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miércoles, 18 de febrero de 2026

Abel Sánchez (1946)




Título completo: Abel Sánchez (Historia de una pasión)
Director: Carlos Serrano de Osma
España, 1946, 70 minutos

Abel Sánchez (1946) de C. Serrano de Osma


¿Por qué he sido tan envidioso, tan malo? ¿Qué hice para ser así? ¿Qué leche mamé? ¿Era un bebedizo de odio? ¿Ha sido un bebedizo de sangre? ¿Por qué nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: "Odia a tu prójimo como a ti mismo." Porque he vivido odiándome; porque aquí todos vivimos odiándonos.

Miguel de Unamuno
Abel Sánchez (Una historia de pasión)

Pese a las habituales limitaciones técnicas del cine español de los años cuarenta, la adaptación cinematográfica de Abel Sánchez (1946) presenta, de la mano del siempre audaz Carlos Serrano de Osma, diversos hallazgos visuales que merece la pena destacar. Como ese trávelin giratorio, con la cámara sobre la mesilla de servicio de un camarero, en la secuencia del discurso encomiástico que Joaquín le dedica a su amigo: sutil forma de economizar tiempo, dejando al personaje al otro lado de una vidriera (lo cual justifica que, durante unos segundos, dejemos de escuchar sus palabras huecas), en una escena que en la novela ocupaba varias páginas.

Por lo demás, la película va bastante al grano de un argumento que ya era escueto, de por sí, en el texto original, si bien es cierto que comienza por el desenlace, con el protagonista en su lecho de muerte, rodeado de unos familiares a los que implora perdón por haber sido tan envidioso a lo largo de su tortuosa existencia. Como tampoco hay rastro, por razones obvias de censura, de la afición que el personaje le toma, durante un tiempo, a ir regularmente a confesarse a la iglesia.



En cuanto a las interpretaciones, Manuel Luna está más que convincente en su papel de Joaquín Monegro, mientras que Roberto Rey es un Abel un tanto desvaído, quizá porque el foco de interés, como en el libro, se centra en los celos enfermizos del amigo hacia quien, además de popularidad y prestigio social, le arrebata también el amor de su prima Helena (Alicia Romay). El guion, en todo caso, corrió a cargo de Pedro Lazaga, el mismo que, andando los años, terminaría siendo uno de los directores de mayor éxito comercial del país.

Planteada, pues, como larguísimo flashback, la película aborda un tema, el del cainismo, que en la España de mediados de los cuarenta, apenas una década después del inicio de la sangrienta contienda civil y en plena dictadura, constituía poco menos que un atrevimiento. Sólo la desenvoltura de un debutante como Serrano de Osma, quien se había forjado en las páginas de la revista Cine Experimental y que en breve abordaría complejas producciones de la talla de Embrujo (1947), podía acometer la temeridad de ponerse al frente de semejantes proyectos.



viernes, 24 de septiembre de 2021

Las cuatro novias de Augusto Pérez (1977)




Director: José Jara
España, 1977, 79 minutos

Las cuatro novias de Augusto Pérez (1977)


–¿Conque no, eh? –me dijo–, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...

Miguel de Unamuno
Niebla (1914)

Curiosa adaptación de la célebre nivola unamuniana, desprovista, no obstante, de buena parte de la carga metaficcional con la que la dotó su autor. En lugar de eso, y ya en el tramo final de la película, el protagonista dialoga consigo mismo, desdoblándose en otro yo que no llega a alcanzar, sin embargo, la trascendencia de un Dios creador. Muy al contrario, el Augusto Pérez que compone Fernando Fernán-Gómez queda reducido a la categoría de simple erotómano, víctima de un acusado complejo de Edipo que lo convierte en un ser desvalido e incapaz de afrontar con éxito sus relaciones afectivas.



