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domingo, 25 de julio de 2021

El cebo (1958)




Título original: Es geschah am hellichten Tag
Director: Ladislao Vajda
Suiza/Alemania/España, 1958, 100 minutos

El cebo (1958) de Ladislao Vajda


"Sucedió a plena luz del día", título original en alemán de El cebo (1958), resulta una manera algo más explícita de llamar a una película cuyo argumento gira en torno al asesinato de una niña. El autor del cual, además, queda inmortalizado por la víctima en un dibujo que constituye el único indicio para dar con el culpable. De ahí que el comisario Matthäi (Heinz Rühmann) idee un sofisticado plan consistente en alquilar una modesta gasolinera en el trayecto donde éste y otros crímenes similares se han perpetrado. Y así, y valiéndose como señuelo de la presencia de la hija de su sirvienta (María Rosa Salgado), tomará nota de todos los automóviles que se paran a repostar, con la esperanza de que alguno de ellos corresponda al del homicida.

Basada en la novela Das Versprechen ("La promesa"), del escritor y pintor suizo Friedrich Dürrenmatt (1921–1990), El cebo posee ese raro encanto naíf de filmes que, como La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), se atreven a mezclar el candor infantil con terribles fechorías. Circunstancia de la que el húngaro Ladislao Vajda supo extraer todo el jugo, quizá porque previamente había dirigido las no menos notables Marcelino, pan y vino (1955), Mi tío Jacinto (1956)Un ángel pasó por Brooklyn (1957), cintas que, al igual que la que nos ocupa, también sacaban partido de narrar los hechos desde una óptica infantil, si bien, en todas ellas, al servicio de la estrella Pablito Calvo.



En la ardua tarea de reconstruir la personalidad del criminal, Matthäi recurre a los servicios de un amigo psiquiatra cuyo certero análisis desentraña, punto por punto, el carácter de un hombre sin hijos que, fruto de su complejo de inferioridad respecto a la esposa, desarrolla una fuerte aversión hacia el sexo femenino, concretada en ataques violentos contra niñas de corta edad de las que previamente se gana la confianza. En ese sentido, al revelarnos la identidad del infractor mucho antes, incluso, de que ésta sea descubierta por el comisario, la película huye del típico efectismo para centrarse en los pormenores de la investigación.

Ni que decir tiene que la censura franquista suavizó en el doblaje castellano los detalles más escabrosos de la trama, llegando incluso a suprimirse varias escenas de la versión que se exhibió en España (en total, unos diez minutos de metraje respecto a los cien de las copias suizas). En cualquier caso, ese contraste entre el proverbial bienestar de los cantones helvéticos y la ferocidad que se oculta bajo el sosiego de sus boscajes sigue siendo uno de los atractivos principales del filme, como lo demuestran las múltiples adaptaciones (cinematográficas y televisivas) de que ha sido objeto el texto de Dürrenmatt, entre las que cabe destacar la hollywoodense El juramento (The Pledge, 2001), protagonizada por Jack Nicholson bajo la dirección de Sean Penn.



jueves, 2 de enero de 2020

Fortuna (2018)




Director: Germinal Roaux
Suiza/Bélgica/Etiopía, 2018, 106 minutos

Fortuna (2018) de Germinal Roaux


Est-ce qu'on est prêt à sacrifier une partie de ce qui nous est le plus cher : notre silence et notre solitude ?

Bressoniano es un adjetivo que suele aplicarse de inmediato a cualquier película filmada en blanco y negro, sobre todo si su puesta en escena es austera. Fortuna reúne ambas características. Y, sin embargo, no sería digna heredera de Bresson tanto por su factura, sino más bien por las connotaciones de raíz cristiana que se desprenden de la historia de su protagonista.

Porque ese borrico que es su único y constante compañero (amén de confidente), además de remitir a Au hasard Balthazar (1966), arroja una estampa que bien podría considerarse la de un belén viviente. Sólo que, en el siglo XXI, ni el José de turno parece dispuesto a asumir una paternidad a todas luces engorrosa ni las súplicas a la Virgen María de una adolescente etíope de catorce años pueden impedir que la policía suiza aplique a una refugiada la severa ley de extranjería del país helvético.

Fortuna (Kidist Siyum Beza)

Por lo demás, es éste un filme de contrastes. Entre planos generales que muestran una abadía aislada en medio de montañas nevadas, por ejemplo, y los primeros planos del rostro de Fortuna, con sus descomunales ojos llorosos. Entre el silencio de una comunidad de monjes ya ancianos y el jolgorio de los bailes que organizan los jóvenes inmigrantes acogidos en el albergue. O entre los dictados de una Iglesia que se supone amparo de los más débiles y una legislación restrictiva capaz de sugerirle a una menor la conveniencia de abortar.

