viernes, 13 de octubre de 2017

Así en el Cielo como en la tierra (1995)















Director: José Luis Cuerda
España, 1995, 91 minutos



España, en su concepción religiosa, es una tribu del centro de África [...] La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La Vida es un magro puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes; el Infierno, un calderón de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones; el Cielo, una kermés sin obscenidades, adonde, con permiso del párroco, pueden asistir las Hijas de María. Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere.

Ramón María del Valle-Inclán
Luces de bohemia
Escena segunda

Quizá no tan conocida como Amanece, que no es poco (1989), pero igualmente surrealista y ligada a nuestra idiosincrasia popular, Así en el Cielo como en la tierra situaba su acción en un particular edén. Concretamente, el situado sobre territorio español en 1962. Por lo que su aspecto no difiere gran cosa del de cualquier vetusta aldea castellana, con su plaza mayor, su alcalde, su cabo de la Guardia Civil y demás fuerzas "vivas".

Es, por así decirlo, un paraíso en horas bajas, puesto que sus "envejecidas" autoridades (si es que, valga la paradoja, la eterna jerarquía celestial puede hacerse mayor...) van a ver cómo se les inunda el pueblo con las almas del tan anunciado Apocalipsis, que, según parece, por fin ha llegado. De ahí que el Dios edil (Fernando Fernán Gómez) decida tener otro hijo que, de alguna forma, enmiende lo que no acabó de solventarse en su día con el advenimiento de Jesús sobre el mundo terrenal.

Comedia coral en la más pura tradición del cine español, de entre su nutrida galería de secundarios cabe destacar a Luis Ciges como el foráneo Matacanes, natural de Peñascosa (Albacete) y primer enviado de la hornada apocalíptica, que gozará de un singular cicerone en su descubrimiento del glorioso villorrio: un San Pedro ataviado con el uniforme de la Benemérita, magistralmente interpretado por Paco Rabal.



Claro que, fruto de dicho encuentro, quienes más van a ver trastocados sus esquemas no son las ánimas de los finados, sino precisamente el Padre y el Hijo (Jesús Bonilla), de improviso conscientes de que el mundo (su mundo) está cambiando. Lo cual dará lugar a portentosos diálogos como el que a continuación reproducimos:

JESUCRISTO: Padre, ¿qué hace usted aquí a estas horas? 
DIOS PADRE: Leyendo. 
JESUCRISTO: Venga, lo acompaño a su casa. Ya lo leerá mañana. 
DIOS PADRE: ¡No, mañana no puede ser! Son libros prestados. Me los ha dejado uno del Apocalipsis. Son libros de ateos, de Nietzsche, de Sartre. Dicen que he muerto, que no existo. Bueno, que no existo yo, ni tú, ni nada que huela a divino. ¡Son interesantísimos! No tienes ni idea la de vueltas que le dieron a la cabeza para escribir esto. Tiene mucho mérito, no creas.
JESUCRISTO: Padre, no lea eso, no vaya a ser el diablo que termine gustándole. 
DIOS PADRE: ¿Y me haga ateo? Si no fuera una idea tan retorcida, me lo pensaría, fíjate. A lo mejor era una solución. 
JESUCRISTO: Venga, padre, vámonos, que no son horas de estar aquí de charleta y, menos, leyendo. Que se va a pillar cualquier mal.
DIOS PADRE: ¡No hay Dios que pueda conmigo! Sartre es más lioso, pero éste, Nietzsche, es divertidísimo. Parece que escribe a gritos, lanza las ideas como trompetazos, con gran elocuencia y no carece de profundidad.


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