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martes, 13 de abril de 2021

Simón del desierto (1965)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1965, 44 minutos

Simón del desierto (1965) de Luis Buñuel


Hirsuta la pelambrera, profética barba, Simón (Claudio Brook) resiste las inclemencias del páramo desde lo alto de una columna en la que lleva varios años encaramado. Poco importa que se le aparezca el Diablo para tentarlo bajo la apariencia de una bella moza (Silvia Pinal): la fuerza de voluntad del estilita aleja las asechanzas del maligno con la determinación de un casi santo. Sin embargo, una pirueta final trasladará la acción hasta el ambiente atronador de una sala de fiestas donde un conjunto yeyé hace vibrar a la concurrencia hasta retorcerse en extrañas contorsiones...

Los escasos tres cuartos de hora de Simón del desierto (1965) evidencian, una vez más, la particular relación de Buñuel con los dogmas de la doctrina cristiana. Así pues, cuando el anacoreta obra el milagro de devolverle sus manos a un manco, éste reacciona como si tal cosa, sin la menor gratitud y soltándole un sopapo a su hija: prueba fehaciente de esa mala leche tan característica del director aragonés a la hora de mostrar cómo la santurronería contrasta con la depravación humana.



Las dificultades financieras del productor Gustavo Alatriste dejaron inconcluso uno de los filmes más iconoclastas de cuantos dirigiera el genio de Calanda (cuyos tambores, por cierto, se dejan oír de fondo, junto con el lánguido "Himno de los peregrinos" compuesto especialmente para la ocasión por Raúl Lavista). La fuerza de sus imágenes recupera algún elemento de clara filiación surrealista. Como ese ataúd que se desplaza sobre las arenas del erial y en cuyo interior acecha el demonio con cuerpo de mujer.

Hasta cinco premios obtuvo en el Festival de Venecia esta parábola sobre el triunfo de la vulgaridad en la civilización moderna: una alegoría de cómo los antiguos profetas han sucumbido ante el empuje imparable de la sociedad de consumo. Por eso Simón, impertérrito mientras la multitud de jóvenes que lo circunda baila al ritmo de "Carne radiactiva", tiene toda la pinta de un existencialista que mira el mundo con hastío, como si la cosa no fuera con él.



domingo, 11 de abril de 2021

Subida al cielo (1952)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1952, 72 minutos

Subida al cielo (1952) de Luis Buñuel


Película itinerante como lo sería posteriormente La ilusión viaja en tranvía (1954), Subida al cielo (1952) transcurre, en su mayor parte, a bordo de un destartalado autobús de línea que enlaza las poblaciones costeras del Estado de Guerrero. Comedia coral, por lo tanto, considerando la gran cantidad de tipos y personajes secundarios que suben y bajan del camión (así lo llaman ellos). Toda una fauna local que comprende especímenes tan variados como don Nemesio (Roberto Meyer), viejo terrateniente al que expropiaron sus tierras y que vive obsesionado con el día en que se le haga justicia; un cojo con pata de palo; el candidato populista Eladio González (Manuel Dondé); un vendedor de volátiles español (Francisco Reiguera) y hasta un padre que carga a cuestas con el féretro blanco de su hijita, muerta a consecuencia de la mordedura de una víbora.

No obstante, hay una figura que destaca entre toda esa maraña de voces: se trata del joven Oliverio (Esteban Mayo), recién casado con la fiel Albina (Carmelita González), pero que, ante la inminencia de la muerte de su anciana madre, deberá viajar hasta Petatlán (con los pasajeros del ya mencionado bus) para poner en orden los papeles de su heredad. Ardua misión, teniendo en cuenta no sólo lo escarpado del trayecto, sino los intereses de sus dos hermanos mayores (uno de ellos interpretado por Roberto Cobo, el Jaibo de Los olvidados) a la hora de hacerse con el control de la herencia.



Y para acabar de complicarlo todo, la tentación acosará a Oliverio bajo la forma de una sensual muchacha que viaja entre el pasaje: se trata de la fogosa Raquel (Lilia Prado), empecinada en seducir al joven y cuya desinhibición sexual responde a un perfil femenino bastante frecuente en la filmografía buñueliana. De hecho, cuando, al día siguiente, él se encuentra con ella, le pregunta: "¿Se te ofrece algo?" A lo que la mujer va y le suelta: "A mí nada: ¡lo que quería ya lo tuve!"