Bresson sin Bresson y Ganz después de Bruno Ganz: aunque con dos años de retraso, el estreno en nuestras pantallas de Fortuna (2018), segundo largometraje del cineasta Germinal Roaux (Lausana, 1975), permite recuperar ahora una de las últimas interpretaciones del actor suizo, fallecido en febrero de 2019. A este respecto, su papel de religioso coherente con los valores de la fe que profesa es, aparte de una lección de sabiduría humanista, de los que bien valen el visionado de cintas que, como ésta, corren el riesgo de pasar de puntillas por la cartelera local.

Hermano Jean (Bruno Ganz)

domingo, 22 de diciembre de 2019

L'inconnu de Shandigor (1967)




Título en español: El desconocido de Shandigor
Director: Jean-Louis Roy
Suiza, 1967, 90 minutos

L'inconnu de Shandigor (1967)
de Jean-Louis Roy


La nube en forma de hongo de una explosión nuclear retrocede hasta desvanecerse por completo: son los efectos del Annulator, potente invención de un científico en silla de ruedas llamado Herbert Von Krantz (Daniel Emilfork) al que otra nube, ahora de periodistas, rodea, a su llegada al aeropuerto, atosigándolo a preguntas que él responde con un desdén no exento de altivez...

La magnificencia de las imágenes en blanco y negro de L'inconnu de Shandigor transmite una frialdad ligeramente distópica subrayada por la pompa orquestal de una banda sonora —compuesta por Alphonse Roy, padre del cineasta— igualmente fastuosa. Un nuevo cine suizo que despertaba, a finales  de los sesenta, para buscar su inspiración en la Barcelona de Gaudí. Si, además, se le suma la presencia siempre seductora de Serge Gainsbourg, el resultado final tenía que ser, a la fuerza, una cinta cuya atmósfera críptica conecta de pleno con títulos del mismo periodo como El año pasado en Marienbad (1961) de Resnais o Lemmy contra Alphaville (1965) de Godard.

Marie-France Boyer en el papel de Sylvaine


Su director, Jean-Louis Roy (Ginebra, 1938), miembro del Groupe 5 (algo así como la Nouvelle Vague helvética), no se ha prodigado excesivamente tras las cámaras, pese a haber sido candidato a la Palma de Oro en Cannes y dejar huella con una película de culto, a medio camino entre la parodia de James Bond y la fábula apocalíptica, de la que, por cierto, hasta fechas muy recientes, apenas sí circulaban copias en condiciones óptimas.

La vacuidad de los grandes espacios desiertos, con esa rectitud de líneas tan propia de las urbes deshumanizadas y alienantes, se acaba convirtiendo en un personaje más, de un modo similar al utilizado por el Antonioni de El eclipse (1962). Y, al mismo tiempo, el telón de fondo de la guerra fría —con una red de espionaje en la que participan agentes de medio mundo, incluida la temible Liga de los Calvos— se dibuja amenazador en el horizonte mientras el planeta se encamina hacia un colapso que parece inevitable.

Serge Gainsbourg: "Bye, Bye Mister Spy!"

viernes, 27 de septiembre de 2019

La encajera (1977)




Título original: La dentellière
Director: Claude Goretta
Suiza/Francia/Alemania, 1977, 107 minutos

La encajera (1977) de Claude Goretta


A falta de otros elementos más vistosos, la fuerza de un filme como La dentellière (1977) reside, fundamentalmente, en la mirada de una joven Isabelle Huppert cuyo rostro, ajeno aún a los envites del tiempo, transmite una extraña mezcla de inocencia y tristeza. Todo parece indicar que su personaje, que responde al elocuente nombre de Pomme, padeció durante su niñez algún tipo de trauma que le impide relacionarse con normalidad con el sexo opuesto. O tal vez sea el ascendente de una madre posesiva en exceso lo que limita su pleno desarrollo afectivo.

Sea como fuere, cuando esta aprendiz de peluquera se desplace hasta Cabourg, en la Baja Normandía francesa, para acompañar a su amiga Marylène (Florence Giorgetti), que ha sufrido un desengaño amoroso, conocerá al fin a un muchacho, estudiante de letras, con el que entabla una relación. Y, sin embargo, son tantas las diferencias sociales y culturales entre ambos que, a pesar de la atracción inicial, acabarán cada uno por su lado.



