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domingo, 5 de enero de 2025

El abuelo tiene un plan (1973)




Director: Pedro Lazaga
España, 1973, 90 minutos

El abuelo tiene un plan (1973) de Pedro Lazaga


Me pregunto qué diría cualquier adolescente de los de ahora si le plantaran delante El abuelo tiene un plan (1973). Probablemente algo así como "¿Y a mí qué?", habida cuenta de que en la actualidad (no hay más que ver cada noche a los participantes que acuden a First dates, muchos de ellos de edad provecta) eso de que una pareja de ancianos se enamore parece lo más natural del mundo.

Sin embargo, en la España de hace medio siglo el hecho de que un viudo de 65 años entablase una relación sentimental con una solterona a la que acaba de conocer en un sanatorio se consideraba un argumento tan divertido que daba para hacer una comedia. Evidentemente, los hijos del interfecto, que para colmo es un poco hipocondríaco, ponen de inmediato el grito en el cielo ante lo que consideran poco menos que una indecencia.



Un guion de, entre otros, Alfonso Paso (quien interpreta también un breve papel como doctor o maestro de ceremonias cuya función es la de aleccionar al espectador a propósito de lo solitos que se sienten los miembros de la tercera edad) le sirve al incombustible Pedro Lazaga para confeccionar una típica astracanada al servicio de Paco Martínez Soria. Le secundan una nutrida galería de intérpretes, como la entrañable Isabel Garcés en el papel de la modosita Elena o los siempre efectivos Pepe Sacristán y Manolo Zarzo, junto a Elvira Quintillá o Matilde Muñoz Sampedro, haciendo lo indecible para evitar a toda costa que la pareja de tortolitos se salga con la suya.

Y así, entre bromas amables (con algún que otro gag tirando a picante, aunque sin pasarse) discurre la acción de una cinta que pretendía ofrecer una imagen moderna de la sociedad tardofranquista, pero que, al fin y a la postre, acaba resultando casposa por su excesivo paternalismo. Nada que ver, por ejemplo, con la ternura que, a partir de una idea similar, transmitía uno de los episodios de Del rosa al amarillo (1963), la ópera prima de Manolo Summers.



miércoles, 14 de agosto de 2024

El hombre de los muñecos (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 69 minutos

El hombre de los muñecos (1943) de Iquino


Rudimentario folletín, a ratos cómico, a ratos no tanto, El hombre de los muñecos (1943) se enmarca en los parámetros típicamente austeros del cine español de los años cuarenta. Así pues, con sus escasos setenta minutos de metraje y una puesta en escena eminentemente teatral, apenas queda espacio para la sorpresa en una producción concebida con extrema rigidez.

Su director, de hecho, el prolífico Ignasi Ferrés Iquino, explotó hasta la saciedad dicha fórmula, a menudo con la misma troupe de actores, entre los que destaca un jovencísimo Paco Martínez Soria como secundario, muy lejos aún de la gran estrella que llegaría a ser posteriormente, y el desgarbado Fernando Freyre de Andrade en el papel principal. Guadalupe Muñoz Sampedro, en cambio, interpreta a una riquísima marquesa de las de anteojos con manija y criados que murmuran a sus espaldas.



A grandes rasgos, el argumento de la película, adaptación de Un caradura, "melodrama cómico en tres actos" del gallego Adolfo Torrado (1904-1958), coincide aproximadamente con el de alguna comedia latina de Plauto al estilo de Los dos Menecmos (Menaechmi). Esto es: una pareja de gemelos que, separados al nacer, seguirán destinos opuestos (uno pobre, el otro educado en la riqueza por unos aristócratas) hasta que finalmente, y tras no pocas peripecias del padre arrepentido, se produce el reencuentro que todo lo aclara.

