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miércoles, 30 de abril de 2025

El último suspiro (2024)




Título original: Le dernier souffle
Director: Costa-Gavras
Francia, 2024, 97 minutos

El último suspiro (2024) de Costa-Gavras


Un insistente aroma a despedida flota de principio a fin en Le dernier souffle (2024), título de resonancias buñuelianas con el que el veterano Costa-Gavras pudiera estar cerrando su ya extensa filmografía. Circunstancia que, por otra parte, se hace aún más evidente con la obsesión por la muerte que demuestran los personajes de un filme absolutamente crepuscular, aunque en absoluto pomposo.

A este respecto, el fallo positivo que anuncian las pruebas médicas a las que Fabrice Toussaint (Denis Podalydès) es sometido da lugar a una serie de reflexiones entre el filósofo y el equipo de cuidados paliativos que lo atiende, encabezado por el doctor Augustin Masset (Kad Merad), generalmente ilustradas con antiguos casos en forma de flashback procedentes de la experiencia profesional de los galenos, un poco al estilo de las digresiones en los ensayos freudianos.

Charlotte Rampling en un breve papel de enferma terminal


Sin embargo, la certeza ante el final de la vida no se traduce, ni mucho menos, en una actitud pesimista, sino todo lo contrario, como lo demuestra el halo mágico que desprende la secuencia en la que una niña gitana ameniza el séquito de Estrella (Ángela Molina) entonando la canción "Deux escargots s'en vont à l'enterrement d'une feuille morte" de Prévert y Kosma.

Asimismo, y pese a la acritud mostrada por Sidonie (Charlotte Rampling), el tono general de la cinta resulta optimista más que otra cosa (o por lo menos dulcemente resignado), como lo demuestra el hecho de que la última palabra que se pronuncia, en boca de la oncóloga Eléonore (Karin Viard), sea "futuro".



lunes, 17 de julio de 2023

El empleo del tiempo (2001)




Título original: L'emploi du temps
Director: Laurent Cantet
Francia, 2001, 134 minutos

El empleo del tiempo (2001) de Laurent Cantet


Otra de las películas inspiradas en el caso verídico de Jean-Claude Romand, aquel individuo que, incapaz de asumir que había perdido su empleo, fingió ante su familia durante casi dos años que trabajaba para la ONU. Circunstancia que, en lo tocante a L'emploi du temps (2001), carece del desenlace trágico que tuvieron los hechos en la vida real. Sin embargo, ello no fue óbice para que Laurent Cantet y su coguionista Robin Campillo ahondasen en la psicología del personaje, magistralmente interpretado por Aurélien Recoing.

Cabe destacar que la Francia que aparece retratada en la película es la zona del interior, una región gris y provinciana, alejada del glamur parisino, cuyos hoteles de carretera conoce bien Vincent (Recoing). De hecho, son muchas las ocasiones en las que ni siquiera se hospedará, prefiriendo quedarse en el aparcamiento para dormir en el coche. Miserias que contrastan con el entusiasmo que su mujer (Karin Viard) e hijos le dispensan cada vez que el supuesto ejecutivo regresa al hogar.



Pero es que además de ocultar la verdad, el protagonista también se las ingenia para pegar algún que otro sablazo a los incautos dispuestos a creer en las lucrativas inversiones que promete llevar a cabo en Suiza. Y así más o menos va trampeando hasta que topa un día con otro más listo que él. Porque resulta que Jean-Michel, interpretado por el legendario escritor anarquista Serge Livrozet (1939-2022), se gana la vida con el "negocio" de las falsificaciones, de modo que, después de desenmascararlo, no tiene inconveniente en proponerle que sea su socio.

