jueves, 19 de octubre de 2017

El jardín de Jeannette (2016)













Título original: Une vie
Director: Stéphane Brizé
Francia/Bélgica, 2016, 119 minutos

El jardín de Jeannette (2016) de Stéphane Brizé

Las primeras secuencias de Une vie nos sitúan en un marco espacio-temporal eminentemente decimonónico y rural; un mundo en el que la existencia discurre por unos cauces de absoluto sosiego y cuyos habitantes se dedican a regar las plantas de su huerto o a jugar plácidamente a las tablas reales en familia. En ese aspecto, el director Stéphane Brizé lleva a cabo un giro copernicano con respecto a su anterior largometraje (La loi du marché), cambiando las vicisitudes de un parado cincuentón que intenta reincorporarse al proceloso mercado laboral tras el cierre de la fábrica en la que trabajaba por la historia de una mujer inmersa en los vaivenes del siempre complicado arte de vivir.

Porque la Jeanne encarnada por Judith Chemla (nominada al Premio César a la mejor actriz por su papel) pertenece a la misma estirpe de ilustres heroínas atormentadas que Madame Bovary o Margarita Gautier. No en vano, se trata, como en aquellos casos, de un personaje literario, surgido, concretamente, de la imaginación de Guy de Maupassant y que ya fue objeto de una adaptación cinematográfica en 1958, dirigida por Alexandre Astruc.



Un marido infiel, un hijo pródigo, la traición de una amiga... He ahí los sinsabores que irán progresivamente despedazando la inocencia de la protagonista a lo largo de un relato fragmentado en el que se alternan escenas de un presente depresivo, cuasi suicida, con destellos puntuales de una felicidad remota; días plomizos en contraste con un pasado luminoso.

Aun así, no todo es pesadumbre en la existencia de esta mujer, puesto que Rosalie (Nina Meurisse), la misma criada que años atrás se dejó seducir por el señor de la casa, regresará, al cabo de los años, para hacerse cargo de la depauperada hacienda. Especie de ángel de la guarda para la avejentada Jeanne al que se unirá, ya en el desenlace, una última esperanza personificada en forma de recién nacido: el nieto que, acunado en sus brazos, parece justificar con su sonrisa beatífica las contrariedades de toda una vida.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Torna, un any més, el cinefòrum Sant Miquel!















Un curs més, com ja és habitual des de fa una pila d'anys, encetem les sessions de cinefòrum al nostre saló d'actes. I la pel·lícula triada per obrir aquesta temporada és tot un clàssic. Més encara, m'atreviria a dir: una joia a càrrec del poeta, novel·lista, dramaturg, pintor i cineasta francès Jean Cocteau (de fet, la llista de disciplines en les quals va excel·lir aquest artista polifacètic seria encara més llarga: actor, dissenyador...)

Segon llargmetratge dirigit per Cocteau i dotada d'uns efectes especials de caire artesanal d'allò més creatiu tot i l'escassetat econòmica que es vivia a Europa just després de la fi de la Segona Guerra Mundial, La belle et la bête ha estat probablement la més reeixida de les moltes adaptacions cinematogràfiques que se n'han fet del celebèrrim conte homònim de Madame Leprince de Beaumont (1711-1780).

Estrenada el 1946 al Festival de Cannes, La bella i la bèstia té una durada aproximada de 96 minuts i la veurem en versió original en francès amb subtítols en castellà. La sessió tindrà lloc el proper dijous 26 d'octubre a partir de les 17:30h al saló d'actes del Col·legi Sant Miquel (Rosselló, 175. Barcelona).

I per anar fent boca us deixem amb un tastet de cartells de l'època.






martes, 17 de octubre de 2017

El profesor chiflado (1963)















Título original: The Nutty Professor
Director: Jerry Lewis
EE.UU., 1963, 107 minutos

El profesor chiflado (1963)

And I think that the lesson that I learned came just in time. I don't want to be something that I'm not. I didn't like being someone else. At the same time I'm very glad I was cause I found out something that I never knew. You might as well like yourself. Just think about all the time you're going to have to spend with you. And if you don't think too much of yourself, how do you expect others to?

