martes, 1 de agosto de 2017

Moscú no cree en las lágrimas (1980)













Título original: Moskva slezam ne verit / Москва слезам не верит
Director: Vladimir Menshov
Unión Soviética, 1980, 150 minutos

Moscú no cree en las lágrimas (1980)

He aquí el típico ejemplo de uno de esos filmes que, sin comerlo ni beberlo, acaban convertidos en películas de culto en prácticamente todo el mundo. Quizá porque fue galardonado con el Óscar a la mejor producción de habla no inglesa o tal vez por ofrecer una imagen del pueblo ruso muchísimo más cercana en comparación con la frialdad tradicionalmente asociada al realismo socialista, vaya usted a saber. Pero lo cierto es que basta echar una rápida ojeada por internet para hacerse a la idea, en su justa medida, de los muchos seguidores que Moscú no cree en las lágrimas posee.

Al igual que ocurre en las novelas río, la acción, que arranca en 1958, abarca veinte años de la evolución personal de tres amigas: Katia (Vera Alentova), Liudmila (Irina Muravyova) y Antonina (Raisa Ryazanova). Muy diferentes entre ellas, la vida las tratará con desigual fortuna. Antonina, por ejemplo, será la única en gozar de estabilidad matrimonial, ya que la jovial Liudmila se acaba separando de un célebre jugador de hockey alcoholizado, mientras que Katia, la seria del grupo, ejercerá de madre soltera tras quedarse embarazada de un cámara de televisión.



Es precisamente hacia esta última que se irá decantando el protagonismo a medida que pase el tiempo. De modo que, dos décadas más tarde, vemos a Katia convertida en la influyente directora de una fábrica importante. Vive en un apartamento con su hija Aleksandra (Natalya Vavilova) y, aunque tiene algún amante (casado), a sus cuarenta años aún no ha podido encontrar al hombre adecuado para rehacer su vida. Hasta que un buen día, volviendo del trabajo en tren, conoce casualmente al peculiar Gosha...

Y decimos peculiar porque Gosha (interpretado por el recientemente fallecido Aleksey Batalov), a pesar de ser un tipo atractivo, simpático y sin defecto alguno a ojos de madre e hija, hace gala de un machismo manifiesto al ordenar a Katia que no le vuelva a levantar el tono de voz. Algo que la mujer acata enseguida con resignación (de hecho, hasta le pide disculpas). O cuando le explica a Aleksandra, tras darle su merecido a la panda de matones que atemorizaban a su novio, que "la misión del hombre es tomar decisiones y liderar, y la de la mujer preparar un buen almuerzo". 

Éste es, probablemente, uno de los aspectos más discutibles y contradictorios de Moscú no cree en las lágrimas: mucho decir que hay que luchar en vez de llorar, mucho mostrar algún atisbo de desnudo femenino para parecer una película moderna y pro occidental, mucho defender a la mujer trabajadora, para, al final, dar a entender que la meta de una abnegada madre soltera es tener a su lado a un hombre que le dé sentido a su vida. Dicen que el presidente Reagan vio la película hasta en ocho ocasiones antes de entrevistarse con Gorbachov por vez primera, aunque, a juzgar por esos valores ultraconservadores que encierra, queda claro que no fue tanto para ambientarse y conocer mejor la cultura del oponente político, sino porque en realidad conectaba bastante con su propia ideología.



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