Comenta Buñuel en sus memorias que guardaba muy buen recuerdo de Subida al cielo, excepto por la lamentable maqueta del autobús ascendiendo una abrupta pendiente en pleno aguacero nocturno. En todo caso, ese ambiente festivo entre cocoteros que rezuma la cinta —muy en sintonía con algunos de los lugares comunes que el realismo mágico se encargaría de hacer célebres, poco después, a partir del boom de la literatura hispanoamericana— parece que tuvo su origen en experiencias vividas por el poeta Manuel Altolaguirre (1905-1959): miembro de la Generación del 27, exiliado como Buñuel y, por esos azares del destino, productor de esta película.



jueves, 1 de abril de 2021

Abismos de pasión (1954)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1954, 90 minutos

Abismos de pasión (1954) de Luis Buñuel


Al atravesar el jardín para salir a la carretera, en un sitio donde hay un garfio en la pared para atar los caballos por la brida, vi una cosa blanca que se movía anormalmente, a impulsos de algo que no era el viento. A pesar de la prisa que llevaba, me paré para ver qué era, no siendo que luego fuera a quedárseme grabada en la imaginación la idea de haber visto un ser del otro mundo...

Emily Brontë
Cumbres borrascosas
Traducción de Carmen Martín Gaite

Fascinación romántica en clave selvática: sólo un director de la envergadura de Buñuel podía reinventar Cumbres borrascosas llevándosela a un terreno tan a priori alejado de los gélidos paisajes de la novela como las frondosidades de una hacienda del interior mejicano. Y, sin embargo, hay que admitir que el resultado fue una película arrebatadoramente febril, pese a las reservas que el director aragonés manifestó en sus memorias acerca del elenco de actores que le impuso el productor Dancigers.

Porque, digan lo que digan y al margen de la escasa repercusión obtenida por el filme, lo cierto es que don Luis, sin él mismo saberlo, estaba sentando las bases, con semejante engendro, de lo que al cabo de los años, y ya en el medio televisivo, serían los culebrones. El argumento se presta a ello, desde luego, al igual que la interpretación de un Jorge Mistral enardecido en su desaforado delirio amoroso. La música de Wagner ("Preludio y muerte de amor" del Tristán e Isolda) se encarga de lograr el resto...



Aun así, adaptar la célebre novela de Emily Brontë era un viejo proyecto que Buñuel acariciaba desde los años treinta, cuando, en colaboración con el poeta francés Pierre Unik (1909-1945) escribió un primer tratamiento de lo que, décadas después y ya en su exilio mejicano, acabó titulándose Abismos de pasión.

En cualquier caso, el dato resulta lo suficientemente revelador como para poner de manifiesto, en consonancia con el proceder irracional de los personajes de esta historia, una más que evidente conexión entre la materia literaria que sirve de sustrato para el guion y las pulsiones más primarias del ser humano que tanto atrajeron a los surrealistas.



martes, 2 de junio de 2020

La Faraona (1956)




Director: René Cardona
Méjico, 1956, 85 minutos

La Faraona (1956) de René Cardona


A tanto llegó en su día la celebridad alcanzada por Lola Flores que incluso los grandes estudios mejicanos, por aquel entonces una potencia cinematográfica de primer orden, se disputaban la presencia de la tonadillera para que protagonizase algún que otro musical como el que ahora nos ocupa.

No puede decirse que el argumento de La Faraona (1956) sea precisamente una historia verosímil o ni tan siquiera elaborada. Se trata, más bien, de un pretexto para el lucimiento de su protagonista. O dicho con otras palabras: aquí lo más importante son los números en los que se canta y se baila, mientras que los diálogos no pasan de ser un mero relleno.



Una joven gitana española, que responde al nombre artístico de Pastora Heredia (Lola Flores), recibe la noticia de que su abuelo, un millonario mejicano, acaba de fallecer en el país azteca. Y allí se planta, ni corta ni perezosa, en compañía de su troupe flamenca, para descubrir que el anciano en cuestión, contrariamente a lo que le habían asegurado, sigue vivito y coleando.