Rodada casi íntegramente en estudio, concretamente en los Diagonal de Barcelona, la cinta contiene incluso un número musical a cargo de Rina Celi ("Papá, llévame al circo"), lo cual delata el carácter lúdico de una propuesta que estaba llamada a servir de evasión para los espectadores de la España autárquica, pero que, vista hoy, resulta un tanto raquítica. En todo caso, conmueve constatar lo estratificado de una sociedad cuyo clasismo y demás lacras estructurales (por ejemplo, cómo el padre furibundo se siente con derecho a increpar y hasta ponerle la mano encima a sus propios hijos) estaban entonces a la orden del día.



viernes, 28 de abril de 2023

Vacaciones para Ivette (1964)




Director: José María Forqué
España, 1964, 84 minutos

Vacaciones para Ivette (1964) de Forqué


Sin pretender ser otra cosa que una divertida comedia doméstica, Vacaciones para Ivette (1964) proporciona, no obstante, un inmejorable fresco a propósito de una sociedad tan acomplejada como ansiosa por abrirse al exterior. A este respecto, los miembros del clan Aranda, encabezado por el irrisorio paterfamilias don Federico (José Luis López Vázquez), encarnan a la perfección el estereotipo del españolito subdesarrollado que no puede resistirse a los encantos de una jovial francesita (Catherine Diamant) recién llegada de París.

La trama, no muy alejada en espíritu de otros proyectos del productor Pedro Masó, como la exitosa saga iniciada poco antes con La gran familia (1962), combina elementos estrictamente tópicos (lo mismo en la caracterización de tipos y ambientes castizos que a la hora de retratar sus equivalentes parisinos) con la inocencia juvenil de un amor de verano o las travesuras infantiles protagonizadas por los más pequeños de la casa.



También la suegra (Guadalupe Muñoz Sampedro) resulta enormemente graciosa en sus continuas refriegas con el yerno, de la misma manera que la siempre histriónica Gracita Morales interpreta por enésima vez su característico papel de sirvienta deslenguada. Ingredientes, hábilmente aderezados en el magistral guion de Vicente Coello (repleto de diálogos y réplicas brillantes), que, en manos de un director de la talla de José María Forqué, da como resultado una eficaz película de costumbres.

Mientras tanto, la otra familia, la de los Bernard, acoge durante unos días a Andrés, el típico crío con gafas y algo apocado. Pero aparte de un padre que toca el trombón en un bateau mouche y un niño gamberro que no para de fastidiar al pobre huésped español, apenas alcanzan la vivacidad de sus homólogos madrileños.



domingo, 12 de marzo de 2023

Accidente 703 (1962)




Director: José María Forqué
España/Argentina, 1962, 89 minutos

Accidente 703 (1962) de José María Forqué


El pasado 8 de marzo se cumplían cien años exactos del nacimiento de José María Forqué (1923-1995). Y qué mejor ocasión para recordar una de las muchas películas que dirigió a lo largo de su prolífica carrera. Estrenada apenas unos meses antes que Atraco a las tres, la menos popular Accidente 703 (1962) plantea una compleja estructura en la que distintas tramas simultáneas acabarán convergiendo en el fatídico punto de una carretera secundaria donde va a tener lugar un gravísimo siniestro automovilístico.

A tal efecto, la acción se sitúa en distintos lugares de la geografía española, desde Madrid o Zaragoza, pasando por Barcelona y Guadalajara, todos debidamente indicados en pantalla junto con una hora "del día del accidente". De modo que, poco a poco, irán perfilándose los antecedentes de una tragedia que ya ha sido mostrada en las primeras secuencias del filme. Lo cual no es óbice para que la tensión vaya en aumento hasta ese clímax que no por previsible resulta menos dramático.



Cada una de las historias corresponde a géneros de muy diversa índole. Así, por ejemplo, los recién casados que se fotografían, junto con el resto de invitados, a orillas del balneario de Alhama de Aragón representan la vis cómica (sobre todo José Luis López Vázquez, en su típico papel de españolito pusilánime) de una cinta donde el humor, si bien con ligeras pinceladas, también tiene cabida. Y lo mismo podría decirse del timorato Rogelio (Manolo Gómez Bur) y su cartera repleta de billetes. Otras líneas argumentales, en cambio, como la de Jorge (Carlos Estrada) y Paula (Susana Campos), obedecen a un planteamiento mucho más apasionado: el de la secretaria/amante cansada de que su jefe no se decida nunca a abandonar a su esposa para irse con ella.

