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domingo, 4 de abril de 2021

Viridiana (1961)




Director: Luis Buñuel
España/Méjico, 1961, 90 minutos

Viridiana (1961) de Luis Buñuel


Nada más conocerse mi decisión se elevaron vivas protestas entre los emigrantes republicanos en México. Varios amigos me defendieron, y se entabló una polémica sobre el tema: ¿Tiene Buñuel derecho a rodar en España? ¿No constituye eso una traición? Recuerdo una caricatura de Isaac aparecida poco más tarde. En un primer dibujo, se veía a Franco esperándome en suelo español. Yo llego de América, llevando las bobinas de Viridiana, y un coro de ultrajadas voces grita: "¡Traidor! ¡Vendido!" Estas voces continúan gritando en el segundo dibujo mientras Franco me recibe amablemente y yo le entrego las bobinas... que, en el tercer dibujo, le explotan en la cara.

Luis Buñuel
Mi último suspiro
Traducción de Ana Mª de la Fuente

Pocos títulos de la historia del cine han levantado tantas ampollas como éste: desde su propia génesis e incluso después de haberse alzado con la prestigiosa Palma de Oro en el Festival de Cannes, la primera cinta que Luis Buñuel filmaba en territorio español tras haber permanecido más de dos décadas en el exilio no dejó a nadie indiferente. Entre otras cosas, porque el filme, basado en un guion original coescrito en colaboración con Julio Alejandro, se presta a lecturas de todo tipo, incluida la reaccionaria en su visión sarcástica de la pobreza.

Aunque, a decir verdad, el escándalo ocasionado por Viridiana, a raíz de un artículo encendidamente adverso de L'Osservatore romano y la reacción airada de las autoridades franquistas, que prohibieron de inmediato la película, no era nada nuevo en la carrera del director aragonés. A fin de cuentas, ya en sus inicios había suscitado un rechazo similar con el surrealismo iconoclasta de Un chien andalou (1929) y, sobre todo, L'âge d'or (1930), pateada en su estreno parisino por grupos de extrema derecha y retirada de la circulación durante cincuenta años.



Tampoco el candor de la casta novicia que topa con la maldad del mundo al intentar poner en práctica los valores cristianos del Evangelio desentona excesivamente en la producción de un cineasta que, ya en su etapa mejicana, había abordado una similar temática con Nazarín (1959). En todo caso, el grado de "perversión" alcanzado en Viridiana incluía destellos de fetichismo (Fernando Rey probándose un zapato de tacón de su difunta esposa) y hasta la irreverencia de caricaturizar la Última Cena con un grupo de zafios mendicantes al compás del Mesías de Händel: elementos sacrílegos, por parte de un ateo confeso, que le valieron las iras del Vaticano y de la mayoría de sectores ultraconservadores del planeta.

Sin embargo, Viridiana es mucho más que todo eso. Baste analizar la escena del perro Canelo, salvado por Jorge (Paco Rabal) del suplicio de ir amarrado bajo el eje de un carromato, para darse cuenta de la amarga ironía que encierra la película: poco después, y en sentido contrario, otro carro y otro chucho reproducen idéntica situación, dando a entender lo arbitrario e inútil de la buena acción. Lo cual es tanto o más terrible si se tiene en cuenta que dicho individuo, el pragmático Jorge, representa un ideal de vida diametralmente opuesto al de su prima: la virtuosa Viridiana con la que, por obra y gracia de la censura (que no vio con buenos ojos que, en la última secuencia, ésta entrase, sin más, en el cuarto de su pariente), acabará jugando una ambigua partida de tute a tres bandas.



domingo, 20 de septiembre de 2020

El cochecito (1960)




Director: Marco Ferreri
España, 1960, 85 minutos

El cochecito (1960) de Marco Ferreri


Más que del vehículo que le da título, El cochecito trata de la miseria congénita en el seno de una sociedad profundamente subdesarrollada. En ese sentido, resulta mucho más revelador el diminutivo, como intensificador, que las peripecias del anciano don Anselmo (magnífico Pepe Isbert) hasta salirse finalmente con la suya. 

Porque si de una cosa nos habla esta película es de algo tan español como la mala leche. Aunque la dirigiese un italiano. El caso es que Marco Ferreri, de la mano del guionista Rafael Azcona, que adaptaba uno de los relatos de su libro Pobre, paralítico y muerto, supo captar, como ya hiciera un par de años antes en la no menos soberbia El pisito (1958), ese ambiente tan sombrío de la España franquista.



