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domingo, 23 de noviembre de 2025

Salvaje (1953)




Título original: The Wild One
Director: Laslo Benedek
EE.UU., 1953, 79 minutos

Salvaje (1953) de Laslo Benedek


La efigie de Marlon Brando vestido de cuero y a lomos de su imponente motocicleta Triumph ha quedado para la posteridad como uno de los iconos imperecederos del Hollywood más rebelde. Hasta el extremo de que la estampa ha terminado eclipsando al propio filme del que dicha imagen procede, en buena medida porque tampoco puede decirse que The Wild One (1953) sea una obra redonda ni su director, el tosco Laslo Benedek, un portento de la puesta en escena.

Aun así, resulta oportuno poner en valor una cinta modesta, pero que al mismo tiempo supuso una de las primeras muestras de un subgénero, el de las películas de moteros, cuyo auge se produciría una década después con títulos como Los ángeles del infierno (1966), de Roger Corman, o la mítica Easy Rider (1969) de Dennis Hopper y Peter Fonda. Y es que algo se estaba cociendo en las entrañas de la sociedad estadounidense, el germen de lo que posteriormente se denominaría mediante el término un tanto impreciso de contracultura.

Johnny Strabler (Marlon Brando), líder de los Black Rebels


Los jóvenes que integran esas bandas de motoristas bravucones beben cerveza por litros y se muestran ocasionalmente violentos porque carecen del espíritu de sacrificio que llevó a la generación de sus padres a luchar contra el fascismo en Europa o el Pacífico. Su inconformismo, por tanto, nace de la alienación y el hastío de una juventud que se sentía perdida tras el conflicto mundial. En ese sentido, The Wild One funciona como un choque de trenes social, explorando la incomprensión y la hipocresía en el seno de la pequeña comunidad de Wrightsville, que es a menudo tan provocadora y violenta como los propios motoristas. Una tensión que escala con la llegada de una banda rival, Los Beetles, liderada por Chino (un magnífico Lee Marvin), añadiendo así una capa de conflicto territorial y personal.

En definitiva, la película no ofrece respuestas fáciles ni moralejas simplistas, sino que plantea preguntas sobre el vacío existencial que lleva a estos chicos a buscar su identidad fuera de las normas establecidas. De ahí que dejase una huella indeleble, estableciendo la estética de la rebeldía de los años cincuenta que tanto influyó posteriormente en la actitud de, por ejemplo, James Dean, Elvis Presley y toda una generación de grupos de rock, incluyendo a los propios Beatles, cuyo nombre parece calcado del de la ya mencionada pandilla de moteros.



domingo, 28 de julio de 2024

Superman II: El montaje de Richard Donner (2006)




Título original: Superman II: The Richard Donner Cut
Directores: Richard Donner/Richard Lester
EE.UU./Reino Unido, 1980-2006, 116 minutos

Superman II: El montaje de Richard Donner (2006)


Tras el rotundo éxito de Superman (1978) y habiendo ya rodado el 75% de la segunda parte, el bueno de Richard Donner (1930-2021) fue despedido a causa de desavenencias creativas con unos productores (los célebres Salkind, padre e hijo) que no dudaron en reemplazarlo por Richard Lester. Práctica de lo más habitual en Hollywood, por cierto, donde eso de echar al director a mitad de un proyecto vendría a ser el equivalente de lo que ocurre en Europa con los entrenadores de fútbol. El caso es que muchos años después, y ante el auge que de nuevo cobrara el personaje debido al estreno de Superman Returns (2006) de Bryan Singer, los estudios promovieron que saliese a la luz aquel primer montaje de Superman II: La aventura continúa (1980) que en su día se vio bruscamente interrumpido.

