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viernes, 24 de mayo de 2024

Doña Perfecta (1977)




Director: César Fernández Ardavín
España, 1977, 103 minutos

Doña Perfecta (1977) de César Ardavín


Después de media hora de camino, durante la cual el Sr. D. José no se mostró muy comunicativo, ni el Sr. Licurgo tampoco, apareció a los ojos de entrambos apiñado y viejo caserío asentado en una loma, y del cual se destacaban algunas negras torres y la ruinosa fábrica de un despedazado castillo en lo más alto. Un amasijo de paredes deformes, de casuchas de tierra pardas y polvorosas como el suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras anémicas y hambrientas que pedían una limosna al pasajero. […] Llamábase Orbajosa, ciudad que no en Geografía caldea o copta sino en la de España figura con 7.324 habitantes, ayuntamiento, sede episcopal, partido judicial, seminario, depósito de caballos sementales, instituto de segunda enseñanza y otras prerrogativas oficiales.

Benito Pérez Galdós
Doña Perfecta (1876)

Novela de tesis o incluso tendenciosa, la historia que Galdós había esbozado cien años antes a propósito de las dos Españas (una intransigente, católica y reaccionaria; otra tolerante, laica y liberal) seguía plenamente vigente cuando César Ardavín, a las puertas de la Transición, decide realizar su adaptación cinematográfica de Doña Perfecta (1977). En ese orden de cosas, el personaje de Pepe Rey (Manuel Sierra) representa unos aires de renovación que la anquilosada sociedad provinciana en la que aterriza, encabezada por su tía (Julia Gutiérrez Caba) y el párroco don Inocencio (José Luis López Vázquez), difícilmente podrá asumir. De ahí que las fuerzas vivas de Orbajosa urdan las mil y una con tal de hacerle el vacío al protagonista.

Aunque no todo es intolerancia en aquel recóndito lugar, por lo que el bueno de Pepe, además de padecer la ojeriza de los corrillos, también se beneficiará de la cordialidad del un tanto extravagante Juan Tafetán (Jorge Rigaud), en el fondo otra víctima como él, y del amor incondicional de la candorosa prima Rosario (Victoria Abril), con la que entabla un apasionado romance a espaldas de la controladora madre de ésta.



Aun así, la dualidad entre progreso y oscurantismo que ponen de manifiesto los personajes arroja la impronta de un mundo hermético, impermeable a los cambios, que reacciona con recelo y hasta virulencia ante la irrupción de un advenedizo, sobre todo si se trata, como es el caso, de un joven ingeniero al que se le atribuyen ideas revolucionarias y hasta anticlericales.

En definitiva, la antigua Urbs Augusta no deja de ser un microcosmos, trasunto del conjunto de la nación, en el que ni el obtuso don Cayetano (José Orjas), más interesado en atesorar incunables que en defender la razón, ni las libidinosas Troyas (Mirta Miller y María Kosty) ni el en teoría fiel Pinzón (Víctor Valverde) ni mucho menos el traicionero e hipócrita Jacintito (Emilio Gutiérrez Caba) harán nada por impedir que se consuma una injusticia de grandes proporciones que queda oficialmente zanjada como simple suicidio.



domingo, 19 de mayo de 2024

Fulanita y sus menganos (1976)




Director: Pedro Lazaga
España, 1976, 94 minutos

Fulanita y sus menganos (1976) de Pedro Lazaga


EN UN LUGAR DE LA MANCHA, de cuyo nombre no quiero acordarme, fui parida por mi madre. Dicho esto, lo demás será coser y cantar. Porque para hacer un libro, lo único verdaderamente difícil es discurrir la primera frase que lo iniciará. Luego, todo es cuestión de ir añadiendo renglones, hasta rellenar las hojas en blanco que separan esta primera frase de la palabra «fin». Hablando mal y pronto: hay que echarle renglones al asunto. Y a mí, modestia aparte, renglones no me faltan...

Álvaro de Laiglesia
Fulanita y sus menganos (1965)

Debió de ser notable el éxito de Yo soy Fulana de Tal (1975) para que la factoría Lazaga se lanzase a una segunda entrega, de nuevo adaptando las andanzas del personaje creado por el humorista y escritor Álvaro de Laiglesia (1922-1981). Sólo que en esta ocasión el protagonismo recayó sobre Victoria Vera, quien se metía en la piel de Mapi un año después de que Concha Velasco ya hubiese interpretado a la intrépida meretriz.