La cálida alocución que el profesor Julius Kelp dirige a la concurrencia al mismo tiempo que se va desprendiendo gradualmente del odioso Buddy Love para volver a ser él mismo contiene el verdadero mensaje de una de las comedias más hilarantes de la historia del cine: "Si tú no te tienes en gran estima, ¿cómo esperas que lo hagan los demás?"



Se dice que para componer al alter ego de su personaje, Jerry Lewis se inspiró en Dean Martin, el que fuera pareja artística del histriónico actor durante varios años. Verdad o no, lo cierto es que estos particulares Jekyll y Hyde representan los dos polos más opuestos imaginables: uno puro intelecto, aunque poco agraciado y muy torpe; el otro tan apolíneo como vanidoso.

En realidad, El profesor chiflado pretende darnos la lección a nosotros, puesto que es el espectador quien debe reflexionar, a partir de lo visto, sobre por qué el arrogante Buddy goza de la aceptación social que se le niega al enclenque Kelp. Materia, por cierto, de una actualidad considerable, toda vez que la ingesta de medicamentos con la finalidad de corregir determinados trastornos de conducta está a la orden del día. ¿Que el déficit de atención e hiperactividad impiden a un alumno obtener buenos resultados académicos? Pues se incrementa la dosis y listo. ¿Que la timidez o el desánimo dificultan el relacionarse con los otros? Pues se ingiere algún antidepresivo que, como la fórmula ideada por Kelp, permita desinhibir nuestra expansividad y punto. De cómo le va al bueno de Julius con sus experimentos nos da cumplida cuenta el desenlace de la película. Para ver, en cambio, en qué queda tanta prescripción de estimulantes en la sociedad de hoy en día quizá tendremos que esperar un poco más...


domingo, 15 de octubre de 2017

La querida (1976)















Director: Fernando Fernán Gómez
España, 1976, 91 minutos



Más que una película en la que se incluían canciones, La querida fue una plataforma pensada para el lucimiento de Rocío Jurado y en la que tanto los diálogos como el argumento no eran más que relleno. La típica historia de la humilde muchacha de pueblo que lucha por abrirse camino en el mundo del espectáculo, tantas veces contada desde, por ejemplo, Ha nacido una estrella, era en esta ocasión el pretexto ideal para sacar adelante uno de los muchos productos de un inminente erotismo que convertía el cuerpo de la mujer en pura mercancía.

Un poco como sucedería por esas mismas fechas con títulos tipo La lozana andaluza de Vicente Escrivá, aunque sin llegar a tanto atrevimiento, no hay más que ver el cartel de la película para darse cuenta de por dónde iban los tiros. En realidad, todo obedecía a una estrategia de marketing de la que otras folclóricas del panorama nacional, como Carmen Sevilla, ya se habían servido previamente para relanzar sus respectivas carreras.



El hecho de que la dirección y el papel masculino principal recayesen sobre Fernando Fernán Gómez le confería a priori un cierto aliciente que el pronunciado escote de la Jurado y su abracadabrante repertorio de canciones compuestas por Manuel Alejandro enseguida diluyen.

Con todo, La querida nos deja alguna que otra imagen de singular hermosura: un primer plano de unas manos que se entrelazan, cortando el viento, a través de la ventanilla de un tren en marcha; o un gesto similar cuando la mano de Eduardo (Fernán Gómez) se posa sobre la de la madre de sus hijos (Maite Blasco) buscando una complicidad que hace tiempo que se acabó. Otras, en cambio, son abiertamente sensuales, como la escena en la que Teresa Gimpera le pone crema en la espalda a Manuela Silva (Jurado) mientras toma el sol en una piscina. Claro que, puestos a quedarse con la más impactante de todas (en otro orden de cosas), si hay una que destaca es el insólito corte de pelo que luce Fernando Fernán Gómez en esta película...


La patria chica (1943)
















Director: Fernando Delgado
España, 1943, 77 minutos



Justo después de Fortunato, película que ya tuvimos ocasión de comentar aquí hace algunas semanas, el director Fernando Delgado acometía el proyecto de La patria chica, musical folclórico al servicio de Estrellita Castro basado en un asunto original de los hermanos Álvarez Quintero y con partitura de Ruperto Chapí.