Y lo hizo valiéndose de un tono tragicómico, heredero directo del esperpento valleinclanesco o del humorismo de los Jardiel y Mihura. Una causticidad que la mojigata censura del régimen no pudo pasar por alto, hasta el extremo de eliminar la escena en la que el abuelo, harto de que lo traten como a un trasto, decide vengarse de su propia familia.

No hay, pues, buenos y malos en esta historia, sino que son todos igual de egoístas. Don Anselmo porque finge una parálisis que no tiene con tal de poder salir de excursión con su pandilla de amigos motorizados; el ortopedista que le vende el coche porque exhibe unas atenciones para con el viejo que únicamente esconden su estricto interés monetario en el asunto; el hijo de don Anselmo y el resto de familiares porque les importa más la herencia que la salud del susodicho... Y así correlativamente. Humor negro a raudales que, con la perspectiva que dan los años, tiene casi tanto de denuncia como de gracioso.



domingo, 13 de mayo de 2018

El momento de la verdad (1965)




Título original: Il momento della verità
Director: Francesco Rosi
Italia/España, 1965, 101 minutos

El momento de la verdad (1965)


El temperamento apasionado de Francesco Rosi dejó en Il momento della verità dos o tres destellos de su genialidad, pero sin llegar a concluir una obra maestra a la altura de Salvatore Giuliano (1960), Las manos sobre la ciudad (1963) o las posteriores El caso Mattei (1972), Excelentísimos cadáveres (1976) y Cristo se paró en Éboli (1979). Lo cual es lógico, hasta cierto punto, si se tiene en cuenta que tanto temática como estilísticamente la historia narrada quedaba fuera de su universo habitual.

Con todo, la estampa de una España rural mísera y polvorienta así como la llegada del protagonista a la gran ciudad en busca de fortuna nos devuelve al mejor Rosi: el observador cuyo ojo clínico es capaz de aprehender fidedignamente el pulso de una sociedad, en este caso marcada por el fervor devoto de romerías y procesiones y, valga la paradoja, el desenfreno de los múltiples encierros y corridas de toros.



Y, sin embargo, llegados al "momento de la verdad" (nunca mejor dicho), la película se vuelve prolija por un excesivo tono descriptivo, casi documental, a la hora de mostrar las faenas de 'Miguelín'. Desde luego, sólo un extranjero, llevado por la fascinación que lo taurino suele ejercer para quien se enfrenta a dicho mundo por vez primera, se recrea como lo hace el italiano Francesco Rosi.

Algo que la música incidental termina confirmando, ya que la banda sonora compuesta por Piero Piccioni aporta al conjunto ese aire entre trágico y kitsch que, sumado al estridente colorido del Technicolor y del Techniscope, dan lugar a un producto trufado de tópicos aunque no por ello exento de interés.


sábado, 5 de mayo de 2018

Lejos de los árboles (1972)




Director: Jacinto Esteva
España, 1963-1972, 100 minutos

Este país de todos los demonios



¿Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno,
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?

Jaime Gil de Biedma

La obra maestra de Jacinto Esteva. La película que tantos años y fatigas le costó, pero que finalmente constituye un hito ineludible en la historia del cine español. Y con más motivo que otros títulos, en tanto que Lejos de los árboles perseguía la nada fácil tarea de explicar en imágenes la esencia de la España profunda. Casi diez años de trabajo intermitente, de peleas y más peleas con la censura, siempre a vueltas por un plano de más o de menos o por la inconveniencia del título inicialmente previsto (el perspicaz verso de Gil de Biedma que encabeza esta entrada).

Lo interesante de Lejos de los árboles es que muchas de sus imágenes permiten entablar un diálogo con otros de los filmes que hemos comentado recientemente. Así, pues, podríamos decir que Esteva lleva a cabo con esta película la antítesis de Duende y misterio del flamenco (1952) de Edgar Neville, ya que la estilizada sublimación (deliciosa, por otra parte) que este último lleva a cabo se basa en similares elementos de nuestra tradición y folclore a los que, en manos del cineasta catalán, van a dar como resultado una bomba de relojería. Baste el ejemplo del cortejo fúnebre que filma Neville en Granada: una estampa conmovedora, que parece sacada de un poema de Lorca, en la que los gitanos acarrean un ataúd blanco sobre sus hombros. Compárese con la rudeza en blanco y negro de las diferentes comitivas que capta el objetivo de Esteva (el féretro descubierto de una monja, los penitentes de alguna remota aldea que se meten vivos en la caja, un difunto al que transportan a lomos de un borrico...) y se comprenderá a qué nos referimos.