A diferencia de lo que en aquella primera parte sucedía, donde toda la película era un larguísimo flashback, las retrospecciones fueron ahora fragmentarias, en la medida de que la joven va recordando algunos episodios relevantes de su muy ajetreada vida sentimental y profesional. Y así el espectador sabrá de clientes más bien torpes, como Jaime (Manolo Gómez Bur), caraduras de la talla de Manolo (Alberto de Mendoza), exóticos (caso de un peculiar jeque árabe forrado de petrodólares) y hasta de alta alcurnia como el Vizconde Pepe (Antonio Vilar).



Vicisitudes que, lejos de hundirla en la miseria, la harán cada vez más fuerte, hasta el extremo de acabar representando a España en un insólito "Congreso Europeo de Mujeres de Vida Fácil" que tiene lugar en la capital francesa. Y eso no es todo, sino que, además de deambular por los enclaves más turísticos de un París de postal, nuestra Mapi terminará intimando con un apuesto inspector de la Gendarmerie (Pedro Osinaga) que habla perfectamente castellano porque todos los años veranea en Benidorm.

Al margen de lo anticuado que resulte hoy en día el discurso sobre el que se sustenta Fulanita y sus menganos (1976), merece la pena, en cambio, llamar la atención a propósito de determinadas cuestiones, como pueda ser el particular empoderamiento avant la lettre de una mujer que, al inicio de la trama y ante las preguntas de un sacerdote entrometido con el que comparte vuelo, no duda en definirse a sí misma como feminista. Por no hablar del alegato final que se marca en plena asamblea de trabajadoras del ramo y de cuyas delegadas logra arrancar, por unanimidad, la admisión de su país en la "Comunidad Europea de Prostitutas" como miembro de pleno derecho. Curioso guiño cuando el ingreso de España en el Mercado Común era apenas un sueño que tardaría aún una década entera en hacerse realidad.

Mapi (Victoria Vera) sacándole la lengua a su pasado


domingo, 12 de marzo de 2023

Accidente 703 (1962)




Director: José María Forqué
España/Argentina, 1962, 89 minutos

Accidente 703 (1962) de José María Forqué


El pasado 8 de marzo se cumplían cien años exactos del nacimiento de José María Forqué (1923-1995). Y qué mejor ocasión para recordar una de las muchas películas que dirigió a lo largo de su prolífica carrera. Estrenada apenas unos meses antes que Atraco a las tres, la menos popular Accidente 703 (1962) plantea una compleja estructura en la que distintas tramas simultáneas acabarán convergiendo en el fatídico punto de una carretera secundaria donde va a tener lugar un gravísimo siniestro automovilístico.

A tal efecto, la acción se sitúa en distintos lugares de la geografía española, desde Madrid o Zaragoza, pasando por Barcelona y Guadalajara, todos debidamente indicados en pantalla junto con una hora "del día del accidente". De modo que, poco a poco, irán perfilándose los antecedentes de una tragedia que ya ha sido mostrada en las primeras secuencias del filme. Lo cual no es óbice para que la tensión vaya en aumento hasta ese clímax que no por previsible resulta menos dramático.



Cada una de las historias corresponde a géneros de muy diversa índole. Así, por ejemplo, los recién casados que se fotografían, junto con el resto de invitados, a orillas del balneario de Alhama de Aragón representan la vis cómica (sobre todo José Luis López Vázquez, en su típico papel de españolito pusilánime) de una cinta donde el humor, si bien con ligeras pinceladas, también tiene cabida. Y lo mismo podría decirse del timorato Rogelio (Manolo Gómez Bur) y su cartera repleta de billetes. Otras líneas argumentales, en cambio, como la de Jorge (Carlos Estrada) y Paula (Susana Campos), obedecen a un planteamiento mucho más apasionado: el de la secretaria/amante cansada de que su jefe no se decida nunca a abandonar a su esposa para irse con ella.