En ese sentido, las cuatro novias a las que alude el título perfilan las reducidas dimensiones del espacio vital en el que discurre la existencia del timorato Augusto. Por una parte, Eugenia (Charo López) y Rosarito (Norma Kerr) representan la fascinación que el amor carnal ejerce sobre un individuo sometido al influjo del ama de llaves y hasta de la presencia casi onírica de su difunta madre. Y es que estas dos últimas actúan como rémora para el pleno desarrollo emocional del susodicho. Sobre todo Liduvina (María Luisa Ponte), quien, además de suplantar la figura materna (la vemos, sucesivamente, lavarle la cabeza, afeitar y ayudar a vestirse al señorito), acoge con recelos sus aspiraciones de contraer matrimonio.

Uno de los rasgos que más llaman la atención de la puesta en escena ideada por José Jara es la indefinición del momento histórico en el que tienen lugar los hechos. Así pues, el atuendo de los personajes y la decoración parecen remitir al tiempo en el que se gestó el texto (escrito en 1907, aunque no se publicaría hasta 1914), mientras que la presencia de elementos contemporáneos (una grabadora, un proyector de diapositivas, los automóviles que circulan por las calles de Ávila, donde se rodaron los exteriores) nos devuelven a mediados de los setenta.

Tal vez sea esa misma vaguedad, sin duda fruto de un presupuesto exiguo al que el departamento de producción supo sacarle partido, la que contribuya de un modo más eficaz a generar la atmósfera levemente fantasmagórica en la que transcurre el clímax del filme: un banquete nupcial en el que Augusto, compuesto y sin novia, se entrega a la gula hasta perder una vida de cuya realidad nunca ha estado del todo seguro.



martes, 3 de diciembre de 2019

El lienzo (2011)




Título original: Le tableau
Director: Jean-François Laguionie
Francia/Bélgica/Canadá, 2011, 77 minutos

El lienzo (2011) de Jean-François Laguionie


Filme de innegable raigambre pirandelliana, Le tableau (2011) plantea la azarosa odisea de cuatro personajes en busca de pintor. Ni son todos iguales ni aspiran a los mismos objetivos, pero su condición de figuras en apariencia apátridas (sin padre ni patria) las convierte, como ya sucedía en la pieza teatral del dramaturgo italiano, en metáfora de la orfandad del individuo en las sociedades modernas.

También se percibe, en menor medida, un cierto eco unamuniano cuando, ya en la escena final, es una de esas criaturas la que le pide explicaciones a su creador, un poco a la manera de Augusto Pérez en Niebla, a propósito de quién lo ha pintado a él. Lo cual da pie a que el encuadre acabe coincidiendo con las dimensiones de un marco, sutil forma de apelar al espectador para que tome conciencia no sólo del carácter de lienzo de la película, sino de su propia condición de títere.



Jean-François Laguionie (Besançon, 1939), veterano cineasta experto en animación, imagina en el interior de un cuadro inconcluso todo un universo poblado por criaturas cuya sociedad se vertebra jerárquicamente en función de su acabado: los Toupins (o "totalmente pintados"), los Pafinis (o "sin terminar") y, por último, los esquemáticos Reufs (o "esbozos"). Todo un canto a la diferencia y al afán de superación que Laguionie soluciona con un trazo colorista heredero de pintores como, por ejemplo, Matisse.

En realidad, si es que esa palabra tuvo alguna vez algún significado preciso, Lola y sus amigos viajan a través del taller del artista, saltando de una a otra pintura, dialogando con otras creaciones hasta confundirse en el bullicio del carnaval veneciano o el fragor de las guerras napoleónicas. Buscan el resquicio que les permita dar con la respuesta a sus dudas existenciales, aunque, una vez encuentren a su dios particular, que es el pintor, el enigma se reformulará en un juego sin fin.


martes, 15 de octubre de 2019

Mientras dure la guerra (2019)




Director: Alejandro Amenábar
España/Argentina, 2019, 107 minutos

Mientras dure la guerra (2019)
de Alejandro Amenábar


Más allá de los tópicos y prejuicios que abonan el terreno a la controversia, Mientras dure la guerra (enésima relectura de nuestra contienda "incivil") no pasa de ser una superproducción en toda regla, con todo lo bueno y malo que ello comporta. Puntos fuertes serían, a este respecto, la lograda caracterización de Karra Elejalde, Eduard Fernández o Santi Prego en sus respectivos papeles de Unamuno, Millán-Astray y Francisco Franco, así como la dirección artística y los exteriores rodados en tierras salmantinas.

