Mostrando entradas con la etiqueta Valle-Inclán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valle-Inclán. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de enero de 2021

De tertulia con Valle-Inclán (2011)




Director: José Luis García Sánchez
España, 2011, 46 minutos

De tertulia con Valle-Inclán (2011) de José Luis García Sánchez


Hoy, Valle-Inclán representa para nosotros, aparte de las muchas consecuencias que se sacan de su variada producción, el tipo claro de persona entregada a su vocación de escritor, que se mantiene firme en ella y deshecha solicitaciones varias, sociales, políticas, etc. […] Mezcla extraña y atrayente de gran señor decimonónico y de intelectual de avanzadilla, vivió en libro, literariamente, personaje central de su propia aventura, en la que no faltaron ribetes de llamativa resonancia.

Alonso Zamora Vicente
Vida y obra de Valle-Inclán

Apreciable docudrama con el que el cineasta José Luis García Sánchez, valleinclanista de pro que se hiciera merecedor de dicho apelativo tras llevar a la pantalla Divinas palabras (1987), Tirano Banderas (1993) y Martes de carnaval (2008), ponía el punto y final (quién sabe si definitivo) a una carrera de más de cuarenta años y una treintena larga de títulos a sus espaldas.

Como suele ser habitual en este género, De tertulia con Valle-Inclán resucita al dramaturgo y novelista gallego (interpretado por Xerardo Pardo de Vera) para someterlo a las preguntas de autores gallegos actuales como Suso de Toro o Manuel Rivas y participar en concurridas tertulias literarias, émulas de las que él mismo animara antaño en los cafés madrileños.



Son varios los especialistas que, procedentes de distintas facultades universitarias, aportan la nota docta con su testimonio. Así pues, la filóloga Margarita Santos Zas sostiene que Valle estiliza en un principio el carlismo con el propósito de evadirse de una realidad que le disgusta (la España surgida de la Restauración borbónica), para, a continuación, idealizar el pasado frente a la ausencia de valores de la sociedad burguesa en la que él vive y, por último, ya en sus esperpentos de los años veinte, acabar arremetiendo contra todo lo establecido.

Aunque la particularidad más llamativa en esta recreación a medio camino entre la biografía y el documental histórico sea, tal vez, la presencia en el reparto de los actores Juan Diego y Juan Luis Galiardo (quienes también ayudaron a coproducir la cinta) encarnando a los que, probablemente, fueron los dos personajes más célebres surgidos de la pluma de don Ramón: el Marqués de Bradomín (Diego) y don Juan Manuel Montenegro (Galiardo). Juntos, ya sea paseando por las calles de Santiago de Compostela o en los salones del Ateneo de Madrid, comentan lo más destacable del estilo de su creador.



domingo, 10 de enero de 2021

Divinas palabras (1987)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1987, 107 minutos

Divinas palabras (1987) de J.L. García Sánchez


PEDRO GAILO: ¡He de vengar mi honra! ¡Me cumple procurar por ella! ¡Es la mujer la perdición del hombre! ¡Ave María; si así no fuera, quedaban por cumplir las Escrituras! ¡De la mujer se revira la serpiente! ¡Vaya si se revira! ¡La serpiente de las siete cabezas!

Ramón del Valle-Inclán
Divinas palabras (Tragicomedia de aldea)
Jornada segunda, Escena sexta

Ancestral y atávica, la Galicia que retrata Valle-Inclán en Divinas palabras se asemeja al escenario de los romances de ciego y las consejas de las comadres a la orilla de la lumbre. Mundo mítico poblado por seres harapientos cuya miseria los empuja a la mendicidad, aunque sea utilizando como reclamo a una criatura deforme que pasean en carro por las ferias de las aldeas. Un espacio, en definitiva, abonado a la superstición y la mugre, donde se mata por defender la honra o se practica la alcahuetería con la misma naturalidad que el trasgo cabrío brinca por la techumbre de los campanarios.

