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domingo, 7 de octubre de 2018

La espada Bijomaru (1945)




Título original: Meitô Bijomaru
Director: Kenji Mizoguchi
Japón, 1945, 65 minutos

La espada Bijomaru (1945) de Kenji Mizoguchi


Los hombres son mortales; las espadas, para siempre...

El aprendiz Kiyone Sakurai cree haber moldeado un acero infalible para su guardián, Kozaemon Onoda. Pero a éste se le rompe el sable durante una reyerta en la que pierde la vida. Su hija Sasae jura vengar la muerte del padre y, con tal finalidad, le pide a Kiyone Sakurai que fabrique para ella una espada especial. Así que Kiyone y su compañero Kiyotsugu acuden al maestro herrero Kiyohide Yamatomori para que les enseñe el oficio.

El egregio Mizoguchi a vueltas con el rancio patriotismo bélico. De hecho, todo en esta película podría verse como un desesperado grito de guerra en favor de la industria armamentística: desde la obsesión por forjar una espada perfecta a golpe de martillo hasta la presencia fantasmal de la hija de Onoda en la fragua para infundir ánimos a unos esforzados artesanos que casi se dejan la vida en su empeño.

Cuando el Japón imperial se aprestaba a una derrota irremisible en la contienda mundial, la otrora prolífica industria cinematográfica del país asiático aún era capaz de producir cintas de propaganda como La espada Bijomaru (1945), mediometraje más bien insulso del que su director abominaría más tarde y cuyo punto culminante es una prolongada lucha de catanas entre el espíritu vengativo de una mujer perteneciente a la aristocracia local y el samurái que la traicionó en vida.


viernes, 5 de octubre de 2018

Historia del último crisantemo (1939)
















Título original: Zangiku monogatari
Director: Kenji Mizoguchi
Japón, 1939, 143 minutos

Historia del último crisantemo (1939)

Dramón intenso del siempre emotivo Mizoguchi, Historia del último crisantemo nos habla del teatro kabuki y de un actor que descubre lo que la gente piensa realmente de él, pero también del estricto clasismo de la sociedad japonesa en las postrimerías del siglo XIX. Es, en ese aspecto, una película de sentimientos a flor de piel, el relato de dos enamorados que deciden rebelarse contra lo establecido para defender a capa y espada una relación prohibida.

Deslumbrado por la belleza de la criada Otoku, Kikunosuke decidirá abandonar Tokio para ganarse la vida por su cuenta y así recuperar el reconocimiento de su familia. Planteamiento netamente folletinesco —extraído de una novela de Shôfû Muramatsu— que, sin embargo, alcanza la categoría de obra maestra en las manos de un Mizoguchi cuya accidentada trayectoria vital no distaba demasiado de la de sus personajes.



Sin apenas cortes internos ni primeros planos, Zangiku monogatari encarna a la perfección la estética de un plano por escena que se hallará presente en buena parte de la filmografía posterior del cineasta. Aunque si hay algo que convierte a esta película en fresco memorable son las secuencias que contienen fragmentos de representaciones teatrales, muestra inestimable de una exuberancia escénica que alcanza su máximo apogeo en la cabalgata final.

El amor como fuerza más poderosa que cualquier tabú o prohibición social: he ahí el tema de un filme cuyo patetismo se acentúa cuando el personaje femenino, postrado y agonizante, se expresa con un hilillo de voz que pone de manifiesto todo el sufrimiento al que se ha visto expuesta la pareja por culpa de la intolerancia de unas convenciones excesivamente rígidas.