Mostrando entradas con la etiqueta Richard Berry. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Richard Berry. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de agosto de 2019

Una habitación en la ciudad (1982)




Título original: Une chambre en ville
Director: Jacques Demy
Francia, 1982, 90 minutos

Una habitación en la ciudad (1982) de Jacques Demy


Dos son los rasgos que, como mínimo, comparte esta película con Les parapluies de Cherbourg (1964). Por una parte, el hecho de estar enteramente cantada de principio a fin; por otra, el particular (y estridente) tratamiento del color. Al hilo de lo cual, se nos ocurre una tercera y hasta una cuarta concomitancia: ambas explican una historia de amor con un trasfondo político. Porque, si a mediados de los sesenta el referente más inmediato era la guerra de Argelia, en Une chambre en ville la acción se sitúa en el Nantes de 1955, durante la huelga de los metalúrgicos. Ciudad, conviene no olvidarlo, en la que Demy pasó su infancia.

Hay, sin embargo, una diferencia decisiva entre los dos filmes. Y es el ligero toque tragicómico que se deja sentir en este segundo musical, tal vez a causa de haber sido rodado en una época en la que difícilmente habría ya nadie que se tomase en serio el apasionado idilio entre un obrero y una burguesa. Buscada o no, dicha comicidad se hace patente cada vez que la película se proyecta en pantalla grande y, al llegar al final (que no desvelaremos), el público presente en la sala... ¡se parte de risa!



En cualquier caso, la partitura compuesta por Michel Colombier (1939–2004) iguala en calidad e intensidad a la que otro Michel —Legrand, (1932–2019)— compusiera para Les parapluies... Con la salvedad de que Richard Berry (Guilbaud) y Dominique Sanda (Édith) no son ni Catherine Deneuve ni Nino Castelnuovo.

Completaron el reparto una magnífica Danielle Darrieux en el papel de la señora Langlois, propietaria de la habitación alquilada y "suegra" del proletario Guilbaud, y Michel Piccoli interpretando al desesperado (e impotente) marido de la bella Édith.


lunes, 9 de julio de 2018

La número uno (2017)




Título original: Numéro une
Directora: Tonie Marshall
Francia, 2017, 110 minutos
La número uno (2017) de Tonie Marshall


En su afán por mostrar el arrojo de una ejecutiva que intenta abrirse camino en un mundo de hombres, Numéro une incurre en todos los tópicos habidos y por haber: superficialidad, pedantería, gratuidad... De lo primero y lo segundo da muestras inequívocas al servirse, a estas alturas, del Adagietto de la 5ª de Mahler como música incidental, como gratuito es incluir unos segundos del cuerpo sumergido de Shelley Winters procedentes de La noche del cazador. Y no es que le falte razón a Tonie Marshall en lo que dice a través de sus personajes, no: simplemente es un tema de mesura, de no haber sido capaz de profundizar en la verdadera esencia de lo que representa la lucha por el poder en un ámbito tan sumamente competitivo como el de la dirección de las grandes multinacionales.

No en vano, al final de la película los títulos de crédito nos dan en cierta medida la clave al revelar el patrocinio de Coca-Cola y Axa, lo cual explica, hasta cierto punto, que lo que podía haber sido una ocasión inmejorable de entonar el « J'accuse ! » del feminismo del siglo XXI no haya pasado de simple pretexto para el postureo inofensivo de un más que discutible modelo femenino.

Emmanuelle y el astuto Beaumel (Richard Berry)


Véase, si no, la secuencia en la que Emmanuelle (Emmanuelle Devos) cena con una delegación de directivos chinos y no sólo se comunica con ellos en fluido mandarín, sino que, además, se atreve a entonar una canción tradicional en dicha lengua, lo que hará que el restaurante en pleno la ovacione. Abrumador despliegue de habilidades por parte de la protagonista que, lejos de humanizarla, la aleja de nosotros por lo repelente de su perfección.

Cabe la posibilidad de que sea justamente eso lo que la directora haya pretendido dar a entender: que, para triunfar, a una mujer a menudo se le exige que sea perfecta en todo lo que hace. Aunque, de ser ésa su intención, quizá habría resultado más efectivo incidir en las debilidades del personaje, tímidamente apuntadas a través de su relación con el padre (Sami Frey), un frágil profesor de filosofía que languidece en la sala de un hospital.

Padre (Sami Frey) e hija

martes, 14 de junio de 2016

La carnaza (1995)




Título original: L'appât

Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1995, 115 minutos

La carnaza (1995) de Bertrand Tavernier


El sueño de viajar a Estados Unidos para hacer allí fortuna montando una cadena de tiendas de ropa tiene un precio: diez millones de francos. Con la finalidad de reunirlos y ver cumplido su proyecto, Nathalie (Marie Gillain), Éric (Olivier Sitruk) y Bruno (Bruno Putzulu) urden un terrible plan de condiciones imprevisibles.