Incondicional de la literatura valleinclanesca, como ha demostrado sobradamente al adaptar para el cine y la televisión numerosas obras del autor gallego, José Luis García Sánchez acometió la dirección de Divinas palabras con la voluntad de acercar al gran público el universo de uno de los dramaturgos más notables de todos los tiempos. De ahí que la película contase en el reparto con la presencia de grandes figuras como Ana Belén (Mari-Gaila), Paco Rabal (Pedro Gailo) o Imanol Arias (el donjuanesco Séptimo Miau): intérpretes populares y genialmente secundados por los no menos brillantes Aurora Bautista (Marica del Reino), Esperanza Roy (Rosa la Tatula) y un jovencísimo Juan Echanove que sería recompensado con el Goya al Mejor Actor de Reparto por su papel de Miguelín el Padronés.



En líneas generales, y aun constituyendo una aproximación al texto original más que correcta, la película no logra desprenderse, sin embargo, de un cierto regusto teatral, a pesar de la excelente dirección artística de Gerardo Vera en las mismas localizaciones pontevedresas en las que Valle sitúa la historia. Elemento galaico que la música de Milladoiro contribuye a realzar, si bien Ana Belén canta un par de temas ("Estoy celosa del vuelo" y "Siempre de más, de menos jamás") que no parece que vengan muy a cuento. Como también resulta un tanto misterioso, por lo guadianesco, el acento gallego con el que Paco Rabal adorna (a veces sí y otras no) a su personaje de sacristán.

Admitía el propio García Sánchez que en el cine "los adjetivos se pagan", dando a entender las limitaciones presupuestarias que conlleva la adaptación de una obra tan sumamente compleja. Quizá por ello se vio obligado a renunciar a la escena en la que Mari-Gaila vuela por los aires de la mano del propio diablo. Aunque, y ahí sí que no influye tanto el dinero, sorprende que se atenúe el carácter celestinesco de la Tatula o momentos tan transgresores como cuando el cadáver de Laureaniño es devorado por una piara de cerdos (curiosamente, Valle recurrirá a la misma imagen, años después, en Tirano Banderas). Sabedor de ello, el director optó por un final más impactante que el de la propia tragicomedia al hacer que la adúltera Mari-Gaila (Ana Belén) se desnudase completamente en la puerta de la iglesia para, acto seguido, y como si de la lapidación de una nueva Magdalena se tratara, entrar en cueros en el templo de la mano del cornudo sacristán.



miércoles, 6 de enero de 2021

Luces de bohemia (1985)




Director: Miguel Ángel Díez
España, 1985, 94 minutos

Luces de bohemia (1985) de Miguel Ángel Díez


MAX.-  El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato. Los héroes clásicos, reflejados en los espejos cóncavos, dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. España es una deformación grotesca de la civilización europea. Las imágenes más bellas, en un espejo cóncavo son absurdas. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO.-  ¿Y dónde está el espejo?
MAX.-  En el fondo del vaso.
DON LATINO.-  ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
MAX.-  Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras, y toda la vida miserable de España.

Ramón del Valle-Inclán
Luces de bohemia
Escena duodécima

Radicalmente bello, esplendorosamente subversivo: pocas obras de la literatura universal encierran un mensaje tan revolucionario como el que proporciona Luces de bohemia (1920-1924). Y que, por más que pasen los años, mantiene su plena vigencia al cabo de un siglo. ¿Cómo leer eso de la "deformación grotesca de la civilización europea", y otras frases lapidarias por el estilo, sin que a uno le vengan a la memoria tantísimos ejemplos actuales que podrían seguir corroborando semejante diatriba? A fin de cuentas, aquel Madrid convulso en el que Valle sitúa la acción de su esperpento aparece poblado por seres cuyo infortunio despierta la misma nota tragicómica que hoy sigue presente en no pocos ámbitos del "ruedo ibérico".

Sin embargo, los azares del destino han propiciado que la adaptación cinematográfica que dirigiera Miguel Ángel Díez en 1985, a partir de un guion de Mario Camus, haya quedado en segundo plano con respecto a los diversos montajes teatrales de los que ha gozado el texto desde que se llevara por vez primera a las tablas a principios de los setenta. Lo cual no deja de ser una lástima, considerando el magnífico elenco de actores que se dieron cita para la ocasión. En dicho sentido, Paco Rabal compone un Max Estrella más bien acanallado, mientras que el Don Latino de Agustín González sobresale por su perfecto dominio del tono caricaturesco que se le presupone al personaje.