Menos afortunada, en cambio, es esa insufrible tendencia al subrayado de un cierto tipo de cine español que, subestimando la inteligencia de los espectadores, recurre a innecesarios carteles aclaratorios, en este caso al final de la película, para recordarnos cuándo se celebraron las primeras elecciones democráticas o en qué año falleció el dictador.



Un poco en esa misma línea, se ha pretendido esbozar a los personajes principales mediante dos o tres pinceladas definitorias de su carácter. Como, por ejemplo, la afición de don Miguel por la papiroflexia (Unamuno, de hecho, fue el autor de unos Apuntes para un tratado de cocotología). O ese momento, tan poco verosímil, en el que La Collares, agarrando de la mano a su propia hija, suelta aquello de: "¡Nenuca, vámonos!" Improbable dialectalismo que, en boca de doña Carmen Polo, tiene por objetivo recordar que la señora era de Oviedo.

Minucias si se compara con la relevancia de lo que se pretende contar: nada menos que la génesis de cómo ese "pobre hombre" de voz atiplada, curtido en las campañas africanas, lograría en poco tiempo hacerse con el control de la situación por encima del resto de integrantes de la Junta de Defensa Nacional presidida por el general Cabanellas (Tito Valverde). Arribismo que el viejo rector de la universidad, otro personaje cambiante a lo largo de una trayectoria en la que lo mismo fue marxista que devoto católico, no dudará en denunciar pese a haber dado inicialmente su apoyo a la sublevación militar.


domingo, 31 de marzo de 2019

Caudillo (1977)




Director: Basilio Martín Patino
España, 1977, 105 minutos

Caudillo (1977) de Basilio Martín Patino


Perfeccionando la fórmula que ya ensayara en Canciones para después de una guerra (1976), el añorado Basilio Martín Patino contraatacaba con este nuevo collage fabricado a base de imágenes y documentos sonoros de archivo. Toda una proeza, si se tienen en cuenta las condiciones absolutamente clandestinas en las que se gestó la película, pero que, por otra parte, garantizaban al cineasta una absoluta libertad de expresión.

Caudillo adopta la estructura de una crónica, en estricto orden cronológico, el contenido de la cual va desde el nacimiento de Franco en El Ferrol hasta la victoria del bando nacional en la guerra "incivil", según las palabras de Unamuno que recita una voz en off, quien habló asimismo de "una epidemia de locura", "una salvajada anticristiana y antieuropea" y del "suicidio moral de España" poco antes de su fallecimiento en diciembre de 1936.



Son precisamente los versos de Neruda, Machado o Alberti los que darán lugar a algunos de los momentos más emotivos de un filme que se construyó con la firme voluntad de servir de réplica al panegírico llevado a cabo en 1964 por José Luis Sáenz de Heredia bajo el título de Franco, ese hombre.