La jazzística banda sonora del argentino Adolfo Waitzman aporta un toque fresco y dinámico, como el de esa juventud ociosa que se dedica a perseguirse con sus potentes descapotables y hacer de las suyas por las calles de la Ciudad Condal. Aunque a la hora de la verdad, cuando unos y otros pasen de largo ante el coche accidentado en cuyo interior se debate entre la vida y la muerte Luisa (Nuria Torray), el sentimiento de culpa y los remordimientos de conciencia asaltarán a más de uno, caso de Julio (Carlos Cores), incapaz, pese a su apariencia de rudo camionero, de dejar a la muchacha en la estacada. Sin embargo, no habrá consuelo posible para la esposa del difunto conductor (Julia Gutiérrez Caba), víctima involuntaria de todo un entramado de fatales consecuencias.



sábado, 4 de junio de 2022

A las cinco de la tarde (1960)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1960, 103 minutos

A las cinco de la tarde (1960) de Bardem


El pasado 2 de junio se cumplían cien años exactos del nacimiento de Juan Antonio Bardem (1922-2002), ocasión idónea para revisar algunos títulos de su filmografía que aún nos quedaban pendientes. Es el caso, por ejemplo, de A las cinco de la tarde (1960), drama taurino escrito en colaboración con el dramaturgo Alfonso Sastre. Aunque la vertiente torera de la cinta queda en un segundo plano, puesto que la trama gira en torno a los temores e inseguridades que asedian a los diestros. Así pues, pocas corridas o trajes de luces se incluyen en un filme cuyo eje temático tiende más hacia lo psicológico.

Tal y como Bardem ve las cosas, la denominada "Fiesta Nacional" encubre, en realidad, un mundo turbio de intereses monetarios en el que quienes se juegan la vida en el ruedo no son más que títeres al servicio de algún apoderado sin escrúpulos. Como don Manuel Marcos (Enrique Diosdado), representante de jóvenes promesas a las que encumbra, exprime y, por último, abandona a su suerte cuando ya no son más que juguetes rotos.



Juan Reyes (Paco Rabal) lo tuvo todo a su alcance para triunfar, pero el miedo escénico y una fatídica cornada en el cuello dieron al traste con su carrera. De modo que ahora malvive dando el sablazo en la barra de cualquier bar, a la espera de una segunda oportunidad que nadie parece dispuesto a darle. En cambio, todo apunta a que José Álvarez (Germán Cobos) será la nueva figura en los cosos de España y América. O al menos eso pretende el todopoderoso Manuel Marcos, porque, a pesar de la ambiciosa campaña para promocionarlo, los titubeos de José en vísperas de su presentación en la Plaza de las Ventas amenazan con echarlo todo a perder...

Curiosamente, el argumento de A las cinco de la tarde plantea varias similitudes con una película de Antonio Román que se había estrenado un par de años antes: Los clarines del miedo (1958), también protagonizada por Paco Rabal. De hecho, en ambos casos se abordaba el pánico de algunos matadores ante la bravura de los astados, con la carga desmitificadora que ello comporta tratándose de una disciplina en la que se presupone la valentía de quienes la practican. Aun así, Bardem no duda en mostrar el lado vulnerable de unos hombres que se debaten entre la gloria y una apacible vida hogareña junto a sus respectivas esposas (Julia Gutiérrez Caba y Núria Espert).



jueves, 18 de abril de 2019

La herida luminosa (1997)




Director: José Luis Garci
España, 1997, 90 minutos

La herida luminosa (1997) de José Luis Garci


Hace ahora justo tres años, concretamente el 23 de marzo de 2016, tuvimos ocasión de comentar en este mismo blog la versión cinematográfica que el argentino Tulio Demicheli dirigiera de La ferida lluminosa, pieza teatral en tres cuadros y un epílogo, original de Josep Maria de Sagarra y estrenada en el Romea de Barcelona, la noche del 18 de noviembre de 1954. Se trataba, pues, de una adaptación coetánea, llevada a cabo en vida del autor, y que incidía en los aspectos más melodramáticos del argumento.

Al afrontar ese mismo texto cuatro décadas después, José Luis Garci optó, en cambio, por prescindir del más mínimo exceso interpretativo, apostando por una puesta en escena sumamente contenida (tal vez hasta demasiado). La acción (aunque acción, lo que se dice acción, no hay mucha...) se traslada mayoritariamente al Principado de Asturias, pese a una fugaz escapada a Madrid del doctor Molinos (Fernando Guillén) en compañía de su joven amante (Beatriz Santana).



