Título original: The Collector
Director: William Wyler
Reino Unido/EE.UU., 1965, 120 minutos
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| El coleccionista (1965) de William Wyler |
Hay un plano en The Collector (1965) en el que vemos avanzar a su protagonista femenina, reflejada en el retrovisor de la furgoneta en cuya parte trasera será de inmediato retenida. Y es que, pese a tratarse de un director perteneciente al Hollywood clásico, el veterano William Wyler hacía suyos algunos rasgos estéticos de los jóvenes cineastas europeos en una película de naturaleza tan claustrofóbica como teatral. En efecto, la atmósfera que destila el guion de Stanley Mann y John Kohn, a partir de la novela de John Fowles, deja entrever un universo de emociones reprimidas en el centro del cual se halla Freddie (Terence Stamp), personaje de rasgos inequívocamente psicopáticos que, tras ganar una fortuna apostando a las quinielas, decide comprar una vieja mansión en la campiña inglesa.
No obstante, el susodicho hace ya tiempo que le tiene echado el ojo a una atractiva estudiante de Bellas Artes, hasta el extremo de que la secuestra para encerrarla en el sótano de su nueva residencia. Lo curioso del caso es que Miranda (Samantha Eggar) no satisface tanto la lívido del captor, sino una necesidad imperiosa de ser amado, motivo por el cual la joven terminará desarrollando hacia él un particular Síndrome de Estocolmo. De hecho, la condición de entomólogo de Freddie, con su vasta colección de mariposas, permite establecer un sutil paralelismo entre la prisionera y su captor, como si aquélla fuese otro lepidóptero, la pieza más preciada de cuantas atesora. Tal vez por ello, la vemos lucir continuamente un llamativo jersey amarillo, en abierto contraste con las tonalidades grises que predominan en la mazmorra que habita.
La banda sonora de Maurice Jarre, remotamente parecida, por cierto, a la que compondría años más tarde para El club de los poetas muertos (1989), aporta una ligera nota naíf adornada con sucesivos e inquietantes apuntes malévolos que anuncian el posterior devenir de los hechos. De esta manera, la propia partitura refuerza la ambivalencia un tanto infantil del protagonista, a veces sensible, a veces cruel, estricto guardián de una criatura a la que mima con delicadeza ("casi una historia de amor", como anunciaban los carteles de la época), para después condenarla a un destino irremisible.
En definitiva, la puesta en escena de un Wyler inusualmente británico (y sutilmente hitchcockiano) trasciende la etiqueta del simple thriller psicológico para ofrecer un perturbador estudio sobre la obsesión, el aislamiento y hasta el conflicto de clases (de ahí la escena en la que Freddie da por sentado que los amigos de Miranda, todos ellos universitarios, le mirarán por encima del hombro por no haber entendido El guardián entre el centeno). Sostenida por un tenso duelo actoral entre Terence Stamp y Samantha Eggar, la película logra incomodar al espectador sin recurrir a efectismos innecesarios, dejándonos un poso amargo tras su visionado, profundamente reflexivo sobre la naturaleza del control y la cosificación humana.



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