Y entre tanto y tan variado material, salpicado, aquí y allá, con la música de los himnos de uno y otro bando, no faltan imágenes de las ruinas de Belchite o de Brunete ni el testimonio de milicianos anarquistas que sirvan para desmentir la versión oficial de aquella supuesta "cruzada" cuyo único y espantoso resultado fueron un millón de muertos.


sábado, 23 de diciembre de 2017

La muralla feliz (1948)




Director: Enrique Herreros
España, 1948, 73 minutos

La muralla feliz (1948)


Cuatro años antes del estreno de Tres sombreros de copa, veía la luz una película que, por diferentes motivos, conecta (y mucho) con el particular sentido del humor de Miguel Mihura. No en vano, su director (Enrique Herreros) también trabajaría, como el dramaturgo, en la revista satírica La Codorniz. Filmada en los barceloneses estudios Diagonal (anteriormente conocidos por el nombre de Lepanto), La muralla feliz plantea un juego dramático similar al que ideara Unamuno en su nivola Niebla (1914), sólo que las intromisiones del realizador para cuestionar el modus operandi de sus personajes, lejos de poseer la trascendencia filosófica unamuniana, entroncan directamente con las ocurrencias absurdas y un tanto subversivas de los Hermanos Marx. Aunque, bien mirado, ese continuo trasiego a uno y otro lado de la cámara tiene bastante que ver con otro filme mítico del cine español, rodado apenas unos meses después: Vida en sombras (1949) de Llorenç Llobet Gràcia. De hecho, ambos títulos no sólo comparten algunas de las estrellas principales de su reparto (Fernando Fernán Gómez, Isabel de Pomés, Fernando Sancho...), sino que tanto el uno como el otro serían víctimas de una similar incomprensión por parte del público y posterior olvido.

En cualquier caso, hay que admitir la originalidad de un guion, obra de Luis Delgado Benavente, que sería premiado por el Sindicato Nacional del Espectáculo en la categoría de tema humorístico y en el que se hace referencia a la censura como si tal cosa. Claro que don Filiberto Aguirre (Alberto Romea) y su tronada familia hablan todo el rato de pesos, dando a entender quizá, mediante una aguda triquiñuela, que la acción se sitúa en el extranjero. Poco importa: al final lo que triunfa es el cinismo y la holgazanería de un clan que no duda en brindar "¡por la despreocupación total!" y cuyo patriarca se permite el lujo de vivir sin trabajar a la espera de una ansiada herencia (o de la cartera de algún cándido agente de seguros) que le resuelva la existencia.

Don Filiberto (Alberto Romea) "mejorando" la obra de su hijo


También cabe la posibilidad de interpretar alegóricamente una película en apariencia disparatada, pero con mucha más enjundia de lo que cabría esperar. La clave nos la da don Fulgencio Ríos, ese larguirucho de barba menguante magistralmente interpretado por Fernán Gómez:

"Francamente, cuando les conocí el efecto fue desastroso. Recuerdo mi entrada aquí con el paraguas y el sombrero. Hablaban de mí como si mi presencia no fuese tomada en consideración. Luego, recapacitando, me di cuenta de que algo nuevo tenía realidad en estas paredes. Que esto era como una muralla feliz. Fuera todo era caduco. Despreciable. Entendí que entre ustedes me salvarían. Tanto es así que mi amor por Lena aumentó a medida que me enamoraba de ustedes".

Palabras que encierran una declaración de amor hacia el cine tan peculiar como la propia película, habida cuenta de que la "muralla feliz" que le da título no es más que la pantalla en la que se proyecta la historia de los Aguirre. Si la verdadera realidad habita en el celuloide y la otra, como dice don Fulgencio, no es más que un fastidioso engorro "caduco" y "despreciable", no es de extrañar que prefiera quedarse a vivir con ellos, aun a riesgo de que el director le corrija de vez en cuando. Curiosa forma de que un personaje se deje fagocitar por la promesa de felicidad que le ofrece la cámara (la misma, por cierto, que, demostrando tener vida propia, se atreve a hablar, en un momento dado, con Enrique Herreros) sólo comparable, varios decenios después, a la que acontecería en Arrebato de Iván Zulueta.


viernes, 3 de febrero de 2017

Noticias de Dios (1996)




Título original: Des nouvelles du bon Dieu
Director: Didier Le Pêcheur
Francia, 1996, 100 minutos

Seis personajes en busca de Dios...