Las devastadoras consecuencias que tendrá la ruptura sobre la ya de por sí frágil Pomme provocan la reclusión de la muchacha en un centro psiquiátrico adonde, como sucedía en la canción "Penélope" de Serrat, la irá a visitar François (Yves Beneyton) para comprobar que su antigua amada, de cuyos orígenes humildes él tanto se avergonzaba, ya no es ni la sombra de lo que fue...

El realizador suizo Claude Goretta (1929–2019), recientemente desaparecido, firmó, mucho antes de acabar siendo fagocitado por el medio televisivo, un buen puñado de largometrajes que sirvieron para reavivar el hasta entonces mortecino cine helvético. En el caso concreto de La dentellière, adaptación de la novela homónima de Pascal Liné, ganador del prestigioso Premio Goncourt, Goretta abordaba un espinoso asunto sentimental, con derivaciones de tipo psicológico, un poco a la manera de los conflictos morales del cine de Rohmer.


domingo, 11 de agosto de 2019

Tres colores: Rojo (1994)




Título original: Trois couleurs: Rouge
Director: Krzysztof Kieślowski
Suiza/Francia/Polonia, 1994, 99 minutos

Tres colores: Rojo (1994) de Krzysztof Kieślowski


Con Rojo no sólo se cierra una trilogía, y aun la retrospectiva que la Filmoteca de Catalunya le ha dedicado a Krzysztof Kieślowski (1941–1996), sino que la película supuso su testamento fílmico, toda vez que el cineasta polaco, quien había asegurado que daba por concluida su carrera, fallecería apenas dos años después del estreno.

Como ya sucediera en La doble vida de Verónica (1991), la protagonista volvió a ser la actriz Irène Jacob, convertida ahora en una modelo de pasarela que, accidentalmente, atropella a la perra de un viejo juez jubilado (Jean-Louis Trintignant). El hombre, un tanto misántropo, vive parapetado en su domicilio particular, desde donde se dedica a espiar a los vecinos.



Tal vez consciente de que estaba rodando su último filme, Kieślowski recupera en él toda una serie de elementos recurrentes que aparecen dispersos a lo largo de su filmografía. Sobre todo en lo tocante a los caprichos del destino, tema que abordara, a principios de los ochenta, en El azar (1981). Sólo que, en esta ocasión, la suerte que aguarda a sus personajes, aun siendo accidentada, no parece tan cruel.

Si Azul se inspiraba en la idea de libertad y Blanco en la de igualdad, Rojo explora, siempre desde el particular enfoque de su director, el concepto de fraternidad. Que hará que dos personas en apariencia tan distintas terminen por compenetrarse hasta el punto de que sus respectivas trayectorias vitales, tras haber discurrido por vías paralelas sin ellos saberlo, acaben finalmente convergiendo.


domingo, 3 de marzo de 2019

El pequeño Matthias (1941)
















Título original: Das Menschlein Matthias
Director: Edmund Heuberger
Suiza, 1941, 82 minutos

El pequeño Matthias (1941) de Edmund Heuberger

Si no fuera porque se trata de una adaptación de la novela autobiográfica del escritor suizo Paul Ilg (1875-1957), se diría que los productores de Das Menschlein Matthias pretendieron llevar a cabo con esta película una nueva versión de la Cenicienta. Eso, al menos, es lo que se desprende a juzgar por cómo la tía materna del muchacho lo maltrata hasta que éste, harto de tantas vejaciones, decide huir en busca de sus padres biológicos.

Cinta atrevida para los tiempos que corrían, El pequeño Matthias nos habla de una mujer trabajadora que, además, es madre soltera. Y que, para colmo, decide llevarse al niño a la fábrica porque no tiene con quién dejarlo. Que el progenitor de la criatura sea uno de los ejecutivos de la empresa es la guinda que hace de este drama un dramón de padre y muy señor mío (nunca mejor dicho).



El caso es que el tal Matthias es un crío enclenque y más bien llorica interpretado por el actor infantil Röbi Rapp, cuya vida, a su vez, también daría pie a una semblanza biográfica: la película El Círculo (Der Kreis, 2014), que fue candidata para representar a Suiza en los premios Óscar.