La curiosa reflexión a la que conduce el filme de Cantet tiene que ver precisamente con la doble moral de una sociedad que compra a mitad de precio relojes, camisetas o bambas de imitación, pero que en cambio se escandaliza cuando el fraude afecta a otros ámbitos más personales. A este respecto, resultan enormemente reveladoras las palabras del hijo mayor durante la cena familiar con Jean-Michel al jactarse de que si le ofreciesen unas Reebok por cuatro céntimos las aceptaría sin pensárselo dos veces. El mismo chaval que, un poco después, se sentirá enormemente contrariado ante la mentira paterna.



viernes, 19 de mayo de 2023

Potiche, mujeres al poder (2010)




Título original: Potiche
Director: François Ozon
Francia, 2010, 103 minutos

Potiche, mujeres al poder (2010) de François Ozon


Junto con 8 femmes (2002) y la más reciente Mon crime (2023), Potiche (2010) integra una particular trilogía feminista marcada por el histrionismo de una puesta en escena eminentemente kitsch donde lo caricaturesco y lo vintage se dan la mano en aras de una propuesta tan cómica como transgresora. Menos teatral que los otros dos títulos, aunque igualmente basada en una pieza dramática (en este caso de Pierre Barillet y Jean-Pierre Grédy), la acción se sitúa en la Francia, colorida y un tanto progre, de 1977. Una época de contrastes, de hecho, en la que lo mismo podía haber alcaldes comunistas que mujeres florero a la sombra de sus respectivos maridos.

Y es que, a lo tonto a lo tonto, la película plantea el punto de inflexión en el que los postulados de mayo del 68, ya presentes en la vida pública tras una década de protestas estudiantiles y sindicales, irrumpen en el seno del hogar francés para empoderar a una sumisa ama de casa (Catherine Deneuve) y ponerla al frente de la fábrica de paraguas que hasta entonces ha dirigido el ridículo señor Pujol (Fabrice Luchini).



La transformación que a partir de ese momento se produce, tanto a nivel familiar como local, pone de manifiesto que los viejos esquemas patriarcales parecen tocar a su fin, ya que la sociedad demanda (y agradece) una nueva manera de hacer las cosas, menos autoritaria, en la que el toque femenino juega un papel de vital importancia a la hora de dinamizar las relaciones entre la empresa y los trabajadores. Como dirá Nadège, la secretaria (Karin Viard), cuando Pujol intente acosarla como solía hacer antes de caer en desgracia: "Yo ya no soy la misma. Soy una nueva mujer. Y todo gracias a la jefa".

No son pocos los guiños cinéfilos que encierra una cinta repleta de referencias tan explícitas como esos paraguas que la misma Catherine Deneuve ya hiciera célebres en la hoy mítica Les parapluies de Cherbourg (1964). Por no hablar de la coreo a lo Travolta que ella misma y el orondo Gérard Depardieu (en su enésima aparición conjunta desde que Truffaut los uniera en Le dernier métro) se marcan en una pista de baile muy similar a la de Saturday Night Fever (1977).



jueves, 7 de junio de 2018

Algo celosa (2017)




Título original: Jalouse
Directores: David Foenkinos y Stéphane Foenkinos
Francia, 2017, 102 minutos

Algo celosa (2017)


Seis años después de su primer largometraje, titulado (muy sintomáticamente) La délicatesse, los hermanos Foenkinos contraatacan de nuevo con una de esas comedias destinadas a dar visibilidad a las mujeres que rondan la cincuentena. Un poco en la línea de la reciente Aurore de Blandine Lenoir (que aquí se tituló 50 primaveras), Jalouse se centra en la vida de Nathalie: divorciada, profesora de literatura en un instituto de enseñanza secundaria y madre de una joven aspirante a bailarina que acaba de cumplir los dieciocho.

Currículum al que la protagonista (Karin Viard) ha acabado añadiendo un sentimiento de envidia hacia quienes la rodean, especialmente si se trata de otras mujeres más jóvenes, a las que percibirá como rivales que pretenden desplazarla. He ahí los casos de Mélanie (Anaïs Demoustier), la nueva profesora del centro y con la que Nathalie rivalizará desde buen principio, o Isabelle (Marie-Julie Baup), pareja de su exmarido y a la que no puede ver ni en pintura.

Nathalie (Karin Viard) y Sophie (Anne Dorval)


Aunque tales celos van todavía más allá, puesto que Nathalie ni siquiera parece aceptar que su propia hija se hace mayor. Así pues, Mathilde (Dara Tombroff) no sólo pasará por el bochorno de que su madre la ridiculice delante de su novio, sino que incluso verá puesta en riesgo su integridad física a causa de una negligencia imperdonable (y hasta aquí podemos leer...)