Noticias de Dios (1996) de Didier Le Pêcheur


La impronta de Pirandello es más que evidente en Des nouvelles du bon Dieu (1996): los integrantes de un grupo tan variopinto como extravagante están totalmente convencidos de ser en realidad personajes de una novela escrita por Dios, con lo que deciden ir en su busca para pedirle cuentas por haber imaginado para ellos unas vidas tan decepcionantes. ¡Y además son seis!

Claro que también tiene algo de Unamuno, en cuya novela (o nivola) Niebla el protagonista Augusto Pérez intentaba llevar a cabo una rebelión semejante, aunque parece improbable que la obra del bilbaíno haya circulado mucho en Francia. Hay que decir, eso sí, en honor de la verdad y de la originalidad, que Niebla se publicó por vez primera en 1914, mientras que Luigi Pirandello no estrenó sus Sei personaggi in cerca d'autore hasta 1921.



Sea como fuere, lo cierto es que el tono irreverente de la cinta, ópera prima del realizador Didier Le Pêcheur, casaba a la perfección con el apellido del cineasta, habida cuenta de que Le Pêcheur ('el pescador') pasaría a significar 'el pecador' con sólo cambiarle el acento (le pécheur). Algo que entroncaría con el universo de la reciente Le fils de Joseph de Eugène Green: de hecho, ambos filmes cuentan con la presencia de la portuguesa Maria de Medeiros.

Dotada de una estructura circular que empieza y acaba con un taxi estrellándose contra una pared, Noticias de Dios indagaba en los posibles vínculos que conectan vida y literatura. Los mismos que parecen establecer algún tipo de paralelismo entre un novelista suicida llamado Alessandro Battavia y el creador universal. O los que vendrían a explicar las continuas elipsis que aquejan a los protagonistas en su particular peregrinación absurda.


domingo, 20 de noviembre de 2016

La isla del viento (2015)




Director: Manuel Menchón
España, 2015, 106 minutos

La isla del viento (2015) de Manuel Menchón


¡Venceréis, pero no convenceréis! Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho.

Salamanca, paraninfo de la Universidad, 12 de octubre de 1936

Tenía que haberse titulado Unamuno en Fuerteventura, aunque finalmente los productores hayan optado por el más poético La isla del viento. En todo caso, la historia merecía ser llevada a la gran pantalla. Y no sólo porque la figura de Miguel de Unamuno se preste a ser recordada con motivo del ochenta aniversario de su fallecimiento sino, sobre todo, por lo que representa como intelectual que fue capaz de plantar cara al poder establecido, habiendo de pagar un elevado precio por ello. Eso y que hablar de estos temas un 20 de noviembre también tiene su morbillo, ¿por qué negarlo? Pero vayamos por partes.

De entrada cabría destacar la minuciosa labor de documentación que han llevado a cabo tanto Manuel Menchón como los guionistas Dionisio Pérez y José Javier Rodríguez Melcon. Lo cual queda patente desde la primera escena mediante pequeños detalles aparentemente sin importancia, como la pajarita de papel que don Miguel elabora, nada más atracar el barco que lo ha conducido a su destierro canario, con la hoja de periódico en la que se informa de las órdenes dictadas al respecto por Miguel Primo de Rivera. Pajarita que, años más tarde (doce, para ser exactos), servirá para evocar, como la magdalena de Proust, su estancia en la isla. Quien haya leído Amor y pedagogía (1902) recordará sin duda que el bilbaíno remataba su novela con un manuscrito apócrifo al estilo cervantino: Apuntes para un tratado de cocotología. O lo que es lo mismo: la papiroflexia. Y como este ejemplo, tantos otros. ¿Qué decir, si no, de don Víctor (Víctor Clavijo), el párroco y adusto maestro del lugar, que tanto recuerda al don Manuel de San Manuel Bueno, mártir (1930-1933)? ¿Acaso las dudas que lo aquejan acerca de su fe no lo convierten en un personaje genuinamente unamuniano?

