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domingo, 25 de octubre de 2020

La buena estrella (1997)




Director: Ricardo Franco
España/Francia/Italia, 1997, 110 minutos

La buena estrella (1997)
de Ricardo Franco


Tres personajes extremos en un triángulo insólito... Y un director, el añorado Ricardo Franco (1949-1998), que afrontaba la que sería su última película en vida (Lágrimas negras, finalizada por Fernando Bauluz, se estrenó póstumamente, al año siguiente de su fallecimiento). De hecho, se cuenta que la abundancia de planos cortos en La buena estrella se debe a que prácticamente no podía ver y de ahí la dedicatoria final que encabeza los títulos de crédito: "Al doctor Del Río Herrmann y a todos los que cuidaron de mis ojos en el Instituto Oftalmológico de Madrid".

La película, galardonada con cinco premios Goya y una mención especial en Cannes, se divide en tres partes cuyos títulos aluden directamente al trío protagonista: "La Tuerta", "El guapo de cara" y "El Manso". O lo que es lo mismo: Marina (Maribel Verdú), el quinqui Daniel (Jordi Mollà) y el carnicero Rafa (Antonio Resines). Una historia, basada en hechos reales, y que Ricardo Franco, pese a tratarse de un encargo (que tenía que haber dirigido, inicialmente, Juanma Bajo Ulloa), supo hacer suya hasta el punto de teñirla de un distintivo tono crepuscular, subrayado por la excelente partitura de Eva Gancedo. Ángeles González Sinde, por cierto, futura ministra de cultura del gobierno de Zapatero y reputada cineasta, no sólo participó en el guion, sino que, además, interviene en un breve cameo haciendo de funcionaria del registro civil.



"Nunca, nada, nadie..." Las tres enes que rigen la vida de Dani, un ser autodestructivo que presume de que al nacer lo abandonaron en un cubo de basura, irrumpen al cabo de los años y en plena noche en el hogar que han formado Marina y Rafa, amenazando con desbaratar la estabilidad por ambos conseguida en compañía de Estrella, la "hija" de la pareja. Pero Daniel, que, aparte de carne de cañón, es también culo de mal asiento, no aguantará por mucho tiempo bajo el mismo techo que sus anfitriones.

Verosímil o no, lo cierto es que la relación a tres bandas entre un bondadoso castrado y dos antiguos expósitos que recoge de la calle sigue provocando un nudo en la garganta veintitantos años después de su éxito arrollador de crítica y público. Lo cual confirma la condición de obra maestra de una cinta que, según se desprende de su fuerza (y corroboran quienes participaron en ella), se rodó en estado de gracia.



viernes, 3 de noviembre de 2017

Lágrimas negras (1998)




Directores: Ricardo Franco y Fernando Bauluz
España, 1998, 104 minutos



ISABEL: Me gustas mucho, pero todavía tengo miedo. 
ANDRÉS: Miedo, ¿por qué? Yo no voy a hacerte ningún daño. 
ISABEL: Lo que me da miedo es que el daño te lo acabe haciendo yo a ti…

Hay algo inquietante en Lágrimas negras. Tal vez porque su director y alma mater del proyecto, Ricardo Franco, falleció en pleno rodaje con apenas cuarenta y ocho años; tal vez porque Fernando Bauluz, su ayudante y responsable de acabar la película, moriría en 2004 a los cincuenta y tres; quizá por la enfermiza historia de amor autodestructivo que cuenta; a lo mejor por el áspero laconismo que transmite su título...

En cualquier caso, el malditismo fue uno de los elementos que Ricardo Franco cultivó a lo largo de su carrera, desde Pascual Duarte (1976) o Los restos del naufragio (1978), pasando por las tribulaciones de los Panero en Después de tantos años (1994), hasta desembocar en el triángulo de La buena estrella (1997). Vidas marginales la mayor parte de ellas, marcadas por la locura en varios casos, a las que Lágrimas negras venía a añadirse como lánguido canto del cisne.



Que fue una obra rematada por otro se nota en lo irregular de su desarrollo, en la premura que transmiten determinadas escenas (y, ciertamente, ya tuvo mucho mérito el que pudiese acabarse y ser estrenada, cosa que no siempre está garantizada tratándose del cine español). Con todo, el paso del tiempo hace que esas costuras sean más evidentes, lo cual le añade, por otra parte, un cierto encanto crepuscular a la película.

Respecto a la relación a tres bandas que se establece entre Andrés (Fele Martínez), Alicia (Elena Anaya) e Isabel (Ariadna Gil), le falta la intensidad que el director había logrado obtener de los actores en su anterior trabajo, donde las actuaciones de Jordi Mollà, Antonio Resines y Maribel Verdú rayaban lo excepcional. Aunque de poco sirve especular, puesto que lo que hubiera sido capaz de conseguir Ricardo Franco de haber dirigido íntegramente Lágrimas negras quedará para siempre en la nómina de lo que pudo haber sido y no fue.


lunes, 14 de noviembre de 2016

El love feroz o Cuando los hijos juegan al amor (1975)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1975, 85 minutos



Se intuía el final del régimen y, con él, los usos y costumbres que durante cuarenta años habían monopolizado la vida de la nación. De este cambio político y generacional debía forzosamente hacerse eco el cine. Y lo hizo con una serie de comedias (muchas ya las hemos comentado en este blog) en las que el planteamiento suele ser similar: dentro del ámbito familiar, unos padres muy ridículos de tan serios y estrictos como pretenden aparentar (generalmente interpretados por actores tipo Héctor Alterio o José Sazatornil) deben enfrentarse a la insolencia de unos jóvenes que ya no respetan nada porque sus valores son otros.

Esta pugna la encontramos en filmes como La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), Tocata y fuga de Lolita (Antonio Drove, 1974), Experiencia prematrimonial (Pedro Masó, 1972), Colorín colorado (1976) o El love feroz (1975), siendo estos dos últimos obra de un joven realizador que debutaba por aquel entonces: José Luis García Sánchez.

El elenco es muy similar en ambas películas: en el caso de El love feroz, cuyo subtítulo (Cuando los hijos juegan al amor) ya es de por sí bastante explícito, destacan, aparte del antes mencionado 'Saza' en el papel del patriarca don Vicente, Mary Carrillo (Margarita), Antonio Gamero (Iñaqui), la debutante Alicia Sánchez (Adela), Tina Sainz (Ana), Lina Canalejas (Carmen) o Concha Velasco (se parece a Nana Mouskouri, pero no: es la Velasco interpretando a la pobre Marga, que se queda compuesta y sin lobo). Hasta Juan Diego aparece fugazmente como invitado en el banquete de un bautizo. Claro que para debut impactante el de la futura ministra Ángeles González Sinde, aquí apenas una niña (Rosita), siempre espiando las conversaciones de los adultos y agriamente recriminada por ello por su padre, aunque ella seguirá haciendo lo que le dé la gana.

Y aderezándolo todo, una heteróclita banda sonora con música de la Sinfonía nº 9, 'del Nuevo Mundo', de Antonín Dvořák tanto al principio como al final, pero también del 'Himno a la alegría' de la Novena de Beethoven, así como canciones cubanas e incluso una de Rosa León ("My taylor is rich") que figura que interpreta a la guitarra la progre Adela a sus amigos aún más progres.

Ángeles González Sinde y Concha Velasco