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domingo, 9 de febrero de 2020

Entrevista (1987)




Título original: Intervista
Director: Federico Fellini
Italia, 1987, 112 minutos

Entrevista (1987) de Federico Fellini


Es una película nunca hecha anteriormente. No hablo del resultado, sino de la tarea en sí, que es del todo anómala, asistemática e irrepetible. A pesar de que existe la televisión en directo, nunca se había hecho una película en directo. Entrevista, una película que se narra a sí misma, da la impresión de haber sido realizada en el momento en que la ves.

Federico Fellini
La dulce visión
Traducción de Regina López Muñoz

Decadente y autorreferencial, el maestro Fellini encaraba el último tramo de su extensa filmografía con una película que no fue sino un pretexto para hablar de sí mismo. Porque la larga peregrinación hacia los estudios de Cinecittà que supone Intervista reúne un buen puñado de citas entresacadas de aquí y de allá: desde la reaparición un tanto fantasmagórica de Mastroianni y Anita Ekberg, rememorando La dolce vita (1960), hasta el popurrí de temas musicales de Nino Rota que su digno sucesor, Nicola Piovani, aunó en la banda sonora del filme, todo adquiere la apariencia de compendio acelerado del universo personal del cineasta.

También los andamios de la última secuencia aluden indefectiblemente a Otto e mezzo (1963), mientras que la presencia metacinematográfica del propio director ya era uno de los recursos utilizados en Roma (1972), y aun antes, puesto que en Block-notes di un regista (1969) y en I clowns (1970) también lo veíamos preparando y/o dirigiendo el rodaje.



Un equipo de reporteros de la televisión japonesa se unirá a la comitiva con el objetivo de entrevistar al veterano realizador, y de ahí el título de la cinta, cuando lo que Fellini y sus colaboradores están preparando es, en realidad, una adaptación de América de Kafka, autor que viene bastante al pelo, dado lo absurdo de las situaciones que se están desarrollando en pantalla.

Al final, un grupo de pieles rojas armados con antenas de televisión amenaza a la gente del cine, que se refugia como buenamente puede de la lluvia torrencial bajo unos plásticos: metáfora un tanto tosca de cómo el imperio televisivo ha relegado al séptimo arte hasta convertirlo en algo residual y moribundo.


domingo, 2 de febrero de 2020

Los clowns (1970)




Título original: I clowns
Director: Federico Fellini
Italia/Francia/Alemania, 1970, 92 minutos

Los clowns (1970) de Federico Fellini


Los payasos aberrantes, grotescos, patosos, harapientos, en su total irracionalidad, en su violencia, en sus caprichos anormales, se me antojan como los embajadores ebrios y delirantes de una vocación sin salvación, una anticipación, una profecía: la anunciación hecha a Federico. Y, de hecho, ¿acaso el cine —me refiero a hacer cine, vivir con un equipo que está realizando una película— no es como la vida del circo?

Federico Fellini
La dulce visión
Traducción de Regina López Muñoz

Hay en toda la filmografía felliniana, desde el primero hasta el último de los títulos que la integran, una impronta circense que conecta de pleno con la psique más profunda e íntima del cineasta. Una veta, inagotable y fructífera, cuyo origen habría que buscarlo, probablemente, en los recuerdos de su primera infancia, transcurrida en aquella Rímini provinciana de cómicos ambulantes y personajes estrafalarios.

Como el vagabundo Giovannone que se divertía diciéndole obscenidades a las mujeres del pueblo. O la monja enana. O el pobre diablo que, creyéndose un héroe de la Gran Guerra, salía a las calles pertrechado con un fusil. Recuerdos, todos ellos, que el cineasta ha tenido tiempo de recoger por escrito con motivo de su larga convalecencia tras la embolia sufrida unos años antes y que, en lo sucesivo, se van a convertir en fuente de inspiración para buena parte de sus proyectos. 



En ese sentido, I clowns puede considerarse la antesala de Roma (1972) y, sobre todo, de Amarcord (1973). Un homenaje a la figura del payaso que, como ya hiciera en Block-notes di un regista (1969), adopta la forma de falso documental televisivo, en esta ocasión bajo los auspicios de la RAI. De modo que, acompañado de su equipo de rodaje, el propio Fellini, cada vez más propenso a incluirse como personaje dentro de sus historias, se planta en París con la intención de entrevistar a las viejas glorias de la pista, entre ellas Charlie Rivel.

¿Qué es lo que tanto atrae de los payasos al director? Aparte de la nostalgia a la que antes nos referíamos, es, sin duda, el hecho de que ese mundo está a punto de desaparecer lo que le fascina: el mismo patetismo decadente que rezuman los personajes del Satiricón (1969) o las meretrices de los prostíbulos de Roma. Ambiente crepuscular, pese a los muchos gags que contiene la película, y que se cerrará con una balada triste de trompeta al más puro estilo chaplinesco (su hija Victoria, por cierto, aparece en un breve cameo).


lunes, 20 de enero de 2020

La dolce vita (1960)




Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1960, 165 minutos

La dolce vita (1960) de Federico Fellini


El milagro económico lanza al pueblo italiano hacia el bienestar y la gente empieza a buscar los placeres efímeros mientras los medios de comunicación configuran una nueva sociedad emergente que crea nuevos sistemas de espectacularización. […] En La dolce vita, Fellini captura el aire de ese tiempo y con él la decadencia de cierta civilización occidental reconvertida en la nueva Babilonia.

Àngel Quintana

Tenía que ser ésta y no otra la película comentada justo el día en que se cumplen cien años exactos del nacimiento de Federico Fellini. El filme cuyo título se acabaría convirtiendo en sinónimo de un estilo de vida; que, a partir del nombre de uno de sus personajes secundarios, sirvió para acuñar el término paparazzi; la imagen icónica de un hombre y una mujer, vestidos de gala, bañándose en la Fontana di Trevi.

Pero La dolce vita representa todavía muchas más cosas: un largo viaje hacia las profundidades de la noche romana y los seres que la habitan, culminado a orillas de una playa, ya al amanecer, con el hallazgo del cuerpo sin vida de un extraño monstruo marino; un relato alucinante cuya lógica interna es la de los sueños e, incluso, la de una pesadilla en la que conviven intelectuales parricidas, estrellas del papel cuché, fulanas de medio pelo, un Cristo volante, herederas con castillo y hasta el venerable padre del protagonista.



Cuatro saraos de alto copete ejercen de eje en torno a los cuales se estructura la trama, dotados, cada uno de ellos, de un marcado carácter autónomo dentro del conjunto cuyo nexo común será la presencia, como testigo de los acontecimientos, del periodista Marcello Rubini, interpretado por un Mastroianni que se ponía por vez primera a las órdenes de Fellini y que, en lo sucesivo, se iba a transfigurar en una especie de alter ego del propio cineasta en no pocos de sus filmes.

Sesenta años después, el mundo no sólo ha seguido punto por punto la senda vaticinada por esta obra maestra inconmensurable, sino que, además, su carácter profético se ha visto confirmado con creces por los acontecimientos de esta sociedad consumista y saturada de información que todo lo devora y todo lo trivializa. Las nubes de periodistas de antaño, los cenáculos de la aristocracia depravada y decadente han dado paso a la telerrealidad, las redes sociales y demás mandangas, es decir, la versión cutre y alienante de lo que un día fue glamurosa perversión.