El resultado, sin ser nada del otro mundo, aporta, sin embargo, ligeros cambios respecto a la versión que se estrenó en cines a principios de la década de los ochenta. Así pues, ni el protagonista visita la Torre Eiffel ni tampoco recibe los consejos de su madre (Susannah York), sino que, en su lugar, es el propio Marlon Brando quien ejerce ese rol, tal y como en principio estaba previsto (de hecho, las desproporcionadas exigencias económicas del actor motivaron que su parte fuese inicialmente descartada).

Christopher Reeve y Marlon Brando durante una pausa del rodaje


Aunque el cambio más significativo se encuentra al final (Supermán girando alrededor del globo terráqueo hasta que logra que el tiempo retroceda): una idea que Donner tenía pensada para la secuela, pero que finalmente fue incluida por la Warner como desenlace de la primera parte, de modo que el director's cut incluye de nuevo dicho metraje.

Por lo demás, la relación entre Lois Lane (Margot Kidder) y su idolatrado superhombre adquiere en esta entrega un carácter más íntimo, toda vez que la intrépida reportera del Daily Planet llega a descubrir la verdadera identidad de Clark Kent (Christopher Reeve). No obstante, el hecho de que la pareja se permita un romántico receso en el Polo Norte es aprovechado por los tres malignos kriptonitas, con el General Zod (Terence Stamp) a la cabeza, para derrocar al mismísimo Presidente en la Casa Blanca y aliarse con el oportunista Lex Luthor (Gene Hackman). Menos mal que en el cine todo es posible (y todo tiene remedio) y los buenos siempre acaban por derrotar a los malos.



sábado, 27 de julio de 2024

Superman (1978)




Director: Richard Donner
EE.UU./Reino Unido/Canadá, 1978, 143 minutos

Superman (1978) de Richard Donner


A diferencia de las franquicias actuales de superhéroes, que basan su fórmula en adrenalina y efectos especiales de última generación, la primera entrega de la saga Superman (1978) contenía la dosis exacta de humor y romanticismo para hacerla asequible a todos los públicos (y no sólo a los adolescentes, como ocurre hoy en día). De ahí que muchos de los diálogos contengan réplicas divertidísimas, aparte del carácter eminentemente cómico de Lex Luthor (Gene Hackman) y el resto de antagonistas.

Poco importa, pues, lo inverosímil de una historia (coescrita, entre otros por Mario Puzo) en la que un tipo con capa y leotardos pretende salvar a la humanidad: al margen de ello, cuanto aquí sucede, ya sea en la cúspide de los rascacielos de Metrópolis o en el interior de la redacción del Daily Planet, se enmarca en un imaginario de sobras asimilado por los espectadores desde que el personaje se diera a conocer en los años treinta a través de las páginas de Action Comics.



Por si ello no fuese poco, se aprecia además un más que evidente homenaje al Hollywood clásico en el tándem chico tímido-muchacha extrovertida que encarnan Clark Kent (Christopher Reeve) y Lois Lane (Margot Kidder) y que parece calcado de la pareja que interpretaban Cary Grant y Katherine Hepburn en La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, 1938). Sensación que se acentúa todavía más por la presencia en el reparto de viejas glorias como Marlon Brando, Glenn Ford o Trevor Howard.

En definitiva, se dice que el auge de las películas de superhéroes va asociado a sociedades en crisis en las que el fascismo latente abona el terreno para que algún hombre fuerte se encarame al poder bajo la promesa de solucionar todos los males. Algo que, en el caso de la película que nos ocupa, pudiera leerse entre líneas como un anuncio de lo que en breve iban a representar para EE.UU. las políticas ultraconservadoras de la administración Reagan.



viernes, 20 de julio de 2018

Reflejos en un ojo dorado (1967)




Título original: Reflections in a Golden Eye
Director: John Huston
EE.UU., 1967, 108 minutos