Sea como fuere, y tras muchos años en el olvido, el filme sería objeto de una minuciosa restauración en 2017, a cargo de la Cinémathèque Suisse, que se presentó en el marco del Festival de Cine de Zúrich. En vísperas del Día Internacional de la Mujer, el próximo 8 de marzo, películas como ésta nos recuerdan que la lucha continúa gracias al ejemplo de personajes en la línea de la madre coraje de El pequeño Matthias.


sábado, 2 de marzo de 2019

Heidi (1952)















Director: Luigi Comencini
Suiza, 1952, 97 minutos

Heidi (1952) de Luigi Comencini

Para quienes pasamos de los cuarenta, Heidi fue poco más que un candoroso dibujo animado. Sin embargo, sorprende comprobar la enorme cantidad de adaptaciones a que ha dado lugar el clásico de Johanna Spyri. La que nos disponemos a comentar no fue ni la primera (hay una versión muda de 1920 y otra, con Shirley Temple, de 1937) ni la última: en 2015 se volvía a llevar a la pantalla, con Bruno Ganz haciendo de abuelo, y una década antes, en 2005, encontramos otra entrega, con Max von Sydow y Geraldine Chaplin en papeles destacados.

Protagonizada por el mismo reparto que aquí actuó a las órdenes del italiano Luigi Comencini se llevaría a cabo, tres años después, una secuela titulada Heidi und Peter (1955), en color y bajo la dirección de Franz Schnyder. Queda clara, pues, la vigencia de un título que es en sí mismo toda una institución (lo mismo podría decirse de El Mago de Oz o, en clave más reciente, de la saga Harry Potter).



Que la pureza alpina, en contraste con la severidad urbana de la señorita Rottenmeyer, no parece pasar de moda, si bien hoy, cuando el mundo es mucho menos inocente que antaño, las travesuras de la ingenua niña (que lo mismo se guarda los panecillos para llevárselos a Pedro que hace caminar a su amiga inválida) a muchos se nos pueden antojar una historia melindrosa y sensiblera en extremo.

Por lo menos, el ver la película en la versión hablada en alemán nos ha servido para descubrir que el nombre de la protagonista se pronuncia /jáidi/ (y no /jéidi/, como siempre habíamos dicho por estos lares, tan poco políglotas, por otra parte...). En cualquier caso, el enlace que adjuntamos es el de la versión francesa (es lo que tiene la plurilingüe sociedad helvética) cuyo principal aliciente es que la voz de la protagonista fue doblada por Françoise Dorléac (1942–1967), la malograda hermana de Catherine Deneuve.


miércoles, 27 de febrero de 2019

Cuatro en un jeep (1951)




Título original: Die Vier im Jeep
Directores: Leopold Lindtberg y Elizabeth Montagu
Suiza, 1951, 95 minutos

Cuatro en un jeep (1951) de Lindtberg y Montagu


Pese a tratarse de un título sobradamente conocido (e incluso coronado, en su momento, con el Oso de oro del Festival de Berlín), se ha llamado poco la atención a propósito de las muchas semejanzas entre la película que nos ocupa y un clásico de las proporciones de El tercer hombre (1949). Véanse, si no, algunas de ellas: la acción, preferiblemente nocturna, se sitúa en la Viena ruinosa y devastada por los efectos de la Segunda guerra mundial; un personaje, al que las autoridades declaran en busca y captura, no aparecerá hasta bien entrada la acción...

Por si fuera poco, la codirectora Elizabeth Montagu también había trabajado, dos años antes, a las órdenes de Carol Reed en calidad de asesora, así como de guía del mismísimo Graham Greene en la capital austriaca, por lo que queda fuera de toda duda que los paralelismos entre ambos filmes sean casuales.



La enorme carga simbólica de ese todoterreno, a bordo del cual viajan cuatro oficiales de otras tantas nacionalidades, perfila con absoluta nitidez lo que significaría la Guerra Fría en ciudades que, como Viena o Berlín, iban a estar mucho tiempo bajo el control directo de las potencias vencedoras.

Si además interviene una belleza exótica en la trama (en ese aspecto, la sueca Viveca Lindfors sería el equivalente de Alida Valli en la ya mencionada The Third Man), es lógico que el resultado final adquiera por fuerza una mayor trascendencia, toda vez que su marido es un fugitivo que huye de los soviéticos, lo que acabó motivando las iras de la URSS.


martes, 26 de febrero de 2019

La hora de los fantasmas (1942)




Título original: Das Gespensterhaus
Director: Franz Schnyder
Suiza, 1942, 107 minutos

La hora de los fantasmas (1942)
de Franz Schnyder


Resulta realmente curioso comprobar hasta qué punto conceptos tan a la orden del día como posverdad, infoxicación o sensacionalismo estaban ya presentes en esta vieja cinta suiza a propósito de un joven reportero (Jakob Sulzer) que quiere investigar qué hay de cierto sobre los rumores de la presencia de un fantasma en una finca abandonada del casco antiguo de Berna. Una vez allí, y tras recibir el permiso de Jeannette (Blanche Aubry), la sobrina del dueño fallecido, el periodista pasará la noche reconociendo el terreno con el objetivo de documentarse.

