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martes, 18 de febrero de 2025

La isla mínima (2014)




Director: Alberto Rodríguez
España, 2024, 105 minutos

La isla mínima (2014) de Alberto Rodríguez


Comienza La isla mínima (2014) con una serie de planos en cenital, filmados presumiblemente con dron, que muestran distintos rincones del Parque Nacional de Doñana. Estampas de singular belleza, más propia de otro mundo, cuyos recovecos recuerdan remotamente a los pliegues de algún corte cerebral. Lo cual no deja de ser curioso, considerando que la atmósfera predominante a lo largo de toda la película destaca por su contención narrativa. Un distanciamiento que tiene mucho, precisamente, de frialdad desapasionada.

La decoloración de la fotografía de Álex Catalán, así como la inquietante banda sonora de Julio de la Rosa subrayan el carácter crepuscular de una puesta en escena filmada en inmensos espacios abiertos y en la que el perfil antagónico de la pareja protagonista (Javier Gutiérrez, haciendo de poli veterano, y Raúl Arévalo, en el papel de joven arrogante de la nueva escuela) parece remitir a modelos hollywoodenses como el David Fincher de Seven (1995) o Zodiac (2007).



Sin embargo, hay también un trasfondo político, el de nuestra Transición, que se intuye en cuanto aquí sucede: las relaciones de poder entre personajes que simbolizan el antiguo régimen (y que se resisten a renunciar a sus privilegios de clase) y otros que representan el advenimiento de la España democrática. A este respecto, resulta escalofriante el hecho de que Robles (Javier Gutiérrez) tenga un turbio pasado como agente de "la Gestapo franquista". Sobre todo a partir del momento en el que el a priori impertérrito Suárez (Raúl Arévalo) comience a contagiarse de los no muy ortodoxos métodos de su compañero.

Diez goyas coronaron el mérito de un thriller policíaco que, aparte de los elementos típicos del género, posee también numerosas capas de lectura. Incluso en clave lorquiana, habida cuenta de que la acción transcurre en un enclave andaluz entre personajes sobre los que se cierne un aire de tragedia. Aunque si hay un código cuyos rasgos primordiales resultan reconocibles, ése es el de los True Crime. Y es que pese a estar ambientada en 1980, la cinta del sevillano Alberto Rodríguez irrumpió en una sociedad terriblemente sensibilizada tras casos tan mediáticos como los de Marta del Castillo y, sobre todo, el de las niñas de Alcàsser. De ahí que la trama insinúe implicaciones al más alto nivel en una oscura red de trata de menores encubierta por el silencio cómplice de una especie de mafia local.



sábado, 14 de octubre de 2023

El huerto del Francés (1978)




Director: Jacinto Molina
España, 1978, 94 minutos

El huerto del Francés (1978) de Jacinto Molina


La ambición de reivindicarse como cineasta capaz de llevar a cabo proyectos de mayor sustancia que las teóricamente insulsas películas de terror que le habían dado la fama llevó a Jacinto Molina (1934-2009), más conocido como Paul Naschy, a despojarse de su alias habitual para dirigir y protagonizar El huerto del Francés (1978). 

Sin embargo, su apariencia de drama histórico ambientado a principios del siglo XX en la localidad sevillana de Peñaflor esconde, en realidad, una cinta repleta de elementos que resultaban enormemente morbosos para el público ávido de emociones fuertes de la Transición. Así pues, el repertorio de temas abarcados por el guion (obra del propio Molina y Antonio Fos) oscila entre las juergas subidas de tono, con prostitutas y timbas clandestinas que los señoritos del lugar organizan en el "selecto" garito regentado por el protagonista, hasta prácticas que, como el aborto (por aquel entonces totalmente prohibido en España), constituían una absoluta transgresión.



En esa misma línea, el carácter apacible de Juan Andrés Aldije (Paul Naschy), casado con una rica heredera (Julia Saly), aunque protector/proxeneta de las atractivas Charo (Ágata Lys) y Andrea (María José Cantudo), a las que deja embarazadas y con las que forma un particular triángulo erótico, contrasta con el lado oscuro de un personaje cuya torva mirada deja entrever las aviesas intenciones que alberga en su interior.

Y es que ese huerto al que alude el título no sería tanto una parcela para plantar patatas, sino un macabro cementerio adonde van a dar con sus huesos los incautos viajeros que allí recalan. Escabroso suceso, basado en hechos reales, del que da cumplida cuenta el romance cantado por Rosa León con el que se abre y se cierra la trama, un largo, larguísimo flashback que precede a la ejecución pública de los criminales.



domingo, 6 de agosto de 2023

Los duendes de Andalucía (1966)




Directora: Ana Mariscal
España, 1966, 108 minutos

Los duendes de Andalucía (1966) de Ana Mariscal


A diferencia de lo que ocurría en Feria en Sevilla (1962), en la que lo musical primaba por encima de lo argumental, el planteamiento de Los duendes de Andalucía (1966) ni siquiera llega a conferir un protagonismo relevante a los artistas que en ella intervienen, sino que se queda en una categoría más de tipo documental. Así pues, la trama, mínima, presenta a un periodista francés de madre uruguaya (Sancho Gracia) al frente de una particular road movie cuya compañera de viaje es una niña pizpireta, de nombre Carmelita, interpretada, nada más y nada menos, que por una Maribel Martín en los inicios de su carrera.