Sin embargo, el cambio más elocuente de los introducidos en el guion por Garci y el que fuera su habitual colaborador, Horacio Valcárcel, fue sustituir al hijo sacerdote del matrimonio protagonista por el personaje de sor María (Maribel en el mundo), con lo que se daba lugar a la curiosa coincidencia de que Fernando Guillén y Cayetana Guillén Cuervo encarnasen en la ficción el mismo parentesco que les unía en la vida real.

En definitiva, ni los diálogos (forzados, redichos) ni el tono (excesivamente acartonado) ni siquiera la dirección artística de Gil Parrondo logran que la película se salve de su tediosa falta de naturalidad. Defectos que, por lo demás, bien podrían aplicarse a buena parte de la filmografía de Garci —al menos, en el caso de los títulos por él dirigidos desde la década de los noventa en adelante— y que explicarían por qué La herida luminosa resultó "agraciada", en su momento, con sendos premios Yoga: los antipremios del cine español que concede anualmente el colectivo Catacric.


domingo, 4 de febrero de 2018

Tiempo de amor (1964)




Director: Julio Diamante
España, 1964, 74 minutos

Tiempo de amor (1964) de Julio Diamante


Las tres historias que conforman Tiempo de amor, segundo largometraje dirigido por el gaditano Julio Diamante, poseen el denominador común de mostrar relaciones de pareja, en plena época franquista, en las que siempre es la mujer quien sale peor parada. 

Atardecer se centra en Elvira (Julia Gutiérrez Caba) y Alfonso (Agustín González). Tras más de una década de casto noviazgo, él sigue optando a unas oposiciones que nunca aprueba y ella trabaja como mecanógrafa. Noche, en cambio, plantea la iniciación sentimental de María (Enriqueta Carballeira), dependienta en una perfumería y víctima propiciatoria que a punto está de caer en las garras de un donjuán sudamericano llamado Servando (Julián Mateos). Mañana, por último, es la historia del matrimonio formado por José (Carlos Estrada) y Pilar (Lina Canalejas). A pesar de que el cabeza de familia es médico, su mujer y sus tres hijos padecen estrecheces económicas debido a que José prefiere trabajar en los suburbios socorriendo a los más necesitados.

Atardecer: Elvira (Julia Gutiérrez Caba)

Las paredes desconchadas que vemos en los tres episodios nos dan una idea de la España que pretendía retratar la película: un país en el que, irónicamente, el amor difícilmente se impone a la miseria y en el que la mujer sigue ocupando un puesto de absoluta sumisión respecto al hombre. Así, por ejemplo, en Atardecer, Elvira termina sucumbiendo a las pretensiones carnales de Alfonso, quien, una vez saciada su libido, mira de reojo las piernas de otra mujer en el bar; María, protagonista de Noche, deberá soportar los insultos de Servando al negarse a mantener relaciones con él, mientras que en Mañana todas las tareas del hogar recaen sobre Pilar, pese a que José tiene colgadas en el domicilio conyugal reproducciones de cuadros de Picasso (Miserables ante el mar o La tragedia, 1903), la fotografía de un minero o un póster del homenaje a Antonio Machado, toda una declaración de intenciones para la época, que pone de manifiesto su ideología izquierdista.

La música del argentino Adolfo Waitzman le aporta al conjunto su inconfundible toque jazzístico, mientras que la fotografía en blanco y negro de Juan Julio Baena capta con mirada certera la esencia de lo que fueron los años más descarnados del desarrollismo.

Mañana: José (Carlos Estrada) y Pilar (Lina Canalejas)

miércoles, 3 de enero de 2018

La familia y... uno más (1965)














Director: Fernando Palacios
España, 1965, 96 minutos



El advenimiento, a partir de la década de los sesenta, de los tecnócratas del Opus Dei a los sucesivos gobiernos franquistas se tradujo, cinematográficamente hablando, en la producción de comedias que, como La gran familia (1962), hacían apología de los nuevos valores que al régimen le interesaba promover, entre ellos el del consumismo desarrollista unido al incremento de la natalidad.