Antonio Gades

También con Juguetes rotos (1966) se podría establecer algún que otro paralelismo, como los espontáneos que saltan al ruedo (unos cinco mil maletillas o aspirantes, según se decía en el documental de Summers) y que Esteva va a presentar con aun mayor crudeza, si cabe. La misma que percibimos en las evoluciones en la plaza de figuras consagradas como "Chamaco" o "El Cordobés". O ya hacia el final, cuando, en un peculiar tablao barcelonés parecido a la Bodega Bohemia y frecuentado por transformistas, un travestí emprende una arriesgada danza con hojas de periódico en llamas pegadas al cuerpo.

Aunque si hay una cita evidente en Lejos de los árboles ésa es la que hace referencia al Buñuel de Las Hurdes (1933): vemos cómo despeñan a un burro desde lo alto de una muralla, estampa terrible y cruel que recuerda a una secuencia análoga de Tierra sin pan en la que interviene una cabra, y acto seguido pasamos a la Semana Santa de Híjar (Teruel), cuya tamborrada no dista gran cosa de la de Calanda. Se trata de un sencillo guiño cinéfilo, pero que al mismo tiempo encierra una triste reflexión a propósito de la fascinación que la violencia y la muerte ejercen sobre las capas más populares de nuestro país.


viernes, 23 de febrero de 2018

Pont de Varsòvia (1989)




Título en español: Puente de Varsovia
Director: Pere Portabella
España, 1989, 85 minutos

Pont de Varsòvia (1989) de Pere Portabella


Intentar traducir en palabras las películas de Pere Portabella puede ser tan sencillo o tan complejo (como todas las cosas, esto es según se mire) como definir qué es la lluvia o el mar o la brisa agitando las ramas de los árboles. Porque el cineasta catalán filma como quien respira, con una naturalidad sólo al alcance de los más grandes.

La Barcelona que aquí vemos es la ciudad inmediatamente anterior a los Juegos Olímpicos del 92, es decir, la impulsada por el alcalde Maragall y su campaña Posa't guapa ('Ponte guapa'). Un espacio urbano presidido por la elegancia del Pabellón Mies van der Rohe y en cuya majestuosa magnificencia se recrea la cámara de Portabella con el mismo detenimiento que dedica a la fachada de edificios quizá no tan emblemáticos, pero no menos interesantes (caso de la actual sede de la Fundación Tàpies).



Comentaba el director en la presentación previa de esta tarde en la Filmoteca que su cine no obedece a un planteamiento aristotélico de causa y efecto (en realidad, no es la primera vez que le oímos decir esto). De hecho, Pont de Varsòvia carece de un argumento definido y, aunque en esta ocasión se sirvió de actores profesionales (algo no muy frecuente en su filmografía), las escenas inconexas que la forman son apenas una parodia de situaciones que van desde la concesión de un premio literario a un novelista de éxito (Jordi Dauder) hasta la noticia de un submarinista que fue absorbido por un hidroavión y posteriormente arrojado sobre un bosque en llamas. También hay lugar para la música de su habitual colaborador Carles Santos, al que vemos dirigiendo una composición propia encaramado en un andamio frente al escaparate de la chocolatería Fargas en el carrer del Pi.

Amante de las imágenes insólitas, Portabella no duda en mostrar el interior de la lonja de pescado al son de las notas del Tristán e Isolda wagneriano. O a La Fura dels Baus destrozando un vagón del metro de Berlín. Se atreve, incluso, con un cuadro viviente al estilo de la puesta en escena que Godard llevara a cabo en Passion (1982): concretamente, se trata del célebre Baño turco de Ingres. Todo suma, en definitiva, en un proyecto cuya subvención pública superó, según confesión del propio cineasta, el presupuesto inicialmente previsto, si bien la carrera comercial del filme gozó de una cierta repercusión internacional, llegando a ser presentado en el MoMA con el beneplácito de Scorsese.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Drácula Barcelona (2017)




Director: Carles Prats
España, 2017, 88 minutos

Drácula Barcelona (2017) de Carles Prats


Fiel a su estilo fresco y dinámico, el último documental de Carles Prats aborda el rodaje de dos películas míticas que se gestaron en paralelo: El Conde Drácula de Jesús Franco y Vampir Cuadecuc de Pere Portabella. Ambas filmadas a principios de los setenta, las dos en Barcelona, pero separadas  una y otra por el abismo que dista entre el cine de género y la más pura vanguardia. Lo cual no es óbice, sin embargo, para que se puedan establecer diferentes vínculos entre ellas, máxime cuando la segunda "vampirizó" a la primera. De hecho, el propio Christopher Lee volvería a trabajar con Portabella muy poco después en Umbracle (1970).

