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domingo, 6 de enero de 2019

¿Vencedores o vencidos? (1961)




Título original: Judgment at Nuremberg
Director: Stanley Kramer
EE.UU., 1961, 186 minutos

¿Vencedores o vencidos? (1961)
de Stanley Kramer


Hay películas que, por la especial relevancia del tema abordado, merecen que se las considere aparte. Algo que ya dijimos semanas atrás al comentar Senderos de gloria (1957) y que hoy no tenemos inconveniente en repetir a propósito de otro monumento cinematográfico en favor de la libertad: Judgment at Nuremberg (el programa de la Filmoteca de Catalunya hace notar, con muy buen criterio, que eso de ¿Vencedores o vencidos? no fue más que un título "tendencioso" auspiciado por las autoridades franquistas en el momento de su estreno en España).

¿Qué decir de un reparto tan abrumador, en el que se dan cita nombres de la talla de Spencer Tracy, Burt Lancaster, Marlene Dietrich, Monty Clift, Judy Garland o Richard Widmark? Uno sólo de ellos bastaría para que se aguantase cualquier producción medianamente importante, por lo que conviene tener en cuenta que el productor/director Stanley Kramer no se anduvo por las ramas a la hora de poner toda la carne en el asador, si bien la mayoría de dichas estrellas se avino a rebajar sus honorarios por el orgullo que suponía ser parte de un filme de tales características.



Se dice que hasta Marlon Brando suspiraba por el papel de fiscal, pero que Kramer y su equipo, conmovidos por la soberbia actuación del joven intérprete austriaco Maximilian Schell —que ya había participado en la versión televisiva— no dudaron en mantenerlo, pese a tratarse de un perfecto desconocido para el gran público. Intuición que, al fin y a la postre, se acabaría revelando del todo acertada, habida cuenta del Óscar con el que Schell fue finalmente recompensado.

Como el guionista Abby Mann (1927–2008), el otro agraciado de entre las once nominaciones a las que optó la película y autor de frases tan memorables como aquella que le espeta el veterano e insobornable juez Haywood (Spencer Tracy) a su homólogo Janning (Burt Lancaster) justo antes de abandonar la celda de este último: "Herr Janning, se llegó a eso [a tolerar el exterminio de millones de personas] la primera vez que usted condenó a muerte a un hombre aun a sabiendas de que era inocente..."


viernes, 17 de marzo de 2017

La condesa Alexandra (1937)




Título original: Knight Without Armour
Director: Jacques Feyder
Reino Unido, 1937, 107 minutos

Lentejuelas en el fango

La condesa Alexandra (1937) de Jacques Feyder


Son varias las escenas memorables que contiene el drama histórico La condesa Alexandra (Knight Without Armour, 1937), como cuando la pareja protagonista recita versos (él de Browning y ella de Pushkin) en un breve momento de asueto que pueden permitirse durante su particular éxodo. O cuando Fothergill (Robert Donat) cubre con hojas a Alexandra (Marlene Dietrich) para evitar que sea capturada por las hordas bolcheviques. Tras lo cual, el inglés le preguntará: "¿Conocías este bosque?" A lo que la condesa responde: "Claro: ¡es mío!" O incluso, en un plano más surrealista, cuando el alienado jefe de una pequeña estación anuncia los trenes que jamás pasarán por sus vías...

Dirigida por el belga Jacques Feyder a partir de una novela de James Hilton, esta superproducción británica de la factoría Korda arrojaba una visión un tanto sui géneris de la revolución soviética, según la cual la bella aristócrata era el personaje positivo cuyo mundo de adorable sofisticación se veía pisoteado por los zafios insurrectos del Ejército Rojo.

En ese aspecto, Knight Without Armour carecía de matices, si bien el rigor de los hechos descritos o la ideología subyacente aparecen claramente supeditados a la inverosímil historia de amor entre una ilustre condesa (que da título a la versión castellana) y un miembro de los servicios secretos británicos (el "caballero sin armadura" de la versión original) que se hace pasar por ruso.

Por último, en el apartado artístico, aparte del vestuario diseñado por Georges Benda, merece la pena destacar la excelente banda sonora a cargo de un casi debutante Miklós Rózsa (1907-1995).


viernes, 19 de junio de 2015

Sed de mal (1958)




Título original: Touch of Evil
Director: Orson Welles
EE.UU., 1958, 111 minutos (versión restaurada)

Sed de mal (1958) de Orson Welles


Se ha citado hasta la saciedad el largo y complejo plano secuencia inicial de Sed de mal como ejemplo de la maestría de Orson Welles tras la cámara. Ello no debería ocultar, sin embargo, otras muchas virtudes que posee el filme. Como ya sucediera una década antes en El sueño eterno de Howard Hawks o en Retorno al pasado de Jacques Tourneur, Sed de mal se vale de una intrincada trama para redefinir el cine negro y aproximarlo a una concepción cinematográfica más moderna.

Rodada en Venice (California) y no en Tijuana como hubiera preferido Welles, la película está basada en la novela Badge Of Evil de Whit Masterton sobre la que se obraron importantes cambios. Así pues, el protagonista, Mike Vargas, por ejemplo, no era mejicano sino que la mejicana era su esposa. La impecable banda sonora de resonancias latinas corrió a cargo de Henry Mancini. Entre los muchos actores secundarios del reparto cabe citar la participación de Marlene Dietrich como Tana y la de Joseph Cotten en el papel de un médico forense que aparece fugazmente.



Pero en virtud de la maldición que persiguió a su creador durante toda su vida, Orson Welles fue apartado del montaje final una vez más. Motivo por el cual envió un desesperado memorándum a los responsables de la Universal con instrucciones precisas sobre cómo debería montarse el material filmado. Ese documento, conservado, al parecer, gracias a Charlton Heston, sirvió de base para llevar a cabo la versión restaurada de 1998.

Decíamos más arriba que con Sed de mal el film noir hace su entrada en la modernidad. No en vano, cuando la película se proyectó en la Exposición universal de Bruselas suscitó el entusiasmo de Godard y Truffaut, por aquel entonces jóvenes críticos de Cahiers du cinéma e inminentes cineastas, y marcaría claramente el estilo de sus primeros trabajos.