La jazzística banda sonora del argentino Adolfo Waitzman aporta un toque fresco y dinámico, como el de esa juventud ociosa que se dedica a perseguirse con sus potentes descapotables y hacer de las suyas por las calles de la Ciudad Condal. Aunque a la hora de la verdad, cuando unos y otros pasen de largo ante el coche accidentado en cuyo interior se debate entre la vida y la muerte Luisa (Nuria Torray), el sentimiento de culpa y los remordimientos de conciencia asaltarán a más de uno, caso de Julio (Carlos Cores), incapaz, pese a su apariencia de rudo camionero, de dejar a la muchacha en la estacada. Sin embargo, no habrá consuelo posible para la esposa del difunto conductor (Julia Gutiérrez Caba), víctima involuntaria de todo un entramado de fatales consecuencias.



sábado, 26 de febrero de 2022

Los chicos con las chicas (1967)




Director: Javier Aguirre
España, 1967, 81 minutos

Los chicos con las chicas (1967) de Javier Aguirre


Poco o nada tiene que envidiar Los chicos con las chicas (1967) a las películas que Richard Lester llevó a cabo con los Beatles (y entiéndase la comparación en el sentido amplio del término: igual de fresca, igual de intrascendente). Pero claro, los Bravos no eran de Liverpool. Y eso, al parecer, se ve que resta caché. Sin embargo, cualquiera que revise la cinta dirigida por Javier Aguirre, sobre todo en su copia restaurada, forzosamente tendrá que rendirse a la evidencia de que se trata de una pequeña joya en su género.

Al margen de la inconsistencia de su argumento (el cantante de la banda se enamora de una linda colegiala y se las ingenia para ingresar como profesor de música en la escuela donde la chica se halla interna), lo cierto es que los decorados de Ramiro Gómez, así como el diseño de vestuario de Miguel Narros, resultan absolutamente deliciosos. Por no hablar de la secuencia de animación, a cargo del siempre genial Francisco Macián, que sirve de acompañamiento para el tema "Sympathy": verdadero portento que anticipa las filigranas realizadas al año siguiente por el mismo artesano en Dame un poco de amooor...! (1968).



La frivolidad del planteamiento no es óbice para encontrar nombres ilustres en un reparto en el que, además del grupo musical que se pretendía promocionar, destaca la presencia de Lola Gaos como severa directora del centro educativo donde transcurre parte de la acción. Y lo mismo podría decirse a propósito de la vis cómica de unas magníficas María Luisa Ponte (Señorita Sarmiento) o Laly Soldevila (la extravagante profe de educación física), ambas estupendas en sus respectivos papeles de maestras puritanas.

En definitiva, un desenfadado estallido de tonalidades pop al servicio del quinteto liderado por Mike Kennedy. Lo cual, en una época previa al desarrollo comercial de la industria del videoclip, deja constancia de su repertorio más célebre, en especial la icónica "Black is Black" con la que se abren y se cierran los títulos de crédito.



viernes, 13 de noviembre de 2020

Los días de Cabirio (1971)




Director: Fernando Merino
España, 1971, 97 minutos

Los días de Cabirio (1971) de F. Merino


La inequívoca alusión del título de este filme a las fellinianas Notti di Cabiria (1957) deja entrever que su protagonista, un típico ejemplar de españolito acomplejado y reprimido que responde al nombre de Alfredo Velázquez, probará fortuna dedicándose durante un tiempo al "oficio" de palanquero, curioso eufemismo en referencia a la prostitución masculina. Por este motivo, el protagonista, harto de que su novia Mari Carmen (Teresa Rabal) rechace cualquier tipo de contacto carnal con él antes del matrimonio, se traslada a Sitges recomendado por un antiguo compañero de la mili (Simón Andreu) para ponerse a las órdenes de Tía (José Franco), proxeneta y propietario de una bombonería que le sirve de tapadera, eterno rival de Tío (Margot Cottens), su equivalente femenino y competencia directa en lo que parece un negocio muy rentable.