Como ya sucediera previamente en La colmena (1982) o Los santos inocentes (1984), la afortunada suma de talentos de una generación de cómicos que conocían al dedillo, por haberlos sufrido en sus propias carnes, los pormenores de la mísera realidad nacional, redunda en un fresco rebosante de vigor que, no obstante, respeta escrupulosamente los diálogos originales tal y como los concibiera Valle-Inclán. No así la estructura del filme, pues se sitúa al principio el velatorio y sepelio del vate ciego para convertir el resto de la trama en un largo flashback.

La odisea nocturna de los protagonistas depara momentos de gran intensidad dramática e interpretativa, como el encuentro entre Max (Rabal) y su antiguo camarada Paco, ahora Ministro de la Gobernación (Fernán Gómez). O las ardientes proclamas proferidas en el calabozo por el preso catalán (Imanol Arias). En otras ocasiones, en cambio, aflora un cáustico sentido del humor, henchido de retranca gallega, cuyo máximo exponente son las chanzas de Dorio de Gádex (magnífico Ángel de Andrés López) y su troupe de jóvenes modernistas. Nada ni nadie queda exento de la mordacidad del autor. "¡El mundo es una controversia!" Y "Mala" Estrella, el "poeta de odas y madrigales", acaba sus días tieso en un portal. "¡Cráneo previlegiado!"



martes, 5 de enero de 2021

Tirano Banderas (1993)




Director: José Luis García Sánchez
España/Cuba/Méjico, 1993, 91 minutos

Tirano Banderas (1993) de J.L. García Sánchez


Tirano Banderas, sumido en el hueco de la ventana, tenía siempre el prestigio de un pájaro nocharniego: Desde aquella altura fisgaba la campa donde seguían maniobrando algunos pelotones de indios, armados con fusiles antiguos. La ciudad se encendía de reflejos sobre la marina esmeralda. La brisa era fragante, plena de azahares y tamarindos. En el cielo, remoto y desierto, subían globos de verbena, con cauda de luces. Santa Fe celebraba sus ferias otoñales, tradición que venía del tiempo de los virreyes españoles. Por la conga del convento, saltarín y liviano, con morisquetas de lechuguino, rodaba el quitrí de Don Celes. La ciudad, pueril ajedrezado de blancas y rosadas azoteas, tenía una luminosa palpitación, acastillada en la curva del Puerto. La marina era llena de cabrilleos, y en la desolación azul, toda azul, de la tarde, encendían su roja llamarada las cornetas de los cuarteles. El quitrí del gachupín saltaba como una araña negra, en el final solanero de Cuesta Mostenses.

Ramón del Valle-Inclán
Tirano Banderas (Novela de tierra caliente)

La enorme popularidad adquirida por el esperpento valleinclanesco en su vertiente teatral ha contribuido a eclipsar la relevancia de otras aportaciones no menos influyentes surgidas de la pluma del genio gallego. Subtitulada Novela de tierra caliente, Tirano Banderas vio la luz en 1926, anticipándose en más de tres décadas a la recreación de un imaginario que posteriormente harían célebre los autores del boom de la narrativa hispanoamericana. En ese sentido, la figura de este dictador ficticio y, de un modo especial, la innovadora técnica empleada a la hora de darle forma a un relato profundamente fragmentario convierten al texto en una de las piedras fundacionales del realismo mágico.

No era tarea fácil, por lo tanto, trasladar dicho universo a la pantalla, si bien el guion de Rafael Azcona y José Luis García Sánchez lograba captar, en buena medida, la esencia del personaje y de los avatares acaecidos en la convulsa república de Santa Fe de Tierra Firme. Toda una proeza, galardonada con siete premios Goya, que se rodó a caballo entre Méjico y Cuba y que contó con la magistral (y última) interpretación del actor italiano Gian Maria Volontè, fallecido apenas un año después del estreno.

"El primer magistrado de una república no tiene amigos y menos compadres..."


Con respecto al libro, la película tiende a simplificar algunos elementos. A veces de forma acertadísima (por ejemplo, el don Quintín interpretado por Fernando Guillén surge de la fusión de dos personajes distintos), mientras que otras (como convertir al fascinante Doctor Polaco de la novela en un simple hipnotizador al que da vida un poco convincente Quique San Francisco) se antoja gratuito e innecesario.