Entre los lugares que visitan los personajes a lo largo de su recorrido cabe destacar el Museo Taurino de Córdoba, donde el guía que los atiende hace especial hincapié en los objetos personales de Manolete, y, en esa misma ciudad, el Museo Julio Romero de Torres, con Rafael Romero de Torres Pellicer, hijo del pintor, haciendo los honores. Ya en Sevilla, Randi (Marie France) tendrá ocasión de admirar los cuadros de Zurbarán.



Aparte de una banda sonora a base de temas interpretados por Juanito Valderrama, Los Tonys o Los Estudiantes, la cinta incluye las actuaciones, entre otros, de figuras de la talla de Porrina de Badajoz (1924-1977), La Paquera de Jerez (1934-2004) o La Tomata (1942-2007), siendo esta última la bailaora que aparece inmortalizada en el cartel de la película. Asimismo, el diestro Victoriano Valencia, una de las personalidades destacadas que encabezan el reparto, ofrece una corrida en la Maestranza.

Por último, son los elementos más cotidianos los que quizá posean un mayor interés testimonial, como por ejemplo el incendio de una caseta en la Feria o la figura, hoy ya bastante diluida, de los maletillas, esos jóvenes, aspirantes a torero, que Simon Legrand (Sancho Gracia) recoge en un par de ocasiones en su descapotable. Aspectos que conforman, esta vez sin la aparición estelar de la directora, uno de los títulos más peculiares de la filmografía de Ana Mariscal.



sábado, 5 de agosto de 2023

Feria en Sevilla (1962)




Directora: Ana Mariscal
España, 1962, 86 minutos

Feria en Sevilla (1962) de Ana Mariscal


Pese a que su padre insiste vehementemente en hacer de él una figura del toreo, al joven Rafael sólo le interesa triunfar en el mundo del espectáculo. Entre otras cosas porque posee una voz privilegiada que fascina a cuantos le escuchan cantar. Y así, acompañado de sus inseparables Pepillo (Ángel Ter) y el gitanito Agustín (Juan Salazar, Porrinas hijo), se lanza a la aventura para ver si logra hacerse un hueco en el panorama artístico de la capital andaluza.

Puede que el argumento de Feria en Sevilla (1962) resulte un tanto anodino desde el punto de vista cinematográfico, aunque ya se sabe que este tipo de productos solían estar al servicio del astro de turno que los protagonizaba. Que en este caso no era otro sino Pedrito Rico (1932-1988), «El Ángel de España», como lo apodaron aquí y, sobre todo, en Argentina, adonde cosechó un éxito tan notable que Buenos Aires llegaría a convertirse en su residencia habitual.



Huelga decir que los números musicales incluidos en la cinta destacan por encima de la propia acción, siendo los temas más remarcables (con música del maestro Solano y letra de Ochaíta y Valerio) una versión del "Porón-pon-pon" ligeramente distinta a la popularizada por Manolo Escobar o "La de la Calle Pureza", interpretada en un lujoso escenario por Conchita Bautista, quien da vida a una estrella ya consagrada que responde al sonoro nombre de Cruz de los Reyes.

Y como suele ser habitual en las películas por ella dirigidas, Ana Mariscal se reserva un breve papel, ya hacia el final de la trama, concretamente el de una bella cazatalentos que, ante la imposibilidad de contratar a Cruz, propondrá una suculenta oferta a Rafael para que actúe en el circuito de teatros que posee en América y para la televisión. Declaración de intenciones por parte de una cineasta que, bajo la apariencia bobalicona de esta comedia repleta de tópicos (subrayada por la presencia en el reparto de un Miguel Ligero que lo mismo hace de turco que de representante artístico un tanto trilero), ensalzaba la figura de un artista, Pedrito Rico, hostigado durante el franquismo por su condición de homosexual.



martes, 5 de julio de 2022

Corridas de alegría (1982)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 1982, 86 minutos

Corridas de alegría (1982) de García Pelayo


Miguel (Miguel Ángel Iglesias) se ha escapado hace poco de la cárcel. Deambulando por las concurridas calles de la capital andaluza conoce a un trilero (Javier García Pelayo) y juntos emprenden un rocambolesco viaje sin retorno que los llevará hasta Rota, pasando por Chipiona y Jerez de la Frontera, en busca de una misteriosa mujer llamada Diana...

El cine de Gonzalo García Pelayo destaca por una frescura que probablemente flotaba en el ambiente en aquellos momentos de principios de los ochenta en los que se rodó Corridas de alegría (1982), road movie un tanto atípica, como todo lo que hace su director, que lo mismo puede considerarse una comedia gamberra que un filme libertario.



Sus personajes son seres que viven al límite, por encima de las normas y convenciones sociales de un mundo en el que no encajan. Por eso gozan del sexo y las sustancias estupefacientes con la naturalidad de quien no espera un mañana porque le urge apurar los placeres del presente.

