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viernes, 9 de diciembre de 2022

Tomasín en el reino de Oz (1925)




Título original: The Wizard of Oz
Director: Larry Semon
EE.UU., 1925, 72 minutos

Tomasín en el reino de Oz (1925) de Larry Semon


A diferencia de la fantasía colorista que el cine sonoro sabrá ver en la obra cumbre de L. Frank Baum, la versión muda de The Wizard of Oz (1925) tiene más de intriga palaciega de opereta, con un marcado acento slapstick, que no de cuento de hadas infantil. Y no sólo porque el enfoque adoptado por Larry Semon y los herederos del escritor, fallecido en 1919, carezca por completo del encanto que sí sabrán darle los responsables de la Metro catorce años después, sino, sobre todo, porque renuncia voluntariamente a su esencia más singular, esto es, la magia como motor principal de la acción.

Así pues, ni el Espantapájaros es realmente un espantapájaros ni el Hombre de Hojalata está hecho de esa materia. Tampoco el león es tal, sino que se trata de Snowball (Spencer Bell), uno de los granjeros de Kansas, convenientemente disfrazado. Para ser exactos, ni siquiera la propia historia de estos personajes sucede "de verdad", puesto que es un viejo artesano, fabricante de juguetes, quien le lee el cuento a su nieta. Aunque también es cierto que en el musical del 39, la versión que eclipsaría a todas las demás, las azarosas aventuras de la Dorothy interpretada por Judy Garland no son más que un sueño.



Otra diferencia notable respecto al relato que todos conocemos reside en el hecho de que la parte que transcurre en la granja es mucho más larga y es una delegación del reino de Oz la que previamente se desplaza hasta Kansas. Además, resulta que tío Henry (Frank "Fatty" Alexander) no es el afable ancianito que cabría esperar sino un colérico individuo que siempre está de mal humor. Recurso, este último, mediante el que se apunta que la protagonista (encarnada por Dorothy Dwan, esposa de Larry Semon en aquel entonces), lejos de ser sobrina carnal de los grajeros, estaría llamada a ocupar un puesto relevante en la corte de Oz.

Pese a que aún tendría ocasión de trabajar en una decena larga de títulos, el fracaso comercial de la cinta precipitó, en cierta manera, la muerte prematura (con apenas 39 años) de su director y protagonista masculino. Un Larry Semon (1899-1928), popularmente conocido en España como 'Jaimito' o 'Tomasín', cuya carrera había comenzado junto a los no menos célebres Stan Laurel y Oliver Hardy (de ahí que este último intervenga en la película como uno de los granjeros, pretendiente de Dorothy) y que da muestras de su vis cómica a través de los graciosos apelativos con los que bautiza a algunos personajes. Así, por ejemplo, cuando se traslade a Oz, el orondo tío Henry pasará a ser el Príncipe de Whales ('ballenas'), en clara analogía fonética con Wales ('Gales').



domingo, 15 de diciembre de 2019

Locos del aire (1939)




Título original: The Flying Deuces
Director: A. Edward Sutherland
EE.UU., 1939, 69 minutos

Locos del aire (1939) de A. Edward Sutherland


La vis cómica de Stan Laurel y Oliver Hardy, como la de tantos humoristas que forjaron su leyenda durante el período comprendido entre el ocaso del cine mudo y los comienzos del sonoro, radicaba en la subversión sistemática de todo lo establecido. Un carácter subterráneamente revolucionario que, pese a las carcajadas que sus gags despertaban en los palcos de medio mundo, enlaza de pleno con algunas imágenes oníricas del surrealismo o incluso con la esencia del por entonces recién inaugurado psicoanálisis. Y es que a buen seguro que no pocos de los espectadores que se desternillaban a costa de las torpezas de los Chaplin, Keaton o los susodichos Laurel y Hardy lo hacían movidos por un inconsciente afán de superar, a través de la pantalla, sus propios dilemas internos.

En ese mismo orden de cosas, The Flying Deuces supuso una vuelta más de tuerca en el sutil arte de Laurel y Hardy para convertir lo cotidiano en excusa para la risa. Que el argumento y demás recursos de los que se sirven fueran verosímiles, o no, es lo de menos: ¿qué hacen en París? ¿Qué pinta un tiburón en el Sena? ¿A quién, sino a ellos, se le ocurre la descabellada idea de enrolarse en la Legión Extranjera? Ocioso es responder a tanta pregunta retórica: quedará para el recuerdo, no obstante, la imagen de uno y otro chocando absurdamente de cabeza contra la vertiente de una buhardilla parisina o, en clara referencia al Harpo de los hermanos Marx, convirtiendo un somier en un arpa.

Y si se trata de pilotar una avioneta, ya mejor ni hablamos...


El Gordo y el Flaco en el ejército… Someter a semejante par de inútiles a disciplina castrense conllevará estragos superiores a los de introducir un elefante en una cacharrería. Lo cual, desde la disparatada lógica interna del relato (valga el oxímoron), acaba dando pie a innumerables situaciones hilarantes, ya sea la montaña de ropa sucia que deberán lavar como castigo o el túnel que excavan para huir de una celda donde pasarán la mayor parte de su estancia en el campamento. Y todo con el único objetivo de olvidar a una mujer…

Porque el engreído Ollie no tiene bastante con perder la paciencia ante la poca traza del apocado Stan, sino que, además, le impondrá continuamente su santa voluntad: ¿que el orondo varón se enamora de una francesita? Pues allá que arrastra al buenazo de su amigo; ¿que, habiendo recibido calabazas, decide arrojarse al Sena? Pues al escuálido comparsa no le quedará más remedio que ir de cabeza con él... Total, para que, en última instancia, quede patente que, pese a sus ínfulas, Ollie es tan o incluso más patoso que su fiel escudero.