La enorme riqueza léxica con la que Valle-Inclán adornó los diálogos y descripciones sigue presente en los distintos acentos que se pueden escuchar en esta coproducción iberoamericana. Mosaico de voces, desde el indio insurrecto hasta el gachupín hacendado de la colonia española, en el que a veces se cuelan onomatopeyas animalizantes, caso del "¡Chac! ¡Chac!" con el que Santos Banderas (Volontè) pone firmes a los miembros de su séquito o el histriónico "¡Cuá! ¡Cuá!" con el que el Licenciado Veguillas (Juan Diego) remeda el canto de las ranas. Tipos grotescos, netamente esperpénticos, entre los que destacan el melifluo Barón de Benicarlés (Javier Gurruchaga) o la nigromántica Lupita (Ana Belén), una prostituta capaz de leer el pensamiento.



lunes, 18 de diciembre de 2017

Beatriz (1976)




Director: Gonzalo Suárez
España, 1976, 81 minutos

Beatriz (1976) de Gonzalo Suárez


Cercaba el palacio un jardín señorial, lleno de noble recogimiento. Entre mirtos seculares blanqueaban estatuas de dioses. ¡Pobres estatuas mutiladas! Los cedros y los laureles cimbreaban con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas. Algún tritón, cubierto de hojas, borboteaba a intervalos su risa quimérica, y el agua temblaba en la sombra, con latido de vida misteriosa y encantada.

Ramón del Valle-Inclán
Jardín umbrío

Es Beatriz una película sin alma, exenta de la sensorialidad que desprende la adjetivación en el texto de Valle-Inclán. Nació, de hecho, de la fusión de dos relatos del autor gallego y eso se nota en su estructura narrativa, tal vez desprovista de un objetivo preciso: ambientada en los valles umbríos que circundan un pazo señorial, la trama se pierde en un confuso entresijo de posesiones demoníacas, enigmáticos frailes y peligrosas hordas de harapientos ganapanes. Todo impregnado, además, por un ambiente de represión sexual y consiguiente destape que era la tónica general en el cine español de aquel período histórico.

Carmen Sevilla interpreta a doña Carlota

Para acabar de complicarlo todo, es un niño quien actúa de testigo de los hechos, haciendo las funciones de narrador que, ya adulto, rememora aquellos días de su infancia, cuando la irrupción de fray Ángel (Jorge Rivero) en los dominios de la severa condesa (Carmen Sevilla) supuso el detonante de unos extraños sucesos que le marcarán de por vida.

Se da, por otra parte, la coincidencia de que Sandra Mozarowsky, la actriz que interpreta el personaje de Beatriz, fallecía al cabo de un año en extrañas circunstancias cuando apenas contaba dieciocho años de edad y una prometedora carrera por delante, lo cual le añade al filme un plus de misterio. Aunque si hay algo especialmente "terrorífico" en la peli no es ni la cuadrilla del Rata (José Lifante) ni el intento de violación de Basilisa (Nadiuska) ni los espasmos de la hechizada Beatriz, sino la horripilante banda sonora que compuso Fermín Gurbindó a base de sintetizador y que, cuarenta años después, suena a lata vieja.

La malograda Sandra Mozarowsky (1958-1977) es Beatriz

domingo, 3 de diciembre de 2017

Sonatas (1959)




Director: Juan Antonio Bardem
España/Méjico, 1959, 110 minutos

Sonatas (1959) de Juan Antonio Bardem


Sólo por la excelsa fotografía en color de Gabriel Figueroa y Cecilio Paniagua, Sonatas ya sería merecedora de figurar entre lo más granado del cine español. Mucho más, teniendo en cuenta lo atractivo de su vestuario y de las localizaciones. Desgraciadamente, en el buen cine lo que cuenta no es tanto el envoltorio, sino, sobre todo, el contenido.

