sábado, 19 de agosto de 2017

Alhucemas (1948)













Director: José López Rubio
España, 1948, 77 minutos



Hay que rendirse a la evidencia. El problema de Marruecos no es para España. Esas fuerzas militares repartidas por los riscos marroquíes no conquistan nada ni defienden nada ni protegen nada. Ningún beneficio puede deducirse de su estancia en blocaos y campamentos. Ahora dicen que hace falta la operación sobre Alhucemas. Lo preparan quienes se empeñan en estirar la guerra para prolongar el mangoneo de figuración y de millones. Y bien, hecha la teatral operación sobre Alhucemas, habremos enterrado unos centenares de víctimas y unos centenares de millones más, ¿para qué? Para una aventura sin honra ni provecho, porque según avancemos en territorio enemigo, necesitaremos más posiciones, más guarniciones, más convoyes, más columnas de protección. El país es montañoso, árido, pelado, pobrísimo. No tiene caminos, hay que llevarlo todo. Para domarlo se necesita luchar, más que con hombres, con una naturaleza inclemente y hostil. ¿Continuará derramándose la sangre de nuestra juventud e invirtiéndose montones de oro en una campaña que aborrece el pueblo español y que sólo tiene por fin satisfacer las ruines ambiciones de los militares y pugna con el interés de la nación? No, el desembarco a pecho limpio en Alhucemas no puede entrar en los cálculos de ningún estratega por muy Escipión el Africano que se sienta consultando los planos del Estado Mayor.

Por extraño que parezca, el texto anterior es leído en voz alta en una película abiertamente franquista y concebida para hacer apología de las campañas militares llevadas a cabo por el ejército español en el norte de África. Sin embargo, el mismo artículo que un grupo de oficiales escucha con actitud burlona y que los autores del filme consideraron recurso idóneo para ridiculizar el punto de vista de los, en su opinión, poco patriotas, se revela, casi setenta años después, como la única verdad contenida en él.

Porque el ejercicio propagandístico que se lleva a cabo en Alhucemas es tan abyecto como las atrocidades cometidas por todos los regímenes militares en las denominadas guerras coloniales. Y lo curioso del caso es que la produjo y protagonizó Julio Peña, el mismo actor que, una década antes, en plena contienda civil, participó en el rodaje de la republicana Sierra de Teruel (L'espoir) a las órdenes de Malraux. Quizá necesitaba desquitarse o, tal vez, simplemente justificarse ante las autoridades de la dictadura para aplacar cualquier suspicacia sobre su pasado reciente. De hecho, interpreta a un capitán en principio apático respecto a la vida marcial, pero que, poco a poco, se irá contagiando del viril ardor guerrero de sus camaradas. Ya se lo había prevenido un viejo coronel al incorporarse a filas: "Y no olvide que ésta es una guerra que ha de hacerla la oficialidad con su prestigio, con su esfuerzo y con su sangre..."

Julio Peña (Capitán Salas) y José Bódalo (Comandante Almendro)

Pero, en cualquier caso, poco podemos añadir nosotros cuando son las propias proclamas surgidas de la pluma del guionista Enrique Llovet las que hablan por sí solas. En el momento álgido del desembarco, y dando rienda suelta a la repugnante retórica entonces tan en boga, la voz en off del capitán Salas deja ir la siguiente perorata que, por su interés histórico, reproducimos íntegramente:

Los mejores soldados del mundo, aquellos de los que se había dicho que cada uno de ellos merecía el bastón de mariscal, marchaban alegremente a realizar un viejo sueño. Librar en el corazón del Rif la última batalla, conquistar la paz victoriosa y bautizar una vez más con sangre española las tierras extranjeras. En aquellas horas, soñaron los corazones al nombre de una victoria que ya aleteaba en las palabras del general, temblorosas por la emoción de aquel amanecer en el Estrecho. Los bravos y aventureros legionarios, que han visto en la bandera española la tradición gloriosa y el emblema de la civilización en ésta impresa, los indígenas expertos que conocen la justicia de nuestro proceder, la limpieza de nuestro trato y el bienestar que representamos para su país, y los soldados peninsulares, descendientes legítimos de aquellos héroes que acompañaron al Gran Capitán, forman esta falange que lleva a España a bordo de sus navíos y con la que va a reverdecer, no por afán de guerrear, sino por espíritu de propia conservación, las glorias de sus antepasados. Cumplamos, pues, como soldados españoles dignos del pasado y de nosotros mismos, que podemos y debemos tener el orgullo de ser una raza excelsa, un pueblo fuerte y una nación organizada y gobernada. Los legionarios de Franco, las jarcas de Varela y Muñoz Grande, los infantes, los artilleros, los jóvenes pilotos españoles, los servicios, todos, todos en sus puestos, habían tensado sus nervios en aquella mañana inolvidable.

