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domingo, 7 de agosto de 2022

La veneciana (1958)




Título original: Venetianskan
Director: Ingmar Bergman
Suecia, 1958, 56 minutos

La veneciana (1958) de Ingmar Bergman


La veniexiana fue el título de una comedia en cinco actos fechada hacia 1536 y escrita en diversos dialectos italianos por un autor desconocido. Mucho antes de que Mauro Bolognini llevase a cabo su discutible versión cinematográfica (estrenada en 1986 y con Laura Antonelli como protagonista), la obra ya había sido objeto de una adaptación televisiva a cargo del sueco Ingmar Bergman.

A grandes rasgos, Venetianskan (1958) aborda un caso de eso que los americanos llaman the new kid in town. Es decir, la llegada a un entorno cerrado y relativamente en calma de un forastero que va a ejercer una irresistible fascinación sobre la población local, especialmente la femenina.



El argumento de la obra sería, más o menos, el siguiente: un apuesto milanés, llamado Julio (Folke Sundquist), llega a la ciudad de Venecia, donde dos damas de la aristocracia, Ángela (Eva Stiberg) y Valeria (Gunnel Lindblom), se disputarán su amor. Por descontado, los criados de unos y otros (Nena, Oria y el pícaro Bernardo, interpretados, respectivamente, por Maud Hansson, Helena Reuterblad y Sture Lagerwall, tendrán un papel activo en la resolución de los distintos enredos amorosos.

A la hora de traducir el texto en imágenes, Bergman opta por ceñirse a los elementos más reconocibles de la Commedia dell'Arte, de cuya iconografía toma prestados el uso de máscaras, así como la presencia de un maestro de ceremonias que introduce al espectador en los entresijos de lo que está a punto de ver y, al mismo tiempo, avanza también cuál será la moraleja de la historia: "Cuán fácilmente nos convertimos en esclavos bajo los dulces poderes del amor".



martes, 14 de julio de 2020

Scaramouche (1952)




Director: George Sidney
EE.UU., 1952, 115 minutos

Scaramouche (1952) de George Sidney


De nuevo George Sidney y de nuevo, como advertía el departamento publicitario de la Metro, "aventura, intriga y romance en Technicolor". Aunque esta vez sin la presencia de Gene Kelly, quien, a pesar del éxito cosechado cuatro años antes con Los tres mosqueteros (1948), fue requerido por los estudios en el último momento para protagonizar otro proyecto (un musical titulado Cantando bajo la lluvia, que cambiaría para siempre la carrera del actor y hasta la de la historia del cine).

Scaramouche representa, como pocos títulos surgidos de aquella factoría de sueños, la época dorada de Hollywood brillando en su máximo esplendor. Con una portentosa dirección artística de fastuosos decorados e insuperable vestuario de época, cuidado hasta el más mínimo detalle, que rezuma el profundo conocimiento y savoir faire del equipo humano que se encargó de levantar ésta y otras obras maestras con el sello inconfundible MGM.



Espadachines, cabalgatas y pelucas empolvadas: rasgos definitorios de una historia de regusto versallesco cuyo elemento característico reside, sin embargo, en adaptar los tipos de la Commedia dell'arte a los estándares de la industria del entretenimiento. Que, por aquel entonces, tenía su máximo referente en el musical, motivo que explicaría el innegable carácter coreográfico de una puesta en escena que culmina en el clímax de ese célebre duelo a espada en el interior del teatro (con sus casi ocho minutos, el más largo jamás filmado) entre el marqués de Maynes (Mel Ferrer) y André Moreau (Stewart Granger).

Una trama en la que resuenan los ecos de la incipiente Revolución Francesa a través de un libelo, titulado Liberté, égalité, fraternité, que inunda hasta el último rincón palaciego para exasperación de María Antonieta (Nina Foch) y el resto de aristócratas ociosos que protagonizan esta historia. No obstante, el guion (quizá porque ya era así en la obra de Rafael Sabatini que lo inspira) pone el acento en el carácter seductor de André, enamorado de Aline (Janet Leigh) pero visceralmente atraído hacia Lenore (Eleanor Parker), y, sobre todo, en su afán por averiguar quién fue su padre, lo cual, como es lógico, no sólo hace avanzar el relato, sino que acabará deparando más de una sorpresa.