Reflejos en un ojo dorado (1967) de John Huston


Una base militar en tiempo de paz es un lugar monótono. Suceden cosas que vuelven a repetirse una y otra vez. El plano general de una fortaleza contribuye a la monotonía; las enormes barracas de concreto, las impecables hileras de casas para la oficialidad construidas exactamente iguales, el gimnasio, la capilla, el campo de golf, la piscina. Todo diseñado de acuerdo con un modelo estricto. Aunque tal vez la monotonía de una base se debe principalmente a la estrechez de miras y al exceso de ocio y seguridad, pues una vez que un hombre entra en el ejército lo único que se le exige es que siga los talones del que va delante. Sin embargo, en una base militar suelen suceder cosas que no se repiten. Hay una base en el Sur donde hace pocos años se cometió un asesinato...

Carson McCullers
Reflejos en un ojo dorado
Traducción de Jaime Silva

Una de las ventajas de estar de vacaciones es el disponer de más tiempo para la lectura, ir al cine o, combinando ambas actividades, leerse una novela y, acto seguido, ver su adaptación cinematográfica. Y eso es justamente lo que uno ha estado haciendo durante la última semana: sabedor de que la Filmoteca de Catalunya tenía previsto proyectar esta tarde Reflejos en un ojo dorado (1967) de John Huston, ya hace algunos días que andaba enfrascado en la narración homónima de Carson McCullers.

Y lo primero que habría que señalar a propósito es el alto grado de fidelidad que se observa en la película respecto al texto original: efectivamente, apenas sí hay cambios más allá de minucias como el hecho de que en la novela se especifica que el Mayor Langdon lleva un bigote canoso que brillará por su ausencia en el rostro del actor Brian Keith o que determinadas frases cambian de lugar y de personaje que las pronuncia, como el chiste sobre la supuesta llamada del criado filipino Anacleto al General de la base pidiéndole que no toquen a diana para no importunar el sueño de su delicada Madame Alison, por ejemplo, que en el filme es contado por un oficial cualquiera durante el transcurso de la fiesta que ofrecen los Penderton, mientras que en el libro es el propio Capitán quien se lo explica a Leonora sin que a ésta le haga la más mínima gracia.

El Capitán Penderton (Brando) y su esposa Leonora (Taylor)


Al margen de este tipo de detalles, Reflections in a Golden Eye marcará la cima de la creatividad de Huston, por lo que no es de extrañar que en sus memorias (A libro abierto, Ed. Espasa Calpe, p. 400) el director demostrase tenerla en muy alta estima: "Me gusta Reflejos en un ojo dorado. Creo que es una de mis mejores películas. Todos los actores […] hicieron una interpretación maravillosa, incluso mejor de lo que yo hubiera esperado. Y Reflejos es una película bien construida. Escena por escena —en mi humilde opinión— es bastante difícil ponerle peros". Hombre: transcurrido más de medio siglo después de su estreno, alguna que otra pega sí que se le podría poner. ¿O acaso Montgomery Clift, fallecido en julio del 66, no habría sido mejor opción, como en principio estaba previsto, para el papel de atormentado oficial que finalmente interpretaría Brando? ¿No habría sido Ava Gardner una Leonora más ardiente que la pizpireta Liz Taylor? Por no hablar del efectista final, con la cámara saltando a toda velocidad y alternativamente sobre el rostro de cada uno de los tres personajes que intervienen en el desenlace.

Con todo, no se puede negar que tanto la novela como la película logran captar la profundidad psicológica de unos individuos marcados por un carácter complejo en el que se dan cita obsesiones y trastornos de diferente naturaleza, incluida una indisimulada pulsión homosexual que supuso todo un atrevimiento para la época. Todo lo cual acaba generando un ambiente explosivo, acentuado en la versión cinematográfica por la cita de la autora que, en plan "crónica de una muerte anunciada", aparece sobreimpresa al principio y al final. Una Carson McCullers "tan inteligente, tan despierta, tan terriblemente castigada [por la parálisis que la postró en una cama]" (op. cit., p. 397) que fallecería apenas dos semanas antes del estreno.