Los mil y un lances a los que allí se enfrente el bueno de Alfredo (Landa), alias Perejil, en compañía de frívolas bellezas nórdicas y alguna que otra esposa despechada suponen un cúmulo de decepciones para quien creía que esto de seducir suecas adineradas era coser y cantar. En ocasiones por una mera cuestión de equívoco. Por ejemplo cuando, creyendo haber conquistado a la bella Anita (Mirta Miller), descubre que, en realidad, ella es "lo mismo que él, pero en mujer..."



Ambigüedades que, amén de provocar buena parte de las situaciones cómicas de la trama, servía al equipo de guionistas (entre ellos Alfonso Paso y Juan Miguel Lamet) para ahorrarse problemas con una censura que, pese al teórico aperturismo del régimen franquista, no habría consentido que se hablase a las claras de lo que, por otra parte, cualquier espectador de la época comprendía perfectamente sin necesidad de entrar en detalles.

Sin ser una de las muestras más logradas del landismo, Los días de Cabirio llevaba a cabo una radiografía bastante precisa de algunas de las obsesiones recurrentes del macho celtíbero, agobiado por las trabas de un moralismo estricto (representado por la familia de Mari Carmen o un trabajo de ordenanza mal remunerado) que le impide dar rienda suelta a su temperamento rijoso y siempre ávido de echar una cana al aire en ambientes turísticos más proclives a la relajación de costumbres. Sea como fuere, el caso es que Alfredo regresará al interior convertido en ídolo de masas y dispuesto a zanjar los escrúpulos de su santa novia valiéndose de algo tan carpetovetónico y poco sutil como es el "¡Ordeno y mando!"



domingo, 6 de agosto de 2017

No desearás al vecino del quinto (1970)




Director: Ramón Fernández
España/Italia, 1970, 82 minutos



Hoy en día vivir en una capital de provincias es difícil, ¿sabe? Todo se complica, se vive pendiente de los demás. Hay una confusión tremenda de ideas, de gustos, de opiniones. El aire moderno contrasta con los viejos prejuicios. Las antiguas tradiciones se entremezclan con tendencias revolucionarias. En fin, somos demasiado provincianos para ser modernos y demasiado modernos para ser provincianos. Estamos acomplejados, ¿comprende?

Decía Bergson que la risa se acompaña siempre de una insensibilidad o de una indiferencia momentáneas. También, que su significación es social, puesto que responde a exigencias de la vida en común. Pues bien: sólo así puede explicarse que alguna vez se llegase a rodar una película como No desearás al vecino del quinto: como el producto de una sociedad insensibilizada (que no insensible) e indiferente ante determinadas realidades.

Freud, por su parte, en los célebres Tres ensayos sobre la teoría sexual (1905) llegaba a la conclusión de que es precisamente el sexo el origen de todos los conflictos de la vida psíquica. Y a fe que algún dilema interno debían padecer españoles e italianos al convertir semejante engendro en un éxito de taquilla: la décima más vista en la historia del cine patrio por número de espectadores (4.371.624).



Una represión atávica, el escaso nivel educativo, tal vez una dieta hipercalórica a base de paella, sangría y pasta... ¿Quién sabe? Las causas que podrían aducirse son innúmeras. Pero lo cierto es que toda indulgencia es poca a la hora de echar la vista atrás e intentar comprender lo que en su momento fue un fenómeno de masas y cuyo humor hoy apenas merecería el calificativo de homófobo o misógino.

Respecto a lo primero, los guionistas Juan José Alonso Millán y Sandro Continenza se guardaron muy mucho de que se pronunciase cualquier palabra al respecto (sólo en la escena final los hijos de Antón utilizarán el término mariquita). Es decir, que la condición sexual del personaje de Alfredo Landa se deduce única y exclusivamente de su caracterización y de insinuaciones más o menos veladas por parte de los demás. La censura no habría permitido ir más allá y ya fue todo un atrevimiento para la época el mostrar en pantalla a un hombre con ademanes afeminados. En cuanto a la misoginia, huelgan los comentarios: la imagen que se ofrece de la mujer es la de un objeto que puede repartirse a capricho, una casquivana tan bella como superficial, incapaz de resistirse al sex appeal del apuesto ginecólogo (Jean Sorel) y a cuyos encantos y a los de la versión madrileña de Antón sucumbe en el acto, sobre todo si es extranjera.