El primer escollo con el que topó el filme de Bardem fue que los cuatro volúmenes de la obra valleinclanesca que se pretendía adaptar sobrepasan de largo el marco cinematográfico, lo cual obligó a ceñirse a apenas dos episodios concretos de un texto tan amplio: uno de Sonata de otoño (1902) y otro de Sonata de estío (1903). En segundo lugar, el propio cineasta sentía más apego por el Valle-Inclán revolucionario de Tirano Banderas y los esperpentos que no hacia el decadentismo modernista de los inicios de su carrera literaria.

"Feo, católico y sentimental": Bradomín (Rabal) consolando a Concha (Bautista)

Todo ello dio como resultado un bonito cromo, tan huero como deslavazado, en el que se echan de más algunos pegotes más bien innecesarios, como la escena del exorcismo en la parte gallega o el rito de los hombres voladores en la mejicana. Eso y la inclusión de personajes procedentes de otras obras del universo creado por el escritor gallego: es el caso del don Juan Manuel Montenegro de las Comedias bárbaras, interpretado en un breve papel por Rafael Bardem, padre del director (su madre, por cierto, la actriz Matilde Muñoz Sampedro, también interviene, haciendo de Candelaria).

En definitiva, trasplantar a un director de perfil tan político como Bardem al monumental paisaje mejicano o a los pazos de la Galicia profunda dio lugar a una película no exenta de cierto encanto, pero desprovista de alma y en la que las interpretaciones de Francisco Rabal (Bradomín), Aurora Bautista (Concha), Fernando Rey (Casares) o María Félix (Niña Chole) adolecen de una postura enfática que les resta credibilidad.

La Niña Chole (María Félix), interpelada en plena calle por Bradomín

domingo, 25 de junio de 2017

Flor de santidad (1973)




Director: Adolfo Marsillach
España, 1973, 99 minutos

Flor de santidad (1973)
de Adolfo Marsillach


Caminaba rostro a la venta uno de esos peregrinos que van en romería a todos los santuarios y recorren los caminos salmodiando una historia sombría, forjada con reminiscencias de otras cien, y a propósito para conmover el alma de los montañeses, milagreros y trágicos. Aquel mendicante desgreñado y bizantino, con su esclavina adornada de conchas, y el bordón de los caminantes en la diestra, parecía resucitar la devoción penitente del tiempo antiguo, cuando toda la Cristiandad creyó ver en la celeste altura el Camino de Santiago. ¡Aquella ruta poblada de riesgos y trabajos, que la sandalia del peregrino iba labrando piadosa en el polvo de la tierra!

Ramón del Valle-Inclán
Flor de santidad

Lo que empieza mal difícilmente puede acabar bien... Parece ser que el guion de Flor de santidad le llegó ya hecho a Adolfo Marsillach, quien, a pesar de introducir diversos cambios en el texto preparado por Pedro Carvajal, debería enfrentarse después a las innúmeras exigencias de la censura. Total, que el resultado final distó bastante de la altura literaria de la novela de Valle-Inclán que se pretendía adaptar.

Francisco Balcells es el misterioso peregrino


De entrada, la película se abría con una parrafada en off del todo innecesaria del propio Marsillach:

Una larga e intermitente guerra civil desola España durante el reinado de Isabel II. Los carlistas, partidarios de don Carlos de Borbón, reclamando para éste el mejor derecho al trono de España, siembran la guerrilla en los campos para derrocar a Isabel II, que gobierna en Madrid. Cada bando se hace defensor de unos ideales contrapuestos. Los carlistas se proclaman los campeones de la tradición y la religión. Los isabelinos, los defensores de la Constitución liberal. Pero lo cierto es que esta guerra la hacen los poderosos. Mientras tanto, se arrasan los campos y el pueblo sufre la más espantosa miseria. Tal es el desolado paisaje donde nace la obra general de don Ramón María del Valle-Inclán. Y aunque la historia que aquí vamos a contar, la de Flor de Santidad, es una leyenda milenaria y gallega que bien pudiera haber ocurrido en cualquier época, en cualquier lugar, nosotros hemos querido emplazarla aquí y ahora, en una lejana tierra de resonancias celtas, en una oscura fecha de trágicas consecuencias. Galicia, 1853. Rosalía de Castro nos lega este testimonio: 'Voy a contarte lo que presencié en el tristísimo invierno de 1853, año fatal para Galicia, en el que el hambre hizo bajar a nuestras ciudades como verdaderas hordas de salvajes hombres que jamás habían pisado las calles de una población, mujeres que no conocían otros horizontes que los que se extendían ante sus cabañas levantadas en la más apartada soledad'. Éste es el clima que respira el poético mundo de Valle-Inclán. La magia, la violencia, el amor, la esperanza. Todo puede ocurrir en este momento. El milagro, la fe, la herejía. Todo. Es el año del hambre.



