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jueves, 30 de octubre de 2025

Los domingos (2025)




Directora: Alauda Ruiz de Azúa
España/Francia, 2025, 115 minutos

Los domingos (2025) de Alauda Ruiz de Azúa


Se abre Los domingos (2025) con las notas del célebre "Quédate" de Quevedo, tal vez porque la protagonista de la Concha de Oro en el último Festival de San Sebastián es una adolescente cuya familia muestra algún que otro recelo ante la repentina vocación religiosa de la joven. Por ejemplo su tía Maite (Patricia López Arnaiz), gestora cultural y atea confesa que ya ha trazado un futuro laico y universitario para ella. O en un principio el padre (Miguel Garcés), hombre pragmático, propietario de un restaurante.

Por otra parte, el hecho de que Ainara (Blanca Soroa) flirtee fugazmente con un compañero del coro en el que canta le añade cierta dosis de incertidumbre al sutil proceso de discernimiento, repleto de altibajos, en el que se halla inmersa una chica que se debate entre las dudas e inseguridades propias de alguien de su edad.



Otro tanto ocurre con las monjas del convento en el que ingresa la futura novicia, muy seguras de su fe y de sí mismas pese a las reservas de la familia de Ainara. A este respecto, resulta especialmente tensa la escena de la entrevista a cuatro bandas que mantienen el padre y la tía con la madre priora (Nagore Aranburu) y la hermana Encarnación (Itziar Aizpuru): confrontación de dos realidades distintas y, en muchos sentidos, opuestas.

Todo un prodigio, en definitiva, de sutilidad y contención que rehúye el maniqueísmo y cualquier lectura inequívoca. De hecho, es esa misma ambigüedad sobre si la fe constituye un mero producto de la manipulación eclesiástica o si, por contra, existe un "Misterio" que la razón no puede abarcar, el mayor logro de una cinta, escrita y dirigida por la vasca Alauda Ruiz de Azúa (Baracaldo, 1978), en la que la decisión de Ainara actúa como el catalizador que obliga al resto de su familia a confrontar sus propias vidas, prejuicios y miedos.



jueves, 14 de noviembre de 2024

Los destellos (2024)




Directora: Pilar Palomero
España, 2024, 101 minutos

Los destellos (2024) Pilar Palomero


Viendo Los destellos (2024) se tiene continuamente la sensación de que su directora y guionista, Pilar Palomero, se ha marcado el reto de captar matices tan sutiles como la complicidad entre los miembros de una familia o, más difícil todavía, cómo dicha connivencia fluctúa y evoluciona en función de unas circunstancias particularmente dolorosas. Se trata, sin embargo, de una película que rehúye cualquier tipo de tremendismo o sensiblerías al uso para centrarse, en cambio, en un universo de silencios y recuerdos compartidos, telón de fondo que marcará el reencuentro (literal y simbólico) entre los personajes.

No se aportan, por ejemplo, excesivos detalles sobre la enfermedad del padre (Antonio de la Torre), más allá de su evidente estado terminal, pero sí que se subraya la especial sensibilidad de un hombre, poseedor de una copiosa biblioteca, que hizo de la literatura su principal pasión a lo largo de la vida. No en vano, aunque con ciertos reparos, se declara "escritor", aparte de que su hija Madalen (Marina Guerola) le lee un bellísimo pasaje de Platero y yo.



De qué ocurrió entre Isabel (Patricia López Arnaiz) y él para que llegasen a distanciarse tantísimo no se dice tampoco gran cosa. El caso es que ahora, venciendo sus reticencias iniciales, la mujer accede a estar presente en el tramo final de la existencia de Ramón, aunque sólo sea por la hija que tienen en común. Como tampoco resulta cómoda la situación de Nacho (Julián López), nueva pareja de Isabel, además de profesor de música en un instituto de secundaria, y que realiza un verdadero alarde de paciencia y generosidad al acompañar a madre e hija en semejante tránsito.

Y así, con suma delicadeza, se exponen los pormenores de una obra cuya puesta en escena contemplativa discurre plácidamente en el marco idílico de un enclave rural (los exteriores se filmaron en localizaciones de la provincia de Tarragona como Horta de Sant Joan) donde se suceden momentos tan brillantes y fugaces como el propio título de la cinta. Reflexiones interesantes en torno a la muerte inevitable, pero también cargadas de magia y esperanza. Doblemente premiada en la última edición del Festival de San Sebastián.



martes, 21 de mayo de 2024

Nina (2024)




Directora: Andrea Jaurrieta
España, 2024, 105 minutos

Nina (2024) de Andrea Jaurrieta


Heridas de un pasado remoto que nunca han llegado a cicatrizar del todo se encuentran en el origen de Nina (2024), thriller de ambientación vasca que supone el segundo largometraje dirigido por la navarra Andrea Jaurrieta (Pamplona, 1986). La historia gira en torno a una actriz de cierto éxito (Patricia López Arnaiz) que al cabo de los años regresa a su pueblo con ánimo de revancha. De hecho, pronto quedará claro que su ajuste de cuentas tiene por objetivo saldar una deuda que quedó pendiente con Pedro (Darío Grandinetti), escritor de novelas de viajes, mucho mayor que ella, con el que mantuvo una fugaz e iniciática relación sentimental durante su adolescencia.