Sobre todo la parte de "los indígenas [...] que conocen [...] el bienestar que representamos para su país" es de una perversidad inadmisible. De modo que si, en estos días de dolor tras el brutal atentado perpetrado en las Ramblas de Barcelona, alguien siente la tentación de despotricar contra los marroquíes, que eche la vista atrás y que considere el daño que se les hizo previamente: la violencia es siempre condenable, venga del bando que venga, pero a lo mejor es de aquellos polvos de donde ahora nos vienen estos lodos...


jueves, 17 de agosto de 2017

Reparar a los vivos (2016)













Título original: Réparer les vivants
Directora: Katell Quillévéré
Francia/Bélgica, 103 minutos, 2016

Reparar a los vivos (2016)

Nacida en Costa de Marfil en 1980, la joven realizadora Katell Quillévéré adapta, en el que supone su tercer largometraje, la célebre novela homónima de Maylis De Kerangal. Pese a abordar una temática nada fácil de digerir, si hay, sin embargo, una virtud que posee Réparer les vivants ésa es la de acertar a traducir en imágenes nuestra propia vulnerabilidad. Quizá por ello no hay en la película un protagonista claro, sino que es el conjunto de personajes el que asume, cada cual en función de su situación vital, uno u otro grado de fragilidad.

Todo comienza con Simon (Gabin Verdet), el joven de diecisiete años al que, tras sufrir un accidente de tráfico cuando regresaba de practicar surf con otros compañeros, se le diagnostica muerte cerebral. Entran entonces en liza sus padres (Emmanuelle Seigner y Kool Shen), quienes deberán enfrentarse al complicado dilema de si donar o no los órganos de Simon. Mientras tanto, en otro lugar, Claire (Anne Dorval), a pesar del apoyo de sus dos hijos, no las tiene todas consigo a la hora de afrontar un posible trasplante de corazón, al mismo tiempo que se reencuentra con un antiguo amor. Por último, todo el personal médico, tanto los que atienden al muchacho como la cirujana de Anne o el equipo que gestiona las donaciones de órganos se verán obligados a tomar decisiones de enorme relevancia.

Marianne (Emmanuelle Seigner) y Vincent (Kool Shen)

Aunque entre los activos más poderosos de Réparer les vivants cabe contar la majestuosa banda sonora de Alexandre Desplat, a la que, en el momento culminante, se une el tema "Five Years" de David Bowie.

Puede que por un exceso de aprensión, el cine no suela mostrar habitualmente escenas de operaciones quirúrgicas ni, mucho menos, de trasplantes (quizá, si mal no recuerdo, en 21 gramos de González Iñárritu y no muchas más películas se hace alusión directa al tema). Pero Quillévéré prueba con suma elegancia que se puede mostrar una intervención a corazón abierto sin escabrosidad ninguna y, lo que es más importante, incidiendo en los problemas de tipo ético que ello suscita en las partes implicadas desde un punto de vista deontológico.

Simon (Gabin Verdet) y el doctor Rémige (Tahar Rahim)

Asalto al Banco Central (1983)













Director: Santiago Lapeira
España, 1983, 94 minutos



—Esa foto no debe salir nunca de aquí, Andrés. 
—¿Por qué? 
—Por el bien de todos. Porque a veces la paz está por encima de la verdad. La paz bien vale este silencio...

Quienes estén más o menos habituados al universo literario de Juan Marsé o hayan leído novelas como Crónica sentimental en rojo de Francisco González Ledesma o la serie Carvalho de Vázquez Montalbán seguro que encontrarán elementos que les resulten familiares en Asalto al Banco Central (1983) de Santiago Lapeira. Aunque sólo se trate de las calles de una Barcelona un tanto cañí y muy anterior a la diseñitis que nos legaron los Juegos Olímpicos y demás fastos del 92.