Su argumento, de tan manido, se resume en pocas líneas: un empresario parisino, interpretado por Juan Calvo, que responde al aciago nombre de Monsieur Renard ("zorro" en francés), se desplaza hasta Sevilla para contratar un cuadro flamenco y llevárselo en tren a su país. Tras haber hecho lo propio en Zaragoza con una rondalla de joteros, llegada a París tres días antes, la compañía al completo se reúne en la Fonda España, regentada por el orondo Romeu (Manuel Requena). Pero Renard, acuciado por las deudas, se da a la fuga dejándolos en la estacada.



Ante lo desesperado de su situación, Pastora recurrirá al pintor José Luis (Salvador Soler) antiguo novio para el que solía posar en la capital andaluza. De hecho, existe la posibilidad de que Míster Blay (un rico extranjero al que da vida Félix de Pomés) compre por una importante suma un retrato suyo. Pero al contemplar al natural la belleza de la modelo se olvidará enseguida del cuadro... Lo cual no sólo hace peligrar el dinero que les permitiría volver a España, sino que genera una fuerte rivalidad entre el acaudalado varón y el mañico Mariano (Pedro Terol), quien de tanto reñir con Pastora se ha enamorado perdidamente de ella.

Típica producción Cifesa, La patria chica pretendía aprovechar la fama de la obra adaptada aunando en un solo filme dos modelos de probado éxito: el andalucismo de comedias como Suspiros de España (Benito Perojo, 1939) y el toque aragonés de Nobleza baturra (Florián Rey, 1935). Añadiendo, por otra parte, el patrioterismo tan en boga en el cine franquista. No en vano, la fonda adonde recalan los personajes se llama España con toda la intención, ya que en ella se reúnen coterráneos de diversas regiones de la geografía nacional, como el pintor Españita (Salvador Rapallo), ausente durante quince años de su Cádiz natal. Recurso que, poco tiempo después, se pondría de nuevo en práctica en La nao Capitana (Florián Rey, 1947), donde un barco rumbo al nuevo mundo con tripulantes de distinta procedencia cumplía similar función que el mencionado hotel.


sábado, 14 de octubre de 2017

The Super (2017)














Director: Stephan Rick
EE.UU., 2017, 90 minutos



Sitges un año más. Con ésta, la que se clausura mañana, ya van cincuenta ediciones. Y en el siempre imponente Auditorio Melià asistimos a un estreno absoluto: The Super, presentada por el equipo de producción al completo. Su director, el alemán Stephan Rick, recogía la Máquina del tiempo en nombre del actor Val Kilmer, quien ha excusado su asistencia.

Dicen las notas de prensa que The Super, primer trabajo que Rick rueda en inglés, se parece remotamente a Mientras duermes (2011) de Jaume Balagueró. Puede. Sin embargo, el ojo avizor del cinéfilo empedernido enseguida reconocerá la impronta de El resplandor de Kubrick: niñas de inquietante rostro ovalado y raya en medio; inacabables pasillos en penumbra; un edificio de apartamentos en apariencia hostigado por una terrible maldición... Y, sobre todo, un empleado (el superintendente que da título a la cinta y que interpreta Val Kilmer) que es devoto practicante del psicovudú ucraniano.



Aun así, el filme adolece de esa obstinada tendencia en un cierto tipo de cine de terror al sobresalto continuo, enfatizado a golpe de trémolo y estallido orquestal. Vamos: lo que se viene llamando susto en román paladino. Sí. Porque, por mucho que las localizaciones se sitúen en pleno Manhattan, por más que el guion de John J. McLaughlin (autor, entre otros, de Cisne negro) pretenda mantenernos durante hora y media sobre ascuas, el resultado final es más bien convencional, por no decir previsible. Con un desenlace, además, entre sarcástico y moralizante, que se podría interpretar como apología de la familia. La concurrencia sitgetana, siempre pronta a las manifestaciones estentóreas, hace oír su voz en el acto: "¡¡No me lo puedo creer!!", profiere alguien a grito pelado desde las últimas filas.