No obstante, la realidad terminará por imponerse bajo la apariencia de comisario corrupto y redadas policiales contra el narcotráfico. Se acabaron, pues, las alegrías y lo que se daba. "Porque la vida es así", canta de fondo Ricardo Yunque, poniendo una nota flamenca a través de las numerosas melodías que García Pelayo, ahora en su faceta de productor musical, apadrinó en los días gloriosos del rock andaluz.



martes, 11 de septiembre de 2018

Carmina o revienta (2012)




Director: Paco León
España, 2012, 71 minutos

Carmina o revienta (2012) de Paco León


Tomando la inmediatez de su entorno familiar más cercano como punto de partida, el actor y director Paco León alcanzó las mieles del éxito con su primera película tras las cámaras: Carmina o revienta (2012), un proyecto insólito en el, por desgracia, aburrido panorama del cine español contemporáneo y que tiene algo de documental y mucho de comedia, nacida de ese gracejo andaluz tan chistoso que el clan protagonista conoce de primera mano.

Salta a la vista, y Paco León lo ha contado en repetidas ocasiones, que el guion de la que fue su ópera prima tuvo su origen en la inagotable fuente de anécdotas atesorada por Carmina Barrios, madre del cineasta y mujer de una personalidad desbordante que traspasa la pantalla (suena a tópico, pero es radicalmente cierto).



La presencia igualmente pletórica de la hija de la susodicha, María León, acabará de perfilar uno de los dúos más ocurrentes que se recuerdan, poseedor —aunque pueda parecer exagerado y salvando las distancias— de una autenticidad sólo al alcance de los grandes maestros del neorrealismo italiano: ¿o acaso no tiene el físico de la tal Carmina, fornida y vitalista, fumadora empedernida desde los siete años, algo de felliniano?

Lo cierto es que Paco León no partía de la nada: voluntaria o involuntariamente, esta película, así como su secuela Carmina o amén (2014) —aún mejor, si cabe, que la anterior— son herederas de la frescura iconoclasta y underground del cine de Gonzalo García Pelayo, ilustre cineasta sevillano, además de consagrado productor musical, que ya demostrara a finales de la década de los setenta hasta qué punto la sencillez de una puesta en escena aparentemente costumbrista puede arrojar como resultado filmes de una inusitada profundidad.


miércoles, 23 de agosto de 2017

Vivir en Sevilla (1978)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 1978, 109 minutos

Vivir en Sevilla (1978)de García Pelayo


Si Madrid tuvo su célebre Movida, Sevilla tuvo el Rollo. Hoy muchos no se acordarán (otros ni siquiera lo habrán llegado a saber nunca), pero la capital andaluza fue el caldo de cultivo de un fecundo movimiento contracultural y artístico desde mediados de los setenta que precedió y, sobre todo, aventajó con mucho a posteriores tendencias que, amparándose en la visibilidad conferida por tener lugar en la sacrosanta corte del reino, a menudo gozaron de una excesiva sobrevaloración.

Y, sin embargo, lo importante se coció a orillas del Guadalquivir. De lo que supuso aquel momento de efervescencia dio cumplida cuenta el largometraje Vivir en Sevilla, dirigido por el también productor musical y pánico de los casinos de medio mundo Gonzalo García Pelayo. Concebida como obra abierta (o work in progress, que dirían en Chiclana), la película alterna una tenue trama de ficción con apariciones de personalidades destacadas de la escena underground sevillana, siendo la más memorable la que protagoniza el músico Silvio Fernández Melgarejo.

Miguel Ángel Iglesias recitando directamente del guion


En realidad, el collage pergeñado por García Pelayo (con su caleidoscópica mezcla de textos, pintura, voz en off, canciones y hasta un zapateado de Farruco en su tablao flamenco) no dista demasiado de otras propuestas fílmicas concebidas en los primeros años de la Transición a lo largo y ancho de la geografía española. Títulos como Ocaña, retrat intermitent (1978) de Ventura Pons o Manderley (1981) de Jesús Garay comparten con Vivir en Sevilla una misma frescura: la de la juventud entusiasta que daba rienda suelta a su creatividad tras el ocaso de la represión franquista.

Circunstancia esta última que convertía a este tipo de cine (en el que muy bien podría encuadrarse, asimismo, el primer Almodóvar) en testimonio involuntario de una época irrepetible. La liberación sexual, el coqueteo con las drogas, un tanto de denuncia social (a través de la historia de Quique, un muchacho injustamente asesinado por la policía) e incluso reivindicaciones políticas a raíz de la ocupación de la Giralda por parte de los trabajadores de los astilleros: todo ello y mucho más tenía cabida en Vivir en Sevilla, cuyo espíritu alternativo y libertario lo convierte en un filme enormemente moderno. De hecho, ya quisieran algunos de esos millennials que presumen de saberlo todo, pero que no han inventado nada, tener ni aunque fuese un tercio de la profundidad demostrada por su director en una cinta que debiera figurar, por méritos propios, entre lo más granado del cine español.

Ana Bernal durante la entrevista a que es sometida en el Prólogo