Es decir, que en La hora de los fantasmas el espectador tiene el privilegio de asistir en directo a la fabricación de un mito, comprobando el verdadero alcance del poder de los medios de comunicación de masas en lo concerniente a establecer la verdad oficial entre la opinión pública.



Segundo trabajo en la dirección de Franz Schnyder tras el gran éxito cosechado el año anterior con Gilberte de Courgenay (1941), Das Gespensterhaus se realizó en plena guerra mundial, en un contexto en el que apenas llegaban producciones extranjeras al país helvético. En ese sentido, el cine local experimentaría un cierto apogeo, al menos cuantitativo, gracias a productoras como la Praesens-Film. El guion de esta comedia satírica fue escrito por Richard Schweizer, máximo responsable artístico de los mencionados estudios, y Kurt Guggenheim a partir de una novela de Ulrich Wichelegger.

Hay, sin embargo, algo genuinamente germánico en el trasfondo de dicha historia, en la que una sencilla noticia de la crónica de sucesos termina encubriendo una estafa de grandes proporciones. Es ese toque decadente, tan habitual en buena parte de la literatura anterior al ascenso del nazismo, y que pone de manifiesto el carácter inflacionista de una sociedad en la que, junto con la moneda, se acabarán devaluando los valores más esenciales de la moral.


domingo, 17 de febrero de 2019

Los ángeles perdidos (1948)




Título original: The Search
Director: Fred Zinnemann
Suiza/EE.UU., 1948, 104 minutos

Los ángeles perdidos (1948) de Fred Zinnemann


¿Cómo ver al Soldado Stevenson enseñando a hablar a ese chiquillo desamparado y no acordarse del doctor Itard y del pequeño Víctor en L'enfant sauvage? Truffaut, cinéfilo empedernido, a buen seguro que conocía esta película, máxime si se tiene en cuenta que fue todo un éxito comercial, avalado por el Óscar al mejor guion y un premio especial de la Academia para el niño Ivan Jandl.

The Search (que aquí se tituló Los ángeles perdidos) fue también el filme debut de un jovencísimo Monty Clift, quien encarna al convincente redentor de Karel: una de tantas criaturas desvalidas que, tras finalizar la guerra, habitaban las calles de la Alemania arrasada por las bombas. Los mismos inocentes, de hecho, que también protagonizaron otro título destacable de aquel 1948: la mítica Germania, anno zero de Roberto Rossellini.



Zinnemann, sin duda uno de los grandes directores de la historia del cine, conduce con suma maestría una trama que, como su propio nombre indica, gira en torno a una búsqueda: la de una madre desesperada (Jarmila Novotna) a la que los oficiales nazis separaron de su hijo de nueve años en Auschwitz.

Como es obvio, con semejantes elementos se podría haber caído muy fácilmente en el melodrama lacrimógeno. Sin embargo, y tal vez debido a la proximidad temporal de los hechos que se relatan, el director austriaco optó por un cierto toque documental, subrayado mediante una ocasional voz en off femenina que nos pone en situación ya desde los primeros instantes del filme. Hay, por cierto, un remake de The Search: lo dirigió el francés Michel Hazanavicius en 2014 y en Georgia, tras el éxito internacional cosechado con su anterior The Artist (2011).


domingo, 3 de febrero de 2019

La última oportunidad (1945)




Título original: Die letzte chance / Dernière chance
Director: Leopold Lindtberg
Suiza, 1945, 113 minutos

La última oportunidad (1945) de L. Lindtberg


Una huida angustiosa y agobiante, a través de los gélidos valles alpinos, en pos de la frontera suiza y al albur de lo que las circunstancias deparen: he ahí, en esencia, la sinopsis de Die letzte chance (1945), película de propaganda surgida, como tantas otras en aquel mismo período, de la factoría Praesens-Film con la clara voluntad de llamar la atención sobre las duras condiciones de vida que debían afrontar los miles de refugiados que se habían visto desplazados de sus respectivos países de origen con motivo de la conflagración mundial.