A la salida, tenemos ocasión de cruzar algunas palabras con el director: mediante nuestro inglés de Catchment (o sea de Cuenca), le preguntamos a propósito de un par de escenas clave; y él, muy amablemente y sujetando todavía el trofeo logrado por su protagonista, nos da la razón. ¡Larga vida al séptimo arte y a los realizadores cuasi noveles que se prestan a departir con el respetable!

Si estás viendo a esta niña, a lo mejor es que ha llegado tu hora...

viernes, 13 de octubre de 2017

Así en el Cielo como en la tierra (1995)















Director: José Luis Cuerda
España, 1995, 91 minutos



España, en su concepción religiosa, es una tribu del centro de África [...] La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La Vida es un magro puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes; el Infierno, un calderón de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones; el Cielo, una kermés sin obscenidades, adonde, con permiso del párroco, pueden asistir las Hijas de María. Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere.

Ramón María del Valle-Inclán
Luces de bohemia
Escena segunda

Quizá no tan conocida como Amanece, que no es poco (1989), pero igualmente surrealista y ligada a nuestra idiosincrasia popular, Así en el Cielo como en la tierra situaba su acción en un particular edén. Concretamente, el situado sobre territorio español en 1962. Por lo que su aspecto no difiere gran cosa del de cualquier vetusta aldea castellana, con su plaza mayor, su alcalde, su cabo de la Guardia Civil y demás fuerzas "vivas".

Es, por así decirlo, un paraíso en horas bajas, puesto que sus "envejecidas" autoridades (si es que, valga la paradoja, la eterna jerarquía celestial puede hacerse mayor...) van a ver cómo se les inunda el pueblo con las almas del tan anunciado Apocalipsis, que, según parece, por fin ha llegado. De ahí que el Dios edil (Fernando Fernán Gómez) decida tener otro hijo que, de alguna forma, enmiende lo que no acabó de solventarse en su día con el advenimiento de Jesús sobre el mundo terrenal.

Comedia coral en la más pura tradición del cine español, de entre su nutrida galería de secundarios cabe destacar a Luis Ciges como el foráneo Matacanes, natural de Peñascosa (Albacete) y primer enviado de la hornada apocalíptica, que gozará de un singular cicerone en su descubrimiento del glorioso villorrio: un San Pedro ataviado con el uniforme de la Benemérita, magistralmente interpretado por Paco Rabal.



Claro que, fruto de dicho encuentro, quienes más van a ver trastocados sus esquemas no son las ánimas de los finados, sino precisamente el Padre y el Hijo (Jesús Bonilla), de improviso conscientes de que el mundo (su mundo) está cambiando. Lo cual dará lugar a portentosos diálogos como el que a continuación reproducimos:

JESUCRISTO: Padre, ¿qué hace usted aquí a estas horas? 
DIOS PADRE: Leyendo. 
JESUCRISTO: Venga, lo acompaño a su casa. Ya lo leerá mañana. 
DIOS PADRE: ¡No, mañana no puede ser! Son libros prestados. Me los ha dejado uno del Apocalipsis. Son libros de ateos, de Nietzsche, de Sartre. Dicen que he muerto, que no existo. Bueno, que no existo yo, ni tú, ni nada que huela a divino. ¡Son interesantísimos! No tienes ni idea la de vueltas que le dieron a la cabeza para escribir esto. Tiene mucho mérito, no creas.
JESUCRISTO: Padre, no lea eso, no vaya a ser el diablo que termine gustándole. 
DIOS PADRE: ¿Y me haga ateo? Si no fuera una idea tan retorcida, me lo pensaría, fíjate. A lo mejor era una solución. 
JESUCRISTO: Venga, padre, vámonos, que no son horas de estar aquí de charleta y, menos, leyendo. Que se va a pillar cualquier mal.
DIOS PADRE: ¡No hay Dios que pueda conmigo! Sartre es más lioso, pero éste, Nietzsche, es divertidísimo. Parece que escribe a gritos, lanza las ideas como trompetazos, con gran elocuencia y no carece de profundidad.