Como suele ser habitual en este tipo de formato, el filme cuenta con el testimonio en primera persona de quienes protagonizaron ambos proyectos, reforzado con los comentarios de los críticos Carlos Aguilar, Jordi Costa, Álex Mendíbil y Esteve Riambau. Este último, acompañado del cineasta, ha presentado el documental en la Sala Laya de la Filmoteca, haciendo hincapié (tras la proyección) en el detalle de que la única versión de Drácula, de las interpretadas por Lee, en la que el personaje lucía bigote fue precisamente la rodada por Jess Franco en el barrio gótico, dada su pretendida fidelidad al texto original de Bram Stoker.

Jesús Franco


¿Y qué vio el director madrileño en la Barcelona del 69 para rodar en ella hasta cuatro películas? Probablemente una ciudad que le recordaba al París desinhibido y moderno que había conocido en su juventud, siendo él (como era) un joven díscolo procedente de una familia de intelectuales. Riambau, por ejemplo, ahonda en la cuestión subrayando cómo los autores de la Escuela de Barcelona supieron desmarcarse de la influencia del neorrealismo italiano, cuando los directores mesetarios aún no habían captado que, para esas fechas, las tendencias verdaderamente innovadoras estaban llegando de Francia.

Sea como fuere, Drácula Barcelona nos brinda la oportunidad de adentrarnos en los entresijos de un cine y de una época irrepetibles, aportando, además, no pocas anécdotas sobre la materia, desde el aciago accidente que le costó la vida a la malograda Soledad Miranda hasta la ocasión en la que Christopher Lee, de rodaje en Rumanía en el 75, topó con un grupo de oficiales del ejército comunista que, nada más verlo, comenzaron de inmediato a santiguarse.

Pere Portabella

sábado, 26 de noviembre de 2016

Los golfos (1960)




Director: Carlos Saura
España, 1960, 70 minutos

"Es imposible llegar a ser alguien aquí..."

Los golfos (1960) de Carlos Saura


Debutaba Carlos Saura en el largometraje de la mano del productor Pere Portabella y con una película realizada completamente en escenarios naturales en la que se combinaban muy distintas influencias. Por una parte resulta fácil, ya en la escena inicial, reconocer la crueldad buñueliana en esa pobre vendedora ciega que clama "¡al ladrón, al ladrón!" tras haber sido atracada por uno de los golfos. No será la única referencia al cineasta de Calanda, toda vez que los ambientes míseros (como el vertedero que aparece hacia el final, en el que conviven personas y cerdos rebuscando en la basura) hacen pensar en filmes como Los olvidados.

En cuanto al grupo de marginales, cabría considerar el influjo de I vitelloni, aunque los jóvenes retratados por Fellini no eran delincuentes. De todos modos, la sordidez de algunas localizaciones así como el espíritu que impregna toda la película recuerdan de un modo inequívoco al neorrealismo italiano.

En España, Marco Ferreri había presentado un año antes en Los chicos una camarilla que podía remotamente asemejarse a la de Los golfos, cuya conexión, por otra parte, con la novela El Jarama de Sánchez Ferlosio parece también evidente (véase, si no, la escena que acaba con la pelea de los jóvenes ociosos en el río). Todo lo cual arroja una instantánea de lo que se estaba cociendo en este país a finales de los cincuenta, por lo que no es de extrañar que diferentes creadores se hiciesen eco de unos mismos elementos partiendo desde ámbitos diversos.

Parece Paul Newman, pero es Manuel Zarzo (Julián)


Claro que también sería interesante analizar la impronta que dejaría la ópera prima de Saura en el cine posterior. Temáticamente, la obsesión de unos desharrapados por triunfar a cualquier precio en el mundo de los toros volveremos a encontrarla años más tarde en títulos como El espontáneo (1964) de Jorge Grau o El monosabio (1978) de Ray Rivas.

