sábado, 3 de octubre de 2026

8 citas (2008)




Directores: Peris Romano y Rodrigo Sorogoyen
España, 2008, 95 minutos

8 citas (2008) de P. Romano y R. Sorogoyen


Dirigida conjuntamente por Peris Romano y Rodrigo Sorogoyen, 8 citas (2008) representa una de las muestras más frescas e interesantes de la comedia romántica española de los años 2000. Aunque, vista con perspectiva, la película posee además un indudable valor arqueológico al tratarse del primer largometraje de un director que hoy se erige como figura clave del cine español contemporáneo gracias a títulos de considerable tensión dramática como El reino (2018) o As bestas (2022).

​La originalidad de la cinta reside en estructurar lo que vendría a ser la evolución habitual de cualquier relación sentimental a través de ocho historietas independientes. Así pues, desde el flechazo inicial o la primera noche compartida hasta la llegada de la rutina, los celos y la inevitable ruptura, la cinta fragmenta los hitos universales del amor urbano en un mosaico ligero sobre nuestras inseguridades en materia sentimental. Dicho formato episódico le otorga un ritmo dinámico y entretenido, si bien acusa la irregularidad habitual del género, oscilando entre diálogos brillantes y algunos clichés más propios de la comedia televisiva convencional.



En cualquier caso, el auténtico motor de la propuesta se debe a su inspiradísimo elenco coral. Actores de la talla de Raúl Arévalo, la malograda Verónica Echegui, Belén Rueda, Fernando Tejero o Arturo Valls, entre otros, aportan una enorme espontaneidad y química a personajes que, sobre el papel, podrían haber resultado esquemáticos. Y pese a que la realización sea sobria y a veces ingenua en lo visual, revela la temprana habilidad de sus realizadores para dirigir con soltura a los intérpretes y capturar el flujo natural de las conversaciones interpersonales.

​En resumidas cuentas, 8 citas supuso una propuesta simpática, desenfadada y sin pretensiones que cumplía con solvencia su objetivo de ofrecer un retrato cercano sobre los vaivenes de la vida en pareja. Tal vez no buscaba revolucionar el género ni anticipaba el virtuosismo técnico posterior de Sorogoyen, pero se mantiene como una comedia bastante amena cuya mayor virtud sigue siendo el talento combinado de su reparto.



viernes, 2 de octubre de 2026

Resident Evil (2026)




Director: Zach Cregger
EE.UU./República Checa/Alemania/Australia/Canadá/Nueva Zelanda/Francia, 2026, 94 minutos

Resident Evil (2026) de Zach Cregger


Tras haberse dedicado durante decenios a la producción de videojuegos, Play Station auspicia ahora esta versión cinematográfica de Resident Evil (2026) que dirige el siempre efectivo Zach Cregger. Sabia elección, considerando que el director estadounidense posee en su haber títulos sobradamente conseguidos como Barbarian (2022) o la sensacional Weapons (2025). En sus manos, la típica historia de un virus maligno que convierte en un amasijo de brazos y piernas a quien se contagia adquiere tintes distópicos, casi apocalípticos, en consonancia con los pronósticos más agoreros de estos tiempos tan pesimistas que vivimos. Lo cual no impide que su protagonista, interpretado por Austin Abrams, deje entrever un rayo de esperanza cuando, a través de las sucesivas llamadas telefónicas que mantiene con su pareja, da a entender que, pese a sus reticencias, será padre en un futuro inmediato.

En cuanto al guion, escrito conjuntamente entre Shay Hatten y el propio Cregger, responde al esquema habitual de tener que ir superando obstáculos (como las pantallas de los videojuegos), a cuál más difícil, hasta culminar la misión, en este caso hacer llegar el preciado antídoto hasta la planta 28 del hospital donde un grupo de investigadores están a punto de lograr la ansiada vacuna contra el avance del virus. La hazaña, por supuesto, tiene más mérito por llevarse a cabo bajo condiciones atmosféricas adversas, con persecuciones nocturnas bajo la nieve incluidas. Planteamiento, dicho sea de paso, que permite algún que otro guiño cinéfilo, ya se trate de Fargo (1996), Jungla de cristal (Die Hard, 1988) o del accidentado periplo de Jo, ¡qué noche! (After Hours, 1985).



Rodada mayoritariamente en República Checa, la puesta en escena de Zach Cregger no sólo redefine lo que pudo representar en su origen la franquicia, sino que demuestra cómo revitalizar un género desgastado mediante el control formidable de la tensión y la atmósfera. Al desprenderse de las superheroínas invulnerables y reubicar la narrativa en un escenario claustrofóbico con un protagonista civil (un mensajero médico con un encargo aparentemente rutinario), la propuesta se consolida como una de las aproximaciones más frescas, viscerales y efectivas del terror de supervivencia cinemático de los últimos años.
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En última instancia, su mayor acierto radica tal vez en saber equilibrar las habituales truculencias en la lucha cuerpo a cuerpo contra los "zombis" con un afilado e impredecible sentido del humor negro. Así pues, lejos de romper la inmersión (gracias, sobre todo, a la perspectiva de cámara sobre el hombro), este tono macabro alivia estratégicamente la asfixiante presión del entorno, convirtiendo la desesperada lucha por la supervivencia en una experiencia tan aterradora como rabiosamente entretenida que se prolonga, durante los créditos finales, al ritmo frenético de "Animal Farm" de los Kinks.