En ese aspecto, el convoy humano que integran los protagonistas posee un evidente valor metonímico en tanto que sus miembros, todos ellos de distintas nacionalidades, simbolizan el dolor de otros tantos expatriados en el mundo entero. Así pues, la mezcolanza de lenguas que se escucha a lo largo del filme (inglés, italiano, francés, alemán, holandés, serbocroata) no sólo invita a la fraternidad entre las víctimas, que se entienden sin mayor problema en el seno de esa babel bélica, llegando a cantar al unísono "Frère Jacques" (cada uno en su idioma), sino que pretende hacer visible la tragedia de tantísimos damnificados anónimos en el mundo entero.



También el rol que corresponde a cada uno dentro del grupo es bastante sintomático del papel que, en la vida real, las potencias aliadas se sentían en la obligación de desempeñar para vencer al nazismo. Así pues, dos oficiales británicos y un sargento norteamericano serán los encargados de liderar el cotarro, con el matiz, nada baladí, de que los tres habían sido, al igual que en la ficción, prisioneros de guerra que lograron asilo en Suiza. Y así, sucesivamente, el sacerdote (Romano Calò) es un remanso de paz y consuelo, sobre todo para los atribulados ancianos y niños que se van uniendo a la marcha; el científico-intelectual-erudito teutón obsesionado con preservar sus valiosos apuntes terminará por humanizarse, etc.

Por último, vale la pena señalar hasta qué punto las escenas rodadas en italiano poseen un innegable tono neorrealista, por ejemplo en el caso de la bella Tonina (Luisa Rossi), que lava sus trapos a orillas del lago como si tal cosa, o del carretero (Giuseppe Galeati), quien no sólo esconde a Halliday y Braddock en el interior de su tartana, sino que es capaz, gracias a su elocuencia, de convencer a los aduaneros fascistas de que no registren el interior, ya que, según dice, transporta mercancías para el Gobierno.


sábado, 26 de enero de 2019

Marie-Louise (1944)




Directores: Leopold Lindtberg y Hermann Haller
Suiza, 1944, 103 minutos

Marie-Louise (1944) de Lindtberg y Haller


A pesar de tratarse de una película de propaganda, Marie-Louise posee el encanto de la inmediatez: esa extraña emoción que traspasa los límites de lo ficticio y que apenas se alcanza cuando los acontecimientos narrados tienen su correlato directo en la más cruda realidad. En dicho sentido, la última imagen del filme —un primer plano del cartel colgado a la entrada del campamento infantil en el que puede leerse Soyez les bienvenus— aspiraba a influir sobre la conciencia del espectador para que saliera de la sala de proyección dispuesto a amparar a cuantos refugiados llegasen al país huyendo de la barbarie nazi.

La neutral Suiza, enclave de paz y prosperidad en el corazón de Europa, pretendía contribuir con "Un film profondément humain" (como indica su eslogan publicitario) al auxilio de las criaturas que hubiesen perdido sus hogares a consecuencia de los bombardeos sobre territorio francés durante la Segunda Guerra Mundial. A fin de cuentas, se trataba de un país hermano y la productora Praesens ponía así su grano de arena para solventar la terrible crisis humanitaria desatada en ciudades como Ruan, la capital de Normandía.



De allí precisamente procede Marie-Louise Fleury, la protagonista, una niña espigada y pizpireta que será acogida con los brazos abiertos por la amantísima familia Rüegg. Afectuosa hasta tal punto que la cría, cuando llegue el momento de regresar a su país, preferirá abandonar el tren y darse a la fuga para reunirse de nuevo con sus benefactores.

Como es obvio, son muchos los momentos de hondo patetismo en una producción cinematográfica que, como ésta, aspiraba a tocar la fibra del público. Por ejemplo, la escena del entierro, en la que la cámara se va deteniendo ante el féretro de cada uno de los miembros de la familia Fleury muertos a consecuencia de las bombas mientras la voz en off de los difuntos glosa quiénes fueron y qué es lo que ya no podrán ser... Se comprenderá, por tanto, que la Academia de Hollywood, en un gesto insólito, premiase por primera vez en la historia un filme de habla no inglesa en la categoría de Mejor guion.


martes, 27 de noviembre de 2018

Una llama en mi corazón (1987)




Título original: Une flamme dans mon cœur
Director: Alain Tanner
Francia/Suiza, 1987, 107 minutos

Una llama en mi corazón (1987)


Hará cosa de un par de meses, escuchaba atónito en un espacio informativo de la televisión autonómica catalana la relectura que una experta en no sé qué hacía del popular "Every Breath you Take" de The Police. Según esta buena señora, el tema (compuesto por Sting en 1983) no es la balada romántica que hasta la fecha todo el mundo creía, sino la perturbadora amenaza de un acosador que, en el estribillo, le dice a su víctima aquello tan célebre de "I'll be watching you" ('Te estaré vigilando').