Por otra parte, el relato se estructura narrativamente como una gran digresión: un enorme flashback enmarcado por el doloroso trance crucial de tener que rebatir en público la barbarie implícita en las palabras de los sublevados. Los mismos a quienes Unamuno había dado su apoyo. De ahí el estupor de Cala (Ruth Armas) en la escena inicial. Y de ahí, igualmente, la mala conciencia del rector, a quien la joven debe recordarle lo que él mismo escribiera con motivo de la dictadura anterior: "Sólo la inteligencia bastaría para salvarnos". Porque ésta es una película, dicho sea de paso, repleta de frases lapidarias. "Si las palabras fuesen armas, haría usted una masacre", le dirá, no sin razón, José Castañeyra (Ciro Miró) al ser recibido por los próceres insulares.

Pero si hay una baza palmaria en La isla del viento ése es, sin duda, José Luis Gómez, cuya metamorfosis es sencillamente prodigiosa, toda vez que es capaz de componer un Miguel de Unamuno que trasciende la habitual imagen de rancio erudito de la Generación del 98 para humanizarlo ahondando en las diversas aristas de su personalidad. Así pues, no vemos ni a un actor interpretando un papel ni a uno de tantos personajes sino que se obra el milagro y tenemos la impresión de estar frente al verdadero don Miguel, el de carne y hueso. A fin de cuentas, si Gómez es académico de la lengua debe de ser porque tiene la rara habilidad de devolver a los autores a la vida.

En Canarias, el Unamuno que encarna el onubense dejará amigos, al tiempo que aprenderá a querer a una tierra desabrida por cuyos habitantes acaba sintiendo una especial predilección. "¡No se dejen amedrentar!", será su consigna frente a la pericia intimidatoria del cacique de turno. Porque el regeneracionista que anidaba en él hace suya la causa de Ramón (Enekoiz Noda) para combatir la aridez mediante molinos de agua. De modo que lo que, en un principio, se había concebido como despiadado confinamiento que lo alejase del debate político nacional terminará siendo una vivencia enriquecedora que deja una huella indeleble tanto en él como en el archipiélago.


martes, 19 de abril de 2016

La tía Tula (1964)




Director: Miguel Picazo
España, 1964, 109 minutos

La tía Tula (1964) de Miguel Picazo


¿Murió la tía Tula? No, sino que empezó a vivir en la familia, e irradiando de ella, con una nueva vida más entrañada y más vivífica, con la vida eterna de la familiaridad inmortal. Ahora era ya para sus hijos, sus sobrinos, la Tía, no más que la Tía, ni madre, ya ni mamá, ni aun Tía Tula, sino sólo la Tía. Fue este nombre de invocación, de verdadera invocación religiosa, como el canonizamiento doméstico de una santidad de hogar. La misma Manolita, su más hija y la más heredera de su espíritu, la depositaria de su tradición, no le llamaba sino la Tía.

Miguel de Unamuno, La tía Tula, capítulo XXIV

Con una carrera como director cinematográfico apenas integrada por cinco largometrajes, el jienense Miguel Picazo daría lo mejor de sí mismo en el primero de ellos. A pesar de partir de la novela homónima de Miguel de Unamuno, Picazo, al trasladar al presente la acción, acertó con La tía Tula a plasmar la represión moral en una ciudad de provincias de la España franquista. En ese sentido, el filme se inscribe en la misma línea crítica de algunas cintas de Bardem, como Calle Mayor o Nunca pasa nada, o las Nueve cartas a Berta de Basilio Martín Patino. Y en un sentido más amplio, podríamos incluso pensar en Esplendor en la hierba (1961) de Elia Kazan como ejemplo de las consecuencias que la represión puritana puede ejercer sobre el destino de las personas.

