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viernes, 15 de marzo de 2024

El gallo de oro (1964)




Director: Roberto Gavaldón
Méjico, 1964, 105 minutos

El gallo de oro (1964) de Roberto Gavaldón


La ilustre tríada de narradores latinoamericanos que coescribieron El gallo de oro (1964) —Carlos Fuentes, García Márquez y Juan Rulfo, a partir de una historia de este último— pudiera hacer pensar que se trata de una magnífica película acorde con la calidad que todos ellos acreditaron en sus respectivas obras literarias. Sin embargo, la puesta en escena del mejicano Roberto Gavaldón no pasa de ser un simple vehículo (magníficamente fotografiado en Eastmancolor, eso sí, por Gabriel Figueroa) al servicio de la cantante Lucha Villa. Razón por la cual, y sin que venga mucho a cuento, la susodicha se arranca por rancheras y corridos en no pocas ocasiones a lo largo de la trama.

En cambio, desde el primer momento se aprecia la innegable impronta rulfiana en la figura del pobre diablo que, de un día para otro, ve cómo cambia su mala estrella gracias a un gallo de pelea por el que a priori nadie daba un duro. En ese sentido, el bueno de Dionisio Pinzón (Ignacio López Tarso) constituye una presencia perfectamente reconocible para cualquier lector de Rulfo que entronca con la misma estirpe de perdedores que pueblan los relatos de El llano en llamas e incluso la fantasmal Comala de Pedro Páramo.



Por otra parte, tanto Gabo como Fuentes bromearían años después, y en más de una ocasión, a propósito de una absurda labor como guionistas que para ellos, avezados literatos aunque cineastas bisoños, se resumía en poner o quitar comas de los diálogos. Hasta el extremo de que apenas hay nada palpable, del uno o del otro, en la pantalla como no sean sus nombres en los títulos de crédito iniciales.

Aun así, la cinta se hace eco de una serie de elementos, algunos propios de la tradición esópica (como "la gallina de los huevos de oro", aquí revertida en su versión a lo macho) y otros procedentes del Méjico profundo (la madre muerta y la obsesión del hijo por honrarla con el ataúd más caro), que prevalecen sobre los sombreros charros y demás tópicos del folclore local. Curiosa mezcla, a la par que heterogénea, cuya moraleja, aplicada al protagonista, se resume en el refrán "El que nace para maceta no sale del corredor".



viernes, 27 de mayo de 2016

El lugar sin límites (1978)




Director: Arturo Ripstein
Méjico, 1978, 110 minutos

El lugar sin límites (1978) de Arturo Ripstein

Fausto: Primero te interrogaré acerca del infierno.
Dime, ¿dónde queda el lugar que los hombres llaman infierno?

Mefistófeles: Debajo del cielo.

Fausto: Sí, pero ¿en qué lugar?

Mefistófeles: En las entrañas de estos elementos.
Donde somos torturados y permanecemos siempre.
El infierno no tiene límites, ni queda circunscrito 
a un solo lugar, porque el infierno es aquí donde estamos
y aquí donde es el infierno tenemos que permanecer…

Christopher Marlowe, Doctor Fausto

Hasta tres figuras prominentes de la literatura hispanoamericana llegaron a colaborar en el guion de El lugar sin límites: el chileno José Donoso (adaptando su propia novela), el mejicano José Emilio Pacheco y el argentino Manuel Puig (aunque este último sin acreditar). Ante semejante nómina se hace difícil no sentirse inmediatamente atraído por una película de enorme valentía para la época en la que se rodó y que prefigura, en cierto modo, el universo de cineastas posteriores como Pedro Almodóvar.

Aun así, la sordidez del ambiente que describe no es gratuita, ya que tiene por objetivo denunciar los abusos del caciquismo, encarnados en el abyecto don Alejo (a quien da vida el mítico actor y director Fernando Soler, ya en el tramo final de su carrera), así como el cobarde machismo homófobo del que hacen gala determinados personajes, de los que Pancho sea, tal vez, el caso más cruel.

¿Y qué decir de la protagonista?: la Manuela que compone Roberto Cobo es uno de esos personajes inolvidables, como imperecedero fue el Jaibo que este mismo actor interpretara varios años antes en Los olvidados de Luis Buñuel. Conmovedora a la par que patética, la tragedia de Manuela representa la derrota de la delicadeza frente a la brutalidad del orden imperante, siempre dispuesto a coartar los bríos de la imaginación.