Título original: Ghost Dog: The Way of the Samurai
Director: Jim Jarmusch
Francia/Alemania/EE.UU./Japón, 116 minutos
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| Ghost Dog… (1999) de Jim Jarmusch |
Un samurái negro resulta tan improbable como un torero con gafas. Y, sin embargo, Jim Jarmusch supo sacarle partido a la idea en Ghost Dog… (1999), enésima ocasión (y no sería la última) en la que el cineasta revierte las convenciones preestablecidas de un género cinematográfico. A este respecto, la sobreimpresión en pantalla de determinados fragmentos del Hagakure Kikigaki o Libro de cabecera del samurái, que el protagonista recita a modo de mantras, remite a títulos míticos de similar inspiración zen como pudiera ser El silencio de un hombre (1967) del francés Jean-Pierre Melville.
Y es que, en esencia, la cinta que nos ocupa bebe básicamente de referentes cinéfilos en la órbita del cine negro y sus posteriores revisitaciones hollywoodenses. Así pues, no es de extrañar que determinados personajes, como por ejemplo los mafiosos de medio pelo a los que se enfrenta Ghost Dog (Forest Whitaker), recuerden bastante en aspecto y ademanes a los habituales villanos de los filmes de Coppola o Scorsese. Aun así, no faltan tampoco alusiones a Rashomon (1950), el clásico de Kurosawa en el que una misma historia era contada desde distintas perspectivas.
No obstante, lo verdaderamente enternecedor de la propuesta de Jarmusch vuelve a ser, una vez más, esa deconstrucción minimalista, con sutiles ribetes paródicos, que sitúa el foco de atención no en la violencia de las acciones, sino en la sensibilidad que el protagonista demuestra frente a su amigo el vendedor de helados (Isaach De Bankolé), con el que se entiende perfectamente aunque aquél sólo hable francés, o hacia Pearline (Camille Winbush), la niña lectora que periódicamente frecuenta su compañía. Circunstancia que se halla en consonancia con el hecho de que el samurái, por si no fuese poco, se comunica mediante palomas mensajeras, aunque para robar coches utilice dispositivos electrónicos de alta tecnología.
En definitiva, Jim Jarmusch fusiona la filosofía oriental, la cultura hip-hop de los 90 y la decadencia de la mafia italiana para crear un híbrido cinematográfico único. Dos mundos que, de hecho, se están extinguiendo, habida cuenta de que el protagonista es un guerrero fuera de tiempo que sigue un código del siglo XVIII, mientras que los mafiosos a los que sirve son retratados como un grupo de ancianos que no pueden pagar el alquiler y ven dibujos animados. Destellos del antiguo Bushido que se desvanecen sobre el asfalto de Jersey City, recordándonos que el honor no reside tanto en el tiempo que nos toca vivir, sino sobre todo en la elegancia con la que aceptamos nuestra propia extinción.
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Excelente reseña de otro gran logro de Jim Jarmusch, que, aunque no demasiado convencional, se resuelve en un brillante ejercicio de cine negro.
ResponderEliminarUn abrazo.
Es verdad que Jarmusch tiene esa habilidad de "hackear" los géneros. En este caso toma los códigos del cine negro y los estira hasta convertirlos en algo totalmente propio y atmosférico.
EliminarUn abrazo.