Mostrando entradas con la etiqueta Vanessa Redgrave. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vanessa Redgrave. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de marzo de 2018

Las troyanas (1971)




Título original: The Trojan Women
Director: Michael Cacoyannis
Reino Unido/EE.UU./Grecia, 1971, 102 minutos

Las troyanas (1971)

ἄνα, δύσδαιμον, πεδόθεν κεφαλή: 
ἐπάειρε δέρην: οὐκέτι Τροία 
τάδε καὶ βασιλῆς ἐσμεν Τροίας...

Eurípides
Troyanas, vv. 98-100

Se acaba de representar estos días, en el Teatro Romea de Barcelona y con notable éxito de público, el montaje de Las troyanas de Eurípides a cargo de la valenciana Carme Portaceli. Seis únicas funciones que ayer domingo llegaban a su fin, brindándonos ahora una oportunidad magnífica para revisar la versión cinematográfica que dirigiera Michael Cacoyannis en 1971.

Rodada en la guadalajareña localidad de Atienza, la película contó con un reparto tan excepcional como internacional. Así pues, el papel de la venerable Hécuba fue a parar a la no menos legendaria Katharine Hepburn, todo un mito viviente del Hollywood clásico; la británica Vanessa Redgrave encarnó a Andrómaca, viuda del héroe Héctor y madre del niño Astianacte; el cupo griego lo cubrió Irene Papas, interpretando a una inusual Helena de pelo negro; por último, una actriz entonces emergente, la quebequesa Geneviève Bujold, se metió en la piel de la perturbada Casandra.



"La fuerza de la humanidad han sido siempre sus mujeres", rezaba el eslogan que podía leerse en los carteles promocionales de un filme cuyos diálogos procedían de la traducción inglesa de Edith Hamilton que ya se había estrenado en los escenarios de Broadway en 1938, no sabemos si con más o menos fidelidad al original griego en la puesta en escena. Porque en la versión fílmica se prescinde del monólogo inicial de Poseidón y su posterior diálogo con Atenea, reemplazándolos por una simple y neutra voz en off, cuyas palabras ilustran las escenas del saqueo e incendio de Troya. Seguramente con muy buen criterio, que ver a los dioses en pantalla ya no produce el mismo efecto que antaño.

De hecho, la versión de Alberto Conejero que pudimos ver ayer en el Romea también suprime esa introducción olímpica, reemplazándola por un monólogo de Taltibio (Nacho Fresneda) que conecta la esencia de la tragedia con la barbarie en el mundo de hoy en día. En 2018, decir Troya significa decir Siria, decir Afganistán, decir Irak o Libia o cualquier otro punto del globo en el que la población civil (en especial mujeres y niños) padezca los efectos colaterales de los muchos frentes que, por desgracia, aún siguen abiertos. Esposas de supuestos héroes a las que un ateniense de hace dos mil quinientos años, sabedor de lo valioso de su mudo testimonio, les hizo decir por boca de la desdichada Hécuba, ayer casada con un rey, mañana esclava de Ulises:

Si un dios nos hubiese enterrado 
en el corazón de la tierra,
cerrando el suelo por encima de nosotras,
habríamos sido desconocidas 
y no habríamos sido ensalzadas
proporcionando temas de canciones 
a la inspiración de los hombres del futuro.

(Traducción de Ramón Irigoyen, Alianza Editorial, página 104, vv. 1242-1245)


domingo, 18 de marzo de 2018

Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) (1966)




Título original: Blow-up
Director: Michelangelo Antonioni
Reino Unido/Italia/EE.UU., 1966, 111 minutos

Blow-Up (1966) de Michelangelo Antonioni


Tarde ideal para volver a ver Blow-up: domingo, primavera incipiente, algunas gotas de lluvia... Y al otro lado de la pantalla: Londres, mediados de los sesenta, la espalda desnuda de Vanessa Redgrave, un relato de Cortázar y la música jazz de Herbie Hancock o el rock de los Yardbirds (con Jimmy Page y Jeff Beck, en una célebre escena, hacia el final de la película, destrozando su guitarra en plena actuación).

Segundo trabajo en color, tras El desierto rojo, de un Antonioni que rodaba por vez primera en inglés y fuera de su país, Blow-up supuso la máxima expresión de la cultura pop, con sus largos silencios (característicos del estilo del director italiano) puestos ahora al servicio de un atractivo estallido visual. Es el comienzo de las top model glamurosas, de la escena underground, representados en la película por nombres propios como los arriba indicados o una rubia Jane Birkin que poco después se trasladaría a París para asociar definitivamente su destino al de Gainsbourg. También por esa turbamulta de jóvenes mimos que recorre las calles en confusa algarabía y que protagonizará un peculiar partido de tenis.



Cinematográficamente hablando, Blow-up fue un curioso experimento que se vería recompensado con la Palma de Oro en Cannes: cómo investigar un posible crimen con el único auxilio de la cámara fotográfica, escudriñando y ampliando (de ahí el título) la frondosa espesura de los parques londinenses. Un verdor tras el que se ocultan secretos y misterios, la intuición de algo terrible que apenas se llega a concretar. Un primer eslabón sin el que no habrían existido obras posteriores como Blade Runner (1982) o Tren de sombras (1997) de José Luis Guerín.

