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domingo, 30 de abril de 2017

En nombre de la ley (1932)




Título original: Au nom de la loi
Director: Maurice Tourneur
Francia, 1932, 95 minutos

En nombre de la ley (1932) de Maurice Tourneur


Es absolutamente conmovedor pensar que las escenas de Au nom de la loi (1932) se rodaron hace ochenta y seis años y no esta mañana, tan nítida es su calidad de imagen tras la restauración a que fue sometido el filme. Incluido en la retrospectiva que la Filmoteca de Catalunya está dedicando estos días a redescubrir la obra de un cineasta bastante menos conocido que su hijo Jacques, a finales de junio del año pasado ya fue posible verlo. Pero en aquella ocasión contratiempos de última hora nos impidieron disfrutar de él en pantalla grande, así que hemos aprovechado el descanso dominical para recuperarlo.

No exagera Bertrand Tavernier cuando lo pone por las nubes: ya desde la presentación, con el haz de luz de una linterna iluminando fugazmente los títulos de crédito, es fácil darse cuenta de la originalidad de una puesta en escena en la que son parte esencial el rodaje en exteriores o algunas notas de humor. De lo primero dan buena cuenta un cuerpo que aparece flotando en el Sena o esas concurridas estaciones parisinas inundadas por el vapor de las locomotoras; de lo segundo, algunos gags deliciosos: uno de los personajes huye, en el transcurso de la típica persecución a través de callejones o saltando por la ventana, y, de repente, se queda petrificado al descubrir unos pies que asoman tras una cortina. Pero al levantarla comprobará con alivio unas botas vacías sobre las que juegan unos gatitos. O como aquel sospechoso, interrogado por la policía, al que preguntan mostrándole una fotografía: "¿Es ésta la mujer que vio usted?" "Sí", responde taxativamente. "¡Idiota!: ¡pero si es la reina de Bélgica!"



Todo comienza con un elegante guante blanco de mujer, manchado de sangre, que aparece en el asiento de atrás de un taxi abandonado. Acaba de morir un inspector de policía que investigaba un oscuro asunto vinculado con el tráfico de cocaína (en una época, ocioso es decirlo, en la que dicho estupefaciente era mucho más glamuroso que hoy en día). Las pesquisas conducirán a la gendarmería hasta la cautivadora Sandra (Marcelle Chantal), femme fatale avant la lettre que terminará, sin embargo, sucumbiendo a los encantos del infiltrado Marcel (Jean Marchat).

En más de una ocasión, nos vendrá a la mente tal o cual escena de alguna película del primer Hitchcock (no en vano, lo mismo Tourneur sénior como el Mago del suspense procedían del cine mudo): un hombre apuesto y una atractiva mujer que entablan conversación en el vagón de un tren, un fugitivo que se desliza por el canalón de una fachada haciendo equilibrios sobre el alféizar de la ventana... Otros, en cambio, forman parte del imaginario colectivo de los años treinta: fumaderos de opio en el barrio chino, condes de vida disipada, duros agentes sin escrúpulos y gánsters más rudos todavía. En definitiva, el retrato de una sociedad ya extinta, aunque sublimada a perpetuidad gracias al celuloide.


martes, 18 de abril de 2017

El último mohicano (1920)




Título original: The Last of the Mohicans
Director: Maurice Tourneur
EE.UU., 1920, 73 minutos

El último mohicano (1920) de Maurice Tourneur


En pleno fragor de la contienda, un indio se acerca reptando con un inmenso cuchillo entre los dientes. Mira fijamente a cámara y tan fiera es su mirada que, a buen seguro, los espectadores de 1920 de inmediato debían de desviar los ojos de la pantalla horrorizados...

La escena pertenece a The Last of the Mohicans, dirigida por el francés Maurice Tourneur y, ante los problemas de salud de éste, continuada y luego finalizada por Clarence Brown. Podría tratarse de una de tantas películas mudas, pero al estar basada en un clásico de la literatura americana acabó convirtiéndose en uno de los títulos seleccionados por el National Film Registry de la Library of Congress, en 1995. O lo que es lo mismo: en un icono de la cultura de aquel país, digna de ser cuidadosamente restaurada y preservada como parte del patrimonio fílmico para su posterior difusión.

