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viernes, 10 de abril de 2020

Aguirre, la cólera de Dios (1972)




Título original: Aguirre, der Zorn Gottes
Director: Werner Herzog
Alemania/Perú/Méjico, 1972, 90 minutos

Aguirre, la cólera de Dios (1972)
de Werner Herzog

Yo voy a fundar un reino a mi manera. ¿Es que no tenemos nosotros derecho a conducirnos estúpidamente en lo alto de la pirámide como los que están ahora? ¿Es que yo no tengo el mismo derecho que Pizarro y que La Gasca y Hurtado de Mendoza a ser simple cuando quiera y bellaco cuando me dé la gana con una cadena de oro cruzada al pecho que sea devoción y encomienda y gala todo junto?

Ramón J. Sender
La aventura equinoccial de Lope de Aguirre

Personaje mítico, película de culto, rodaje de los que hacen saltar chispas... Se mire por donde se mire, Aguirre, la cólera de Dios (1972) sigue siendo uno de esos títulos irrepetibles, fruto, en buena medida, de un azar genial que propició la confluencia de personas y factores en el momento justo y en el lugar adecuado.

Su director, el alemán Werner Herzog, contaba a la sazón treinta años de edad y, pese a haber filmado ya cintas como También los enanos empezaron pequeños (1970) o Fata Morgana (1971), fue éste el filme que significó su eclosión definitiva en el panorama internacional. Sobre todo por la fuerza que supo insuflar al actor Klaus Kinski en la primera de sus muchas colaboraciones, pero que a punto estuvo de acabar como el rosario de la aurora (la leyenda cuenta que llegaron a amenazarse con armas de fuego).



No era para menos: rodar a bordo de una rudimentaria balsa en plena selva peruana, sin apenas medios y agobiados por las inclemencias del clima y del entorno, no parece la mejor manera de afrontar un rodaje (máxime cuando no hay guion, buena parte del reparto lo integran actores no profesionales de distintas nacionalidades y, para colmo, el protagonista está como una cabra...).

Pero es precisamente esa simbiosis entre la historia narrada y la que se vivió durante su filmación la que hace de Aguirre... una obra excepcional. Algo así como si, en pleno siglo XVI, se hubieran dado las circunstancias técnicas para que la aventura suicida de un loco ambicioso hubiese sido retransmitida por las cámaras de algún reportero ávido de captar cómo Lope de Aguirre, anticipándose varias centurias al coronel Kurtz de Apocalypse Now (1979), se precipitaba en el abismo en busca de su particular El Dorado.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Cinema Novo (2016)




Director: Eryk Rocha
Brasil, 2016, 92 minutos



Se me perguntarem o que é a minha pátria, direi:
Não sei. De fato, não sei
Como, por que e quando a minha pátria.
Mas sei que a minha pátria é a luz, o sal e a água
Que elaboram e liquefazem a minha mágoa
Em longas lágrimas amargas.

Vinícius de Moraes
"Pátria minha"

En tanto que hijo y heredero de uno de los cineastas más brillantes que jamás haya dado Latinoamérica, Eryk Rocha (Brasilia, 1978) toma sobre sus hombros la responsabilidad de contar mediante un documental en qué consistió el movimiento artístico al que pertenecieron tanto su padre como el resto de compañeros de generación enmarcados en el denominado Cinema Novo brasileño. Son los Carlos Diegues, Ruy Guerra, Joaquim Pedro de Andrade o Paulo César Saraceni, entre muchos otros, quienes, con su testimonio a través de imágenes de archivo, dejan constancia de qué es lo que se proponían hacer tomando una cámara en sus manos.

Como es lógico, el montaje juega un papel indispensable en un filme de tales características, en especial a la hora de seleccionar las escenas más significativas del corpus cinematográfico que nos legaron dichos autores: Barravento (1962), Dios y el diablo en la tierra del sol (1964), Tierra en trance (1967), Antonio das Mortes (1969) del propio Glauber Rocha; el filme colectivo Cinco vezes Favela (1962); La fallecida (1965) de Leon Hirszman o Macunaíma (1969) del ya mencionado de Andrade son sólo algunos ejemplos de la inmensa galería de películas citadas a lo largo del documental.



Aunque la labor llevada a cabo en Cinema Novo no se limita únicamente a un mero recuento de títulos, sino que, sobre todo, se subraya el compromiso político y social de unos autores conscientes de que podían llegar a cambiar la realidad a través de las historias que filmaban, premisa que pasó, previamente, por la aceptación de la pertenencia de Brasil al tercer mundo. Por eso, todos y cada uno de aquellos jóvenes directores se reconocen en sus declaraciones activistas antes que artistas, dispuestos a denunciar, armados únicamente con el poderoso objetivo de su cámara, las injusticias de la sociedad en la que viven.

Porque crear un cine nuevo implica forzosamente la creación de un mundo mejor, algo que no sólo pone de manifiesto el carácter revolucionario de aquel movimiento, sino también la voluntad de los miembros que lo integraron de aportar su particular grano de arena para la transformación del país. Deseo que se refleja, simbólicamente, en todos esos personajes a los que vemos correr en distintas secuencias extraídas de los filmes analizados, avanzando desesperadamente frente a una cámara que los capta en travelín, ajenos al hecho de que su lucha, anclada en un presente miserable, quedaría eternamente registrada para la posteridad.

El realizador Eryk Rocha