fueron realmente filmadas en Guadalajara.


martes, 19 de julio de 2016

Tierra de todos (1962)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1962, 80 minutos

Tierra de todos (1962) de Antonio Isasi


Ya desde la explicitud de su título, Tierra de todos pretendía traducir en imágenes el espíritu de "reconciliación nacional" que el PCE se había marcado como objetivo en junio de 1956. Objetivo que, obviamente, distaba mucho de ser un camino de rosas. De ahí que lo principal en la película, a diferencia de lo que sucedía en el cine bélico de la posguerra, no sea tanto ahondar en el bando al que pertenecen unos u otros ni en una cuestión de vencedores o vencidos sino más bien en subrayar la angustia que experimentan unos personajes forzados a avanzar a duras penas en una abrumadora procesión de balas y explosiones.

Tal vez favorecida por la uniformidad que confiere el blanco y negro, dicha indefinición contribuye a generar en el espectador la sensación de que los que se están matando unos a otros no son rojos o nacionales sino simplemente hombres. Serán más bien las actitudes las que acaben definiendo a los personajes: Juan (un debutante Manuel Gallardo, el mismo actor que años después se haría célebre interpretando al padre de Javi en la serie televisiva Verano azul) es el republicano y quizá por ello se le muestra como un tipo hosco y malcarado; Andrés, en cambio, (interpretado por Fernando Cebrián) es el nacional y está herido, de modo que se le retrata con un carácter más benévolo.

La transformación se obrará, por tanto, en Juan, quien no sólo se irá humanizando al convivir, aunque sea forzosamente, con Andrés y las mujeres del caserío del Pinar sino que acabará travestido con el uniforme del bando nacional para poder pasar desapercibido al ir a buscar al pueblo a un médico que atienda a la parturienta Teresa (Montserrat Julió).

Juan (Manuel Gallardo)

Hay, dicho sea de paso, en estos combatientes que merodean por el bosque bajo la lluvia, sobre todo en la primera parte del filme, algo que recuerda visualmente a los Soldados de Salamina que dirigió David Trueba en 2003, lo cual pone de manifiesto la vigencia y modernidad de lo que Isasi-Isasmendi ya había hecho a inicios de los sesenta.

Los últimos diez minutos de película merecen un análisis detenido, dada su alta carga simbólica: Andrés y Juan acarrean con la camilla en la que una convulsa Teresa es apenas atendida por el anciano doctor mientras las bombas caen por doquier. He ahí una precisa metáfora de lo que supuso la Guerra Civil: la madre que se desangra podría ser el país; los camilleros, las facciones fratricidas; el doctor, Teresa y el niño serían las víctimas colaterales... O tal vez cabe pensar que la criatura a punto de nacer es el futuro, la esperanza que sobrevivirá más allá del conflicto: el llanto del bebé desde el fondo del socavón producido por el obús que ha matado a todos los demás invita a suponerlo. Mientras tanto, dos siluetas femeninas (las de María y Manuela) avanzan corriendo desde el fondo, al tiempo que la sobreimpresión del título nos recuerda que la tierra donde todo eso ha sucedido es la de todos.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Estambul 65 (1965)















Títulos alternativos: That Man in Istanbul/L'homme d'Istamboul/Colpo grosso a Galata Bridge
Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España/Italia/Francia, 1965, 117 minutos

Estambul 65 (1965) de Antonio Isasi

Estambul 65 nació como un intento de emular el éxito internacional conseguido por la saga de James Bond. A tal efecto, se seleccionó un reparto internacional encabezado por el alemán Horst Buchholz, que ya había triunfado con Uno, dos, tres (1961) de Billy Wilder y Los siete magníficos (1960) de John Sturges, y la italocroata Sylva Koscina. Y aunque los exteriores se rodaron en algunas de las localizaciones más turísticas de Estambul, como el Bósforo y la Torre Gálata, lo cierto es que el resto de escenas se filmaron en Barcelona, la Costa Brava y las carreteras del Garraf. Son reconocibles, en ese sentido, la Plaza Real o el dragón guardián de hierro forjado del Jardín de las Hespérides de los Pabellones Güell.

Uno de los aspectos más interesantes de esta especie de cómic trepidante es su sentido del humor, puesto que en más de una ocasión el protagonista (el seductor Tony Mecenas) mira a cámara para dejar caer algún comentario cómplice dirigido al espectador. De ahí que, más que de película de espías (espías chinos, por cierto, algunos hasta con coleta), deba hablarse más bien de parodia. Y si no véase cómo Tony Mecenas es indefectiblemente saludado allá donde va por las más bellas señoritas.


Según han relatado los nonagenarios Antonio Isasi y su guionista Lluís Josep Comerón en la presentación previa a la proyección, la película debía ser, en un principio, una producción de Benito Perojo, pero como este se arruinó fue Isasi quien tomó la iniciativa de sacar adelante el film. Y no debió de hacerlo tan mal cuando medio siglo después la Filmoteca organiza un pase para celebrarlo. En dicha ocasión, Isasi-Isasmendi ha confesado su deuda con el montaje, técnica que le permitiría, entre otras cosas, lidiar con éxito algunas de las exigencias de la censura.