Mostrando entradas con la etiqueta Shenda Román. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Shenda Román. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de agosto de 2019

El Chacal de Nahueltoro (1969)




Director: Miguel Littín
Chile, 1969, 89 minutos

El Chacal de Nahueltoro (1969)
de Miguel Littín


Mítico es un adjetivo que se queda corto a la hora de indicar la importancia que tuvo El Chacal de Nahueltoro, hace justo medio siglo, dentro del entonces emergente Nuevo Cine Chileno. Sobre todo porque la historia que relata, con un estilo deliberadamente documental, estaba basada en un caso verídico que conmocionó a la opinión pública del país andino: el brutal asesinato de una mujer y sus cinco hijos a manos de un individuo, tosco y primario, llamado José del Carmen Valenzuela Torres.

De nada sirvió que el "buen hombre" aprovechara el tiempo de reclusión para instruirse y aprender un oficio ni que se elevasen peticiones de indulto al entonces presidente, Jorge Alessandri: después de pasar treinta y dos meses encarcelado en la prisión de Chillán, sería sentenciado a muerte y, acto seguido, mandado fusilar por un pelotón de la Gendarmería el 30 de abril de 1963.



Valiéndose del Festival de Cine de Viña del Mar como plataforma, Littín pretendía denunciar, en clave determinista, las consecuencias del analfabetismo y de la sordidez del ambiente sobre un tipo predestinado a ser un criminal porque jamás recibió «enducación de naiden» [sic]. Aunque, más allá de la polémica suscitada por la película, lo cierto es que el filme favoreció que la figura del Chacal se beneficiase de una cierta adoración popular, que incluye hasta peregrinaciones a su sepultura cada primero de noviembre.

Curiosamente, el cine español también ha abordado el tema de la pena de muerte desde posiciones muy similares a las de El Chacal de Nahueltoro. Lo había hecho en 1963 con la ya clásica El verdugo, de Luis García Berlanga. Y volvería a incidir, a finales del franquismo, con el documental Queridísimos verdugos (1977) de Basilio Martín Patino. Asimismo, por el tratamiento, entre crítico y tremendista, del asunto, conecta también de pleno con otros dos filmes protagonizados por homicidas: El asesino de Pedralbes (1979), de Gonzalo Herralde, y la más reciente Arropiero, el vagabundo de la muerte (2008), de Carles Balagué. Títulos, todos ellos, que, como No matarás (1988), del polaco Kieślowski, abundan en la idea de que la pena capital no es más que un atroz rito de muerte tan cruel como inútil.


miércoles, 12 de abril de 2017

Tres Tristes Tigres (1968)




Director: Raúl Ruiz
Chile, 1968, 100 minutos

Tres tristes tigres (1968) de Raúl Ruiz


A pesar de la coincidencia de títulos, nada tiene que ver el primer gran éxito de la filmografía de Raúl Ruiz con la novela homónima del cubano Guillermo Cabrera Infante. En el caso que nos atañe, el célebre trabalenguas fue utilizado por el actor y dramaturgo ocasional Alejandro Sieveking para bautizar la obra de teatro en la que luego se inspiraría el filme Tres tristes tigres.

Un poco en la línea de la Noche de vino tinto de Nunes, los protagonistas de esta película deambulan por los antros de la capital chilena en un ambiente etílico en el que los unos se enganchan a los otros con la vana esperanza de medrar. Algo totalmente ridículo si se tiene en cuenta que, en el fondo, no son más que parásitos.

Raúl Ruiz la rodó pensando en ofrecer la otra cara del mundo edulcorado que se mostraba en Ayúdeme Ud., compadre, musical propagandístico al servicio del gobierno democristiano de Frei. De hecho, son varias las canciones en común que pueden escucharse tanto en una como en otra película. Como aquella de la rana, en la que, un poco avanzando lo que ocurrirá más tarde con Amanda, Tito y Lucho, se van gradualmente añadiendo personajes a la letra.



Cortínez y Engelbert, en el coloquio posterior al pase, han ayudado a contextualizar cómo se gestó Tres tristes tigres. De entrada, Ruiz se vio casi obligado a inventarse el personaje de Luis Úbeda, inexistente en la pieza teatral, para no dejar fuera del elenco al actor Luis Alarcón, toda vez que, a consecuencia de una pelea entre los miembros de la compañía, Nelson Villagra (Tito) no debía participar, en un primer momento, en la filmación. O el hecho de que a partir de la mitad del metraje, aproximadamente, las acciones se irán repitiendo, pero ya en unas condiciones mucho más depauperadas. O las genialidades del cámara argentino Diego Bonacina. Por último, Verónica Cortínez aprovecha para señalar el efecto que originariamente se pretendía causar en el espectador con el fundido a negro final, tras ver a Tito deambulando, a primera hora de la mañana, por uno de los callejones de peor reputación de Santiago: allí mismo se encontraba el cine en el que se estrenó la película, de modo que los espectadores, al salir de la sala de proyección, debían incorporarse a la misma realidad de los personajes.

En esa misma línea, Engelbert comenta cómo en la célebre escena en la que Tito le da una paliza a Rudi (Jaime Vadell) se encuentra en germen el gusto por la violencia del fascismo, algo que enlaza con lo que ya se dijo ayer a propósito de Ayúdeme usted, compadre y de si las imágenes reflejaban o no una sociedad enferma. En cualquier caso, dice Cortínez, algún crítico de la época celebró el hecho de que se patease al patrón, lo cual sería ya un indicador de la desazón social que se vivía en el Chile de dicho período. Quizá por ello, Ruiz pidió a Bonacina que, en esa escena en concreto, se echase encima de los actores hasta el punto de que prácticamente debían sacudírselo de encima. Indicación que el loco camarógrafo (el calificativo lo añade Cortínez) siguió al pie de la letra.