A la luz revisionista de estos replanteamientos tan en boga, me pregunto qué dirán los abanderados del Me Too de una película tan sumamente voluptuosa como Une flamme dans mon cœur. No lo sé y, en cualquier caso, aquí los emplazo para que nos hagan llegar sus opiniones. Lo que sí me consta, y de muy buena tinta, es que para quienes la vieron en el momento de su estreno (hace de esto ya más de tres décadas) la sensualidad desbordada de la protagonista (una despampanante Myriam Mézières que esta tarde presentaba su autobiografía, titulada El sol tiene una cita con la luna, en la Filmoteca de Catalunya) supuso una deleitosa bocanada de aire fresco.



Que, no obstante, deja entrever un poso de tristeza, subrayado por las no menos melancólicas notas de la Sonata nº 1 y la Partita para violín nº 2 de Bach. En efecto, Mercédès es una mujer en apariencia fuerte, pero que alberga una enorme fragilidad en su interior. La misma que la conduce al borde de la depresión y a alimentarse únicamente de cereales cuando uno de sus amantes (el periodista Pierre, al que ha conocido casualmente en el metro y con el que, más adelante, viajará a Egipto) se ausenta, por motivos profesionales, durante una temporada; la misma que, previamente, la había hecho caer bajo el influjo del posesivo Johnny.

El suizo Alain Tanner se sirve de la sobriedad del blanco y negro para confeccionar una estampa tan profunda como impúdica del personaje central, esa hembra de belleza casi animal que, con la única ayuda de un enorme gorila de peluche, es capaz de dejar boquiabiertos, en la impactante escena que tiene lugar en el parisino bulevar Barbès, a los lugareños que se agolpan frente a la sórdida barraca de feria donde actúa.


lunes, 6 de marzo de 2017

La vida de Calabacín (2016)




Título original: Ma vie de Courgette
Director: Claude Barras
Suiza/Francia, 2016, 66 minutos

Mi vida de Calabacín (2016)


Candidata al Óscar a la mejor película de animación y al Globo de Oro y en Cannes y en los premios César y en medio mundo... Cinco estrellas según la cartelera de varios diarios, obra maestra para algunos críticos... Pero no es hasta que uno se sienta frente a la pantalla que empieza a comprender por qué: la autora del guion es Céline Sciamma, la misma que ya demostrara tener una sensibilidad especial para contar historias vinculadas con la infancia y la adolescencia al dirigir filmes como Tomboy (2011) o Girlhood (2014) o bien, recientemente, colaborando junto a André Téchiné en la escritura de Quand on a 17 ans.

En el caso de Ma vie de Courgette, Sciamma adapta una novela de Gilles Paris, lo cual no impide que haga suya la esencia de un asunto bastante cercano al universo de sus propias películas. Porque en Les Fontaines, la casa de acogida a la que van a parar tanto el protagonista de nueve años como el resto de sus compañeros, todos los niños arrastran tras sí un historial a cuál más complicado. Y, sin embargo, serán capaces de entablar lazos entre ellos que solamente la camaradería dentro de la adversidad puede explicar.



Dentro del pequeño microcosmos que se establece dentro de aquella casa, a cada interno le corresponde un rol diferente: el pelirrojo Simon aspira a ser el macho alfa dominante, si bien no siempre logra salirse con la suya, especialmente a partir de la llegada de Camille, una chica que lee a Kafka y que enseguida conectará con Icare, nuestro Calabacín. Unos más y otros menos, pero todos han quedado marcados de algún modo. Como la pequeña que golpea nerviosamente el tenedor contra su plato o aquella pobre niña que cada vez que siente llegar un coche sale corriendo a recibirlo pensando que será su madre que viene por fin a buscarla. Hasta que un policía bonachón se apiade de la pareja protagonista para darles una segunda oportunidad.