De todos modos, conviene subrayar que Julián, Ramón, Manolo, Paco o El Chato no son unos mangantes habituales sino que el hecho de que roben para sufragar la carrera taurina de Juan los sitúa más cerca del patetismo romántico que no de la picaresca convencional.

Presentada en Cannes, donde sería nominada para la Palma de oro, la cinta no lograría sustraerse, sin embargo, a los cortes de una censura franquista particularmente obsesionada con el retrato desesperanzado y deprimente que, a partir del guion de Saura, Camus y Sueiro, podía inferirse de parte de la sociedad española: un país la esperanza del cual agonizaba como la vaquilla del plano final y una juventud cuyo horizonte vital se intuía tan fallido como la corta carrera de Juan, "el Marteño".


jueves, 3 de diciembre de 2015

Informe general II. El nuevo rapto de Europa (2015)







Director: Pere Portabella
España, 2015, 126 minutos

Han pasado cuarenta años desde el primer Informe general que filmara Pere Portabella. Para esta nueva entrega el cineasta se ha centrado en los movimientos ciudadanos que, a partir del 15-M o el proceso soberanista catalán, han transformado el panorama político nacional con la irrupción de nuevas formaciones políticas.

De ahí la presencia de líderes como Carme Forcadell, los diputados de la CUP en el Parlament o Íñigo Errejón de Podemos, aunque también se cuenta con el testimonio de científicos e investigadores del CSIC (entre ellos Marcos Portabella Arnús, hijo del cineasta), así como de Manuel Borja-Villel y Zdenka Badovinac, responsables ambos del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en cuyas instalaciones (tanto el edificio Sabatini como el Nouvel) se han filmado varias escenas.

Asimismo, hay lugar para la filosofía: Antonio Negri, Itzíar González o Marina Garcés analizan diferentes aspectos de la sociedad actual.

En la presentación del filme en la Filmoteca de Catalunya, se ha contado con la presencia del director y de una nutrida representación del equipo y colaboradores que han intervenido en el rodaje. De hecho, Portabella los ha hecho salir a la palestra tras la proyección para que, mediante una reverencia, saludasen al público asistente al modo de los actores en el teatro.


martes, 1 de diciembre de 2015

Informe general sobre unas cuestiones de interés para una proyección pública (1977)




Director: Pere Portabella
España, 1977, 150 minutos

Informe general... (1977) de Pere Portabella


Por su valor testimonial y por el momento histórico en el que se rodó, este Informe general sobre unas cuestiones de interés para una proyección pública de Pere Portabella se encuentra a medio camino entre dos producciones de la misma época y de similar contenido, a saber: La vieja memoria (1979) de Jaime Camino y Raza, el espíritu de Franco (1977) de Gonzalo Herralde. Con la primera comparte la estructura de reportaje construido a partir del testimonio en primera persona de destacadas personalidades del ámbito político. Con la segunda, el análisis que se lleva a cabo de la película que escribiera un tal Jaime de Andrade (pseudónimo de Francisco Franco) y que dirigió José Luis Sáenz de Heredia en 1942.



Se abre el film con unas imágenes del Valle de los Caídos, lugar que, si ya de por sí es lo suficientemente tétrico, se nos aparece más lúgubre aún, si cabe, merced a la inquietante banda sonora compuesta por Carles Santos. Tornándose la música más obsesivamente machacona, se pasa, a continuación, a imágenes filmadas clandestinamente de las multitudinarias manifestaciones por aquellos días organizadas en Madrid, en Barcelona y en Vitoria, así como de la brutal represión policial ejercida por los grises.

Los grises haciendo de las suyas en la Diagonal de Barcelona


Aunque el núcleo duro de este Informe... lo configuran las conversaciones que distintos líderes políticos de la inminente democracia mantienen entre ellos en un ambiente distendido: Felipe González, Ramón Tamames, Santiago Carrillo, Enrique Tierno Galván, Joaquín Ruiz-Giménez, Jordi Pujol, Anton Cañellas, Gregorio López Raimundo, Marcelino Camacho, Nicolás Redondo, Antonio de Senillosa y tantos otros (como unos líderes sindicales de Santa Coloma) dan su visión de cómo deberán ser la democracia y la futura Constitución española.

Felipe González


Entre las curiosidades que Portabella decidió incluir destacan la reconstrucción de cómo fusilaron al etarra Juan Paredes (alias Txiki), visitando el lugar de los hechos en Cerdanyola del Vallès junto con sus abogados Marc Palmés y Magda Oranich, a lo cual sigue el emotivo "Eusko gudariak", el himno patriota vasco que Txiki entonó antes de su ejecución sumarísima.

