miércoles, 30 de septiembre de 2026

La bola negra (2026)




Directores: Javier Ambrossi y Javier Calvo
España/Francia, 2026, 155 minutos

La bola negra (2026) de los Javis


Algunas de las primeras impresiones que me sugiere La bola negra (2026) coinciden, a grandes rasgos, con lo ya expuesto, hace un tiempo, a propósito de La Odisea de Christopher Nolan. Sobre todo en lo concerniente a una campaña de marketing tan agresiva (con los Javis y su película hasta en la sopa) que, como en el cuento del vestido nuevo del emperador, provoca que muchos espectadores acudan en masa a las salas porque previamente se han dejado convencer del supuesto mérito de la misma. O, peor aún, a consecuencia de un sesgo ideológico que convierte su visionado en obligatorio para los progres y detestable para los fachas. A fin de cuentas, la polarización política que se vive hoy día en España es un hecho y las compañías productoras de la cinta sacan hábilmente partido de ello (aparte de que la francesa Le Pacte haya podido influir para que premiasen a los directores en Cannes, en la misma proporción que el no menos influyente Almodóvar, al frente de El Deseo, allane el camino de la película hacia los Óscar).

Sea como fuere, la propuesta de los Javis, libremente inspirada en una pieza teatral de Alberto Conejero, adolece de un metraje excesivo en el que se pretende abarcar demasiadas cosas a la vez. Lo cual no impide, aun así, momentos de extrema belleza (como la escena en la que el protagonista del drama inacabado de Lorca avanza sobre la nieve mientras un grupo de esquiadores desciende por una pendiente), pese a que en otras secuencias terminan optando por soluciones de un preciosismo a todas luces gratuito. No faltan, eso sí, actuaciones impecables, a cargo de un elenco de secundarios de lujo (Lola Dueñas, Antonio de la Torre, Penélope Cruz y hasta Glenn Close, en un insólito papel de hispanista experta en literatura del 27), que salvan el conjunto, gracias a su buen oficio, de la debacle total.



Con todo y con eso, y a pesar de su pulido acabado visual e innegable potencia expresiva, lo cierto es que el producto final termina revelándose como un envoltorio deslumbrante pero vacuo, donde el compromiso histórico se diluye en una realización de escaparate. En ese sentido, los Javis vuelven a incurrir en su vicio más recurrente: la sustitución del rigor político y la memoria colectiva por una estética pop autorreferencial. Así pues, al aproximarse a la figura de Federico García Lorca y a las heridas de la memoria histórica desde la sola trinchera de la reivindicación homosexual contemporánea, la película peca de un adanismo superficial que despoja al relato de su verdadero peso trágico, reduciendo el contexto represivo del poeta a una estampa vistosa, digerible y acomodada para el consumo rápido.

​Frente a esa deriva efectista, la cinta encuentra su pulso más genuino cuando abandona el subrayado conceptual para apoyarse en la contención dramática de sus actores. Es ahí donde sobresale un soberbio Carlos González, capaz de dotar al conjunto de una densidad emocional inédita al explorar los pliegues del pasado familiar con una vulnerabilidad devastadora. A su vez, la presencia de Guitarricadelafuente, en otra de las tramas, como guardián enamorado de Rafael Rodríguez Rapún, sostiene la tensión dramática con una actuación no exenta de cierto amaneramiento. Son, de hecho, estos destellos de verdad los que salvan a la película del mero pastiche, recordando que la memoria no se invoca tanto desde la sobreexposición visual, sino desde la profundidad del dolor y del afecto compartidos.



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