No obstante, la casualidad (o no) ha querido que la cinta francosuiza coincida en las salas con otra película de animación, española en este caso, sobre criaturas con una infancia complicada y que lleva por título Psiconautas, los niños olvidados (2015), codirigida por Alberto Vázquez y Pedro Rivero. Visualmente, ambas comparten un similar espíritu naíf. Claude Barras ha dicho al respecto: "El dibujante Hergé argumentaba que cuanto más se reduce y simplifica el estilo gráfico de una cara es más fácil para la audiencia proyectar sus propias emociones e identificarse con el personaje. Comparto esa convicción y la practico animando muñecos sin la ambición de reproducir la realidad, dando al espectador una realidad nueva. Lo más importante para entrar en el universo de esta película son los ojos de los personajes: sus grandes ojos muy abiertos para ver el mundo contribuyen a crear emoción y empatía".


lunes, 22 de junio de 2015

Cherry Pie (2013)




Director: Lorenz Merz
Suiza, 2013, 85 minutos

Cherry Pie (2013) de Lorenz Merz


La protagonista de Cherry Pie (2013) es una muchacha que deambula sin rumbo fijo. Sin apenas dinero, intentando hacer autoestop, se mueve por gasolineras y áreas de servicio. El espectador se encuentra desprovisto de toda referencia, puesto que no sabemos ni de dónde viene ni hacia dónde va. Hay momentos en los que incluso se diría que estamos ante una de aquellas películas de arte y ensayo, tan al uso en la época de la Escuela de Barcelona, cuando José María Nunes, Joaquim Jordà, Romà Gubern o el recientemente desaparecido Vicente Aranda hacían de las suyas en la ciudad condal. Pero aquellas experimentaciones tenían su razón de ser (la época, el contexto social y político, la propia censura, que no era moco de pavo, daban pie a crear un cine en ocasiones críptico), mientras que lo propuesto por el joven realizador suizo Lorenz Merz se nos antoja algo más bien caprichoso.

Sea como fuere, su película es un canto a la desesperanza dividido en cinco capítulos. Así pues, Zoé (interpretada por la actriz Lolita Chammah) huye de todo y de todos (incluso de sí misma) hasta evaporarse al borde de un acantilado tras un misterioso ceremonial de excesos que la lleva a viajar en el maletero de un coche para terminar en un transbordador en mitad del océano. Lo demás es pura especulación: una mujer embarazada, una habitación de hotel, unos zapatos de tacón blancos, una extraña que bebe vodka y un pastel de cerezas mordisqueado...

Zoé (Lolita Chammah) y el pastel de cereza que da título a la peli

domingo, 12 de abril de 2015

La muerte del director del circo de pulgas (1973)




Título original: Der Tod des Flohzirkusdirektors
Director: Thomas Koerfer
Suiza, 1973, 111 minutos



Ottocaro Weiss junto al retrato de su "antepasado fundador" (en realidad, Bakunin)

En Mr. Arkadin (1955), Orson Welles mostraba a un estrambótico personaje (el Profesor Radzinski), un polaco que regentaba un circo de pulgas en Copenhague y que no dudaba en alimentar a sus pupilas con la sangre de su propio brazo... Curiosa ocupación y fervor por los sifonápteros que también está presente en La muerte del director del circo de pulgas (1973).

Basada en un texto de Bertold Brecht, la película lleva por subtítulo Ottocaro Weiss reforma su empresa. El suizo Thomas Koerfer debutaba en la dirección con esta críptica fábula sobre la "respetable" sociedad burguesa en la que el protagonista debe hacer frente a la pérdida de sus adiestrados insectos. Pero el show debe continuar y Ottocaro da entrada entonces en su compañía circense a una joven (Anja, interpretada por Janine Weill) y a un doctor en Economía (Stephan Moosbrugger, al que da vida el actor Norbert Schwientek). La representación que llevarán a cabo a partir de ese momento versará sobre la peste bubónica en la Edad Media, aunque Johannes Wagner (una especie de Gran Hermano que todo lo ve encarnado por Paul Gogel) acabará por acusar al propio Ottocaro Weiss de ser el responsable de propagar en la ciudad la epidemia de la que hablan en su montaje.

François Simon (quien previamente había protagonizado en 1969 Charles, vivo o muerto, una de las primeras películas del también suizo Alain Tanner) es, en este caso, el encargado de interpretar al estrafalario Ottocaro Weiss, quien suele presentar ante la concurrencia su peculiar espectáculo de pulgas amaestradas junto a un retrato del fundador de la entidad (en realidad, como adjuntamos más abajo, se trata de una célebre fotografía de Bakunin...)

En las más pura tradición brechtiana, al concluir el filme con un recurrente plano del jardín de una lujosa villa suiza, es al espectador a quien corresponde sacar sus propias conclusiones sobre lo que ha visto, aunque quizá Koerfer (miembro destacado de la nueva ola del cine helvético junto a Peter von Gunten, Willi Herman y el ya citado Tanner) optara más por una lectura anarquizante antes que por la ortodoxia marxista.


La procesión mortuoria se dispone a enterrar los cadáveres en cal viva