Sin ahondar excesivamente en las motivaciones íntimas del personaje, que el espectador tendrá ocasión de conocer a su debido tiempo, baste decir que el rifle que la protagonista lleva en el interior de una bolsa de deporte se convierte en símbolo de su obsesiva voluntad de vengar a la chica inexperta que un día fue. En ese orden de cosas, el reencuentro con sus antiguos amigos y vecinos reaviva en ella el recuerdo doloroso de algo que le dejó importantes secuelas tanto psíquicas como fisiológicas.



El caso es que la cámara no duda en mostrar la sangre de una mujer traumatizada cuyas evocaciones, la mayor parte de ellas desgarradoras, desfilan a lo largo de la cinta en forma de recurrentes flashbacks en los que la barcelonesa Aina Picarolo interpreta con bastante solvencia el papel de la Nina quinceañera. Que la intriga se mantenga por igual a lo largo de sus más de cien minutos de metraje ya sería harina de otro costal...

Aun así, no cabe duda de que la puesta en escena, muy contenida, subrayada a su vez por una intrigante partitura a cargo de Zeltia Montes, bebe de fuentes tan diversas como el wéstern —no en vano, en el cine local están proyectando Johnny Guitar (1954), otra historia de vendettas a cargo de una mujer fuerte— o incluso La gaviota de Chéjov. Dramatismo que el color rojo del cartel, de la camisa de la propia Nina y hasta de los títulos de crédito con los que se cierra la película no hace sino acentuar.



martes, 2 de mayo de 2023

20.000 especies de abejas (2023)




Título en euskera: 20.000 erle espezie
Directora: Estibaliz Urresola Solaguren
España, 2023, 127 minutos

20.000 especies de abejas (2023)


Se la ha comparado con Estiu 1993 (2017) de Carla Simón e incluso con El espíritu de la colmena (1973) de Erice, pero lo cierto es que la ópera prima de Estibaliz Urresola (Bilbao, 1984) es ya, por derecho propio, una cinta multipremiada en certámenes tan dispares como Berlín, Málaga o Hong Kong. Lo logra, además, abordando un tema tan delicado como es la identidad de género desde la más tierna infancia. Y, por si no fuera poco, su protagonista, Sofía Otero, ha hecho historia al convertirse en la persona más joven (con apenas ocho años) en ganar el Oso de Plata a la Mejor Interpretación. Con todo ese bagaje, no es de extrañar que 20.000 especies de abejas (2023) sea una de las sensaciones del momento, la película de la que todo el mundo habla y a la que aún cabe augurar (pues méritos no le faltan) un larguísimo recorrido. Entre otras cosas porque buena parte de sus diálogos están hablados en vasco, lo cual es siempre una buena noticia de cara a potenciar la presencia en los medios de nuestras lenguas cooficiales.

En cuanto a lo que sería propiamente la esencia de los hechos que aquí se exponen, llama enseguida la atención que la niña lo tiene todo muy claro desde un principio, mientras que son los demás personajes quienes no entienden por qué Aitor quiere que le llamen Cocó o más tarde Lucía. Las causas de dicha incomprensión obedecen, en realidad, a muy distintos motivos. La abuela materna, por ejemplo, una mujer sumamente religiosa, ha optado siempre por mirar hacia otro lado. Incluso cuando su difunto marido, un artista local de cierto prestigio, la engañaba con las modelos que fotografiada desnudas para su proyecto Sílfides. El padre, en cambio, es un tipo algo pusilánime y, por tanto, ausente la mayor parte del tiempo. El hermano chinchón y un poco bruto tampoco parece el más indicado para darse cuenta de lo que está ocurriendo, al igual que las vecinas del pueblo, incapaces de asumir que Lucía se siente atrapada en un cuerpo de niño.



En cambio, la madre (Patricia López Arnaiz), dada su condición de artista progre, se supone que debiera ser una aliada y, de hecho, no para de repetirle a Aitor que no hay cosas ni de niños ni de niñas. Sin embargo, y pese a que acepta con naturalidad que lleve el pelo largo o vestidos de chica, aún le queda un largo tránsito que recorrer hasta la plena aceptación de la sexualidad de su hij@. A este respecto, será la tía abuela (Ane Gabarain) quien mejor capte la sensibilidad especial de Lucía, quizá porque también ella, acostumbrada a "conversar" con las abejas y con el entorno natural que habita, es depositaria de una tolerancia innata que le permite conectar inmediatamente con la niña, aceptándola tal y como es.

La mirada infantil de unas criaturas desprovistas de los prejuicios e hipocresía de los adultos confiere al relato ese particular sosiego que tan bien encaja con el intimismo, plagado de silencios, de muchas escenas. Indudablemente, se palpa la incomunicación entre los miembros de la familia, así como la crisis de pareja entre unos padres hasta tal punto preocupados por recriminarse mutuamente sus errores que sólo al final tomarán conciencia del dolor que atormenta a la cría cuando ésta, entre lágrimas, verbalice la pregunta clave de su dilema interior: "¿Por qué yo no puedo saber quién soy?"