Dado el éxito de la fórmula, en 1965 llegaba la secuela (no sería ni la última ni la peor...) bajo el nada original título de La familia y... uno más. A diferencia de la primera entrega, en ésta el personaje de Alberto Closas se cubría de un aura un tanto agridulce al ejercer de sufrido viudo que ve cómo su clan de dieciséis criaturas empieza a desmembrarse: se le casa la hija mayor, el hijo arquitecto se marchará a trabajar a Brasilia, al jugador de baloncesto lo seleccionan para ir a Italia, los gemelos se marchan becados a Gijón...

El Padrino, en cambio, seguirá eternamente haciendo el indio

Pero como don Carlos Alonso es un hombre íntegro que se debe a los suyos aceptará las cosas como vengan, sin rechistar y sin resignación. Por eso hará caso omiso de los cantos de sirena, en forma de atractivas candidatas, una formal y morena (Julia Gutiérrez Caba) y otra exótica y rubia (Rossana Yani), que se le insinúen para ocupar el lugar dejado por su difunta esposa.

Título representativo donde los haya del cine comercial de una época, hoy en día, sin embargo, sería inviable que este tipo de formato viese la luz en forma de largometraje estrenado en salas comerciales, toda vez que se ha convertido (y ahí están los Alcántara para confirmarlo) en un producto exclusivamente televisivo, mucho más rentable si se presenta como serie dividida en capítulos indefinidos que se vayan emitiendo por temporadas.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Los desafíos (1969)




Directores: Claudio Guerín, José Luis Egea y Víctor Erice
España, 1969, 102 minutos

Los desafíos (1969)


Película de episodios y luminosa fotografía en color de Luis Cuadrado que, en su día, se hizo con la Concha de Plata en San Sebastián. Producida por Elías Querejeta y realizada por el mismo equipo técnico que por aquellas fechas solía trabajar a las órdenes de Carlos Saura, contó en la dirección con tres jóvenes realizadores entonces emergentes.

Claudio Guerín dirige el primero de ellos, en el que el clan de los Rabal (Paco, Asunción y Teresa) interpreta a una familia acomodada en la que la inesperada visita de un joven oficial americano a su lujosa residencia con jardín y piscina desatará una violenta espiral de celos.



José Luis Egea se encargó del segundo: una pareja de jóvenes americanos, desinhibida y liberada de prejuicios, irrumpe en la hacienda de un matrimonio maduro que se dejará seducir por ambos, si bien el marido (Alfredo Mayo) monta en cólera al descubrir que su mujer (Julia Gutiérrez Caba) también ha accedido a ello. Argumento que, curiosamente, se asemeja al desarrollado en un filme francés muy posterior: Pintar o hacer el amor (2005) de los hermanos Arnaud y Jean-Marie Larrieu.



Por último, en el segmento realizado por Víctor Erice dos parejas que viajan por tierras españolas en compañía de un chimpancé sufrirán un inesperado y explosivo final. Muy distinto al estilo posteriormente desarrollado por el director de El espíritu de la colmena, las escenas en las que los jóvenes bailan en el interior de la casa recuerdan un tanto a Peppermint Frappé, dirigida dos años antes por Carlos saura (no en vano, Rafael Azcona fue coguionista en ambas).


jueves, 29 de junio de 2017

091 Policía al habla (1960)




Director: José María Forqué
España, 1960, 93 minutos

091 Policía al habla (1960) de Forqué


Cuando el carro se pone delante de los bueyes, ni el carro llega a buen puerto ni los bueyes pueden hacer gran cosa. 091 Policía al habla fue una película de propaganda concebida para ensalzar la eficacia de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado durante el franquismo. En ese sentido, carece completamente de ritmo narrativo y de unidad temática, toda vez que el objetivo principal ya hemos dicho que era extracinematográfico.

Por lo tanto, por más que desfile la plana mayor actoral del panorama artístico de aquel entonces, por más que la fotografía sea de Juan Mariné y la banda sonora de Augusto Algueró, de las imágenes se desprende en todo momento una falta absoluta de credibilidad, que contrasta con el hecho de que todos los casos mostrados en pantalla estaban pretendidamente basados en sucesos reales.



El eje central de la historia es la patrulla nocturna que lleva a cabo la pareja formada por el inspector Andrés Martín (Marsillach) y su réplica cómica, en forma de subalterno, Lorenzo Barea (López Vázquez). El primero de ellos es un hombre atormentado por el recuerdo del atropello mortal de su hija de siete años a la salida del colegio, vivencia traumática que a punto estará de costarle su matrimonio. El segundo, típico españolito libidinoso y ridículo, se verá acompañado en su cometido de gracioso por la nota humorística que aporta la otra pareja del filme, la integrada por Charles (Tony Leblanc) y el Bicho (Gómez Bur), dos delincuentes de poca monta y muchas ínfulas que lo mismo roban coches que melones.