Basada en un caso real que fue juzgado en 1988, L’appât es la adaptación del libro homónimo que publicara Morgan Sportès un par de años más tarde, suerte de A sangre fría a la francesa pero que, a diferencia de la novela de Capote (cuya acción transcurre en un pueblo de la América profunda), otorga el protagonismo a unos jóvenes de la burguesía parisina que se mueven en los locales más selectos de la vida nocturna.

Aunque lo más sorprendente no es tanto lo cruel de las torturas que Éric y Bruno (siempre en connivencia con Nathalie, el irresistible cebo o carnaza al que alude el título) son capaces de infligir a sus víctimas con tal de obtener un botín irrisorio. Lo que verdaderamente impacta es la total ausencia de remordimientos que se deduce de su conducta: más que de inmoral, cabría calificarla de amoral. Recuerda un poco a lo que años más tarde haría François Ozon con la protagonista de Joven y bonita (2013), aquella muchacha de buena familia que decide caprichosamente ejercer la prostitución de lujo con el exclusivo propósito de llenar un vacío vital.

Nathalie (Marie Gillain) es consolada por Éric (Olivier Sitruk)


Sin embargo, el trío de adolescentes de La carnaza es bastante chapucero en la ejecución de cada uno de sus golpes y es cuestión de tiempo que el 36 del quai des Orfèvres les eche el guante. Poco importa, aun así, ya que cuando se les llame a declarar demostrarán con su testimonio que para ellos lo sucedido ha sido poco más que un sencillo juego, apenas un trámite que debe ser superado antes de alcanzar su tan codiciada meta. De ahí que cuando el inspector jefe (Philippe Torreton) le tienda a Nathalie su bolígrafo para que esta firme la declaración tras el interrogatorio al que ha sido sometida, la muchacha exclame: "¡Oh, es un Dupont!" He ahí lo único que parece llamarle la atención en ese momento y no las severas sanciones a las que presumiblemente ella y sus amigos se habrán de enfrentar.

A decir verdad, lo realmente complejo acontece en el seno del grupo que integran los tres, marcado por las relaciones de dominancia y sumisión que entre ellos se establecen. En ese sentido, Éric no sólo tiene subyugado a Bruno, a quien encarga la tarea sucia de rematar a las víctimas, sino que además acabará maltratando físicamente a Nathalie (de la que es pareja), unas veces por celos y otras por culparla del fracaso de sus planes.

En definitiva, y al margen de que obtuviese el Oso de oro en el Festival de Berlín, lo que salta a la vista veinte años después del estreno de La carnaza es que se trata de una película que no ha envejecido bien y no sólo por lo flojo de sus actuaciones o por su banda sonora, tan de los noventa, sino sobre todo por lo ridículos que ahora se ven los innecesarios y continuos desnudos que Tavernier impuso a su Lolita/exhibicionista Marie Gillain, quizá en un intento de convertirla también en cebo para los espectadores.

Instantánea de los auténticos inculpados, en cuyo caso se inspira el filme

sábado, 26 de marzo de 2016

Le petit prince a dit (1992)




Directora: Christine Pascal
Francia/Suiza, 1992, 115 minutos

Le petit prince a dit (1992) de Christine Pascal


Conociendo el trágico destino que aguardaba a la actriz y directora Christine Pascal (1953–1996), adquiere mayor dramatismo la historia relatada en su película Le petit prince a dit. Porque cuando a la pequeña Violette (Marie Kleiber) le diagnostican un tumor cerebral con apenas nueve años su padre decide fugarse con ella. No parece la solución más lógica, sobre todo teniendo en cuenta que Adam (Richard Berry) es un reputado científico suizo, pero quizá por ello (y ante la gravedad de la situación) opta por dejarse llevar por lo que le dicta el corazón y no su cabeza.

Aunque los padres de Violette estaban divorciados, la adversidad los volverá a unir ahora en una huida hacia adelante que les llevará de Suiza a Milán (donde Mélanie había comenzado los ensayos de un montaje teatral en el que iba a actuar) y de Italia a una pequeña villa francesa en la que volverán a vivir momentos de felicidad antes del fatal desenlace. La perjudicada en esta difícil tesitura es Lucie, la pareja de Adam, ya que no sólo no logra congeniar con la niña sino que su actitud ante la enfermedad de Violette es excesicamente racional, lo cual la acaba dejando fuera del círculo afectivo familiar.




En su momento, Le petit prince a dit (el título, nada que ver con Saint-Exupéry, procede de una célebre canción infantil) fue bien acogida, siendo candidata a cuatro premios César (si bien no ganó ninguno). Sí que obtendría el prestigioso Premio Louis Delluc y sendos galardones en el Festival de Montréal: uno para Richard Berry como mejor actor y el otro en reconocimiento al guion escrito por Christine Pascal y su marido Robert Boner.