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viernes, 7 de diciembre de 2018

La emperatriz Yang Kwei Fei (1955)

















Título original: Yôkihi
Director: Kenji Mizoguchi
Japón/Hong Kong, 1955, 98 minutos

La emperatriz Yang Kwei Fei (1955) de Mizoguchi

El refinamiento formal del estilo sólo elimina en apariencia la parte realista del filme, porque tras esas muselinas brillantes, esos trajes tornasolados, esos decorados suntuosos y esas gracias infinitas, la película trata la imposibilidad de vivir el amor ideal frente a todos los poderes y, al final, el emperador, despojado de su carga política y de su cuerpo, encuentra en la muerte a aquella que ama. Así pues, sólo los espíritus, los fantasmas, pueden acceder a la felicidad absoluta.

Noël Simsolo
Cahiers du cinéma
Traducción de Antonio Francisco Rodríguez

A la ya de por sí bella factura de los filmes de Mizoguchi venía a sumarse el color en el tramo final de su carrera. Y lo hacía con esta delicada estampa ambientada en la corte china del siglo VIII, una trágica historia de amor imposible, rodada íntegramente en estudio, que la compañía Daiei coprodujo con los Shaw Brothers de Hong Kong.

En un principio, la fábula de la plebeya que asciende desde la cocina del palacio hasta las estancias del soberano tiene, como es lógico, algo del Pigmalión (1913) de Bernard Shaw, pero también de Rebecca (1940), toda vez que la grácil Kwei Fei se ve obligada a ocupar el vacío que la repentina muerte de su predecesora dejó en el corazón de Xuan Zong.



Fiel, sin embargo, al dramatismo de su estilo, Mizoguchi se lleva la puesta en escena al terreno que mejor conoce: el de la mujer sacrificada en aras de mantener un determinado statu quo. Lo cual no puede ser sino fuente de congoja inconsolable para el compungido emperador, que asiste impotente a la rebelión de la plebe contra su persona, instigada por el despechado General An Lushan con el propósito de poner fin al arribismo de la familia Yang.

De esta manera, la musicalidad de las cuerdas tañidas al atardecer al pie de los ciruelos en flor, el sutil colorido de acuarela que todo lo inunda y la sofisticación de las vestiduras de seda dejan paso a las memorias tristes de un anciano que evoca, durante un largo flashback que ocupa la práctica totalidad de la película, al que fuera el gran amor de su vida.


domingo, 14 de junio de 2015

Rashômon (1950)




Director: Akira Kurosawa
Japón, 1950, 88 minutos

Rashômon (1950) de Akira Kurosawa


Si en nuestra anterior entrada decíamos que Dovzhenko son palabras mayores, ¿qué decir de Akira Kurosawa? Con Rashômon se dio a conocer internacionalmente: ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia en 1951 y del Óscar a la Mejor película extranjera un año después, existe la leyenda de que la segunda de dichas categorías fue creada expresamente para premiar este filme. 

Sea como fuere, lo cierto es que estamos ante un verdadero monumento al escepticismo como doctrina filosófica que consiste en afirmar que la verdad no existe o que, si existe, el hombre es incapaz de conocerla. Hasta cinco personas distintas testifican en el juicio en el que se intenta esclarecer qué ocurrió realmente con el samurái Takehiro Kanazawa y su esposa Masako, pero cada una de las versiones difiere de la anterior, con lo que se da pie a un complejo entramado en el que todos los puntos de vista son igualmente susceptibles de ser verdaderos o falsos.

Ante la imposibilidad de desentrañar con certeza el fondo del asunto, el sacerdote llegará a afirmar: "Si los hombres no confían entre sí, esta tierra bien podría ser el infierno". A lo que el plebeyo le responde: "¡Correcto!: el mundo es una especie de infierno". Y sigue el diálogo:

Sacerdote: ¡No! ¡No quiero creer eso!
Plebeyo: Nadie te escuchará, no importa lo fuerte que grites. Solo piensa: ¿cuál de estas historias te parece más cierta?
Leñador: Ninguna tiene sentido.
Plebeyo: Pues no te preocupes por eso: tampoco los hombres suelen ser razonables...

La acción arranca bajo una lluvia torrencial de claro valor metafórico, pues solo cuando el temporal amaine habrá motivos para recobrar la esperanza en el ser humano: si bien el plebeyo no duda en robar la ropa de una criatura abandonada y huir, el leñador (en un gesto que le honra) decidirá hacerse cargo del expósito pese a ya ser padre de seis criaturas, provocando así la lógica alegría del sacerdote.

De izquierda a derecha: el sacerdote, el plebeyo y el leñador
A la izquierda, el bandido Tajômaru (Toshirô Mifune)
Masako (Machiko Kyô)