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miércoles, 1 de julio de 2026

El día de la revelación (2026)




Título original: Disclosure Day
Director: Steven Spielberg
EE.UU./Canadá/Nueva Zelanda/Japón, 2026, 145 minutos

El día de la revelación (2026)


Un ya casi octogenerio Spielberg vuelve a la carga con otra de sus historias de alienígenas, Disclosure Day (2026), repleta en esta ocasión de elementos extremadamente fantasiosos e incluso conspiranoicos, pero que no está a la altura, sin embargo, de Encuentros en la tercera fase (1977) o ET (1982), ni siquiera de La guerra de los mundos (2005), por citar sólo algunos precedentes ilustres de una filmografía en la que abundan los títulos relacionados, de una u otra forma, con dicha temática. Coescrita junto a su viejo colaborador David Koepp (Parque Jurásico), la película es un thriller político y de ciencia ficción electrizante, a ratos inverosímil, que funciona como compendio de las obsesiones intergalácticas del director estadounidense, pero adaptado a la era de la desinformación masiva en la que actualmente vivimos inmersos.

En efecto, la historia arranca en un clima de creciente tensión geopolítica a escala planetaria. En ese contexto, el especialista en ciberseguridad Daniel Kellner (Josh O'Connor) roba información clasificada, relativa a evidencias de vida extraterrestre, de la Corporación Wardex, una entidad secreta del gobierno federal. En paralelo, seguimos a la presentadora de televisión Margaret Fairchild (Emily Blunt) quien, tras entrar en contacto con un pájaro de colores que se cuela en su cocina, comienza a manifestar una serie de extrañas habilidades como intuir los pensamientos ajenos y hablar lenguas que jamás estudió. Pronto, Daniel y Margaret se verán arrastrados hacia Hugo Wakefield (Colman Domingo), el líder de una red de antiguos colaboradores gubernamentales obsesionados con el objetivo de forzar el "Día de la Revelación" para que todo el mundo conozca las pruebas definitivas de que no estamos solos en el universo.



Lo sorprendente del caso es que tanto Margaret como Daniel habrían sido abducidos por los alienígenas durante su niñez. Sin embargo, para recuperar los recuerdos reprimidos de Margaret, el equipo de Wakefield llega a reconstruir milimétricamente la casa de su infancia, convirtiendo la memoria de la periodista en una suerte de fría herramienta de desclasificación militar. Asimismo, la apariencia de los extraterrestres da también un giro sorprendente, ya que los visitantes se camuflan como animales inofensivos (ciervos, zorros...) para observarnos sin levantar sospechas. Así pues, Spielberg cambia el asombro infantil por una atmósfera de vigilancia constante cuyo máximo exponente sería el malévolo Noah Scanlon (Colin Firth), todopoderoso antagonista del relato, que posee la facultad de incluso infiltrarse en la conciencia de los demás.
A pesar de sus innegables virtudes técnicas y de la espectacularidad de las secuencias con persecuciones policiales, la película flaquea, sin embargo, en su recta final. Y es que a medida que los protagonistas se adentran en los estudios de televisión para hackear la señal global y emitir la verdad, el tono se vuelve excesivamente discursivo, como si el guion de Koepp, rindiéndose ante la alegoría política, pretendiese sermonearnos. De modo que la urgencia por insistir en un mensaje sobre los peligros del secretismo gubernamental termina por aplanar a los personajes secundarios, que por momentos se convierten en meros portavoces de las tesis del director. Circunstancia que, en definitiva, dificulta la catarsis emocional que el espectador tal vez esperaba, al verse ésta diluida por un desenlace que prioriza el impacto del thriller conspiranoico sobre la magia de la pura ciencia ficción.



martes, 30 de julio de 2024

Superman IV: En busca de la paz (1987)




Título original: Superman IV: The Quest for Peace
Director: Sidney J. Furie
EE.UU./Reino Unido, 1987, 90 minutos

Superman IV: En busca de la paz (1987)


La cuarta y última de las entregas de la saga (al menos de las protagonizadas por Christopher Reeve) es también la más cutre con diferencia. O así lo entendía el añorado intérprete, quien en sus memorias pasa muy de puntillas a propósito de una película que, pese a los seis millones de dólares que le reportó por su papel de superhéroe indestructible, fue un completo fiasco en taquilla. Ni tan sólo el hecho de haber sido coguionista de la misma parece que incrementara su aprecio respecto al resultado final.