Situando la acción inicialmente en Toledo se pretendía subrayar el carácter provinciano de los personajes, e incluso su tradicionalismo en el caso concreto de la familia de Jacinta (Ira von Fürstenberg). Aunque viendo cómo van las cosas cuando la acción se traslada a Madrid, a uno le asalta la duda de si realmente no sería la España de 1970, en su conjunto, una gran y subdesarrollada provincia. Suerte que películas como Un, dos, tres... al escondite inglés (genial reverso a cargo de Iván Zulueta que ya tuvimos ocasión de comentar aquí) demuestran que eso no necesariamente fue así.


lunes, 31 de octubre de 2016

El difunto es un vivo (1941)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1941, 73 minutos

El difunto es un vivo (1941) de Iquino


Ensalzado por unos y denostado por otros, la figura de Iquino se nos aparece como una de las más prolíficas de la historia del cine español. En su caso, cine de evasión, concebido industrialmente en los estudios Kinefon de Barcelona, rodeado de un fiel equipo técnico y artístico, con la finalidad exclusiva de hacer olvidar a los espectadores las penurias de la reciente contienda. De esta su primera etapa seleccionamos hoy El difunto es un vivo, adaptación de la obra de teatro homónima que escribieran conjuntamente el propio Iquino y Francisco Prada y que sería objeto de un remake en 1956, dirigido por Juan Lladó.

Todo gira en el filme alrededor del actor Antonio Vico, quien interpreta hasta cuatro personajes distintos: su queridísimo papá don Heliodoro, su amantísima mamá doña Urraca, Fulgencio (el "vivo") y su hermano, el meticuloso y apocado Inocencio Manso y Remanso (el "difunto" y Presidente de la Sociedad protectora de animales). Entre ellos se llega a establecer un gracioso y original diálogo, con los padres hablando desde los cuadros del salón familiar.



El resto del reparto lo completaban la suegra doña Restituta (Guadalupe Muñoz Sampedro), la esposa Elsa (Mary Santamaría) y un desdentado Paco Martínez Soria en el papel de Luquitas.

La clave estará en cómo Inocencio se las ingenia para fingir un suicidio que le permita encarnar la personalidad de su hermano Fulgencio, afamado concertista y hombre mucho más atractivo que él, para así reconquistar el amor de su mujer.

Tal y como sucederá en la posterior Un enredo de familia (1943), el origen teatral de la producción queda enseguida patente, a juzgar por la escenografía y la disposición del decorado (obra de Emilio Ferrer), con una gran escalera en el centro. Es este un tipo de obra de réplica rápida, de humor blanco y tosco, con algo de cartoon y en la que desde un primer momento todo parece recordar a las comedias americanas del momento: los divertidos títulos de crédito, la música del maestro José Ruiz de Azagra o la canción central "Pu Pu Pi Du", compuesta por Juan Durán Alemany e interpretada por Mary Santamaría con el acompañamiento del cuarteto vocal Orpheos.




martes, 12 de abril de 2016

Maribel y la extraña familia (1960)









Director: José María Forqué
España, 1960, 96 minutos



El niño vino la semana pasada a encontrar novia en Madrid y ya la ha encontrado. Y justo lo que nosotras queríamos. Una muchacha moderna, desenvuelta, simpática y alegre que llenará de alegría la fábrica de chocolatinas. Yo le aconsejé lo que debía buscar: una muchacha de las de ahora, empleada, mecanógrafa, enfermera, hija de familia... No importa lo que sea, rica o pobre es igual. El caso es que pertenezca a esta generación maravillosa que tiene la libertad e iniciativa. ¡Tenemos tanta ilusión por conocerla...!

