martes, 1 de agosto de 2017

El tiempo que queda (2005)













Título original: Le temps qui reste
Director: François Ozon
Francia, 2005, 81 minutos

In memoriam: Jeanne Moreau



Reviso esta vieja película de François Ozon y me parece tan inverosímil como todas las suyas. Lo cual no impide que sea a la vez conmovedora. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi Le temps qui reste, una tarde de enero de 2006 en el Renoir Floridablanca. Más de once años después, y aunque en algunos detalles parezca ya anticuada (en realidad somos nosotros los que envejecemos, no las películas), vuelvo a reencontrarme con ella.

Y no porque sea mi preferida de Ozon, sino porque interviene en un breve papel Jeanne Moreau, que ayer nos dejaba. Puede que no se trate de su trabajo más representativo, pero me parece particularmente sobrecogedor el momento en el que Laura, la abuela que interpreta, le pregunta a su nieto Romain (Melvil Poupaud) que por qué le cuenta, precisamente a ella, el secreto que oculta al resto de la familia (su inminente fallecimiento a causa de un cáncer terminal) y él contesta: "Porque eres como yo: pronto te habrás muerto".



Hay determinadas secuencias que parecen adelantarse a otros filmes realizados posteriormente: Théo et Hugo dans le même bateau (2016), por ejemplo, de Olivier Ducastel y Jacques Martineau, ya estaba en Le temps qui reste. Otras, en cambio, son puro Ozon, personal e intransferible: la pareja que logrará tener un hijo gracias a Romain, quien se prolongará, a su vez, más allá de la muerte a través de ese niño. El ocaso de una vida frente al mar, en una playa que se vacía de gente al atardecer. Y la presencia de toda una leyenda en el reparto, claro, capaz de dar sentido por sí sola al más incoherente de los guiones.

Con esa característica voz de fumadora empedernida que define el tramo final de su larga carrera, Jeanne Moreau había sido antes, sin embargo, el ángel blanco de Demy, la novia negra de Truffaut, la musa del inmortal Welles y, en definitiva, parte esencial de la época dorada del cine europeo. Actriz mítica, sí. Pero también cantante: "Dans l'eau du temps", "Fourmi", "J'ai la mémoire qui flanche", "Ni trop tôt ni trop tard"... La lista es interminable. Al despedirse de Romain en Le temps qui reste la vemos agitar la mano desde su jardín (sin poder reprimir las lágrimas mientras se aleja el coche), luego girarse y desaparecer tras unos arbustos. Un gesto simple, una de tantas escenas en una de tantas películas. Y que ahora, al cabo de los años, adquiere una significación especial.

Adieu, Jeanne !

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