Como título emblemático del cine español que es, La tía Tula contiene algunas escenas memorables. Por ejemplo, la impactante secuencia del cementerio en la que una mujer fuera de sí se pregunta a gritos: "¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué lo ha hecho? ¡Lo tenía todo! ¡Le acababa de comprar la máquina de coser! ¡Pobre hija mía!" O aquella otra en la que un grupo de personas mantienen una airada discusión en un olivar por donde casualmente acierta a pasar un desorientado Ramiro (el argentino Carlos Estrada). En ambos casos, tanto personaje como espectador son únicamente testigo accidental de unos hechos de los que desconocen la causa, lo cual contribuye a incrementar su dramatismo.

De la Tula que interpreta magistralmente la actriz Aurora Bautista se puede decir lo mismo que del olmo seco de Antonio Machado: solterona irredenta de estrictas convicciones (y evidentes frustraciones), la convivencia diaria con el viudo de su difunta hermana y sus sobrinos favorece, sin embargo, que le salgan "algunas hojas verdes". Lo notamos en la sutil sensualidad que desprende su manera de morder la fruta durante la fatídica visita al pueblo donde viven el tío Pedro y Juanita. Aunque para cuando quiera darse cuenta a la pobre Tula se le escapa (literalmente) el tren, desde cuya ventanilla Tulita, Ramirín y sus últimas ilusiones se alejan irremisiblemente de ella gritando entre lágrimas: "¡Tía, tía, tiita!"

La tía Tula podría subtitularse Historia de una frustración

jueves, 10 de septiembre de 2015

Tasio (1984)




Director: Montxo Armendáriz
España, 1984, 95 minutos

Tasio (1984) de Montxo Armendáriz

Miguel de Unamuno acuñó el término intrahistoria para designar la vida tradicional de las gentes sencillas y anónimas del pueblo, que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible cuyos protagonistas casi exclusivos suelen ser los próceres de la sociedad. Precisamente, el film Tasio responde a dicha premisa.

El empeño del productor Elías Querejeta, unido al talento del director Montxo Armendáriz, sacaron adelante esta cinta ambientada en la Navarra profunda. Rodada en Estella y sus alrededores (los pueblos de Aranarache, Artaza, Eulate, Urra, Ulibarri, Baquedano y Zudaire, todos ellos parte del área conocida como Améscoa, así como partes de la sierra de Urbasa) e interpretada por actores no profesionales o prácticamente desconocidos, Tasio se centra en la vida de un humilde carbonero al que veremos crecer a lo largo de los años.

Así las cosas, andando el tiempo el Tasio adulto (Patxi Bisquert) acabará casándose con Paulina (Amaia Lasa), una joven de una aldea cercana a la que conoce en el baile cuando ambos son apenas unos críos. Porque en el ambiente rural en el que se desarrolla la acción se trabaja duro, pero también se canta, se baila, se juega al frontón, se organizan banquetes, se practica la caza furtiva... He ahí varios ejemplos de esa intrahistoria local a la que hacíamos referencia más arriba, en la que la confección del carbón vegetal es una de las actividades sobre las que gira la acción a diario.



Es a través de unos diálogos frescos y espontáneos que se consigue crear la sensación de cotidianidad, al hacer que los personajes se expresen mediante un registro muy coloquial, fiel reflejo del habla popular en el País Vasco y Navarra. Y serán, precisamente, los malos de la película quienes se expresen en un castellano impecable: el cura (Miguel Ángel Rellán) que estira de las orejas a Tasio cuando niño y el cabo de la Guardia Civil (Paco Hernández) que interroga a Tasio tras ser denunciado por el guarda forestal.

Es así como una historia de ámbito local, que había nacido a raíz del cortometraje documental Carboneros de Navarra (1981), acaba trascendiendo los límites de la aldea para convertirse en un clásico del cine español.


Patxi Bisquert (derecha) junto al verdadero Tasio