Basada en el libro homónimo del italiano especializado en best-sellers sensacionalistas Alberto Speratti, la película pretendía, sin embargo, aportar un cierto tono de docudrama al ir puntualmente consignando los acontecimientos tal y como se produjeron en mayo de 1981, llegando incluso a valerse del recurso de los titulares sobreimpresos, como si de un reportaje televisivo se tratase. Realismo que también se procuraba transmitir con la participación de auténticos periodistas en el reparto, siendo Carlos Herrera el que posee mayor protagonismo (con un breve diálogo con Isabel Mestres), pero no el único: fugazmente veremos, entre otros, a Chelo García-Cortés (luego catapultada a la popularidad por la prensa del corazón y los programas de cotilleos) e incluso se puede escuchar la voz de una jovencísima Julia Otero.

Molinero (Sacristán) tras visitar al Seta en el cementerio

Pepe Sacristán, el actor estrella del cine de la Transición, encarna al reportero de investigación Andrés Molinero, empeñado en destapar un oscuro complot para el que fueron reclutados delincuentes comunes (ahí están, en sendos papeles, Arnau Vilardebò y Francesc Orella, este último sólo de pasada), pero cuyos cerebros apuntaban mucho más alto, con conexiones con la intentona golpista del 23-F incluidas. Se habla hasta de un maletín el contenido del cual podría comprometer seriamente a altas instancias del Estado. Quizá por ello, en un afán por demostrar las implicaciones de la conspiración a escala internacional, los guionistas situaron parte de la trama en Roma, adonde se rodaron algunas escenas.

De entonces a esta parte, el paisaje urbano barcelonés ha cambiado muchísimo: la sede del Banco Central pertenece ahora a El Corte Inglés: de hecho, todo el perímetro de Plaza Catalunya (antaño monopolizado por entidades bancarias) hace ya tiempo que fue copado por FNAC, Apple, el Hard Rock Cafe e incluso un Zara en lo que fueran las oficinas del Banco de Bilbao.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Manchester frente al mar (2016)














Título original: Manchester by the Sea
Director: Kenneth Lonergan
EE.UU., 2016, 137 minutos

Manchester frente al mar (2016)
de Kenneth Lonergan

Para quien no haya visto todavía Manchester frente al mar conviene, antes que nada, hacer un par de aclaraciones: 

1. El Manchester al que alude el título no es la ciudad inglesa, sino una pequeña localidad del estado de Massachusetts de apenas cinco mil habitantes y cuyo nombre oficial completo es justamente Manchester-by-the-Sea.

2. Ésta es una de aquellas películas puzle: así que no te líes y ve ordenando en tu cabeza los continuos saltos temporales.

Tras la decepción que nos llevamos hace un par de días con Lion, los dos Óscar de Manchester... (Mejor actor y Mejor guion) nos hacían temer lo peor. Pero no: en este caso, la expectación sí que era bien merecida. Y, además, sus 137 minutos se le pasan a uno volando, quizá porque la historia es suficientemente envolvente como para que el espectador pierda la noción del tiempo.

Y ¿qué es lo que le ocurre a este Lee (Casey Affleck), que da la impresión de que todo le dé igual? Pues sencillamente que padece un bloqueo emocional y, a medida que vayamos conociendo su pasado, iremos comprendiendo el porqué de tanto aislamiento, qué vivencias traumáticas le han llevado hasta la situación actual. He ahí uno de los puntos fuertes del filme: la habilidad con la que se desglosa la información manejando simultáneamente dos planos temporales, saltando del uno al otro sin previo aviso.



El otro foco de interés es la relación que se establece entre tío y sobrino. Las circunstancias obligan a Lee a hacerse cargo del adolescente Patrick (Lucas Hedges) y ni él se encuentra en su mejor momento de forma ni el chaval parece dispuesto a renunciar a su modo de vida. De manera que, a lo largo de un dilatado período y superando no pocos altibajos, ambos deberán hacer un esfuerzo por adaptarse el uno al otro.

