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sábado, 1 de agosto de 2026

Cartas desde Huesca (1993)




Director: Antonio Artero
España, 1993, 80 minutos

Cartas desde Huesca (1993) de Antonio Artero


El siempre independiente Antonio Artero (1936-2004), autor de una exigua filmografía en la que sobresalen títulos tan heterodoxos como Yo creo que... (1975) o Trágala, perro (1981), cerraba su carrera con estas Cartas desde Huesca (1993), proyecto largamente acariciado por el cineasta aragonés, pero que debido a innumerables problemas de financiación no pudo concretarse hasta ya entrada la década de los noventa.

Nos habla su argumento de Mainar (Fernando Fernán-Gómez), viejo anarquista que, tras una vida repleta de mil y una vicisitudes, termina dedicándose a la venta ambulante por los mercadillos de la zona. Sin embargo, ese mismo hombre, hoy apenas un anciano empobrecido, atesora los escritos de un poeta inglés que combatió junto a él, como miembro de las Brigadas Internacionales, durante la Guerra Civil Española.



El empeño por dar con los manuscritos de ese tal Benton llevará a la atractiva Angy (Myriam Mézières) a contactar con el susodicho Mainar, si bien la editora británica y sus acompañantes (interpretados por Óscar Ladoire y Tony Isbert) no lo tendrán nada fácil, toda vez que los papeles se hallan a buen recaudo, debidamente escondidos en la destartalada habitación de alguien que prefiere no remover sus viejos recuerdos de juventud.

En definitiva, la puesta en escena de Artero, sobria e introspectiva, desentierra los fantasmas de la contienda, así como las heridas no cicatrizadas de nuestra memoria colectiva. Con un soberbio Fernán-Gómez encarnando la dignidad y el peso del pasado del antiguo combatiente cenetista, la película trasciende la propia intriga para convertirse en un melancólico retrato sobre la imposibilidad de reescribir la historia. Una cinta modesta, no exenta de imperfecciones, aunque profundamente reflexiva, que contó en papeles secundarios con el intelectual Antonio López Campillo y los veteranos Conrado San Martín y Vicente Parra.



sábado, 22 de diciembre de 2018

Agujetas en el alma (1998)




Director: Fernando Merinero
España/Francia/Italia, 1998, 93 minutos

Agujetas en el alma (1998) de Fernando Merinero


Tal vez porque Fernando Merinero es un espíritu inquieto y un tanto anárquico, lo cierto es que Agujetas en el alma —el que fuera su segundo largometraje tras Los hijos del viento (1995)— se contagia desde el minuto uno de ese carácter aparentemente improvisado que define el estilo cinematográfico de su director. Verdadero ejercicio de work in progress en el que se mezclan ficción y realidad, la película nace ante nuestros propios ojos conforme Aitor (Martxelo Rubio) realiza el casting para su próximo proyecto. En ese sentido, son muchos los personajes cuyo nombre coincide con el del actor o actriz que los interpreta: Bruno (Buzzi), Nathalie (Seseña), Mapi (Galán), Carmen (Elías), Myriam (Mézières)...

Precisamente, es cuando aparece la actriz francesa, en el tramo final, que el filme, hasta ese instante un mero divertimento, gana muchos enteros en intensidad dramática. Profundidad que nace de sus confesiones con un cineasta que ha apostado por ella aun a riesgo de enemistarse con su productor (Joan Potau) y que es el verdadero punto fuerte de Agujetas en el alma.



Lo que peor ha resistido el paso del tiempo, en cambio, es toda esa galería de freaks que desfila ante la cámara de Aitor con el vago propósito de participar en su película: aspirantes a intérprete cuyo afán por alcanzar algún día el estrellato les lleva a prestarse a los más insólitos ejercicios de improvisación, cuando no a suplicar directamente un papel cueste lo que cueste.

Por todo ello, se comprenderá la adhesión que semejante engendro despertó entre ciertos sectores de la crítica ya en el mismo momento de su estreno. Mirito Torreiro, por ejemplo, se expresaba, desde las páginas de El País, el jueves 20 de agosto de 1998, en los términos siguientes: "Cuando uno se pone frente a una película tan deslavazada pero al tiempo tan ferozmente personal como es Agujetas, hecha como se hacían aquellas películas cinéfilas de otrora, sin el menor cálculo comercial, con las tripas, el primer sentimiento que se despierta es la simpatía: Fernando Merinero parece ser un sobreviviente de esa extraña raza de los cinéfilos de antaño, que hacían películas sobre lo que vivían, es decir, el cine y sus circunstancias, y lo hacían, uno sospechaba, porque de lo contrario sólo les quedaba el suicidio."