Lo cierto es que no hay para menos: un musculitos radiactivo fabricado por encargo de Lex Luthor (Gene Hackman regresaba así a la franquicia); la Estatua de la Libertad salvada in extremis por el superhombre de la capa roja, lo mismo que la Gran Muralla china, reconstruida como si nada tras un brutal ataque del enemigo; una erupción volcánica interrumpida mediante un gigantesco "tapón" pétreo... Las situaciones en las que el pobre se ve envuelto no tienen ciertamente desperdicio.



Aunque la gran y trascendental misión que afronta esta vez el alter ego de Clark Kent no es otra sino acabar con las armas nucleares en todo el planeta e incluso en el espacio exterior. Titánica tarea que, como es habitual en él, acomete sin ni siquiera despeinarse. Y todo ello después de pronunciar su correspondiente discurso ante la asamblea de las Naciones Unidas al completo, que prorrumpe entusiasmada en aplausos.

Y en otro orden de cosas se aprecia, por último, una crítica manifiesta contra los grupos mediáticos que fomentan el sensacionalismo. Sobre todo en la figura de David Warfield (Sam Wanamaker), nuevo propietario del Daily Planet cuyos métodos expeditivos para incrementar las ventas del diario no gozan de excesivas simpatías entre los miembros de la plantilla. Circunstancia que hará mella hasta en su hija Lacy (Mariel Hemingway), quien a priori estaba llamada a continuar el legado de su progenitor.



lunes, 29 de julio de 2024

Superman III (1983)




Director: Richard Lester
EE.UU./Reino Unido, 1983, 125 minutos

Superman III (1983) de Richard Lester


A diferencia de las dos entregas previas de la saga, Superman III (1983) se caracteriza por un sentido del humor mucho más constante e histriónico. No hay más que fijarse en la escena inicial, coreografiada al más puro estilo slapstick, para corroborarlo. Asimismo, la presencia del actor Richard Pryor en el reparto, quien encarna a Gus Gorman, un granujilla de medio pelo experto en vivir del cuento, contribuye enormemente a que el tono general de la película difiera del de las anteriores en lo que a comicidad se refiere.

A este respecto, se podría incluso señalar que el guion de David y Leslie Newman apuesta decididamente por la autoparodia, convirtiendo al superhéroe en un tipo cuya peor versión de sí mismo aflora por culpa de una muestra de kriptonita fabricada en laboratorio y en la elaboración de la cual se ha incluido alquitrán.



Por otra parte, el leitmotiv de la cinta gira en torno al auge de la informática y a los posibles peligros que de ello se derivan. Así pues, la presencia de computadoras en la práctica totalidad de secuencias que revierten algún tipo de amenaza grave contra el protagonista o contra la humanidad en su conjunto sugieren una crítica velada hacia la creciente tecnificación de un mundo cada vez más controlado por máquinas.