Enfermizamente impulsiva, tal es el caos que esta mujer ha llegado a generar a su alrededor que hasta corre el riesgo de enemistarse con su única amiga (interpretada por la canadiense Anne Dorval) o, lo que sería aún más imperdonable, echar a perder una incipiente historia de amor que podría ser su tabla de salvación.

En la intimidad con Sébastien (Bruno Todeschini)

lunes, 25 de julio de 2016

Lolo, el hijo de mi novia (2015)




Título original: Lolo
Directora: Julie Delpy
Francia, 2015, 99 minutos



¿Qué ocurriría si mezclásemos al protagonista de Tanguy (Étienne Chatiliez, 2001) con Damien, el niño de La profecía (Richard Donner, 1976)? Esa misma pregunta es la que debió hacerse Julie Delpy a la hora de planificar su última película. ¡Pero qué inteligente es esta chica! En Lolo vuelve a demostrarnos una vez más, y ya van unas cuantas, que tiene un don especial para la comedia ácida. Y si encima le añadimos la vis cómica de Dany Boon el resultado es irresistible.

Porque a la típica comedia familiar basada en los conflictos intergeneracionales Lolo le añade un puntito de mala leche que roza la perversidad. Y sus personajes, además, con la salvedad del ingenuo Jean-René (Boon), tampoco es que tengan pelos en la lengua, precisamente: Violette (Delpy) y Ariane (Karin Viard) representan a la perfección a ese tipo de mujer que, habiendo superado el ecuador de la cuarentena, están ya de vuelta de todo (como pone de manifiesto, por ejemplo, la franqueza con la que hablan de sexo). Separadas y con hijos adolescentes, su objetivo es, por tanto, llenar el vacío de sus vidas sentimentales, aunque sin calentarse demasiado la cabeza.

Pero en el caso de la hipocondríaca Violette la cosa no acaba de funcionar y es ahí donde radica el meollo de la trama. ¿Tendrá algo que ver su adorado hijo/artista Lolo (Vincent Lacoste)...?

Tras protagonizar Hipócrates, Vincent Lacoste es ahora Lolo


Sin embargo, y aparte de lo cruel que puede llegar a ser un hijo malcriado, el filme satiriza asimismo muchos más aspectos, como el cinismo de los progres parisinos o la impericia provinciana de Jean-René. Con la guinda, por otra parte, de alguna que otra aparición estelar.


lunes, 20 de junio de 2016

Grandes familias (2015)




Título original: Belles familles
Director: Jean-Paul Rappeneau
Francia, 2015, 113 minutos

Grandes familias (2015) de J.P. Rappeneau


Jean-Paul Rappeneau es un director al que le gusta tomarse su tiempo entre película y película, quizá porque necesita planificar hasta el último detalle de los proyectos en los que se implica. De ahí que desde su debut tras la cámara en el remoto 1958 con Chronique provinciale apenas hayan sido nueve los largometrajes dirigidos por el cineasta. El principal hito de su carrera fue, sin lugar a dudas, Cyrano de Bergerac, en 1990. Y la penúltima entrega, en 2003, había sido Bon voyage, coescrita en colaboración con el hoy premio Nobel de literatura Patrick Modiano.

Del mismo director nos llega ahora Belles familles, una historia sobre herencias familiares en la línea de filmes como Propiedad privada (2006), del belga Joachim Lafosse, de la que esta sería la versión edulcorada. Lo primero que llama la atención de Grandes familias es su reparto, plagado de estrellas del cine francés, comenzando por Mathieu Amalric, al que acompañan nombres de la talla de André Dussollier (es la segunda vez, en pocas semanas, que vemos a estos dos actores compartir escena, tras Tres recuerdos de mi juventud, de Arnaud Desplechin), Gilles Lellouche, Karin Viard, Nicole Garcia o Guillaume de Tonquedec. Nómina a la que cabría añadir la belleza de la joven Marine Vacth. Queda claro, pues, que Rappeneau es un realizador consagrado con el que todos los actores desean trabajar.



El otro detalle que deslumbra es el despliegue de medios, con localizaciones por medio mundo, algunas tan dispares y remotas como Londres, Shanghái o Zanzíbar. De nuevo un indicio de la importancia de Rappeneau, quien no parece escatimar en recursos porque todo está a su alcance.