Más que película de culto, Blow-up ha quedado como uno de esos títulos icónicos que definen a la perfección una época, la efervescencia de un momento irrepetible, quizá tan difícil de retener como las siluetas espectrales que Thomas (David Hemmings) escruta entre las profundidades de un fotograma que su objetivo captó al azar en una tarde como la de hoy, pero de hace medio siglo...


sábado, 9 de julio de 2016

Los demonios (1971)




Título original: The Devils
Director: Ken Russell
Reino Unido, 1971, 117 minutos

Los demonios (1971) de Ken Russell


En Francia, donde la monarquía se valía de la Iglesia como de un instrumento para dar mayor fuerza al poder central, a expensas de los protestantes, de la nobleza y de la tradicional autonomía de las provincias, la respetabilidad clerical le concernía a la realeza. Las masas nunca respetarán a una Iglesia cuyos ministros sean culpables de conducta escandalosa. Pero en un país donde no sólo l'État, sino también l'Église c'est moi, la falta de respeto a la Iglesia traduce la falta de respeto para con el Rey.

Aldous Huxley
Los demonios de Loudun
Traducción de Enrique de Antón Cuadrado

Ken Russell nunca deja indiferente: sus películas podrán ser mejores o peores, pero si algo tenía el cineasta británico era la extraña habilidad de incomodar a propios y extraños. Y, claro, en The Devils, al atreverse con la temática religiosa (nada menos que un caso verídico de histeria colectiva y posesiones demoníacas juzgado por la inquisición en la Francia de Luis XIII), el terreno ya estaba abonado.

Además, la fuerza de las imágenes se ve reforzada gracias al monumentalismo de los decorados, diseñados por el también cineasta Derek Jarman, así como por una enfermiza tendencia a la escatología. Igualmente memorables fueron las interpretaciones de Vanessa Redgrave, como Hermana Jeanne, y Oliver Reed en el papel del Padre Urbain Grandier.



Sin embargo, y tal y como sostiene el propio Huxley en su libro al analizar los hechos acaecidos en Loudun, el verdadero tema de la película de Russell no sería tanto el fanatismo o la superstición sino el ejercicio del poder por parte de un Estado que no tiene ningún escrúpulo a la hora de utilizar a la jerarquía eclesiástica para perpetuarse en el poder. Casualmente, idéntico razonamiento había llevado a cabo antes el director polaco Jerzy Kawalerowicz en Madre Juana de los Ángeles (1961), inspirada en los mismos sucesos que se tratan en Los demonios, y sobre todo en Faraón (1966).

Tal vez fue en ello en lo que en su día radicó la controversia y no en lo irreverente de algunas secuencias, pero de lo que no cabe duda alguna es de que Los demonios sigue conmocionando las retinas de los incautos que se atrevan a verla, a un nivel rara vez alcanzado en la gran pantalla (con la salvedad, quizás, del Salò de Pasolini, que ya es decir...).

Ejemplo de escenario diseñado por Derek Jarman

domingo, 24 de mayo de 2015

Elemental, Dr. Freud (1976)




Título original: The Seven-Per-Cent Solution
Director: Herbert Ross
Reino Unido/EE.UU., 1976, 113 minutos
Elemental, Dr. Freud (1976) de Herbert Ross


El novelista (y más tarde director de cine) Nicholas Meyer tuvo la genial ocurrencia de reunir en una novela a Sherlock Holmes y a Sigmund Freud: siendo adicto Holmes a la cocaína y obsesionado por la manía persecutoria contra el profesor Moriarty (interpretado en un fugaz papel nada menos que por Laurence Olivier), su inseparable doctor Watson (Robert Duvall) no tendrá más remedio que llevar al detective privado hasta Viena para someterlo al método psicoanalítico. Una vez allí, además de poner en orden su subconsciente, tendrá tiempo para resolver el enigma del secuestro de la bella cantante Lola Deveraux (Vanessa Redgrave).

De izquierda a derecha: Alan Arkin (Freud),
Nicol Williamson (Holmes) y Robert Duvall (Watson)


La dirección estuvo a cargo del veterano Herbert Ross (1927-2001), quien le dio a la historia un aire más de comedia que no de película de misterio. Así pues, los ya clásicos personajes creados por Sir Arthur Conan Doyle parecen más bien caricaturas de sí mismos.
Por cierto que el título original del filme (The Seven-Per-Cent Solution) hace referencia a la droga de la que Sherlock Holmes suele abusar: de ordinario se inyecta una mezcla formada por un 7% de cocaína y un 93% de solución salina.

Laurence Olivier caracterizado como Profesor Moriarty

Entre las escenas más logradas de Elemental, Doctor Freud, resulta memorable la persecución en tren que llevan a cabo los protagonistas en pos del pérfido Barón Karl von Leinsdorf (Jeremy Kemp): para aligerar peso y quemar combustible van arrancando los listones de madera de las paredes hasta quedarse prácticamente al aire.
En cuanto a la banda sonora, estaba previsto que la compusiera Bernard Herrmann. Pero habiendo fallecido éste poco antes, finalmente sería John Addison el encargado de la partitura.