Moralizante y aleccionadora, 091 Policía al habla se rodó, tal y como concluyen los títulos de crédito iniciales, "para que cada vez que se escuche una voz pidiendo ayuda haya otra voz que le conteste".


martes, 30 de agosto de 2016

Usted puede ser un asesino (1961)




Director: José María Forqué
España, 1961, 96 minutos

Usted puede ser un asesino (1961) de Forqué


A pesar de sus exteriores rodados en París y del apellido francés de los protagonistas, Usted puede ser un asesino (1961) es una película bastante española. De entrada porque, para evitar problemas con la censura, los productores decidieron situar la historia en el país vecino, más propenso (según los prejuicios de la moral franquista) a este tipo de frivolidades. Y en segundo lugar debido a ese gusto por trivializar lo macabro tan propio de la cultura hispánica. Propio, pero no exclusivo: ¿o acaso alguien no recuerda comedias como Arsénico por compasión (Frank Capra, 1944) o la más reciente Este muerto está muy vivo (Weekend at Bernie's, dirigida en 1989 por el canadiense Ted Kotcheff)?

También es un filme bastante teatral y no sólo por tratarse de la adaptación de una célebre comedia de Alfonso Paso sino sobre todo por su puesta en escena, tendente a situar la acción en espacios cerrados como el apartamento de los Adelbert.

Debió de ser considerable el éxito de la propuesta, ya que apenas un año más tarde se estrenaba otra cinta española de similar planteamiento: ¿Dónde pongo este muerto?, dirigida por Pedro Luis Ramírez y escrita en colaboración con José Luis Colina y Manuel Ruiz Castillo para lucimiento de Gila y Fernando Fernán Gómez.

En todo caso, la película de José María Forqué es en realidad una sátira del matrimonio como institución pequeñoburguesa altamente perversa. Bajo ese prisma, las parejas protagonistas, interpretadas por Alberto Closas-Amparo Soler Leal y José Luis López Vázquez-Julia Gutiérrez Caba, actúan con la única intención de desembarazarse del yugo conyugal. En ese sentido, tanto la escena de los maniquíes como la llegada a última hora de la pareja de señoritas de vida alegre que debía entretener a Simón y Enrique no harán sino añadir más leña a un fuego ya de por sí bastante voraz.


miércoles, 27 de julio de 2016

Experiencia prematrimonial (1972)




Director: Pedro Masó
España, 1972, 86 minutos

Experiencia prematrimonial (1972) de Pedro Masó


Sólo con una sonrisa condescendiente en los labios puede verse hoy en día una película como Experiencia prematrimonial. Porque ya desde el mismo título resulta difícil no sonrojarse un tanto al comprobar lo mojigata que podía llegar a ser aquella España del 600 y de los estertores del nacionalcatolicismo. Un país que, con aquellos pantalones de campana, se pretendía moderno, pero que no lo era en modo alguno. Aunque, de todas formas, no hay que hacerle ascos a ningún filme, ya que con el paso del tiempo todos acaban convirtiéndose, de un modo u otro, en documentos de época.

Y esta época de la que hablamos ahora, con su erotismo latente predestape, venía marcada por una serie de tabúes a la que la pareja protagonista decide plantar cara: tanto Alejandra como Luis, interpretados, respectivamente, por los italianos Ornella Muti y Alessio Orano, también unidos sentimentalmente en la vida real en aquel entonces, se embarcan en la aventura de vivir juntos sin estar casados (¡oh, escándalo!) para acabar dándose cuenta de su error y volver al redil como cualquier hijo (pródigo) de vecino.

A Alberto Closas y Mabel Karr (los padres de Luis) les tocaba interpretar al ejemplo de matrimonio feliz, mientras que Ismael Merlo y Julia Gutiérrez Caba (los padres de ella) encarnaban al matrimonio de conveniencia que únicamente permanece unido para mantener las apariencias.