Además de relegar a Lex Luthor en el rol de villano, el multimillonario Ross Webster (Robert Vaughn) aspira a controlar el planeta valiéndose de la complicidad de su hermana Vera (Annie Ross) y de una rubia platino (Pamela Stephenson) que, pese a su apariencia de casquivana, lee las obras de Kant cuando se encuentra a solas. Aunque no son éstos los únicos cambios respecto al elenco de personajes de las partes I y II. De hecho, el papel de Margot Kidder como Lois Lane fue en esta ocasión bastante residual en favor de Annette O'Toole, quien interpreta a Lana Lang, antigua compañera de instituto de Clark Kent con la que éste se reencuentra en su regreso a Smallville. Reajustes que podrían deberse a algún tipo de represalia tras el apoyo mostrado públicamente por la actriz, tres años antes, con motivo del despido del director Richard Donner.



domingo, 28 de julio de 2024

Superman II: El montaje de Richard Donner (2006)




Título original: Superman II: The Richard Donner Cut
Directores: Richard Donner/Richard Lester
EE.UU./Reino Unido, 1980-2006, 116 minutos

Superman II: El montaje de Richard Donner (2006)


Tras el rotundo éxito de Superman (1978) y habiendo ya rodado el 75% de la segunda parte, el bueno de Richard Donner (1930-2021) fue despedido a causa de desavenencias creativas con unos productores (los célebres Salkind, padre e hijo) que no dudaron en reemplazarlo por Richard Lester. Práctica de lo más habitual en Hollywood, por cierto, donde eso de echar al director a mitad de un proyecto vendría a ser el equivalente de lo que ocurre en Europa con los entrenadores de fútbol. El caso es que muchos años después, y ante el auge que de nuevo cobrara el personaje debido al estreno de Superman Returns (2006) de Bryan Singer, los estudios promovieron que saliese a la luz aquel primer montaje de Superman II: La aventura continúa (1980) que en su día se vio bruscamente interrumpido.

El resultado, sin ser nada del otro mundo, aporta, sin embargo, ligeros cambios respecto a la versión que se estrenó en cines a principios de la década de los ochenta. Así pues, ni el protagonista visita la Torre Eiffel ni tampoco recibe los consejos de su madre (Susannah York), sino que, en su lugar, es el propio Marlon Brando quien ejerce ese rol, tal y como en principio estaba previsto (de hecho, las desproporcionadas exigencias económicas del actor motivaron que su parte fuese inicialmente descartada).

Christopher Reeve y Marlon Brando durante una pausa del rodaje


Aunque el cambio más significativo se encuentra al final (Supermán girando alrededor del globo terráqueo hasta que logra que el tiempo retroceda): una idea que Donner tenía pensada para la secuela, pero que finalmente fue incluida por la Warner como desenlace de la primera parte, de modo que el director's cut incluye de nuevo dicho metraje.

Por lo demás, la relación entre Lois Lane (Margot Kidder) y su idolatrado superhombre adquiere en esta entrega un carácter más íntimo, toda vez que la intrépida reportera del Daily Planet llega a descubrir la verdadera identidad de Clark Kent (Christopher Reeve). No obstante, el hecho de que la pareja se permita un romántico receso en el Polo Norte es aprovechado por los tres malignos kriptonitas, con el General Zod (Terence Stamp) a la cabeza, para derrocar al mismísimo Presidente en la Casa Blanca y aliarse con el oportunista Lex Luthor (Gene Hackman). Menos mal que en el cine todo es posible (y todo tiene remedio) y los buenos siempre acaban por derrotar a los malos.



sábado, 27 de julio de 2024

Superman (1978)




Director: Richard Donner
EE.UU./Reino Unido/Canadá, 1978, 143 minutos

Superman (1978) de Richard Donner


A diferencia de las franquicias actuales de superhéroes, que basan su fórmula en adrenalina y efectos especiales de última generación, la primera entrega de la saga Superman (1978) contenía la dosis exacta de humor y romanticismo para hacerla asequible a todos los públicos (y no sólo a los adolescentes, como ocurre hoy en día). De ahí que muchos de los diálogos contengan réplicas divertidísimas, aparte del carácter eminentemente cómico de Lex Luthor (Gene Hackman) y el resto de antagonistas.

