miércoles, 23 de agosto de 2017

Vivir en Sevilla (1978)













Director: Gonzalo García Pelayo
España, 1978, 109 minutos



Si Madrid tuvo su célebre Movida, Sevilla tuvo el Rollo. Hoy muchos no se acordarán (otros ni siquiera lo habrán llegado a saber nunca), pero la capital andaluza fue el caldo de cultivo de un fecundo movimiento contracultural y artístico desde mediados de los setenta que precedió y, sobre todo, aventajó con mucho a posteriores tendencias que, amparándose en la visibilidad conferida por tener lugar en la sacrosanta corte del reino, a menudo gozaron de una excesiva sobrevaloración.

Y, sin embargo, lo importante se coció a orillas del Guadalquivir. De lo que supuso aquel momento de efervescencia dio cumplida cuenta el largometraje Vivir en Sevilla, dirigido por el también productor musical y pánico de los casinos de medio mundo Gonzalo García Pelayo. Concebida como obra abierta (o work in progress, que dirían en Chiclana), la película alterna una tenue trama de ficción con apariciones de personalidades destacadas de la escena underground sevillana, siendo la más memorable la que protagoniza el músico Silvio Fernández Melgarejo.

Miguel Ángel Iglesias recitando directamente del guion

En realidad, el collage pergeñado por García Pelayo (con su caleidoscópica mezcla de textos, pintura, voz en off, canciones y hasta un zapateado de Farruco en su tablao flamenco) no dista demasiado de otras propuestas fílmicas concebidas en los primeros años de la Transición a lo largo y ancho de la geografía española. Títulos como Ocaña, retrat intermitent (1978) de Ventura Pons o Manderley (1981) de Jesús Garay comparten con Vivir en Sevilla una misma frescura: la de la juventud entusiasta que daba rienda suelta a su creatividad tras el ocaso de la represión franquista.

Circunstancia esta última que convertía a este tipo de cine (en el que muy bien podría encuadrarse, asimismo, el primer Almodóvar) en testimonio involuntario de una época irrepetible. La liberación sexual, el coqueteo con las drogas, un tanto de denuncia social (a través de la historia de Quique, un muchacho injustamente asesinado por la policía) e incluso reivindicaciones políticas a raíz de la ocupación de la Giralda por parte de los trabajadores de los astilleros: todo ello y mucho más tenía cabida en Vivir en Sevilla, cuyo espíritu alternativo y libertario lo convierte en un filme enormemente moderno. De hecho, ya quisieran algunos de esos millennials que presumen de saberlo todo, pero que no han inventado nada, tener ni aunque fuese un tercio de la profundidad demostrada por su director en una cinta que debiera figurar, por méritos propios, entre lo más granado del cine español.

Ana Bernal durante la entrevista a que es sometida en el Prólogo

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