Mal comienzo: ¿para qué subrayar el contexto histórico? ¿Por qué esa obsesión paternalista, tan propia (por otra parte) de un determinado cine español, por situar al espectador, obviando su capacidad para seguir la historia sin el auxilio de comentarios, aclaraciones ni prolegómenos de ningún tipo? Pero es que, además, desplazando el centro de la acción hacia las guerras carlistas no sólo se tergiversaba el relato original sino que también se introducía una crítica velada a todas las guerras civiles, con lo que "la devoción penitente del tiempo antiguo" de la que habla Valle-Inclán pasaba a un segundo plano en beneficio de una lectura mucho más política y vinculada al pasado reciente de España.

Aun así, no se puede decir que la labor de Marsillach carezca de atractivo: siendo como era hombre de teatro dominaba a la perfección el lenguaje visual, lo cual se aprecia en lo bien resueltas que están las secuencias que implican gran movimiento de grupos de actores y extras. Son igualmente meritorios la fotografía de Fernando Arribas y el vestuario de Carmen de la Casa y Vicente Fernández.

Ismael Merlo en el papel del ciego Electus

jueves, 29 de diciembre de 2016

Los valientes andan solos (1962)




Título original: Lonely Are the Brave
Director: David Miller
EE.UU., 1962, 107 minutos



Western crepuscular, como se suele decir en estos casos, Lonely Are the Brave se encuentra en la misma línea temática que The Misfits de Huston: la de aquellos viejos cowboys que se resisten a aceptar que el progreso ha acabado con el mundo tal y como ellos lo conocieron. Lo cual los convierte en héroes románticos, admirables por su fidelidad a los ideales que encarnan, pero a la vez patéticos por lo desigual de una guerra que tienen perdida de antemano.

El John W. "Jack" Burns que Dalton Trumbo escribió para Kirk Douglas es uno de esos personajes que marcan época: independiente, generoso, aguerrido... vive al margen de los convencionalismos sociales porque su horizonte vital no se detiene ante las leyes que constriñen al individuo. Para él no hay fronteras entre estados ni obligaciones más allá de cuidar de su yegua Whisky. Y hacerse arrestar con tal de sacar de prisión a su mejor amigo, encarcelado, a su vez, por ayudar a los inmigrantes ilegales mejicanos. Tan amigos son que hasta parecen compartir la mujer (Gena Rowlands).



Quizá para subrayar el carácter crepuscular de la historia se optó por añadirle a la misma elementos de tipo humorístico que ayudasen a rebajar la percepción de que Los valientes andan solos narra exclusivamente la huida de un forajido. Son los años sesenta y ya nadie parece tomarse en serio los westerns. Por eso tanto el sheriff que interpreta Walter Matthau como su ayudante tienen, en ese sentido, la función de entretener al espectador con su torpeza y meteduras de pata, contribuyendo a crear la ilusión de que Jack podrá zafarse de las autoridades por más que utilicen un helicóptero para perseguirlo a través de las montañas.

Pero cualquier atisbo de esperanza se acabará diluyendo bajo la lluvia torrencial del desenlace. Jack Burns, todo nobleza, no podía tener un final noble porque el Oeste hace tiempo que dejó de serlo: que él y Whisky sean arrollados por un tráiler que transporta retretes es la metáfora, burda, que simboliza hasta qué punto han cambiado las cosas: "los héroes clásicos han ido finalmente a pasearse en el Callejón del Gato" y allí se darán la mano la mala estrella del viejo cowboy y la tragicómica desesperanza del ciego Max Estrella. Como dice Valle-Inclán en Luces de Bohemia, los espejos cóncavos y convexos arrojan ahora una imagen deformada de lo que en tiempos hubiera sido un final de tragedia.

Los valientes andan solos (1962)