Poco importa, pues, lo inverosímil de una historia (coescrita, entre otros por Mario Puzo) en la que un tipo con capa y leotardos pretende salvar a la humanidad: al margen de ello, cuanto aquí sucede, ya sea en la cúspide de los rascacielos de Metrópolis o en el interior de la redacción del Daily Planet, se enmarca en un imaginario de sobras asimilado por los espectadores desde que el personaje se diera a conocer en los años treinta a través de las páginas de Action Comics.



Por si ello no fuese poco, se aprecia además un más que evidente homenaje al Hollywood clásico en el tándem chico tímido-muchacha extrovertida que encarnan Clark Kent (Christopher Reeve) y Lois Lane (Margot Kidder) y que parece calcado de la pareja que interpretaban Cary Grant y Katherine Hepburn en La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, 1938). Sensación que se acentúa todavía más por la presencia en el reparto de viejas glorias como Marlon Brando, Glenn Ford o Trevor Howard.

En definitiva, se dice que el auge de las películas de superhéroes va asociado a sociedades en crisis en las que el fascismo latente abona el terreno para que algún hombre fuerte se encarame al poder bajo la promesa de solucionar todos los males. Algo que, en el caso de la película que nos ocupa, pudiera leerse entre líneas como un anuncio de lo que en breve iban a representar para EE.UU. las políticas ultraconservadoras de la administración Reagan.



jueves, 28 de diciembre de 2023

JFK: Caso abierto (1991)




Título original: JFK
Director: Oliver Stone
EE.UU./Francia, 1991, 206 minutos

JFK: Caso abierto (1991) de Oliver Stone


Se acaban de cumplir sesenta años del asesinato de Kennedy, que tuvo lugar en Dallas un 22 de noviembre de 1963 y cuya leyenda ha hecho correr ríos de tinta desde entonces. Porque todo apunta a que aquello no fue sino una conspiración orquestada desde diversos sectores del propio Establishment norteamericano. En ese aspecto, JFK (1991) contribuyó enormemente a divulgar dicha teoría dando pie a un relato que aspiraba a concienciar a la opinión pública sobre los peligros que, procedentes de las instituciones, acechan a la democracia.

Así pues, y decidido a dejar constancia de la trascendencia de los hechos, el director Oliver Stone asume el reto de reconstruir una trama cuya complejidad supera de largo la de cualquier película de espionaje al uso. Y lo hace, precisamente, por paradójico que parezca, valiéndose de las convenciones propias del género, de modo que mediante la política ficción se aspira a esclarecer los oscuros resortes de la realpolitik.



En ese orden de cosas, si hay una escena donde se habla bien a las claras de las tropelías que se pueden llegar a cometer desde las más altas instancias, ésa es la que protagoniza Donald Sutherland en su fugaz pero intensa aparición. Su personaje, un misterioso individuo que esconde su verdadera identidad bajo el nombre de X, desvela cómo el lobby de la industria armamentística dispone de suficientes mecanismos de presión como para llevarse por delante a todo aquel que pretenda implementar políticas pacifistas. Aunque sea el mismísimo Presidente de los Estados Unidos.

Llegados a este punto, la figura del fiscal Jim Garrison, un modesto padre de familia capaz de anteponer a todo su obsesión por desentrañar la verdad, entronca con una tradición de cine demócrata de la que forman parte títulos tan memorables como Todos los hombres del Presidente (All the President's Men, 1976) de Alan J. Pakula o Los tres días del Cóndor (Three Days of the Condor, 1975) de Sydney Pollack. Un papel hecho a medida del actor Kevin Costner, con especial lucimiento, entre otros muchos momentos, en el emotivo discurso final ante el jurado que ha de dictar sentencia.



domingo, 10 de mayo de 2020

E.T. El extraterrestre (1982)




Título original: E.T. the Extra-Terrestrial
Director: Steven Spielberg
EE.UU., 1982, 115 minutos

E.T. El extraterrestre (1982)
de Steven Spielberg


Independientemente de las reticencias que su cine pueda suscitar entre algunos sectores, de lo que no cabe la menor duda es del buen olfato de Steven Spielberg para llegar al público. Sobre todo en un período en el que la industria necesitaba reinventarse continuamente. Con E.T., por ejemplo, ponía sobre la mesa una evidencia que, a principios de los ochenta, era ya ineludible: ¿a quién hay que atraer a las salas? ¿Al público adulto...? Por supuesto que no, si se tiene en cuenta que esa franja de edad llevaba mucho tiempo, para entonces, prefiriendo la pequeña a la gran pantalla.