Por último, una banda sonora con selectas piezas vocales de Händel, Massenet y hasta el Adagio de Albinoni y Giazotto aporta a la película el tempo pausado que requieren las historias emocionalmente intensas cuando se quiere evitar que deriven hacia un patetismo excesivo. Puede que le sobre alguna discusión de bar, es cierto, pero la sangre no llega al río. Sólo una curiosidad más, a raíz de esto último: en la escena en la que un transeúnte increpa a Lee diciéndole que es un mal padre por cómo le habla a su sobrino, llegando casi a las manos, el hombre en cuestión es el propio director (Kenneth Lonergan) en un breve cameo.


martes, 15 de agosto de 2017

Sayat Nova. El color de la granada (1969)














Título original: Sayat Nova / Սայաթ-Նովա. Նռան գույնը
Director: Sergei Parajanov
Unión Soviética, 1969, 79 minutos

Sayat Nova. El color de la granada (1969)

Un rótulo previo nos da la clave para desentrañar la significación genuina de Sayat Nova, rebautizada por la censura soviética como El color de la granada: "Esta película no intenta contar la vida de un poeta. En su lugar, el cineasta intentó recrear el mundo interior del poeta a través de las aprensiones de su alma, sus pasiones y tormentos, usando ampliamente el simbolismo y las alegorías propias de la tradición de los trovadores de la Armenia medieval". Ahí es nada...

Y todo eso en pleno proceso de estancamiento durante la era Brézhnev. Como es natural, las autoridades culturales mutilaron y luego prohibieron un filme cuya sensibilidad artística estaba a años luz de las gélidas consignas imperantes. Vista con el margen que da el casi medio siglo transcurrido desde que fuera concebida, la obra cumbre de Sergei Parajanov se nos aparece como un primoroso estampido de color y hermosura, delicadamente estilizado en su voluntad de infundir vida a la imaginería armenia de iconos y efigies religiosas.



No en vano, si el elegido como leitmotiv fue un trovador del siglo XVIII que vivió a caballo entre Georgia y Armenia es porque el propio Parajanov, que era hijo de armenios, había nacido, sin embargo, en Tiflis al igual que el poeta. Y el misticismo de sus versos, además, se adecuaba a la poesía visual del realizador como anillo al dedo.

En los cuadros vivientes ideados por el director, tanto el diseño de vestuario como la composición espacial adquieren una enorme importancia, dando lugar, en varios momentos, a imágenes que por su apariencia vagamente surrealista hacen pensar en la posible influencia de Buñuel (por ejemplo, en la escena en la que un rebaño de ovejas invade el interior de una iglesia). De hecho, es bien sabido que la religión ejerció un enorme influjo como fuerza inspiradora sobre el genio de Calanda. Con todo, la creatividad de Parajanov, si bien se vio refrenada por el talante coercitivo de un régimen político que no le permitía expresarse a su entero albedrío, sí pudo, al menos, legarnos un esbozo aproximado de una película inclasificable por lo insólito de su puesta en escena.


Corazón de papel (1982)













Director: Roberto Bodegas
España, 1982, 95 minutos



Puede que, en algunos aspectos, esta olvidada película del hoy olvidado Roberto Bodegas (y valga la redundancia) haya quedado obsoleta. Pero por más que los entresijos de la prensa del corazón (y los de la otra) ya no escandalicen a nadie, cuando se cuenta con nombres de la talla de Héctor Alterio y Antonio Ferrandis y un guion escrito a medias con Jaime de Armiñán, el resultado debe forzosamente ser tenido en cuenta.

En una escena de Corazón de papel, Antonio Borja (director de la agencia Agepress) y don Arcadio Nieto (doctor en física) conversan en el jardín del segundo a propósito de unas comprometedoras fotografías. El duelo interpretativo entre ambos actores (los Ferrandis y Alterio, respectivamente, a que antes aludíamos) es de tal sutileza, tirando de amenazas veladas y discretas insinuaciones, que, sin necesidad de entrar en muchos detalles, intuimos un turbio trasfondo en el que se mezclan corrupción política, chantaje y viejas rencillas personales. 

Porque se da el caso de que Borja fue sargento de Nieto en la División Azul e incluso le salvó la vida. Y aunque ahora se hayan vuelto las tornas y el antiguo subordinado sea un influyente miembro de las altas esferas (laureado con la Cruz de Hierro de Segunda Clase y la Cruz al Mérito Civil) mientras que el suboficial ha quedado en apenas director de una agencia de noticias al borde de la quiebra, resolver el dilema no va a ser tarea fácil, dado que ninguno de los dos parece dispuesto a ceder.