Aparte de la omnipresente Faraona o de los consabidos tópicos que infaman a su raza, como la cleptomanía del gracioso José Jeromo (Florencio Castelló), el otro gran aliciente de la película es la participación del célebre compositor Agustín Lara haciendo de sí mismo. De hecho, habrá ocasión de escuchar, entre otras muchas, la popular "Madrid", si bien la apoteosis final (en rutilante Eastmancolor que contrasta con el blanco y negro del resto de la cinta) es una imaginativa coreografía a partir del Bolero de Ravel.


sábado, 10 de agosto de 2019

Víctimas del pecado (1951)




Director: Emilio Fernández
Méjico, 1951, 90 minutos

Víctimas del pecado (1951) de Emilio Fernández


En el transcurso de una entrevista a Emilio "El Indio" Fernández que se emitió, a mediados de los años setenta, en el programa A fondo de Radio Televisión Española, el memorable Joaquín Soler Serrano tuvo a bien preguntarle por su estancia en prisión durante el período revolucionario. Y éste, como quien no quiere la cosa, confesó que se había fugado "a lo macho", dinamitando una de las paredes de su celda: "¡Mi don Emilio, —prorrumpió el entrevistador— es usted un charro de arriba a abajo!" 

Así era "El Indio", genio y figura. Y uno de los cineastas de mayor intensidad que hayan pisado la faz de la tierra. Sus películas poseen la fuerza de la pasión desmedida, la misma que heredarían directores tan diversos como Fassbinder o Almodóvar.



En Víctimas del pecado los bofetones van y vienen que es un encanto. Hay un recién nacido al que abandonan en una papelera y una despampanante bailarina cubana que no duda en adoptarlo. Los hombres son recios, libertinos y pendencieros. Y las mujeres extremadamente sensuales. Visión estereotipada de ambos sexos que, no obstante, adquiere una magnitud genuinamente racial en las escenas de baile, fotografiadas con enorme esmero por Gabriel Figueroa.

Se trata de un apasionado drama musical y hasta carcelario cuya trama folletinesca, tópica y por momentos excesiva, deja entrever, sin embargo, un cierto trasfondo social que se concreta en la preocupación por esas víctimas a las cuales alude el título: seres desprotegidos, como Violeta (Ninón Sevilla), siempre a expensas del matón de turno, pero dotados de un feroz instinto de supervivencia que, más allá del presidio o de la prostitución forzosa, les ayudará a sobreponerse a todo tipo de adversidades.


domingo, 28 de abril de 2019

Don Quijote de Orson Welles (1992)




Director: Orson Welles
España/Italia/EE.UU., 1992, 116 minutos

Don Quijote de Orson Welles (1992)


Y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se platica del asunto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca?

Miguel de Cervantes Saavedra
Quijote, II, Capítulo 2

El gran proyecto inacabado de Orson Welles (con permiso de The Other Side of the Wind y tras catorce años de trabajo intermitente) fue objeto de esta controvertida reconstrucción cuyo montaje correría a cargo del otrora ayudante de Welles, Jesús Franco. Quien poco o nada, a juzgar por lo que dicen determinadas autoridades en la materia (léase Juan Cobos), respetó el enfoque que, según parece, pretendía darle el cineasta, empeñado en que su Quijote fuese un mero ejercicio personal más que una adaptación al uso de la obra de Cervantes.

Polémica que, por otra parte, se vio agravada por el hecho de que Jess Franco no utilizara todo el metraje disponible. En cualquier caso, corría el año de los fastos y alguien debió de considerar necesario que 1992 fuese también la fecha en la que se puso el punto y final a tan ambiciosa empresa.

Akim Tamiroff (1899–1972)


Y es ahí, precisamente, adonde radica el que, a nuestro juicio, sería el principal defecto de una cinta que fue "víctima" de los malos hábitos del momento. Porque, ¿a santo de qué se incluyó la voz en off de Constantino Romero recitando pasajes cervantescos? Y la machacona música de Daniel White, rebosante de innecesarios toques aflamencados, ¿era realmente la idónea? Por último: ¿no habría sido mejor respetar el sonido original, siempre que ello fuese posible, en lugar de doblar las voces de los actores?

En fin: lo hecho, hecho está. Así es como se consideró entonces que tenían que hacerse las cosas y tampoco conduce a nada criticar la labor llevada a cabo por Jesús Franco (interesantísimo hombre de cine, por otra parte). Baste señalar la genialidad de Welles al hacer que el hidalgo castellano y su fiel escudero tuvieran que enfrentarse a las infernales condiciones de vida en un mundo dominado por máquinas que esclavizan al ser humano. Motivo más que suficiente para que don Quijote, apesadumbrado por los artilugios del progreso, le proponga a su sirviente que abandonen de inmediato la gran ciudad: "¡Vámonos, Sancho! ¡Quizás en la Luna aún haya sitio para la caballería andante!"

Francisco Reiguera (1899–1969)