De todas maneras, el bueno de Pedro Masó se atrevía en la última secuencia a imitar el final de Tristana de Buñuel, con un repaso fugaz en imágenes de los episodios más significativos de la trayectoria de la protagonista femenina. Por si alguien no se lo cree, adjuntamos a continuación el vídeo.


jueves, 24 de marzo de 2016

Proceso a Jesús (1974)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1974, 101 minutos

Proceso a Jesús (1974) de Sáenz de Heredia


El guionista y dramaturgo italiano Diego Fabbri (1911–1980) fue el autor de la pieza teatral Proceso a Jesús, adaptada para la gran pantalla en 1974 por José Luis Sáenz de Heredia y con guion de José María Sánchez Silva (el de Marcelino pan y vino) y Julián Cortés Cabanillas.

Si la obra de teatro plantea una situación sugerente (un grupo de actores judíos interpreta cada noche un juicio en el que se intenta dilucidar si Jesús de Nazaret fue realmente culpable o si, por contra, hubiera merecido ser absuelto), interactuando incluso con el público, a la versión cinematográfica le falta frescura desde el minuto uno. Cierto que convierte a los personajes en sefardíes, trasladando la acción a Toledo, concretamente a la sinagoga del Tránsito, y que cuenta con un reparto donde destacan grandes actores de la talla de José María Rodero (David), Alfredo Mayo (Profesor Bellido), Mónica Randall (Sara), José María Caffarel (Poncio Pilatos), Julia Gutiérrez Caba (una espectadora) o Andrés Mejuto (Doreni), pero ello, lejos de aportarle originalidad, le resta frescura y, sobre todo, credibilidad.

Pasa un poco lo mismo con los aparentes y oportunistas aires de modernidad que, ya en los títulos de crédito iniciales, pretenden enlazar la película con una estética pop a lo Jesucristo superstar (estrenada apenas un año antes). Igualmente innecesaria parece la presencia del comisario Funes entre el público, insinuando que "alguno o algunos actores andan metidos en un mal asunto" sin que luego acabe de concretarse exactamente en qué.

Tal vez se deba a que ha envejecido mal o quizá se trate de un problema de base (motivado por el hecho de que Sáenz de Heredia, en la recta final de su carrera, pertenecía a otra época, con otro lenguaje muy distinto), pero en todo caso Proceso a Jesús padece un acartonamiento evidente que, a día de hoy, hace difícil que pueda mantener su vigencia (si es que alguna vez la tuvo).


martes, 12 de enero de 2016

Un millón en la basura (1967)










Director: José María Forqué
España, 1967, 90 minutos

Pobres, pero honrados (a veces...)



La miseria ha sido y sigue siendo un tema de larga trayectoria dentro del cine español: por algo será... Porque si nos paramos a pensarlo detenidamente llegaremos por fuerza a la conclusión de que no sólo el cine sino incluso la literatura o la pintura, y desde mucho antes, han hecho bandera de la pobreza como tema habitual. De lo cual se deduce que las estrecheces y penurias son algo consustancial a nuestra cultura (esta última crisis se ha encargado de recordárnoslo cuando ya muchos lo habían casi olvidado).

En Un millón en la basura, como ya hiciera previamente en Atraco a las tres, José María Forqué se recrea en mostrar cómo el españolito medio no da pie con bola a la que se ilusiona con salir de pobre. Probablemente porque, muy en el fondo, un arraigado complejo de inferioridad le empuja a creer que no se lo merece.

A Pepe Martínez un poco más y lo tienen que ingresar en un frenopático de tantos quebraderos de cabeza como se le acumulan tras haber encontrado en un cubo de basura, mientras estaba de servicio, una cartera con un millón de pesetas. Es un personaje que José Luis López Vázquez interpretó en innumerables ocasiones, aunque esta vez el dilema se agrava por la dimensión moral que adquiere: ¿hay que devolver lo que uno se encuentra, máxime si es de valor considerable? ¿O, por contra, en el país de los pícaros el que no corre vuela? Dicha dicotomía aparece reflejada en la película a través de dos personajes radicalmente opuestos: Consuelo (Julia Gutiérrez Caba) y Faustino (Juanjo Menéndez).