¿Y el guion? ¡Ah, pequeño gran problema! Pues resulta que el guion (escrito con el auxilio, entre otros, del también director Philippe Le Guay) es de una superficialidad irrebatible: se diría que Grandes familias es una de esas películas que no llegan nunca a arrancar porque tampoco hay mucho que explicar. En ese orden de cosas, ni la disputa de la familia Varenne por la vieja casa familiar ni la relación de Jérôme (Mathieu Amalric) con la exótica Chen-Lin (Gemma Chan) ni, mucho menos, el posterior flechazo por Louise (Marine Vacth) son en absoluto creíbles. En nada de lo que se cuenta, ni siquiera en el esbozo de la complicada relación de Jérôme con su padre, se ha logrado insuflar ni un ápice de vida. Y es una lástima, porque considerando el currículum de quienes han intervenido en ella cabía esperar mucho más.

El director Jean-Paul Rappeneau

sábado, 2 de mayo de 2015

La familia Bélier (2014)




Título original: La famille Bélier
Director: Éric Lartigau
Francia/Bélgica, 2014, 105 minutos

La familia Bélier (2014) de Éric Lartigau


Hace unos días comentábamos en este mismo blog La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améris, 2014), protagonizada por la debutante Ariana Rivoire. En el caso de La familia Bélier el papel principal recae igualmente en una actriz sin experiencia previa: Louane Emera, premio César a la intérprete revelación en la última gala del cine francés. Pero no acaban ahí las coincidencias: si en la vida real Ariana Rivoire nació sordomuda de padres oyentes, Louane Emera interpreta en la ficción a Paula Bélier, una adolescente hija y hermana de sordomudos.

En el día a día, ello no parece suscitar problema alguno. Bien al contrario, Paula se desenvuelve con normalidad en la granja de sus padres. Como único miembro de la familia capaz de hablar, ella es la responsable de sacar adelante numerosos compromisos y responsabilidades dentro y fuera del hogar.

El conflicto se produce cuando Paula comienza a manifestar en el colegio sus excelentes dotes como cantante y su profesor de coral la incita a presentarse a un importante concurso... en París. No le resultará fácil decidir, ya que sus padres dependen de ella en buena medida y, al mismo tiempo, la joven siente ya la necesidad de seguir su propio camino en la vida. Para acabar de "complicarlo" todo un poco más, el padre de Paula ha decidido presentarse a alcalde, pero sin la ayuda de su hija como intérprete difícilmente podrá hacer llegar sus propuestas a los electores.



En otro orden de cosas, la situación que plantea La familia Bélier recuerda en parte a otra película francófona de no hace mucho: la quebequense Gabrielle (2013), dirigida por la realizadora Louise Archambault. En esta última, una chica y un chico que padecen el síndrome de Williams se conocen y se enamoran en la coral del colegio, donde interpretan canciones de Robert Charlebois. Eso mismo es lo que sucederá entre Paula y Gabriel en el caso de La familia Bélier, solo que el repertorio elegido pertenece a otro clásico en activo de la canción en lengua francesa: Michel Sardou.

Por cierto que Éric Elmosnino, el actor que encarna a Fabien Thomasson, el profesor de canto de Paula, dio vida en 2010 a otro genio de la música gala: Serge Gainsbourg, en la película homónima dirigida por Joann Sfar.

Pero volviendo a La famila Bélier, probablemente uno de los méritos de esta comedia, que no el único, sea el hecho de dar visibilidad a un colectivo que no suele tener excesiva presencia en las pantallas, salvo la excepción de películas como Hijos de un dios menor (Randa Haines, 1986). Y lo sabe hacer con sentido del humor y ternura. En palabras de su director, Éric Lartigau: "Lo que me gusta y me interesa es lo que queda a flor de piel... las emociones primarias, animales... Eso me gusta. Risas y lágrimas. Como director, no me gusta tener que elegir entre todos estos sentimientos. Me encanta tanto la comedia como el drama y lo que más me gusta de todo es mezclar ambos, como en la vida, cuando una situación crítica se vuelve una situación divertida o absurda..."