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viernes, 18 de agosto de 2023

Mudar de vida (1966)




Director: Paulo Rocha
Portugal, 1966, 94 minutos

Mudar de vida (1966) de Paulo Rocha


Al margen de una cautivadora trama argumental, lo que llama de inmediato la atención en un filme como Mudar de vida (1966) es el alto valor etnográfico de sus imágenes. De lo cual cabría inferir semejanzas más que razonables con respecto a la obra de cineastas en la línea del documentalista Robert J. Flaherty o incluso el Visconti de La terra trema (1948). Cualidades a las que se suma la tragedia del individuo que, tras largos años de ausencia, regresa a un hogar en el que por desgracia ya nada es lo que era. Y así, el pobre Adelino (Geraldo Del Rey) comprueba con estupor que, mientras él en Angola, su amada Júlia (Maria Barroso) se ha casado con su hermano Raimundo (Nunes Vidal).

Por si esto no fuera poco, las graves lesiones de espalda que arrastra Adelino a consecuencia de su participación en la cruenta guerra de independencia angoleña (1961-1975) le incapacitan para continuar con el duro oficio de pescador, por lo que el incierto porvenir que el hombre tiene ante sí no invita precisamente al optimismo. Aunque resulta que por allí merodea una joven llamada Albertina (Isabel Ruth), capaz de robar las monedas que los feligreses de la parroquia han ido depositando en el cepillo de las limosnas si con ello logra dejar atrás las fastidiosas estrecheces económicas de una pobreza endémica.



Hay algo de retrato costumbrista en esas mujeres que, a orillas de la playa, acarrean sobre sus cabezas pesados cajones repletos de arena. O en las formidables barcazas que penetran mar adentro a fuerza de que sus tripulantes boguen incansablemente hasta caer exhaustos. Pero, al mismo tiempo, de todo ello se desprende también una crítica implícita que no debió de ser muy del agrado de las autoridades portuguesas de aquel entonces, como lo atestigua el hecho de que su director, Paulo Rocha (1935-2012), tardaría la friolera de quince años en volver a rodar otro largometraje.

Sea como fuere, lo cierto es que la fuerza de esta historia reside en aquella máxima tan manida de que lo local suele ser lo más universal. De modo que los bailes y demás celebraciones folclóricas que capta la cámara remiten a una comunidad ancestral en cuyo seno apenas tienen cabida quienes, como Adelino o Albertina, cargan con un estigma difícilmente llevadero en un ambiente que de tan mísero y cerrado acaba convirtiéndose en hostil. De ahí que ambos aspiren a cambiar de vida, lejos del pueblo, adonde no hagan falta tantos sacrificios para sobrevivir y la gente sea un poco menos agreste.



sábado, 16 de diciembre de 2017

Dios y el diablo en la tierra del sol (1964)




Título original: Deus e o Diabo na Terra do Sol
Director: Glauber Rocha
Brasil, 1964, 120 minutos

Dios y el diablo en la tierra del sol (1964)


La estética del hambre nacía con esta película para colocar a Brasil entre las cinematografías más significativas del mundo (y no sólo del tercer mundo). Porque la fuerza de sus imágenes resulta tan impactante como el título con el que las bautizó Glauber Rocha: Deus e o Diabo na Terra do Sol. Una miseria que grita clamando justicia y que se rebela al proclamar un nuevo evangelio aparentemente revolucionario: el que predica el santo Sebastião (Lidio Silva).

Hastiado de la pertinaz sequía y de las injusticias infligidas por un patrón déspota, Manuel (Geraldo del Rey) convence a su mujer para unirse al séquito del anacoreta, creyendo ver en sus promesas la tan ansiada redención. Aunque luego vendrá la represión impuesta por las fuerzas vivas transfiguradas en forma de temible sicario o violento cangaceiro ("bandolero"). O lo que es lo mismo: Antônio das Mortes (Maurício do Valle) y Corisco (Othon Bastos), respectivamente.

Instantánea tomada durante el rodaje, con Rocha en el centro


La música de Villa-Lobos, unida a la aridez del paisaje, confiere al conjunto un aspecto entre salvaje y delicado, muy en consonancia con la dualidad paradójica planteada ya desde el propio título de la película. Así pues, lo divino y lo diabólico se darán cita en un mismo espacio a la espera de que los hombres diriman sus diferencias. 

Como en los romances de ciego, la acción es narrada mediante una voz en off de fondo que va cantando los hechos principales de la historia a través de diversas canciones, cuya letra es obra del propio realizador. Un Glauber Rocha que bebe de muy diversas fuentes, desde el wéstern hasta el neorrealismo italiano, pero que es capaz de crear, a partir de elementos tan dispares, un personal universo anclado en la más pura tradición del Brasil profundo.