Con el eco aún reciente del éxito en el Teatro Infanta Beatriz de Madrid, donde se había estrenado la noche del 29 de septiembre de 1959, y con el Premio Nacional de Teatro bajo el brazo de Miguel Mihura, Maribel y la extraña familia se llevaba a la gran pantalla apenas un año más tarde. Su director, José María Forqué, tuvo el acierto de situar la escena inicial a orillas del lago de Sanabria (Zamora), ya que sus aguas guardan un turbio secreto que no se nos revelará hasta el momento del desenlace. El en apariencia apocado Marcelino (Adolfo Marsillach) contempla su superficie con un aire entre ausente y misterioso, mientras suena de fondo una enigmática melodía de la banda sonora compuesta por Manuel Parada.

Buena parte del encanto de esta comedia reside en el equívoco que se deriva de enfrentar dos mundos que en teoría son radicalmente opuestos: la mojigatería de la madre y la tía de Marcelino frente al desparpajo de unas chicas de la vida como son Maribel (la mejicana Sylvia Pinal) y sus compañeras de profesión. Sobre todo a partir del momento en el que las venerables ancianas no parecen dispuestas a darse cuenta de a qué se dedica realmente la "prometida" de Marcelino. Claro que ella también cree que la han llevado hasta allí con una intención muy distinta, cosa que hará que intente huir cuando el muchacho le diga que le va a presentar a su familia.

Marcelino (Adolfo Marsillach) y Maribel (Sylvia Pinal)

Aunque, a decir verdad, conforme se vayan desarrollando los hechos tendremos ocasión de comprobar que ni los unos son tan inocentes ni las otras tan frescas. ¿O es que acaso no podría establecerse un paralelismo entre ese matrimonio de desconocidos que va de visita a casa de Tía Paula a cambio de 50 pesetas y los clientes de Rufi, Pili y Niní? Parece que Mihura pretenda hacernos ver la ridiculez de tantos prejuicios que nos llevan a olvidar que todos somos personas, así como de la hipocresía reinante en determinados medios provincianos dominados por los convencionalismos sociales y la falsa moral (lo cual fue, por otra parte, una constante de su producción teatral).

Y ¿qué añadir del resto del reparto? Porque aparte de los mencionados Marsillach y Pinal, son muchos los grandes actores y actrices que se dan cita en Maribel y la extraña familia. Así pues, cabe mencionar la presencia de Julia Caba Alba como Tía Paula (con sus discos de Elvis Presley, George Williams y Louis Armstrong) y Guadalupe Muñoz Sampedro en el papel de doña Matilde, madre de Marcelino y hábil barman en el manejo de la coctelera preparando Gimlets. Resultan, asimismo, de lo más entrañable Trini Alonso, Carmen Lozano y Gracita Morales (respectivamente, las ya mencionadas Rufi, Pili y Niní).

Tía Paula y doña Matilde

Hay en todos estos personajes una obsesión por lo que ellas llaman modernidad y que contrasta fuertemente con sus formas carrinclonas: parece que algo estaba cambiando en el seno de una sociedad tan conservadora, aunque de momento sólo fuese el discurso. De hecho, cuando Maribel irrumpa en el apartamento familiar dirá que le da miedo, porque parece un museo con tanto retrato y tanto pajarraco (la cotorra, por cierto, se llama Susana...). Nada tiene de particular, por lo tanto, que la chica dude de la cordura de quienes forman un cuadro familiar que recuerda vagamente al que formaban las ancianitas de Arsénico por compasión de Frank Capra. No es ésta, como se verá, la única referencia cinéfila: influida por los temores que albergan sus amigas acerca de Marcelino, Maribel vivirá un auténtico dilema pensando en si su novio será bueno o malo (tal y como le sucedía a Joan Fontaine respecto a Cary Grant en Sospecha). Y otra alusión hitchcockiana (siempre en clave de parodia, por supuesto) es la habitación de la difunta en la casa del pueblo en la que nadie ha entrado desde hace cinco años y que remite directamente a Rebeca.

En definitiva, y una vez superadas todas las dudas, ni Marcelino quiere saber nada del pasado de Maribel ni ella admite que se esté mintiendo a sí misma ni a su prometido: se abrazan, se besan, triunfa la hipocresía y todos son felices.