Mucho más jóvenes, Julia y Tomás se toman la profesión de otra forma. Ella (Ana Obregón) es en realidad hija de Borja, aunque nadie lo sabe. Él (Patxi Andión) es la viva imagen del viejo director cuando era joven y recita de carrerilla los mandamientos que éste le enseñó:

1º: No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje. 
2º: Todo lo que haces es para vender. 
3º: Vales lo que vendes.

Mientras se trate de obtener en exclusiva las fotos de la boda de una célebre actriz (en este caso, Silvia Tortosa interpretándose a sí misma) o sorprender in fraganti a un futbolista de moda con su último ligue en la discoteca o hacer pasar por robadas en Acapulco las instantáneas de una folclórica posando en la terraza de su casa... pues tira que te mata. Lo malo es que, a veces, comerciar con según qué mercancías puede acarrear tremendas consecuencias. En ese sentido, uno de los encantos de Corazón de papel es la descripción de una época en la que, superada la primera fase de la Transición, aún quedan residuos de lo que fue el antiguo régimen: en ocasiones disfrazados de "demócratas de toda la vida", como Antonio Borja; nostálgicos más o menos inofensivos, como el comisario Olmedilla (Eduardo Calvo) y peligrosos gerifaltes, como el ya citado don Arcadio, dispuestos a llegar adonde sea con tal de mantener su estatus de vicios privados y virtudes públicas.


lunes, 14 de agosto de 2017

Lion (2016)













Director: Garth Davis
Australia/Reino Unido/EE.UU., 2016, 118 minutos



Cuando acaba Lion, uno tiene la sensación de haberse tragado un publirreportaje de casi dos horas, de tan decepcionante que llega a ser el final. Y es una lástima, porque la primera parte (hablada en hindi y bengalí), la de los hermanos Guddu y Saroo y las penalidades de este último a lo largo de su periplo, prometía bastante. Pero ya se sabe que cuando al inicio de una película aparece aquella frase sobreimpresa de "Basado en un hecho real" hay que esperarse lo peor: el anticine, ese producto diseñado para consumo de las masas sin criterio a base de nominaciones a los Óscar (seis en el caso de Lion).

Y eso no es lo peor, no. Porque la visión que se da de la India como país caótico y pobre es de una perversidad inadmisible: en su afán por predisponer al espectador a favor del niño protagonista, se nos muestra el entorno en el que se mueve como un espacio de hostilidades continuas. Cierto que la lucha por la supervivencia no debe de ser tarea fácil en Calcuta, pero en aras de conseguir inspirar ternura hacia el pobre niño desamparado se roza un simplismo que no se recordaba desde El expreso de medianoche (1978) de Alan Parker: la escena de los hombres persiguiendo criaturas en los pasillos de la estación, por ejemplo, es simplemente tremendista.



Aunque una vez en Tasmania, la cosa no mejora, qué va: la parte de Lion que se desarrolla en tierras australianas oscila peligrosamente hacia terrenos más propios del telefilme de sobremesa, con ese ser llamado Nicole Kidman buscando en todo momento la lágrima fácil, una historia de hijos adoptivos que, de repente, sienten la necesidad imperiosa de reencontrarse con sus raíces (el segundo de ellos, además, con graves problemas de conducta) y la consabida historia de amor entre veinteañeros (el Dev Patel de Slumdog Millionaire y la Rooney Mara de Carol).

Y, para colmo, ese final: ¡pero qué final! Y no me estoy refiriendo al inevitable y previsible reencuentro, sino al pegote que viene justo a continuación, ya en los créditos finales: ¿pero de verdad era necesario? Bueno, no quisiera cebarme más. Busquemos algo bueno, va. A ver, dejadme que piense... ¡Ya lo tengo! Las ensoñaciones en las que el Saroo adulto cree ver a su hermano Guddu, sacándole partido a un hallazgo para borrar los límites temporales que ya ensayara con notable éxito Ingmar Bergman en Fresas salvajes (1957). En fin: yo no sé si es que hoy me he levantado con el pie izquierdo o es que el guacamole de la cena estaba en mal estado, pero lo cierto es que hacía tiempo que no me decepcionaba tanto una peli. Serán cosas de la edad.