Poco más puede añadirse a propósito del de sobras conocido argumento de la novela que escribiera James Fenimore Cooper a principios del siglo XIX, salvo que respeta en líneas esenciales los esquemas propios de todo melodrama, con esas manos ensangrentadas que se entrelazan apasionadamente en el plano final y que prefiguran el desenlace de Duelo al sol, otro clásico norteamericano, en este caso del wéstern.


martes, 7 de junio de 2016

La mano del diablo (1943)




Título original: La main du diable
Director: Maurice Tourneur
Francia, 1943, 78 minutos

La mano del diablo (1943) de Maurice Tourneur


El cineasta francés Bertrand Tavernier (Lyon, 25 de abril de 1941) visita estos días la sede de la Filmoteca de Catalunya en el Raval con motivo de un miniciclo que, parafraseando el título de su película de 1989 La vie et rien d'autre, lleva por nombre "El cinema i res més".

La primera de las dos sesiones en las que ha participado hoy (amén de la rueda de prensa que ha concedido esta mañana) tenía por objeto presentar la insólita producción francesa de corte fantástico La mano del diablo (La main du diable, 1943), adaptación de una novela de Gérard de Nerval que llevó a cabo el guionista Jean-Paul Le Chanois (1909–1985) y cuya puesta en escena fue dirigida por Maurice Tourneur (1876–1961).

Puede que estos nombres no nos digan gran cosa hoy en día y ello es, en buena medida, debido a que los gustos cinematográficos de los miembros de la Nouvelle Vague (en especial los de Truffaut) iban por otros derroteros. De ahí que en su reciente documental Voyage à travers le cinéma français (2016) Tavernier haya aprovechado para reivindicar, mediante un trabajo de montaje, algunos títulos de culto del cine francés de los cuarenta.

Brissot (Pierre Fresnay) "pintando" uno de los óleos de Maximus Léo


Con el entusiasmo que le caracteriza, Tavernier ha ido desgranando la trayectoria de Maurice Tourneur en Hollywood durante el periodo mudo, para pasar después a exponer cómo se creó la productora Continental-Films ya en plena ocupación nazi. Fundándola, el objetivo de Goebbels no era otro sino producir películas anodinas carentes de crítica social para el entretenimiento de las masas. Y así fue en la mayoría de casos, aunque con la salvedad de un puñado de buenos filmes que incomprensiblemente le pasaron por alto a la censura.

El hombrecillo (Palau) frente a un cuadro de estilo goyesco


Le Chanois, comunista y judío, llevó a cabo con La mano del diablo una sutil alegoría del régimen de Vichy, ya que esa endiablada extremidad que primero reporta un año de beneficios a Roland Brissot (Pierre Fresnay) para después hipotecar gravemente su existencia nos hace pensar ipso facto en el colaboracionismo que mantuvo el Mariscal Pétain con  Hitler.

Brissot en el juicio final


Son apenas 78 minutos de intenso enredo que desembocan en un juicio muy sui géneris donde tienen cabida los antiguos propietarios de la mano: un mosquetero, un juglar, un boxeador, un monje... Este último "eslabón de la cadena" es Maximus Léo, el autor de los exitosos cuadros atribuidos a Brissot y, por ende, el único y legítimo propietario de la mano...

Tras la proyección, buena parte de los asistentes (Tavernier incluido) se han trasladado de la sala Laya a la Chomón, donde (a su vez) se ha procedido a hacer lo propio con Salvoconducto (Laissez-passer, 2002): la visión que del periodo histórico arriba comentado ofreció el mismo Bertrand Tavernier.

Bertrand Tavernier (derecha) y Esteve Riambau (izquierda)

Tavernier (derecha) durante la presentación. Riambau (izquierda)
ha ejercido de improvisado traductor simultáneo