Otra de las secuencias impactantes es la del interior del Parlament de Catalunya, cuyos escaños aparecen cubiertos por una densa pátina polvorienta tras numerosos años de forzosa clausura. Aunque previamente se muestran también imágenes de El Pardo, siempre con el actor Francesc Lucchetti como maestro de ceremonias.

Finalmente, desde el Palau de la Música Catalana, Montserrat Caballé interpreta un fragmento de la ópera Salomé, al tiempo que vemos cómo un retrato de Franco y señora es retirado de una de las salas de lo que hoy es el Palau de la Generalitat.

Pere Portabella

EPÍLOGO

Se sorprendía hoy mismo Luz Sánchez-Mellado, desde las páginas de El País, de que a los candidatos a las próximas elecciones generales del 20 de diciembre sólo les faltó llamarse "tío", "tronco" o "colega" en el debate que protagonizaron anoche Pablo Iglesias, Albert Rivera y Pedro Sánchez. No estaría de más recomendarle a la periodista el visionado del documental de Portabella: quizá así se daría cuenta de que, hace cerca de cuarenta años, la nueva hornada de políticos que preparaban el asalto al poder tras la desaparición del Franquismo también se tuteaban. Y es que no hay nada nuevo bajo el sol (aunque a veces nos guste hacernos la ilusión de lo contrario...).

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Nocturno 29 (1968)




Director: Pere Portabella
España, 1968, 77 minutos

Según Pere Portabella "La contemplación también nos hace libres". Y esa es precisamente la única alternativa que nos queda como espectadores en el caso de Nocturno 29: admirar una sucesión de imágenes inconexas engarzadas mediante un sentido del montaje eminentemente musical. Algunas de ellas de lo más insólito, como esa partida de póquer en la que se enfrentan Antoni Tàpies, Antonio Saura, Mario Cabré i Lucia Bosé.

De nuevo se alternan secuencias en color con otras en blanco y negro. En este último caso fue vital la intuición del director de fotografía Luis Cuadrado para conseguir la textura exacta que solicitaba Portabella en la escena inicial del filme. Finalmente, y tras muchas probaturas, se pudo solventar la situación filmando las imágenes en el negativo de sonido (más resistente).


No contéis con los dedos (1967)











Director: Pere Portabella
España, 1967, 26 minutos

Comenzaba la presentación que de su sesión triple ha llevado a cabo esta tarde Pere Portabella en la Filmoteca de Catalunya, enmarcada en el ciclo Arrels i ressonàncies, dejando claro que su filmografía como director no se ha regido nunca por esquemas de causa-efecto. Lo verdaderamente importante para él es el proceso creativo que le lleva a idear un lenguaje propio; lo cual es algo basado en la intuición y que, por consiguiente, no se aprende en ninguna escuela de cine.

En opinión de Portabella, la mejor manera de trabajar es buscar un interlocutor que pertenezca a otro ámbito artístico (el poeta Joan Brossa o el compositor Carles Santos, por ejemplo). Eso es lo que hizo en el cortometraje No contéis con los dedos (1967), basado en imágenes aparentemente inconexas (algunas en blanco y negro y otras en color) y que se suceden mediante cortinillas similares a las utilizadas en los anuncios publicitarios televisivos.


Los premios nacionales (1969)




Director: Pere Portabella
España, 1969, 9 minutos

Los premio nacionales (1969)


Con el objetivo de ofrecer una imagen de modernidad del régimen, a finales de los sesenta el entorno del Opus Dei auspició que desde instancias oficiales se organizara una exposición dedicada a Joan Miró. Como respuesta en contra, el Colegio de arquitectos encargó a Pere Portabella la confección de un documental que ridiculizase el repentino "afán" cultural de los organismos estatales.

Más que una pinacoteca al uso, los sótanos de la Biblioteca Nacional de Madrid parecen un museo de los horrores, dadas las condiciones de hacinamiento en las que se amontonan los cuadros que desde 1941 hasta el presente de la filmación recibieron el Premio Nacional de Pintura. Dos ordenanzas se encargan de ir sacándolos para mostrarlos a cámara. La dudosa calidad artística de muchos de ellos se ve acentuada por la utilización como banda sonora de diversos fragmentos de zarzuelas de Ruperto Chapí (básicamente, La Revoltosa y El tambor de Granaderos).