A este respecto, el filme que nos ocupa está concebido, de principio a fin, para agradar a los niños (y, de paso, a los mayores que los acompañarán de la mano o, más tarde, alquilarán el vídeo para verlo en familia). Así pues, no sólo sus protagonistas son menores, sino que ni siquiera se muestra el rostro de los pocos adultos (el profesor, el agente de policía...) que intervienen (fugazmente) en la trama. Excepción que rompen la madre (Dee Wallace) y el personaje de Peter Coyote para cumplir una norma que, por lo demás, se sigue bastante a rajatabla.



De ahí la importancia que adquiere la escena en la que la madre, a fin de cuentas tan vulnerable como sus hijos, dada su condición de mujer abandonada por el marido, le está leyendo a Gertie (Drew Barrymore) un pasaje de Peter Pan antes de ir a dormir. O la apariencia aniñada, tanto en estatura como en ademanes, del propio extraterrestre. Detalles que el celebérrimo paseo aéreo en bicicleta, rumbo a un indeterminado Nunca Jamás cósmico, no hace sino subrayar aun con mayor énfasis.

"¡Mi casa!", "¡Teléfono!" son hoy coletillas que han pasado a la posteridad hasta alcanzar la categoría de fenómeno sociológico. No quedó nadie por ver una película sobre un alienígena extraviado que más parece una mascota y un niño llamado Elliott (Henry Thomas) que lo acoge en su casa para protegerlo del deshumanizado equipo de científicos que pretende analizarlo. Una popularidad que los subsiguientes reestrenos conmemorativos no han hecho sino acrecentar hasta convertir a E.T. en un clásico moderno: mainstream y sin aristas, como casi todo lo que hace Spielberg, pero clásico al fin y al cabo.


sábado, 9 de mayo de 2020

Tiburón (1975)




Título original: Jaws
Director: Steven Spielberg
EE.UU., 1975, 124 minutos

Tiburón (1975) de Steven Spielberg


El gran pez se movía silenciosamente a través de las aguas nocturnas, propulsado por los rítmicos movimientos de su cola en forma de media luna. La boca estaba lo suficientemente abierta como para permitir que un chorro de agua atravesase las branquias. Apenas sí se notaba ningún otro movimiento: alguna que otra corrección de su trayectoria, aparentemente sin rumbo, elevando o bajando un poco una de sus aletas pectorales, tal como un pájaro cambia de dirección hundiendo un ala y alzando la otra.

Peter Benchley
Tiburón
Traducción de Sebastián Martínez y Luis Vigil

A veces no es necesario romperse demasiado la cabeza para lograr que el público salga aterrorizado de la sala de proyección. De hecho, suelen ser las emociones más primarias las que producen un mayor impacto. El viejo Hitchcock sabía mucho de ello, pero también el primer Spielberg, aquel avispado niño prodigio que ya en El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) había convertido un simple camión de gran tonelaje en símbolo de todos los males.

El planteamiento de Jaws no dista excesivamente de aquella persecución de carretera, con la salvedad de que el mar sustituye al asfalto. Pero es que, además, buena parte de los elementos aquí presentes pueden rastrearse con suma facilidad en no pocos clásicos del género, desde Moby Dick, donde la aversión del capitán Ahab hacia la ballena blanca es idéntica al odio que siente Quint (Robert Shaw) por los tiburones, hasta la lucha del pescador por doblegar a su presa en El viejo y el mar. Incluso The Birds (1963) se prestaría al paralelismo si cambiamos las aves por escualos: a fin de cuentas, la apacible isla de Amity no difiere gran cosa de Bodega Bay.