Fernando Merinero

martes, 18 de diciembre de 2018

Flores de sangre (2002)




Título original: Fleurs de sang
Directores: Myriam Mézières y Alain Tanner
Francia/España/Suiza, 2002, 100 minutos

Flores de sangre (2002) de Mézières y Tanner


Un día más —y, con éste, ya van unos cuantos— la actriz y guionista Myriam Mézières se ha dejado caer por la Filmoteca de Catalunya para presentar otro de los filmes que conforman la retrospectiva que se le está dedicando a lo largo del presente mes de diciembre. En esta ocasión, la película elegida no podía ser más oportuna, dada la triste noticia del hallazgo del cadáver de la profesora onubense Laura Luelmo. Es por ello que Mézières, visiblemente emocionada, ha querido dedicar su película "a todas las mujeres que no tienen quien las defienda".

Fleurs de sang supuso la primera y hasta ahora única incursión tras las cámaras de una artista que contó, como no podía ser menos, con la ayuda de su mentor, el suizo Alain Tanner. Cuenta la historia de una cabaretera llamada Lily, especializada en números eróticos de contenido mitológico (como el que recrea la fábula de Júpiter, metamorfoseado en cisne, y Leda) que pretenden ir más allá del típico espectáculo grosero.



Pero Lily, hermosa bohemia de vida errante (tanto física como afectivamente hablando), tiene una hija menor de edad que la acompaña de hotel en hotel y de garito en garito, circunstancia que motivará que los servicios sociales le acaben retirando la custodia de Pam (que así se llama la criatura).

Escrito por la propia Mézières y rodado entre L'Alcúdia (Comunidad Valenciana) y París, el guion de Flores de sangre abarca varios años de la trayectoria vital de sus protagonistas a través de un larguísimo flashback. Un descenso a los infiernos que llevará a la madre desde los escenarios hasta los suburbios parisinos, en cuyos míseros ambientes subsiste como sin techo alcoholizada.


martes, 27 de noviembre de 2018

Una llama en mi corazón (1987)




Título original: Une flamme dans mon cœur
Director: Alain Tanner
Francia/Suiza, 1987, 107 minutos

Una llama en mi corazón (1987)


Hará cosa de un par de meses, escuchaba atónito en un espacio informativo de la televisión autonómica catalana la relectura que una experta en no sé qué hacía del popular "Every Breath you Take" de The Police. Según esta buena señora, el tema (compuesto por Sting en 1983) no es la balada romántica que hasta la fecha todo el mundo creía, sino la perturbadora amenaza de un acosador que, en el estribillo, le dice a su víctima aquello tan célebre de "I'll be watching you" ('Te estaré vigilando').

A la luz revisionista de estos replanteamientos tan en boga, me pregunto qué dirán los abanderados del Me Too de una película tan sumamente voluptuosa como Une flamme dans mon cœur. No lo sé y, en cualquier caso, aquí los emplazo para que nos hagan llegar sus opiniones. Lo que sí me consta, y de muy buena tinta, es que para quienes la vieron en el momento de su estreno (hace de esto ya más de tres décadas) la sensualidad desbordada de la protagonista (una despampanante Myriam Mézières que esta tarde presentaba su autobiografía, titulada El sol tiene una cita con la luna, en la Filmoteca de Catalunya) supuso una deleitosa bocanada de aire fresco.



Que, no obstante, deja entrever un poso de tristeza, subrayado por las no menos melancólicas notas de la Sonata nº 1 y la Partita para violín nº 2 de Bach. En efecto, Mercédès es una mujer en apariencia fuerte, pero que alberga una enorme fragilidad en su interior. La misma que la conduce al borde de la depresión y a alimentarse únicamente de cereales cuando uno de sus amantes (el periodista Pierre, al que ha conocido casualmente en el metro y con el que, más adelante, viajará a Egipto) se ausenta, por motivos profesionales, durante una temporada; la misma que, previamente, la había hecho caer bajo el influjo del posesivo Johnny.

El suizo Alain Tanner se sirve de la sobriedad del blanco y negro para confeccionar una estampa tan profunda como impúdica del personaje central, esa hembra de belleza casi animal que, con la única ayuda de un enorme gorila de peluche, es capaz de dejar boquiabiertos, en la impactante escena que tiene lugar en el parisino bulevar Barbès, a los lugareños que se agolpan frente a la sórdida barraca de feria donde actúa.