La mujer de Pepe no duda ni un instante de la necesidad de devolver el maletín a su legítimo dueño, mientras que el compañero de trabajo de su marido se muestra en todo momento como el típico jeta capaz de engañar a un amigo si hace falta, tal y como queda manifiesto en la escena del presunto billete falso de mil pesetas o en el desenlace del filme. En medio de ambas posturas, Pepe oscilará ora en una dirección ora en la contraria. Y, para colmo de males, sus suegros también se atreverán a meter cizaña, sobre todo la suegra (Aurora Redondo), porque el padre de consuelo (Rafael López Somoza) hará gala de la misma prudencia que su hija.

Del resto de personajes cabe destacar al cicatero don Ramón (Saza) y al parsimonioso don Leonardo (el ya entonces veterano Guillermo Marín). También Rafaela Aparicio aparece fugazmente y José Sacristán como barrendero.


martes, 14 de julio de 2015

Nunca pasa nada (1963)




Director: Juan Antonio Bardem
España/Francia, 1963, 95 minutos


Mademoiselle Isabel, rubia y francesa,
con un mirlo debajo de la piel,
no sé si aquél o ésta, oh mademoiselle
Isabel, canta en él o si él en ésa.

Princesa de mi infancia; tú, princesa
promesa, con dos senos de clavel;
yo, le livre, le crayon, le...le..., oh Isabel,
Isabel..., tu jardín tiembla en la mesa.

De noche, te alisabas los cabellos,
yo me dormía, meditando en ellos
y en tu cuerpo de rosa: mariposa

rosa y blanca, velada con un velo.
Volada para siempre de mi rosa
-mademoiselle Isabel- y de mi cielo.

Blas de Otero
Ángel fieramente humano, (1950)

La fascinación que las francesas ejercían sobre los españolitos cerriles de otrora queda magistralmente plasmada en el soneto de Blas de Otero que encabeza estas líneas. Atracción que sólo sería desbancada, ya en tiempos del turismo masivo, por el deslumbramiento provocado por la llegada de las suecas. En todo caso, lo que en manos del landismo sería motivo habitual de comedia fue utilizado por Juan Antonio Bardem como pretexto para mostrar, una vez más, el aislamiento de una sociedad anclada en valores excesivamente tradicionales. El título ya lo decía todo: Nunca pasa nada. Y, para una vez que pasó algo, ¡no veas la que se montó!

La acción se sitúa en la imaginaria Medina del Zarzal, aunque los exteriores fueron rodados en Aranda de Duero (Burgos) y en Peñafiel (Valladolid). Ni que decir tiene que la intención de Bardem y de Alfonso Sastre (autores del guion) era referirse a la atmósfera de inmovilismo que se respiraba en toda España. Así pues, los lugareños de boina calada, la gazmoñería de las beatas, el tedioso hastío, la apatía gris y opresiva, las habladurías mezquinas que se murmuran por todo y por nada a todas horas y en todas partes... solo pueden ser contemplados como resultado de la represión ejercida sistemáticamente por la dictadura franquista.

Pero en ese ámbito zafio y conservador irrumpe de repente la bella Jacqueline (Corinne Marchand) y con su desparpajo desacomplejado no sólo llevará de cabeza al doctor Enrique (Antonio Casas) y al joven y tímido Juan, profesor de francés (Jean-Pierre Cassel), sino que alterará durante unos días la monotonía de Medina del Zarzal hasta el punto de hacer aflorar pasiones largamente latentes, como la mutua atracción entre Juan y Julia (la infeliz esposa del médico, interpretada por Julia Gutiérrez Caba). Ambos comparten su interés por la poesía y Juan incluso la escribe, llegando a cartearse con Vicente Aleixandre.

No era la primera vez, sin embargo, que Bardem abordaba una temática similar, puesto que en Calle Mayor (1956) ya se daban varios de los elementos presentes en Nunca pasa nada. De todas formas, la impecable dirección, la banda sonora de Georges Delerue y la presencia de la bella Corinne Marchand otorgan a esta coproducción hispanofrancesa un valor muy superior a la injusta indiferencia con que fue recibida en el momento de su estreno.


Enrique (Antonio Casas) y Jacqueline (Corinne Marchand)
Juan (Jean-Pierre Cassel) y Julia (Julia Gutiérrez Caba)
Corinne Marchand (Jacqueline) y Jean-Pierre Cassel (Juan)
Cartel de la versión francesa
El cartel que suscita las risas de Jacqueline y Juan