Queda claro, por tanto, que la película partía de unos ingredientes, tanto literarios como cinematográficos, de sobras conocidos, lo cual no fue impedimento, unido a una eficaz campaña de promoción, para que ésta arrasara en taquilla como pocas veces se ha visto en la historia del cine. Y, sin embargo, el rodaje no fue precisamente agradable, sobre todo porque los tres prototipos que se construyeron del bicharraco (apodado Bruce, como el abogado de Spielberg) dieron bastantes problemas técnicos a la hora de zambullirlos en las aguas de Martha's Vineyard.

Pero Spielberg, que ya apuntaba maneras de genio, solucionó magistralmente dichos contratiempos insinuando la presencia de la fiera en lugar de mostrar una y otra vez sus fauces: una aleta por aquí, unos bidones amarillos por allá, el cuerpo de una nadadora que desaparece súbitamente bajo la superficie y... el espectador se imagina el resto. Añádanse, para acabar de aderezar el conjunto, las notas del tema de John Williams (saqueado de La consagración de la primavera de Stravinski, dicho sea de paso) y tendremos uno de los títulos clave del cine de terror en su vertiente marítima.

Shaw, Scheider & Dreyfuss

sábado, 23 de junio de 2018

El valle de las muñecas (1967)




Título original: Valley of the Dolls
Director: Mark Robson
EE.UU., 1967, 123 minutos

El valle de las muñecas (1967) de Mark Robson


En el argot norteamericano de los narcóticos, durante los ácidos días de la ya de por sí convulsa década de los sesenta, la metadona era conocida como doll ('muñeca') dada su similitud fonética con Dolophine, marca bajo la que dicha droga era comercializada. De ahí que el, en apariencia, inocente título del best-seller de Jacqueline Susann (1918–1974) se preste a un juego de palabras más que revelador, en alusión a las adicciones en las que tanto viejas glorias como aspirantes al estrellato se verán atrapadas.

La adaptación cinematográfica de la novela, dirigida por el canadiense Mark Robson, supuso un sonado éxito de taquilla pese a ser mucho más light en su contenido que el libro, llegando a recaudar cincuenta millones de dólares en todo el mundo (rodarla había costado cinco...). La banda sonora, por otra parte, a cargo de John Williams, le valió al compositor la primera de la larga serie de nominaciones que atesora. Sin embargo, ni la crítica ni el paso del tiempo han sido clementes con una cinta que, tres años después de su estreno, tendría una secuela dirigida por Russ Meyer: Más allá del valle de las muñecas (1970).



De lo primero no hay por qué sorprenderse, habida cuenta de la absoluta falta de credibilidad de unas interpretaciones que han hecho que la película figure habitualmente en las listas de peores filmes de la historia. Y de cómo el más de medio siglo transcurrido desde su estreno tampoco ha contribuido a revalorizarla dan fe los abultados tupés esculpidos a golpe de laca que lucen las actrices, entre las que destaca la hermosa Sharon Tate, ajena al aciago final que le esperaba, en un papel inspirado parcialmente en Marilyn Monroe.

Porque, siguiendo la senda marcada previamente por títulos como Ha nacido una estrella, ése había de ser el atractivo de una historia basada en las biografías de algunas de las "muñecas rotas" más célebres de Hollywood, con Judy Garland a la cabeza, quien, irónicamente, se rumorea que fue despedida del set de rodaje de Valley of the Dolls por culpa de la misma dependencia del alcohol y las pastillas que se pretendía reflejar en la pantalla. Su puesto lo ocuparía Susan Hayward, encargada de dar vida a Helen Lawson: una artista en horas bajas, pero dispuesta a todo con tal de mantener a raya a las jóvenes arribistas que se disputan su reinado.